samedi 13 avril 2019

BREVE HISTORIA DEL FUNDIDISMO

Por Eduardo García Aguilar
En literatura bien puede decirse que todo se define en la adolescencia, cuando el estudiante de bachillerato escala los últimos grados y comienza a ser un ciudadano a carta cabal que enfrenta los poderes o los busca y a la vez encuentra las afinidades y las fobias que marcarán para siempre su vocación. Lo mismo puede decirse para músicos, artistas plásticos, científicos, bandidos, políticos, abogados, médicos y deportistas, entre muchas otras disciplinas. 
La vida es después un largo camino de ajuste de esas inquietudes y sueños iniciales, lo que no evita las sorpresas del camino, cuando el destino hace girar de repente hacia a otros rumbos inesperados al protagonista de su propia vida. 
Como en las grandes novelas de iniciación o aprendizaje denominadas en alemán Bildungsroman, como Las tribulaciones del estudiante Törles, entre muchas otras, el joven precoz de 15 o 16 años se bebe el mundo con todas sus antenas y lo entiende con sus instrumentos frescos y recientes y en perfecto estado de funcionamiento. Ese segmento inicial, como el del mítico Andrés Caicedo, es un nucleo protéico esencial tras el cual la vida es solo una repetición insondable del inicio. Otras novelas de iniciación que se refieren a esos temas y nos ilustran sobre el asunto son Los años de aprendizaje de Wilhem Meister de Goethe, El rojo y el negro de Stendhal, La Educación sentimental de Flaubert, Retrato de un artista adolescente de James Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann y Demián de Herman Hesse.
El lector adolescente por lo regular se conecta en esos momentos con algunas figuras básicas de la literatura como Walt Withman, Arthur Rimbaud, Franz Kafka o Federico Nietzcshe. Con el primero descubre la palabra fundacional de un país joven, con el segundo los arcanos de la rebeldía a ultranza, con el tercero los laberintos del misterio, las modalidades del absurdo, y con el cuarto se dispara hacia las indagaciones más osadas sobre el hecho de existir.
En otras disciplinas ya en el colegio se definen también las tendencias, pues el rebelde y justiciero comienza a mostrar sus impulsos redentores que en muchos casos lo llevarán al fracaso y a la muerte, mientras otros, como el conservador autoritario, el militarista o el ávido de riquezas se perfilan ya con todos sus talentos, argucias y energías. 
El colegio en abstracto es ya un ensayo del mundo futuro pues allí como mandatarios figuran el rector y el vicerrector que pueden ser queridos u odiados, buenos y malos profesores, detestados prefectos de disciplina, autoridades que garantizan el orden o líderes que organizan huelgas o actividades culturales no muy bien vistas por quienes aman el engranaje sin resquebrajaduras, matices o delirios.
Y digo el colegio en abstracto porque los adolescentes de una ciudad crean vasos comunicantes entre todas las instituciones cuando se cruzan en el ágora de la fiesta, los conciertos, los espectáculos o las manifestaciones que convocan a una generación a interesarse por los problemas y los asuntos del país, colocándose en alguna esquina del espectro político como lo han hecho en otro tiempo progenitores, abuelos o ancestros de otras épocas y en todos los continentes.
Luego el destino dispersa a todos esos personajes conocidos en las aulas y con el tiempo llegan las noticias de sus vidas. Cuando se hace el balance, el poeta en ciernes seguirá siendo poeta, el dramaturgo deambulará por los escenarios, el abogado vivirá en los tribunales, el rico en los clubes y casinos, el militar en los campos de batalla y así suscesivamente se declinan los destinos en todos los tiempos verbales posibles.
Pienso todo esto ahora que desenvuelvo el rollo del tiempo con motivo de la partida reciente de Enrique Cardona Hernández, amigo de colegio con quien fundamos hace medio siglo un movimiento poético secreto que pretendía ser más revolucionario que los nadaístas y todas las vanguardias juntas. Ya a los 16 años él había leído a los vanguardistas del siglo XX y a los poetas malditos, por lo que rápido nos hicimos amigos y cómplices de la aventura literaria.
Tal y como hicieron los dadaístas en Zurich nos reunimos en un restaurante chino llamado Chop Suey, situado en la carrera central de la ciudad, y allí con los ojos cerrados exploramos entre las páginas de un diccionario al azar una palabra que definiera nuestro movimiento y encontramos el término fundar, de donde salió el Fundidismo, nombre que sugería no solo el hecho de fundar sino el de fundir los metales y las cosas. Subíamos a la azotea del Banco del Comercio situado entonces al lado de la Catedral y desde ahí lanzábamos nuestros textos despedazados. 
Ambos solíamos acaparar los principales premios de los concursos literarios colegiales o intercolegiales en cuento, poesía y ensayo. Alguna vez él ganó con un cuento titulado 9.000 pasos sobre el polvo y otras fue mi caso con La cuadra de la clepsida o La vigilia de los relojes. Esos textos fueron publicados por el nadaísta Mario Escobar Ortiz en el suplemento literario dominical que dirigía en La Patria y los conservo como si fueran papiros egipcios o palimpsestos hebreos.
A los 16 años ya habíamos aparecido en letras de molde y nos sentíamos impulsados por una fuerza poderosa tan enérgica como las turbinas del cohete Saturno V que había llevado hacía poco a los hombres a la Luna. El nadaísta había ilustrado mi cuento con el famoso cuadro de Munch El grito y el de Enrique a su vez mereció una imagen expresionista como el espíritu de ese precoz amigo. 
Luego pasamos a la experiencia del libro creando una pequeña editorial artesanal, las Ediciones Ecurilodaóricas, que confeccionábamos y encuadernábamos con nuestras propias manos y donde publicamos un solo libro dedicado a nuestros terribles poemas fundidistas, con respectivos prólogos explicativos, que guardo como un incunable de la arqueología personal. Fue un juego confidencial realizado entre dos adolescentes que representaban en la ciudad el arquetipo del personaje literario del Bildungsroman. Creamos un movimiento secreto con dos fundadores y dos seguidores, que éramos nosotros mismos, y luego la vida nos llevó por donde quiso llevarnos.
Enrique, amante del rock y moderno esencial, estudió después la carrera de medicina en la Universidad de Caldas y ejerció mucho tiempo como médico cirujano en Manzanares, en el oriente de Caldas, en los tiempos de otra ola de violencia, y operó y salvó cientos de vidas de heridos por arma blanca y bala que llegaban día a día a su hospital en medio de la guerra, según relató en nuestra última feliz charla en mayo de 2017. 
Durante su vida fue un médico humanista y generoso y se destacó como campeón de ajedrez y experto en los arcanos de la informática moderna, otra de sus pasiones. Nos reencontramos en la cantina El punto de Serpa con nuestro amigo Antonio Leyva, que lo dirigió en una obra de teatro donde él hizo de payaso, para brindar por la vida y el arte, no lejos del centro de ajedrez donde ejercía Enrique y del Hospital Universitario que tan bien conocía. Ahora que ha emprendido una nueva aventura en el país de nunca jamás, es hora de empezar a contar por fin la Increíble y breve historia del Fundidismo. 
---
Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 7 de abril de 2019.

LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO


Por Eduardo García Aguilar
La Universidad Veracruzana rinde homenaje al escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño (1949), quien cumple 40 años de actividad en esa prestigiosa institución situada en Xalapa, en el estado de Veracruz, donde ha sido profesor, editor y director de varias publicaciones. A lo largo de fructífera vida literaria ha publicado decenas de libros de narrativa y ensayo y ejercido la crítica literaria en revistas y diarios de México y el continente americano, donde se ha involucrado en diversas polémicas por su implacable criterio al analizar las obras de sus contemporáneos. 
Al llegar a la venerable edad de 70 años, Garramuño, como suele llamársele, sigue siendo el infatigable autor que no ceja en una tarea literaria iniciada de manera precoz con su primera novela Breve historia de todas las cosas, publicada por Ediciones de la Flor en 1975, y el año pasado logró el Premio nacional de Novela de México con su ultimo libro sobre la melancolía, Formas de luz, una vasta obra donde cuenta el hundimiento de un hombre en el infierno de la depresión, siguiendo los pasos del gran autor estadounidense William Styron, quien en lo máximo de su fama cayó de repente en el abismo personal tras recibir un premio literario en París.
Aguilera Garramuño estudió filosofía en la Universidad del Valle, donde en los tiempos de Estanislao Zuleta, Andrés Caicedo y Enrique Buenaventura, empezó a escribir su obra bajo la tutoría de Gustavo Alvarez Gardeazábal, que leyó el primer manuscrito de su novela más famosa. Desde entonces empezó a ganar todos los concursos de cuento y novela en que participaba, entre ellos el prestigioso galardón del Sesquicentenario de la Universidad del Cauca en 1978 con su cuento Próxima guerra en Alaska.
Como fui finalista de ese premio al lado de Sandro Romero Rey y Nayla Chehade, empecé a seguirlo desde entonces como autor, antes de encontrarlo en México en 1980 y compartir con él las páginas de varios suplementos y revistas mexicanos, como el conocido Sábado del diario Unomásuno, que abrió las puertas a varias generaciones de autores latinoamericanos y mexicanos de ese tiempo bajo la conducción de Huberto Batis. 
Garramuño dice de él mismo que es un megalómano, un egoísta, pero por el contrario es tal vez uno de los más generosos autores de su generación y uno de los pocos que lee a sus contemporáneos y los sigue con afecto y paciencia celebrando sus éxitos o criticando sus malos libros. El ejercicio crítico le ha granjeado no pocas molestias y le ha cerrado puertas a este autor que sin duda merece un sitio más prominente en la lista de los narradores más notables del post boom.
Dotado de una gran inteligencia, erudito en temas literarios y además atleta destacado en pruebas de natación desde su primera juventud, Garramuño es en cierta forma un inclasificable pues su trayectoria ha sido casi la de un apátrida a quien ningún país reivindica como suyo porque tiene varios. Nacido en Colombia, terminó el bachillerato en Costa Rica, donde se sitúa su primera novela, y después residió en Estados Unidos, donde realizó el posgrado de literatura en Kansas y más tarde en la ciudad de Monterrey, desde donde viajó para ser acogido por la prestigiosa Universidad Veracruzana, la misma que editó en los años sesenta por primera vez Los funerales de la mama grande de Gabriel García Márquez y Diario de Lecumberri de Alvaro Mutis.
De madre argentina y padre colombiano Garramuño dejó muy pronto su natal Colombia, a la que ha sido fiel a lo largo de estas décadas. Del lado argentino vienen tal vez sus tendencias megalómanas y su "déficit de atención", como dice su sabia hermana menor; y de Colombia el espíritu guerrero que lo ha llevado a tratar de derruir torres y molinos imaginarios y ganarse enemigos gratuitos. De Estados Unidos viene su pasión por la ciencia y el deporte competitivos, de México su rebeldía sacrificial y prehispánica y de Centroamérica la efervescencia de sus transiciones, inspiradas en el ímpetu del nicaragüense Rubén Darío y la productividad del guatemalteco Miguel Angel Asturias.
Esa diversidad de orígenes lo hace inclasificable, una especie rara que no ondea ninguna bandera ni aspira ser el emblema de algún país, grupo o región específica. En su torre de marfil de la ciudad de Xalapa, Aguilera Garramuno vive un exilio interior que le facilita ejercer su libertad literaria por caminos muy originales que lo hacen derivar al mismo tiempo por abismos y vertientes cruzadas, como el improbable amor loco entre un helicóptero y un rinoceronte.    
En México ha publicado casi todos sus libros, entre los que se destaca Cuentos para después de hacer el amor,  Mujeres amadas, Paraísos hostiles, Venturas y desventuras de un frenáptero, Los grandes y los pequeños amores y otros más que exploran las tribulaciones del deseo, las derivas del amor, los misterios de la mujer, los secretos de las lolitas de Nabokov, los disturbios mentales del creador, las ansias y las angustias de los declinantes hombres heterosexuales de la segunda mitad del siglo XX y los primeros lustros del siglo XXI.
Su obsesión por las mujeres y sus misterios surge tal vez de la búsqueda imposible de la bella madre perdida, que muy joven quedó viuda y a cargo de una amplia prole y cuyo destino explora en El amor y la muerte, novela que resultó finalista del premio Alfaguara. En tiempos de radical insurrección feminista, la obra de Aguilera Garramuño puede ser un material básico para entender la decadencia definitiva del hombre heterosexual en Occidente y el agotamiento del cruel patriarcado milenario.    
La prosa de Garramuño se destaca por la complejidad de un estilo que no da concesiones a la facilidad en boga y sus intrincadas tramas nos muestran la labor de un coloso literario que revisa con furia maniática cada una de sus oraciones, las retuerce, pule, energiza, golpea, rompe y teje como en su tiempo lo hizo Marcel Proust encerrado en su habitacion de asmático para escribir En busca del tiempo perdido. 
Tal vez por estas y otras razones Marco Tulio Aguilera Garramuño es uno de los autores latinoamericanos más notables de la actualidad y la Universidad Veracruzana acierta al homeneajearlo en el marco de la Feria Internacional del libro de Veracruz dedicada este año a Colombia. 
---
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de abril de 2019

samedi 22 septembre 2018

ACTUALIDAD DE BERNARDO ARIAS TRUJILLO

Por Eduardo García Aguilar


A ocho décadas de su muerte y 115 años de su nacimiento, Bernardo Arias Trujillo (1903-1938) sigue siendo actual porque hace parte de una generación moderna y malograda que irrigó la poderosa creación telúrica latinoamericana de su tiempo en todos los países, antes del estallido de la Segunda guerra mundial. No solo escribió  en su corta vida de 35 años la novela cinematográfica Risaralda, sino que fue poeta, traductor, panfletario, publicista y ensayista de talento.  

Hace unos años, cuando visité una noche de neblina con Harold Alvarado, Alvaro García y Marcela Cerón la vieja casa donde él murió, desfigurada por la institución instalada ahí, cuando debería ser un museo dedicado a su vida y obra, recordé con alegría y agradecimiento el hecho de que mi padre tuviera varios de sus libros en su biblioteca y por eso me conecté muy temprano con su traducción de La balada de la cárcel del Reading de Oscar Wilde, así como Diccionario de emociones y En carne viva.      

El poema homosexual Roby Nelson era ampliamente conocido entre los jóvenes poetas y amantes de la cultura de la ciudad, que éramos muchos, pues había además de la gran agitación política reinante de la época post-68, muchos centros culturales y un culto a la literatura que ya se practicaba por tradición desde hacía décadas, no sólo por el auge de los llamados greco-quimbayas, que eran políticos derechistas ilustrados, como Silvio Villegas, sino por la literatura popular y rebelde de Iván Cocherín y José Naranjo y la literatura maldita existencialista de José Vélez Sáenz

Conocí el poema a través de mi padre, un liberal que amaba la literatura y lo tenía en una antología de poesía colombiana al lado de los poemas de Julio Flórez, Guillermo Valencia, José Asunción Silva y Rafael Pombo. No asustaba para nada en Manizales ese canto a un efebo bonaerense de arrabal. Se le disfrutaba como un gran logro estético. Todos admirábamos a Rimbaud y Oscar Wilde.
En su biblioteca mi padre tenía toda su obra, salvo la que firmó con el seudónimo de Sir Edgar Dixon. Los escritores mayores, algunos de los cuales pudieron coincidir jóvenes con Arias Trujillo, conocían muy bien sus libros e incluso criticaban su exageración en el manejo de los adjetivos y el excesivo greco-quimbayismo de su prosa. 

Además de su famoso poema gay Roby Nelson, hay otro poema erótico de Arias Trujillo llamado Versos a una muchacha deportista, lo que nos indica que como Proust, tenía buen sentido de apreciación del cuerpo femenino, como lo demuestra en su descripción de las "belkis trigueñas" en su clásica novela.
Su leyenda ya estaba instalada poco después de su muerte. Manizales es una ciudad muy especial porque ya en los 30 existía allí un gran editorial privada, Arturo Zapata editores, que publicó a todos los clásicos del país en tiempos de entreguerras, como Fernando González, César Uribe Piedrahíta, León de Greiff y muchos otros. El director de esa editorial era un exquisito que dirigía además la revista literaria Cervantes.

Lo cuento más por curiosidad documental que otra cosa: acabo de dempolvar en unos papeles viejos que cargo en un maletín negro, el original de un ensayo que escribí sobre Arias Trujillo a los 17 años, y que ganó un premio de ensayo en La Patria con el que me gané 5000 pesos de ese entonces. « Bernardo Arias Trujillo : el artista y el mundo », por fortuna inédito, es un texto de 10 páginas con apartes que me sorprenden y otros que me sonrojan, donde paso revista de manera caótica a la vida y la obra del personaje con los elementos conocidos por un joven escritor adolescente manizaleño de la época, intoxicado de literatura y rebelión, lo que muestra con claridad documental que Arias Trujillo era un escritor asumido y oficial en Manizales.

Tratemos de situar a Arias Trujillo en el contexto histórico nacional. Es necesario acabar con las mitologías de opereta y de tango que la cultura colombiana oficial ha tejido en torno a los autores de la época de entreguerras, una de las más fascinantes del siglo XX, que está por cartografiar y estudiar ampliamente, como lo han hecho con ese lapso de la historia literaria de sus países argentinos, brasileños, peruanos y mexicanos. 
El país en esos años 20 y 30 era mucho más moderno de lo que creemos. Retornó el liberalismo al poder con Enrique Olaya Herrera, Eduardo Santos y Alfonso López Pumarejo. Se fundaron la Biblioteca Nacional y la Universidad Nacional de Colombia, se publicó la Biblioteca Samper Ortega y hubo un gran auge editorial y cultural. En esas dos décadas en Bogotá y en varias ciudades de provincia había revistas, editoriales y vida cultural. 

Manizales por esas fechas era una especie de Manaos cafetera de tierra fría con mucha presencia europea. Europeos y estadounidenses ya habían llegado antes en el siglo XIX a trabajar como ingenieros o capataces en las minas de la zona. O sea que no era un pueblo perdido o aislado en las montañas. Además la cultura era algo central y ya se había fundado el periódico La Patria, donde escribían los autores del greco-quimbayismo, entre ellos Silvio Villegas, su director, Aquilino Villegas y otros. 

Había varias tendencias políticas en el país: el liberalismo, laico y abierto en materia cultural, el conservatismo, admirador de Mussolini, la derecha maurrasiana francesa, la falange española y las ideas eugenistas del protonazismo. Y también había un gran auge de las ideas socialistas y comunistas con personalidades como María Cano, Ignacio Torres Giraldo, Luis Vidales y una gran actividad sindical y de los movimientos sociales. En medio de toda esa esfervescencia de escritores, caricaturistas, poetas, panfletarios, vivió el joven Arias Trujillo.  

Nació en Manzanares, vivió en Manizales, pero también estuvo a fondo en Bogotá, donde escribía folletines, y en Buenos Aires, donde fue diplomático con el "Leopardo" José Camacho Carreño. Era pues un joven cosmopolita de tendencia liberal, una versión liberal de los Leopardos. 

En su libro En carne viva se muestra su furia frente a los que él llama los "lanudos" de Bogotá y la oligarquía colombiana. Era un rebelde e inclusive un derechista como Silvio Villegas, el autor de No hay enemigos a la derecha, publicado por Arturo Zapata en 1937, admiraba a este joven contemporáneo y dice que su rebeldía lo llevó al fracaso: "Altivo y desdeñoso, desafió con indomable carácter las oligarquías económicas y políticas, cerrándose los caminos del éxito". Ahí todo está dicho.
  ---
* Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de septiembre de 2018.

samedi 30 juin 2018

LAS CALLES DE LAS CIUDADES AJENAS

Por Eduardo García Aguilar

La excelente editorial Sílaba de Medellín acaba de publicar la primera novela del poeta colombiano Jorge Bustamante García (1951), Las calles de las ciudades ajenas, que bien puede situarse dentro del género de las obras de formación al lado de Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil o La montaña mágica de Thomas Mann. Cuando los poetas se arriesgan a escribir novelas suelen hacerlo por medio de una prosa tersa y límpida donde tratan con sabiduría de atrapar y conjurar el pasado, haciendo acopio de sus largas experiencias vitales y en este caso el fruto es una novela corta, ceñida, donde el autor despliega todos sus recursos.

Bustamante, quien tiene ya una amplia obra poética y ha traducido innumerables autores clásicos y contemporáneos rusos, se radicó desde la década de los años 80 en México donde ejerce su profesión y está presente en suplementos y revistas culturales de todo el país. Su pasión total a la literatura lo ha convertido ya en uno de los valores de la rica generación de autores colombianos nacidos en los años 50, la llamada Generación Sin Cuenta, al lado William Ospina, Eugenia Sánchez, Sonia Truque, Rómulo Bustos, Orietta Lozano y Evelio Rosero, entre otros muchos.    

En esta su primera incursión en la narrativa de fondo, Bustamante se destaca por el uso de un lenguaje transparente, generoso, con gran sentido del humor e ironía, pese a que el ángulo escogido para narrar la historia de su formación se da en condiciones difíciles, cuando el protagonista es detenido en un calabozo húmedo en la fría Bogotá y permanece en las caballerizas del Ejército en los tiempos del Estado de Sitio y el Estatuto de Seguridad reinantes en Colombia a fines de los años 70 y comienzos de los 80. 

Las circunstancias en que el personaje escribe el relato de su vida de estudiante en Rusia a petición de los agentes secretos y militares que lo investigan, hacen que la relación entre el preso y los carceleros se torne a veces cómica como en muchas obras de autores rusos o del Este europeo, inscritos en la corriente de los temas literarios del absurdo y los abusos de los poderes totalitarios inaugurada por autores como Franz Kafka en sus magistrales La metamorfosis, El castillo y El proceso y seguida hasta hoy por una pléyade de autores como Alexander Soljenitzin, Elías Canetti y Milan Kundera, entre otros.    

El relato de esa experiencia original de formación en la Unión Soviética se da pues desde un ángulo muy colombiano, en el contexto de la violencia y la represión ocurrida en el país en los tiempos de represión estatal y guerra de guerrillas. El protagonista regresa al país ya formado como un talentoso geólogo, pero se ve de manera inevitable inmerso en el conflicto.    

El libro cuenta la vida de un joven que viaja a principios de los años 70 a estudiar geología en la Unión Soviética y vive allí una rica experiencia en Moscú y en lejanas regiones inaccesibles donde pasa temporadas en montañas y campos escrutando los misterios de la tierra profunda en Crimea, Ucrania, los Urales, el Cáucaso profundo, Osetia del Norte y Chechenia. Cuando la Unión Soviética era todavía una gran potencia mundial que rivalizaba con Estados Unidos en materia económica, científica, espacial y cultural en el contexto de la guerra fría, miles de estudiantes de todos los continentes del mundo acudían becados a sus universidades, por lo que experimentaban allí una vida cosmopolita que los ponía en contacto con personas de todas las culturas.

El personaje, que ya está infectado por la literatura, viaja tan joven a Moscú, que los años de formación no solo vibran en la fascinante profesión escogida sino en los terrenos del erotismo y el amor, al contacto con las bellas muchachas rusas que solían explorar el deseo con los variados jóvenes de todas las nacionalidades que llegaban inexpertos a su hermético país desde África, Asia, América Latina y Europa.

En el calabozo Eddy García relata con alegría todas esas experiencias, en especial los tímidos encuentros amorosos, las fiestas, la amistad, los rigores del invierno y en especial la vida cotidiana y cultural rusa y el descubrimiento de la literatura local que lo acompaña en los largos meses helados y en los paseos por parques y calles. "Tenía que volver a inventar lo olvidado. Cada segundo contiene miles de ramales y el asunto de recordar consiste en irse por cada uno de esos senderos para adivinar entre tanta neblina alguna cosa sólida, alguna verdad, aunque se sienta opaca, aunque se experimente diluida de alguna forma por el tiempo", dice el narrador en uno de sus apartes, sumido en la penumbra de su celda bogotana. 

La novela de Bustamente ahonda en los destinos de personajes femeninos como Natasha T, sus dudas y pasiones, en los misterios del poder y las razones de los carceleros militares o burócratas, las ilusiones de la juventud y el oficio del recuerdo que perturba y a veces falsea lo ya vivido, pero aborda además la naturaleza desbordante de los bosques y estepas rusas con sus olorosos abedules, arces, álamos y el crepitar de las cortezas y las hojas que caen. Porque esta novela es obra de un lector apasionado, un científico profundo y un caminante solitario que ha pasado largas horas y días pensando y amando en las calles y los parques de las ciudades ajenas. Una pequeña nueva joya de la literatura colombiana actual que vale la pena leer y gozar.   

* Publicado en La Patria. Domingo 1 de julio de 2018.  

vendredi 4 décembre 2015

EL VUELO DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR: ANIMAL SIN TIEMPO

Por Hernán Lavín Cerda
 ¿Quién es Eduardo García Aguilar? Ni él mismo lo sabe, por fortuna. Si lo supiera en su Colombia de los orígenes, en México o en Francia, la Francia de Voltaire, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, donde respira y sueña desde hace ya varios años, dejaría de ser lo que es, lo que fue y lo que ha llegado a ser: un poeta, un taumaturgo, un aprendiz de brujo cuya escritura pertenece al reino de las visiones pulsionales y compulsivas, allí donde la monarquía plebeya y absoluta reside únicamente en el Arte de la Palabra que no se agota en la superficie o en el fondo del tiempo, porque ni el tiempo ni el fondo existen. Sólo es real la inquietud o más bien la perspicacia de esa palabra que investiga y va explorando en las profundidades del ser.

    Creo que García Aguilar pertenece a la estirpe volteriana: es un animal de rebeldía quijotesca. Se instala y se desinstala. Puede darse el lujo de ser extranjero hasta del tiempo en el que vive, pero no se exilia de sí mismo porque lleva su identidad a cuestas, y dicha identidad es la leche materna del lenguaje de Hispanoamérica. Errante y forastero que va y viene por este mundo tan equívoco, tan bello, tan cruel y tan esquivo, este poeta no habita en el espacio de la extranjería absoluta. Desde el milagro del idioma común, reconoce a sus abuelos, sus padres y sus hermanos. Instalado en las alturas de su departamento, muy cerca de la Place d’Italie, Eduardo aparece junto a la entrañable Maricruz: cuánta simpatía, amistad y grandeza humana. Lo mismo pienso de Oriana, sí, de Orianita, su hija, a la que vimos crecer en México, y que hoy es una muy buena estudiante en la Universidad de La Sorbonne. Nuestro querido poeta, novelista, ensayista y periodista, deambula por París como a través de los bulevares que cruzan la palma de su mano, esa mano del corazón. Y aquel París real e imaginario es también Manizales, arriba, en su Colombia natal, y sin duda es México.

    Desde la dimensión del estilo a lo largo de su escritura, alcanzo a percibir, al menos, tres huellas. La de su prosa de ficción, equilibrada pero asimismo exuberante, y muy expresiva. Dionisos palpita desde abajo, gradualmente, hasta tocar la orilla de una intensidad casi grotesca y perturbadora. Pienso en algunos pasajes de su novela Tequila Coxis, editada en el 2003. Es el mundo nocturno y amenazante de la ciudad de México, no muy lejos del centro histórico, allí donde todo puede suceder: el alcohol del delirio que va transfigurándose, paso a paso, en un orden sintáctico de índole expresionista. El color y el espíritu sinuoso del vino se mezclan con el espíritu y el color no menos sinuoso de la sangre. Entonces aparecen los cronistas vespertinos, más bien nocturnos, y aquellos personajes de dudosa condición moral que se protegen bajo la sombra indomable de sus guaruras. Escribo estas líneas mientras descubro en la bioquímica de la memoria esas imágenes grotescas de Otto Dix, aquel inolvidable artista plástico nacido en Untermhaus, cerca de Gera, en Turingia, a principios de diciembre de 1891.

    La segunda huella estilística es más mesurada, pero sin que desaparezcan la temperatura y el brillo. Basta con leer cuidadosamente su biografía Voltaire. El festín de la inteligencia (Panamericana Editorial, Bogotá, 2005). En “La estatua viviente”, primer capítulo del libro, Eduardo García Aguilar escribe: “A unos metros del río Sena, en una pequeña y añeja encrucijada que abre la calle del mismo nombre, junto a la Academia Francesa, se ve la estatua de cuerpo entero de Francois Marie Arouet, Voltaire, rodeada por diez semicírculos floridos, en un modesto jardín que pasa inadvertido al transeúnte. Voltaire se contempla allí esquelético, como siempre, con el brazo alargado y un libro asido en la mano, trajeado con una clámide griega, con peluca y pícaro rostro demacrado de eterno enfermo que duró ochenta y cuatro años, de 1694 a 1778. El propio Voltaire bromeaba sobre su escuálida contextura y reía ante la posibilidad de que el escultor Pigalle fuese a plasmarlo en la piedra, cuando ya no había carnes que esculpir. Según él mismo decía, sólo quedaba de él una patética piel resquebrajada que se adosaba a sus huesos adoloridos. Hasta el final, en su nutrida correspondencia, Voltaire jugueteó con sus males y se describía como un moribundo con un pie en la tierra y otro en el catafalco. Incluso se autocalificaba de momia”.

    La tercera huella escritural se hace visible en su poesía bajo el título de Animal sin tiempo, publicado recientemente por Editorial Praxis, ese refugio que mantiene contra viento y marea el poeta y profesor de la UNAM Carlos López, en medio de un ámbito donde a menudo se busca la venta rápida con cualquier tipo de libro. Sin desprenderse del todo de la estética romántico-modernista, García Aguilar escribe sus tercetos, cuartetos o sextetos de verso semilibre y acentuaciones muy sonoras. De pronto puede interrumpir la puntuación en beneficio de la presencia rítmica: es una escritura adjetival, asonántica a veces, y con un vigor aliterante. Un ejemplo del texto “Papeles del loco” es elocuente: “En la humedad de estaciones heladas de esquí/ o en la primaveral cristalinidad perlática del riachuelo/ fluyen estados de ánimo en superficies de flor y lodo/ y con palabras incrustadas en cuevas paulatinas/ se oye el sonido de las imprecaciones acuosas/ la goteante liturgia de la lluvia y su poema”. Un tono semejante se observa en “Máscaras”, que compone la tercera sección del volumen. Aquí el “crisol metafórico”, tal como se dice en el poema “Herrera y Reisig se arroja al Tequendama”, se extiende por todos los textos. Transcribo el segundo y tercero de los tercetos en alejandrinos: “Fantasmales pegasos en extrañas galaxias/ saludarán la eterna sinalefa poética/ y una palabra más convocará quimeras// La inquieta esfera sideral taciturna/ bajo efecto de alcohol ardiente como nieve/ te llevará al centrípeto crisol metafórico”.

    En otras composiciones, el tono es contemporáneo o posterior a la vanguardia. Aparecen textos reveladores y ya sin ataduras. La historia o microhistoria se desarrolla, anecdóticamente, a través de la sustancia del idioma, y el poema se encarna en esencia y existencia desde el fondo. He aquí algunas líneas en verso libre del texto “Regreso a Trocadéro con Boltansky”, sí, Christian Boltansky, ese artista de las instalaciones que vino al mundo en 1944, cuando aún no terminaba la Segunda Guerra Mundial. El poeta escribe: “Es 13 de septiembre de 1998/ 475 días antes del año 2000/ Trocadéro está nublado y frío esta tarde/ tras de la exposición/ ¿explosión?/ de Boltansky/ Escalofriantes fotos de adolescentes suizos/ muertos hace tiempo/ adosadas a puertas de sarcófagos uniformes de metal/ Camas cubiertas de sábanas blancas como sudarios/ bajo el neón de la anestesia/ lechos enfermos catres gélidos/ Ropas viejas con olor a tiempo ido/ a sudor fiebre muerte/ Objetos perdidos cascos sombrillas radios zapatos/ paraguas llaveros bacinicas carteras/ botas relojes bastones radios/ paquetes envueltos en celofán/ Cámaras fotográficas muñecas abrigos para niñas/ autos de juguete bolsas de dulces corazones perdidos/ vidas perdidas tiempo perdido/ Es domingo y en lo alto de la Torre Eiffel/ parpadea la gigantesca cuenta regresiva/ 475 días antes del año 2000”. Quisiera transcribir por completo el poema “Western Hotel”, que me parece, como varios a lo largo del volumen, de alta temperatura y digno de aparecer en alguna película de los hermanos Ethan y Joel Coen, pero me muerdo la lengua porque el tiempo es implacable.

    A pesar de la mordedura, aquí va el texto: “En cada cuarto sudores y alegrías lágrimas y hastío/ ¿Cuántos murieron allí poco a poco en noches de exilio/ esperando mensajes transatlánticos o nombramientos?/ Agitados tal vez por la huida después de un crimen/ o por el llanto del desamor con el cuerpo herido de abandono/ Uno a uno miles tomaron la llave y subieron por escalinatas/ sin oír el crujido de las maderas viejas y polvorientas/ hambrientos o hastiados de hamburguesas baratas/ mientras afuera en la calle Leavenworth zumbaba el viento/ Arriba ellos a través de cortinajes amarillentos/ con cigarrillo y dedos untados de nicotina/ miraron el techo cegados por la bujía o la desnuda coreana/ Recién llegados de un país lejano/ casi siempre de Oriente o Europa o Sudamérica/ o de alguna ciudad estadounidense con asesino múltiple/ tiraron sus cuerpos sobre colchones fríos/ como sudarios a la hora del amanecer y gritaron sin gritar/ al preguntar por la razón de este incesante viaje/ Ebrios o bajo el efecto de la yerba/ pulidos marchitos hastiados de amor o deseantes/ escucharon el rugir de la calle/ y el ágil taconeo de los atracadores/ En la esquina de los chinos alguien comió chop suey/ y pagó tres dólares cincuenta con monedas/ y más allá un negro vendió la última dosis/ Pero también en el 507/ dos alemanas bellas trenzaron sus cuerpos/ en el 403 Phil y Michael mordieron sus cuellos sin condones/ en el 201 la gorda suspiró por un camionero sucio/ en el 101 Gina y Luis celebraron la adolescencia marchita/ con tequila y sexo agitados lamiéndose sin percibir el hielo/ Raúl se vino solo y gimió en éxtasis hambriento/ El viejo solitario del 313 tosió y tosió hasta la muerte/ mientras Georges el dueño seducía en la recepción/ al efebo pirómano con palabras de huérfano griego/ Cada día distinto e igual con su ir y venir de maletas/ lavamanos goteantes duchas oxidadas sillas cojas/ Frank Sinatra cantaba desde algún radio viejo/ Humphrey Bogart y Lauren Bacall discutían/ desde la pantalla chica/ Cada noche en espera del nuevo aventurero/ o del estafador húngaro de 38 años con su blues a cuestas/ Desamados y amados y vueltos a amar y a desamar/ en tránsito hacia la nada desde la nada y por nada/ mientras sonaba la sirena de la ambulancia/ con un nuevo cadáver hacia la morgue/ o un pederasta recién acuchillado/ entraba a la patrulla en Castro Street/ Van Ness Leavenworth Market Mission Strawberry Hill/ Tenderloin luces intermitentes en rascacielos/ Bruma desde el Golden State y una luna gigantesca/ Todo al unísono en el delirio del drogadicto del 707/ una noche cualquiera de abril”.

    Escritura desde la médula, convulsa y fuertemente expresiva: cercana a la prosa de atmósfera. Se suspende la puntuación y cada vocablo se comunica con el anterior o el posterior a través del roce. Escritura de roce material, sí, de combustión cada vez más matérica. Sólo diré que vislumbro a Enrique Lihn allí adentro, con su libro A partir de Manhattan; pienso también en aquel tono de Roberto Bolaño que aparece en su volumen Los perros románticos, o aun descubro mi sombra en aquella serie “Visiones de Nueva York”, dentro de mi antología poética en verso y prosa Música de fin de siglo. Cuánta energía en “Western Hotel”. Sin duda que sus líneas no son caramelos envueltos en celofán. La temperatura es aquí muy distinta. Naufraga la visión grecolatinizante del equilibrio clásico, aunque Aristófanes me desmienta, parcialmente, y con razón y temperamento festivo y hasta sarcástico.

    “Ten cuidado y no te metas entre las patas de los caballos de Aristófanes”, me dijo alguna vez Nicanor Parra en su casa de La Reina, allá en Santiago de Chile, mientras se reía con su cara de monje taoísta o tal vez de loco. Saludo desde México al poeta, novelista y ensayista  Eduardo García Aguilar, y lo felicito por lo que imagina, escribe, siente y sueña. Nos veremos al menor descuido en aquel París de ayer y de siempre, con Nora del Carmen, ¿casi Nora de aquel fantasma de Joyce?, y Maricruz y Oriana y los amigos, y ese clavel todavía húmedo sobre la tumba de Julio Cortázar, nuestro Julio inolvidable, sin duda. D’accord?








Proyecto Patrimonio— Año 2015
A Página Principal | A Archivo Hernán Lavín Cerda | A Archivo de Autores |

www.letras.s5.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
El vuelo de Eduardo García Aguilar: Animal sin tiempo.
Por Hernán Lavín Cerda




samedi 6 juin 2015

AGUDELO TENORIO Y SU VORÁGINE DE MAR




Por Eduardo García Aguilar
Uno de los autores más notables en estos momentos en Colombia es Felipe Agudelo Tenorio, quien se coloca en la atalaya del ejercicio narrativo frente a un abismo, golpeado por la ventisca, sin contemplaciones, lejos de quimeras de gloria y éxito en tiempos de velocidad mercantil y olvido. Escribe ficciones por el camino más arduo, al acercarse a la realidad contemporánea exigiendo de su palabra rastros, huellas de verdad y lucidez, savias extraídas luego de una larga y dolorosa maceración vital, como en su segunda novela, El vuelo negro del pelícano, publicada en excelente edición y con bella portada por Sílaba editores de Medellín, en 2015.
Autor de la novela Las raíces de los cielos, de varios libros de relatos, entre ellos Cosecha de verdugos y otros de poesía, el bogotano vivió durante varias décadas fuera de Colombia, en México, antes de regresar a su país, perturbado como siempre por un vendaval siniestro de muerte y asfixia, donde enfrenta, además del sanguinario contexto nacional, el fin de una época personal desde donde observa, ya decantadas, las temáticas de la existencia, el deseo, la carne, el vicio y la muerte.
El personaje y narrador central de su novela es el médico cincuentón Fabian Martel, quien, sobreviviente de todos los vendavales y desastres, opta por transcurrir como ave rara y solitaria en innombrables bares, habitáculos de lujo donde bailarines y bebedores, jóvenes hembras magníficas y musculados varones metrosexuales bailan, hablan y se divierten sin cesar porque “viven apabullados por el miedo” sabiéndolo y sin saberlo.
Martel, quien ha decidido por opción filosófica personal “no destruir”, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos colombianos, está cubierto por una gruesa coraza de quelonio dentro de la cual conviven en turbulencia las más profundas fragilidades y vive su deriva en el bar, “destino central” del hombre, sitio fundamental donde desde el silencio hace un diagnóstico de la realidad, con tan buenos resultados “que cuando le pasan la cuenta no le gusta pensar que se está gastando su dinero sino que acaba de invertirlo”
En el bar decide vivir la realidad y la diseca y analiza viajando en el tiempo, convocando el fantasma de la misteriosa y ausente Alicia, y “como es un impostor muy curtido, nadie nota el fraude en sus maneras de avenirse a cualquier topografía y sumarse a la multitud, a pesar de que son mayúsculos los esfuerzos con que intenta no levantar sospechas de excesiva diferencia haciendo, como bien puede, la mejor imitación de si mismo”.
El bar de El vuelo negro del pelícano está “emplazado con costoso esmero comercial sobre el lomo de una pequeña colina que sirve de mirador hacia un viejo puerto caribeño, justo a orillas de una bahía tersa y parcialmene iluminada, desde cuyas terrazas es posible, si así lo desea, contemplar el cansino trajinar nocturno de los estibadores y las grúas sobre los barcos de carga, el zarpe hermético de buques de guerra (...) y la sedante navegación de los transatlánticos de lujo” que fluyen por el mar como incendios flotantes, dice Agudelo Tenorio haciendo uso de su pertinente voz poética.
Hay una mujer fundamental que se ha ido y cuya ausencia y cruel lucidez lo rondan, Alicia, pero aparece al instante en la pista una joven hembra magnífica, una morenaza de abundante cabellera, que miente tanto como él finge y danza solitaria lanzando al aire las feromonas del deseo. Se inicia entonces un intercambio entre seres a la deriva, la del maduro experto y la bella gacela venal, que le haría exclamar a Martel: “tu carne es la única porción de la realidad que me gusta”.
Como “la pájara tenía su sed” Martel la invita a beber y acepta ese intercambio nocturno entre silencios, pieles reunidas al azar que nunca se volverán a ver, en medio de un gentío de ebrios y desbocados que cumplen con la consigna nacional colombiana y tal vez mundial de que “bebemos para amansar el terror de abrazarnos y bailamos para no tener que matarnos todo el tiempo”. Siguen unas horas en que esos dos cuerpos salen a la noche y luego van al apartamento bajo la lluvia tropical y la historia se convierte en un ojo de huracán, maelström donde la metáfora de la vida de Martel se une a la de la existencia de los viejos pelícanos que dan nombre a la novela de Agudelo Tenorio, aves extrañas, pesadas, cómicas, sobrevivientes de la era de los dinosauros, criaturas tan longevas como los humanos, que envejecen y pierden la vista para morir perdidas e inermes tambaleándose ante la burla de los paseantes en las playas del mundo. 
La novela no solo es notable porque opta por el riesgo de contar la realidad vital del momento, lo que pasa en un rincón de este planeta en unas cuantas horas y con unidad de lugar y de tiempo bajo las estrellas y junto al mar, sino porque es breve, necesaria, está escrita con una prosa donde palabras y oraciones se encuentran bien instaladas en la estructura minuciosa de relojería del edificio narrativo y donde la carne, el deseo, la piel, se tejen, se entremezclan con ideas y reflexiones que el médico carga a lo largo de su periplo y terminan convirtiéndose en parte de su ser, como se lee en el último apartado epilogal de aforismos que nadan en la memoria del doctor Martel, viejo pelícano ciego que se ahoga en un mar que es ya una inmensa e inabarcable lágrima de verdad.
El vuelo negro del pelícano de Agudelo Tenorio ingresa al catálogo extraño de las novelas colombianas de la desesperación y la lucidez, a veces obras únicas de autor, anómalas, monólogos del viajero curtido en un instante de la vida de Colombia, tales como La Vorágine de José Eustasio Rivera, Cuatro años a bordo de mi mismo de Eduardo Zalamea Borda, Las llaves falsas de José Vélez Sáenz, o Un bel morir de Alvaro Mutis. Libros raros, breves, únicos, dolorosos e irrepetibles.

  

lundi 3 novembre 2014

NEURASTENIA Y GRAMÁTICA EN LA LITERATURA COLOMBIANA

Por Eduardo García Aguilar

Después de leer las 379 páginas de El cuervo blanco, de Fernando Vallejo, peculiar biografia personal del filólogo Rufino J. Cuervo, sentí una terrible sensación de asfixia, porque de ese volumen emanan las polillas y el olor mortecino de la colombia decimonónica, ultramontana y oligárquica que ha vivido y vive a espaldas del país real, en el limbo de un eterno Concilio de Trento.

En este libro, Vallejo se convierte en el amanuense de la vida de un neurasténico oligarca colombiano, al revisar y cotejar decenas de miles de documentos conservados en diversas instituciones, como cartas suyas y de corresponsales, tarjetas postales, libros, documentos notariales, artículos, referencias públicas y privadas, objetos y hasta la voz del muerto grabada en gramófono. 

El autor realiza un organigrama catastral de esa cantidad extraordinaria de materiales guardados en Bogotá desde hace un siglo y hace una relación minuciosa de las palabras del gramático, cuya existencia en París, viviendo de las rentas, transcurrió llena de achaques al lado de su hermano Angel y tras la muerte de éste, en compañía de una criada solterona, originaria de la Francia profunda.

Había leído hace tiempo el diario de viaje de su hermano Angel Cuervo, donde se relata el periplo filial por casi cien ciudades y pueblos europeos, cuando los ya millonarios cerveceros bogotanos buscaban establecer relaciones comerciales y nuevas técnicas para sus productos, a lo que se unía la visita de personajes, munumentos, museos, restaurantes, hoteles e iglesias, abundantes desde el occidente europeo hasta la remota Estambul.

Los Cuervo, como los Silva, Marroquín, Holguín, Samper, Pombo, Caro, López, Urdaneta, Borda, Lleras y otras familias de la sabana de Bogotá, hacían parte de un reducido club endogámico de notables hacendados que han dominado a Colombia a través de los siglos, y acaparado todas las posiciones, mientras al otro lado se hundía el país profundo en la miseria, la enfermedad y el olvido, las poblaciones de origen indígena y africano en las orillas inhóspitas de ríos y océanos y los jornaleros mestizos en valles y cordilleras.

La historia oficial de Colombia, en boga hasta que por fortuna se dio un gran revolcón académico en la historiografía a partir de los años sesenta del siglo pasado, se redujo a la hagiografía de unas cuantas familias de alcurnia bogotana y personajes míticos pertenecientes a las mismas que nos impusieron en la escuela como los clásicos de la literatura, la poesía y el pensamiento nacionales y cuyos nombres y apellidos acaparan plazas, instituciones, claustros y avenidas.

Es la historia de unos cuantos privilegiados ricos que iban y venían a París y Londres, unos a expensas de su capital, como los Cuervo, y otros del erario público, a través de los principales cargos diplomáticos que se repartían y se reparten todavía entre ellos.

Al leer esta relación de cartas, se revela el nepotismo colombiano, donde unas cuantas familias se sucedían y se suceden en la presidencia y se unen entre ellas, en un entramado de corrupción y riquezas mal habidas, en medio de guerras y exterminios realizados por sus sicarios, como la Guerra de los Mil Días y otras de antes y después.
Esos héroes culturales, muy católicos, caritativos y castos que nos impuso la oligarquía bogotana al resto de habitantes del país como infalibles deidades culturales, han sido siempre mostrados como ángeles, santos, imágenes devotas que como Cuervo, Silva, Caro, Holguín, Pombo el plagiario y Samper están más allá del bien y del mal, cuando muchos de ellos no fueron más que miembros de familias pícaras e impunes, que coaligadas con el poder eclesiástico, impusieron en Colombia el más atroz Apartheid.

Tal vez sin quererlo, o tal vez queriéndolo, el autor hace un retrato a veces un poco caótico de ese mundo ido e infame, a través de la historia de un neurasténico rentista que pasó su vida tratando de reunir todas las voces del idioma español, castizo, de pura estirpe, para imponerle un cinturón de castidad eterno que por fortuna fue destrozado por la fuerza de la imfame turba colombiana y rematado por Gabriel García Márquez

A través de los papeles de Cuervo, que el autor santifica, vemos esa atroz Colombia endogámica de personajes rentistas que rezan todo el día mientras en sus fincas se esclaviza y se mata, y cuya riqueza y poder autocrático todos dan por sentados por gracia divina y nadie cuestiona, así como la supuesta inteligencia y brillantez, heredada de generación en generación.

Pero lo más terrorífico de esta historia que emana del escaparate de bisabuela de Cuervo, es que el poder de esos cuantos oligarcas latinistas y gramáticos bogotanos decimonónicos pretendió también basarse en el cabestreo del idioma catellano, castizo, ultrahispánico, ultramontano e impoluto, que todos deberíamos según ellos conservar, pero que está mandado a recoger, porque ya se lo comió la manigua de la imfame turba latinoamericana con su polifacética lengua demoniaca y calibanesca.