samedi 30 juin 2018

LAS CALLES DE LAS CIUDADES AJENAS

Por Eduardo García Aguilar

La excelente editorial Sílaba de Medellín acaba de publicar la primera novela del poeta colombiano Jorge Bustamante García (1951), Las calles de las ciudades ajenas, que bien puede situarse dentro del género de las obras de formación al lado de Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil o La montaña mágica de Thomas Mann. Cuando los poetas se arriesgan a escribir novelas suelen hacerlo por medio de una prosa tersa y límpida donde tratan con sabiduría de atrapar y conjurar el pasado, haciendo acopio de sus largas experiencias vitales y en este caso el fruto es una novela corta, ceñida, donde el autor despliega todos sus recursos.

Bustamante, quien tiene ya una amplia obra poética y ha traducido innumerables autores clásicos y contemporáneos rusos, se radicó desde la década de los años 80 en México donde ejerce su profesión y está presente en suplementos y revistas culturales de todo el país. Su pasión total a la literatura lo ha convertido ya en uno de los valores de la rica generación de autores colombianos nacidos en los años 50, la llamada Generación Sin Cuenta, al lado William Ospina, Eugenia Sánchez, Sonia Truque, Rómulo Bustos, Orietta Lozano y Evelio Rosero, entre otros muchos.    

En esta su primera incursión en la narrativa de fondo, Bustamante se destaca por el uso de un lenguaje transparente, generoso, con gran sentido del humor e ironía, pese a que el ángulo escogido para narrar la historia de su formación se da en condiciones difíciles, cuando el protagonista es detenido en un calabozo húmedo en la fría Bogotá y permanece en las caballerizas del Ejército en los tiempos del Estado de Sitio y el Estatuto de Seguridad reinantes en Colombia a fines de los años 70 y comienzos de los 80. 

Las circunstancias en que el personaje escribe el relato de su vida de estudiante en Rusia a petición de los agentes secretos y militares que lo investigan, hacen que la relación entre el preso y los carceleros se torne a veces cómica como en muchas obras de autores rusos o del Este europeo, inscritos en la corriente de los temas literarios del absurdo y los abusos de los poderes totalitarios inaugurada por autores como Franz Kafka en sus magistrales La metamorfosis, El castillo y El proceso y seguida hasta hoy por una pléyade de autores como Alexander Soljenitzin, Elías Canetti y Milan Kundera, entre otros.    

El relato de esa experiencia original de formación en la Unión Soviética se da pues desde un ángulo muy colombiano, en el contexto de la violencia y la represión ocurrida en el país en los tiempos de represión estatal y guerra de guerrillas. El protagonista regresa al país ya formado como un talentoso geólogo, pero se ve de manera inevitable inmerso en el conflicto.    

El libro cuenta la vida de un joven que viaja a principios de los años 70 a estudiar geología en la Unión Soviética y vive allí una rica experiencia en Moscú y en lejanas regiones inaccesibles donde pasa temporadas en montañas y campos escrutando los misterios de la tierra profunda en Crimea, Ucrania, los Urales, el Cáucaso profundo, Osetia del Norte y Chechenia. Cuando la Unión Soviética era todavía una gran potencia mundial que rivalizaba con Estados Unidos en materia económica, científica, espacial y cultural en el contexto de la guerra fría, miles de estudiantes de todos los continentes del mundo acudían becados a sus universidades, por lo que experimentaban allí una vida cosmopolita que los ponía en contacto con personas de todas las culturas.

El personaje, que ya está infectado por la literatura, viaja tan joven a Moscú, que los años de formación no solo vibran en la fascinante profesión escogida sino en los terrenos del erotismo y el amor, al contacto con las bellas muchachas rusas que solían explorar el deseo con los variados jóvenes de todas las nacionalidades que llegaban inexpertos a su hermético país desde África, Asia, América Latina y Europa.

En el calabozo Eddy García relata con alegría todas esas experiencias, en especial los tímidos encuentros amorosos, las fiestas, la amistad, los rigores del invierno y en especial la vida cotidiana y cultural rusa y el descubrimiento de la literatura local que lo acompaña en los largos meses helados y en los paseos por parques y calles. "Tenía que volver a inventar lo olvidado. Cada segundo contiene miles de ramales y el asunto de recordar consiste en irse por cada uno de esos senderos para adivinar entre tanta neblina alguna cosa sólida, alguna verdad, aunque se sienta opaca, aunque se experimente diluida de alguna forma por el tiempo", dice el narrador en uno de sus apartes, sumido en la penumbra de su celda bogotana. 

La novela de Bustamente ahonda en los destinos de personajes femeninos como Natasha T, sus dudas y pasiones, en los misterios del poder y las razones de los carceleros militares o burócratas, las ilusiones de la juventud y el oficio del recuerdo que perturba y a veces falsea lo ya vivido, pero aborda además la naturaleza desbordante de los bosques y estepas rusas con sus olorosos abedules, arces, álamos y el crepitar de las cortezas y las hojas que caen. Porque esta novela es obra de un lector apasionado, un científico profundo y un caminante solitario que ha pasado largas horas y días pensando y amando en las calles y los parques de las ciudades ajenas. Una pequeña nueva joya de la literatura colombiana actual que vale la pena leer y gozar.   

* Publicado en La Patria. Domingo 1 de julio de 2018.  

vendredi 4 décembre 2015

EL VUELO DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR: ANIMAL SIN TIEMPO

Por Hernán Lavín Cerda
 ¿Quién es Eduardo García Aguilar? Ni él mismo lo sabe, por fortuna. Si lo supiera en su Colombia de los orígenes, en México o en Francia, la Francia de Voltaire, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, donde respira y sueña desde hace ya varios años, dejaría de ser lo que es, lo que fue y lo que ha llegado a ser: un poeta, un taumaturgo, un aprendiz de brujo cuya escritura pertenece al reino de las visiones pulsionales y compulsivas, allí donde la monarquía plebeya y absoluta reside únicamente en el Arte de la Palabra que no se agota en la superficie o en el fondo del tiempo, porque ni el tiempo ni el fondo existen. Sólo es real la inquietud o más bien la perspicacia de esa palabra que investiga y va explorando en las profundidades del ser.

    Creo que García Aguilar pertenece a la estirpe volteriana: es un animal de rebeldía quijotesca. Se instala y se desinstala. Puede darse el lujo de ser extranjero hasta del tiempo en el que vive, pero no se exilia de sí mismo porque lleva su identidad a cuestas, y dicha identidad es la leche materna del lenguaje de Hispanoamérica. Errante y forastero que va y viene por este mundo tan equívoco, tan bello, tan cruel y tan esquivo, este poeta no habita en el espacio de la extranjería absoluta. Desde el milagro del idioma común, reconoce a sus abuelos, sus padres y sus hermanos. Instalado en las alturas de su departamento, muy cerca de la Place d’Italie, Eduardo aparece junto a la entrañable Maricruz: cuánta simpatía, amistad y grandeza humana. Lo mismo pienso de Oriana, sí, de Orianita, su hija, a la que vimos crecer en México, y que hoy es una muy buena estudiante en la Universidad de La Sorbonne. Nuestro querido poeta, novelista, ensayista y periodista, deambula por París como a través de los bulevares que cruzan la palma de su mano, esa mano del corazón. Y aquel París real e imaginario es también Manizales, arriba, en su Colombia natal, y sin duda es México.

    Desde la dimensión del estilo a lo largo de su escritura, alcanzo a percibir, al menos, tres huellas. La de su prosa de ficción, equilibrada pero asimismo exuberante, y muy expresiva. Dionisos palpita desde abajo, gradualmente, hasta tocar la orilla de una intensidad casi grotesca y perturbadora. Pienso en algunos pasajes de su novela Tequila Coxis, editada en el 2003. Es el mundo nocturno y amenazante de la ciudad de México, no muy lejos del centro histórico, allí donde todo puede suceder: el alcohol del delirio que va transfigurándose, paso a paso, en un orden sintáctico de índole expresionista. El color y el espíritu sinuoso del vino se mezclan con el espíritu y el color no menos sinuoso de la sangre. Entonces aparecen los cronistas vespertinos, más bien nocturnos, y aquellos personajes de dudosa condición moral que se protegen bajo la sombra indomable de sus guaruras. Escribo estas líneas mientras descubro en la bioquímica de la memoria esas imágenes grotescas de Otto Dix, aquel inolvidable artista plástico nacido en Untermhaus, cerca de Gera, en Turingia, a principios de diciembre de 1891.

    La segunda huella estilística es más mesurada, pero sin que desaparezcan la temperatura y el brillo. Basta con leer cuidadosamente su biografía Voltaire. El festín de la inteligencia (Panamericana Editorial, Bogotá, 2005). En “La estatua viviente”, primer capítulo del libro, Eduardo García Aguilar escribe: “A unos metros del río Sena, en una pequeña y añeja encrucijada que abre la calle del mismo nombre, junto a la Academia Francesa, se ve la estatua de cuerpo entero de Francois Marie Arouet, Voltaire, rodeada por diez semicírculos floridos, en un modesto jardín que pasa inadvertido al transeúnte. Voltaire se contempla allí esquelético, como siempre, con el brazo alargado y un libro asido en la mano, trajeado con una clámide griega, con peluca y pícaro rostro demacrado de eterno enfermo que duró ochenta y cuatro años, de 1694 a 1778. El propio Voltaire bromeaba sobre su escuálida contextura y reía ante la posibilidad de que el escultor Pigalle fuese a plasmarlo en la piedra, cuando ya no había carnes que esculpir. Según él mismo decía, sólo quedaba de él una patética piel resquebrajada que se adosaba a sus huesos adoloridos. Hasta el final, en su nutrida correspondencia, Voltaire jugueteó con sus males y se describía como un moribundo con un pie en la tierra y otro en el catafalco. Incluso se autocalificaba de momia”.

    La tercera huella escritural se hace visible en su poesía bajo el título de Animal sin tiempo, publicado recientemente por Editorial Praxis, ese refugio que mantiene contra viento y marea el poeta y profesor de la UNAM Carlos López, en medio de un ámbito donde a menudo se busca la venta rápida con cualquier tipo de libro. Sin desprenderse del todo de la estética romántico-modernista, García Aguilar escribe sus tercetos, cuartetos o sextetos de verso semilibre y acentuaciones muy sonoras. De pronto puede interrumpir la puntuación en beneficio de la presencia rítmica: es una escritura adjetival, asonántica a veces, y con un vigor aliterante. Un ejemplo del texto “Papeles del loco” es elocuente: “En la humedad de estaciones heladas de esquí/ o en la primaveral cristalinidad perlática del riachuelo/ fluyen estados de ánimo en superficies de flor y lodo/ y con palabras incrustadas en cuevas paulatinas/ se oye el sonido de las imprecaciones acuosas/ la goteante liturgia de la lluvia y su poema”. Un tono semejante se observa en “Máscaras”, que compone la tercera sección del volumen. Aquí el “crisol metafórico”, tal como se dice en el poema “Herrera y Reisig se arroja al Tequendama”, se extiende por todos los textos. Transcribo el segundo y tercero de los tercetos en alejandrinos: “Fantasmales pegasos en extrañas galaxias/ saludarán la eterna sinalefa poética/ y una palabra más convocará quimeras// La inquieta esfera sideral taciturna/ bajo efecto de alcohol ardiente como nieve/ te llevará al centrípeto crisol metafórico”.

    En otras composiciones, el tono es contemporáneo o posterior a la vanguardia. Aparecen textos reveladores y ya sin ataduras. La historia o microhistoria se desarrolla, anecdóticamente, a través de la sustancia del idioma, y el poema se encarna en esencia y existencia desde el fondo. He aquí algunas líneas en verso libre del texto “Regreso a Trocadéro con Boltansky”, sí, Christian Boltansky, ese artista de las instalaciones que vino al mundo en 1944, cuando aún no terminaba la Segunda Guerra Mundial. El poeta escribe: “Es 13 de septiembre de 1998/ 475 días antes del año 2000/ Trocadéro está nublado y frío esta tarde/ tras de la exposición/ ¿explosión?/ de Boltansky/ Escalofriantes fotos de adolescentes suizos/ muertos hace tiempo/ adosadas a puertas de sarcófagos uniformes de metal/ Camas cubiertas de sábanas blancas como sudarios/ bajo el neón de la anestesia/ lechos enfermos catres gélidos/ Ropas viejas con olor a tiempo ido/ a sudor fiebre muerte/ Objetos perdidos cascos sombrillas radios zapatos/ paraguas llaveros bacinicas carteras/ botas relojes bastones radios/ paquetes envueltos en celofán/ Cámaras fotográficas muñecas abrigos para niñas/ autos de juguete bolsas de dulces corazones perdidos/ vidas perdidas tiempo perdido/ Es domingo y en lo alto de la Torre Eiffel/ parpadea la gigantesca cuenta regresiva/ 475 días antes del año 2000”. Quisiera transcribir por completo el poema “Western Hotel”, que me parece, como varios a lo largo del volumen, de alta temperatura y digno de aparecer en alguna película de los hermanos Ethan y Joel Coen, pero me muerdo la lengua porque el tiempo es implacable.

    A pesar de la mordedura, aquí va el texto: “En cada cuarto sudores y alegrías lágrimas y hastío/ ¿Cuántos murieron allí poco a poco en noches de exilio/ esperando mensajes transatlánticos o nombramientos?/ Agitados tal vez por la huida después de un crimen/ o por el llanto del desamor con el cuerpo herido de abandono/ Uno a uno miles tomaron la llave y subieron por escalinatas/ sin oír el crujido de las maderas viejas y polvorientas/ hambrientos o hastiados de hamburguesas baratas/ mientras afuera en la calle Leavenworth zumbaba el viento/ Arriba ellos a través de cortinajes amarillentos/ con cigarrillo y dedos untados de nicotina/ miraron el techo cegados por la bujía o la desnuda coreana/ Recién llegados de un país lejano/ casi siempre de Oriente o Europa o Sudamérica/ o de alguna ciudad estadounidense con asesino múltiple/ tiraron sus cuerpos sobre colchones fríos/ como sudarios a la hora del amanecer y gritaron sin gritar/ al preguntar por la razón de este incesante viaje/ Ebrios o bajo el efecto de la yerba/ pulidos marchitos hastiados de amor o deseantes/ escucharon el rugir de la calle/ y el ágil taconeo de los atracadores/ En la esquina de los chinos alguien comió chop suey/ y pagó tres dólares cincuenta con monedas/ y más allá un negro vendió la última dosis/ Pero también en el 507/ dos alemanas bellas trenzaron sus cuerpos/ en el 403 Phil y Michael mordieron sus cuellos sin condones/ en el 201 la gorda suspiró por un camionero sucio/ en el 101 Gina y Luis celebraron la adolescencia marchita/ con tequila y sexo agitados lamiéndose sin percibir el hielo/ Raúl se vino solo y gimió en éxtasis hambriento/ El viejo solitario del 313 tosió y tosió hasta la muerte/ mientras Georges el dueño seducía en la recepción/ al efebo pirómano con palabras de huérfano griego/ Cada día distinto e igual con su ir y venir de maletas/ lavamanos goteantes duchas oxidadas sillas cojas/ Frank Sinatra cantaba desde algún radio viejo/ Humphrey Bogart y Lauren Bacall discutían/ desde la pantalla chica/ Cada noche en espera del nuevo aventurero/ o del estafador húngaro de 38 años con su blues a cuestas/ Desamados y amados y vueltos a amar y a desamar/ en tránsito hacia la nada desde la nada y por nada/ mientras sonaba la sirena de la ambulancia/ con un nuevo cadáver hacia la morgue/ o un pederasta recién acuchillado/ entraba a la patrulla en Castro Street/ Van Ness Leavenworth Market Mission Strawberry Hill/ Tenderloin luces intermitentes en rascacielos/ Bruma desde el Golden State y una luna gigantesca/ Todo al unísono en el delirio del drogadicto del 707/ una noche cualquiera de abril”.

    Escritura desde la médula, convulsa y fuertemente expresiva: cercana a la prosa de atmósfera. Se suspende la puntuación y cada vocablo se comunica con el anterior o el posterior a través del roce. Escritura de roce material, sí, de combustión cada vez más matérica. Sólo diré que vislumbro a Enrique Lihn allí adentro, con su libro A partir de Manhattan; pienso también en aquel tono de Roberto Bolaño que aparece en su volumen Los perros románticos, o aun descubro mi sombra en aquella serie “Visiones de Nueva York”, dentro de mi antología poética en verso y prosa Música de fin de siglo. Cuánta energía en “Western Hotel”. Sin duda que sus líneas no son caramelos envueltos en celofán. La temperatura es aquí muy distinta. Naufraga la visión grecolatinizante del equilibrio clásico, aunque Aristófanes me desmienta, parcialmente, y con razón y temperamento festivo y hasta sarcástico.

    “Ten cuidado y no te metas entre las patas de los caballos de Aristófanes”, me dijo alguna vez Nicanor Parra en su casa de La Reina, allá en Santiago de Chile, mientras se reía con su cara de monje taoísta o tal vez de loco. Saludo desde México al poeta, novelista y ensayista  Eduardo García Aguilar, y lo felicito por lo que imagina, escribe, siente y sueña. Nos veremos al menor descuido en aquel París de ayer y de siempre, con Nora del Carmen, ¿casi Nora de aquel fantasma de Joyce?, y Maricruz y Oriana y los amigos, y ese clavel todavía húmedo sobre la tumba de Julio Cortázar, nuestro Julio inolvidable, sin duda. D’accord?








Proyecto Patrimonio— Año 2015
A Página Principal | A Archivo Hernán Lavín Cerda | A Archivo de Autores |

www.letras.s5.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
El vuelo de Eduardo García Aguilar: Animal sin tiempo.
Por Hernán Lavín Cerda




samedi 6 juin 2015

AGUDELO TENORIO Y SU VORÁGINE DE MAR




Por Eduardo García Aguilar
Uno de los autores más notables en estos momentos en Colombia es Felipe Agudelo Tenorio, quien se coloca en la atalaya del ejercicio narrativo frente a un abismo, golpeado por la ventisca, sin contemplaciones, lejos de quimeras de gloria y éxito en tiempos de velocidad mercantil y olvido. Escribe ficciones por el camino más arduo, al acercarse a la realidad contemporánea exigiendo de su palabra rastros, huellas de verdad y lucidez, savias extraídas luego de una larga y dolorosa maceración vital, como en su segunda novela, El vuelo negro del pelícano, publicada en excelente edición y con bella portada por Sílaba editores de Medellín, en 2015.
Autor de la novela Las raíces de los cielos, de varios libros de relatos, entre ellos Cosecha de verdugos y otros de poesía, el bogotano vivió durante varias décadas fuera de Colombia, en México, antes de regresar a su país, perturbado como siempre por un vendaval siniestro de muerte y asfixia, donde enfrenta, además del sanguinario contexto nacional, el fin de una época personal desde donde observa, ya decantadas, las temáticas de la existencia, el deseo, la carne, el vicio y la muerte.
El personaje y narrador central de su novela es el médico cincuentón Fabian Martel, quien, sobreviviente de todos los vendavales y desastres, opta por transcurrir como ave rara y solitaria en innombrables bares, habitáculos de lujo donde bailarines y bebedores, jóvenes hembras magníficas y musculados varones metrosexuales bailan, hablan y se divierten sin cesar porque “viven apabullados por el miedo” sabiéndolo y sin saberlo.
Martel, quien ha decidido por opción filosófica personal “no destruir”, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos colombianos, está cubierto por una gruesa coraza de quelonio dentro de la cual conviven en turbulencia las más profundas fragilidades y vive su deriva en el bar, “destino central” del hombre, sitio fundamental donde desde el silencio hace un diagnóstico de la realidad, con tan buenos resultados “que cuando le pasan la cuenta no le gusta pensar que se está gastando su dinero sino que acaba de invertirlo”
En el bar decide vivir la realidad y la diseca y analiza viajando en el tiempo, convocando el fantasma de la misteriosa y ausente Alicia, y “como es un impostor muy curtido, nadie nota el fraude en sus maneras de avenirse a cualquier topografía y sumarse a la multitud, a pesar de que son mayúsculos los esfuerzos con que intenta no levantar sospechas de excesiva diferencia haciendo, como bien puede, la mejor imitación de si mismo”.
El bar de El vuelo negro del pelícano está “emplazado con costoso esmero comercial sobre el lomo de una pequeña colina que sirve de mirador hacia un viejo puerto caribeño, justo a orillas de una bahía tersa y parcialmene iluminada, desde cuyas terrazas es posible, si así lo desea, contemplar el cansino trajinar nocturno de los estibadores y las grúas sobre los barcos de carga, el zarpe hermético de buques de guerra (...) y la sedante navegación de los transatlánticos de lujo” que fluyen por el mar como incendios flotantes, dice Agudelo Tenorio haciendo uso de su pertinente voz poética.
Hay una mujer fundamental que se ha ido y cuya ausencia y cruel lucidez lo rondan, Alicia, pero aparece al instante en la pista una joven hembra magnífica, una morenaza de abundante cabellera, que miente tanto como él finge y danza solitaria lanzando al aire las feromonas del deseo. Se inicia entonces un intercambio entre seres a la deriva, la del maduro experto y la bella gacela venal, que le haría exclamar a Martel: “tu carne es la única porción de la realidad que me gusta”.
Como “la pájara tenía su sed” Martel la invita a beber y acepta ese intercambio nocturno entre silencios, pieles reunidas al azar que nunca se volverán a ver, en medio de un gentío de ebrios y desbocados que cumplen con la consigna nacional colombiana y tal vez mundial de que “bebemos para amansar el terror de abrazarnos y bailamos para no tener que matarnos todo el tiempo”. Siguen unas horas en que esos dos cuerpos salen a la noche y luego van al apartamento bajo la lluvia tropical y la historia se convierte en un ojo de huracán, maelström donde la metáfora de la vida de Martel se une a la de la existencia de los viejos pelícanos que dan nombre a la novela de Agudelo Tenorio, aves extrañas, pesadas, cómicas, sobrevivientes de la era de los dinosauros, criaturas tan longevas como los humanos, que envejecen y pierden la vista para morir perdidas e inermes tambaleándose ante la burla de los paseantes en las playas del mundo. 
La novela no solo es notable porque opta por el riesgo de contar la realidad vital del momento, lo que pasa en un rincón de este planeta en unas cuantas horas y con unidad de lugar y de tiempo bajo las estrellas y junto al mar, sino porque es breve, necesaria, está escrita con una prosa donde palabras y oraciones se encuentran bien instaladas en la estructura minuciosa de relojería del edificio narrativo y donde la carne, el deseo, la piel, se tejen, se entremezclan con ideas y reflexiones que el médico carga a lo largo de su periplo y terminan convirtiéndose en parte de su ser, como se lee en el último apartado epilogal de aforismos que nadan en la memoria del doctor Martel, viejo pelícano ciego que se ahoga en un mar que es ya una inmensa e inabarcable lágrima de verdad.
El vuelo negro del pelícano de Agudelo Tenorio ingresa al catálogo extraño de las novelas colombianas de la desesperación y la lucidez, a veces obras únicas de autor, anómalas, monólogos del viajero curtido en un instante de la vida de Colombia, tales como La Vorágine de José Eustasio Rivera, Cuatro años a bordo de mi mismo de Eduardo Zalamea Borda, Las llaves falsas de José Vélez Sáenz, o Un bel morir de Alvaro Mutis. Libros raros, breves, únicos, dolorosos e irrepetibles.

  

lundi 3 novembre 2014

NEURASTENIA Y GRAMÁTICA EN LA LITERATURA COLOMBIANA

Por Eduardo García Aguilar

Después de leer las 379 páginas de El cuervo blanco, de Fernando Vallejo, peculiar biografia personal del filólogo Rufino J. Cuervo, sentí una terrible sensación de asfixia, porque de ese volumen emanan las polillas y el olor mortecino de la colombia decimonónica, ultramontana y oligárquica que ha vivido y vive a espaldas del país real, en el limbo de un eterno Concilio de Trento.

En este libro, Vallejo se convierte en el amanuense de la vida de un neurasténico oligarca colombiano, al revisar y cotejar decenas de miles de documentos conservados en diversas instituciones, como cartas suyas y de corresponsales, tarjetas postales, libros, documentos notariales, artículos, referencias públicas y privadas, objetos y hasta la voz del muerto grabada en gramófono. 

El autor realiza un organigrama catastral de esa cantidad extraordinaria de materiales guardados en Bogotá desde hace un siglo y hace una relación minuciosa de las palabras del gramático, cuya existencia en París, viviendo de las rentas, transcurrió llena de achaques al lado de su hermano Angel y tras la muerte de éste, en compañía de una criada solterona, originaria de la Francia profunda.

Había leído hace tiempo el diario de viaje de su hermano Angel Cuervo, donde se relata el periplo filial por casi cien ciudades y pueblos europeos, cuando los ya millonarios cerveceros bogotanos buscaban establecer relaciones comerciales y nuevas técnicas para sus productos, a lo que se unía la visita de personajes, munumentos, museos, restaurantes, hoteles e iglesias, abundantes desde el occidente europeo hasta la remota Estambul.

Los Cuervo, como los Silva, Marroquín, Holguín, Samper, Pombo, Caro, López, Urdaneta, Borda, Lleras y otras familias de la sabana de Bogotá, hacían parte de un reducido club endogámico de notables hacendados que han dominado a Colombia a través de los siglos, y acaparado todas las posiciones, mientras al otro lado se hundía el país profundo en la miseria, la enfermedad y el olvido, las poblaciones de origen indígena y africano en las orillas inhóspitas de ríos y océanos y los jornaleros mestizos en valles y cordilleras.

La historia oficial de Colombia, en boga hasta que por fortuna se dio un gran revolcón académico en la historiografía a partir de los años sesenta del siglo pasado, se redujo a la hagiografía de unas cuantas familias de alcurnia bogotana y personajes míticos pertenecientes a las mismas que nos impusieron en la escuela como los clásicos de la literatura, la poesía y el pensamiento nacionales y cuyos nombres y apellidos acaparan plazas, instituciones, claustros y avenidas.

Es la historia de unos cuantos privilegiados ricos que iban y venían a París y Londres, unos a expensas de su capital, como los Cuervo, y otros del erario público, a través de los principales cargos diplomáticos que se repartían y se reparten todavía entre ellos.

Al leer esta relación de cartas, se revela el nepotismo colombiano, donde unas cuantas familias se sucedían y se suceden en la presidencia y se unen entre ellas, en un entramado de corrupción y riquezas mal habidas, en medio de guerras y exterminios realizados por sus sicarios, como la Guerra de los Mil Días y otras de antes y después.
Esos héroes culturales, muy católicos, caritativos y castos que nos impuso la oligarquía bogotana al resto de habitantes del país como infalibles deidades culturales, han sido siempre mostrados como ángeles, santos, imágenes devotas que como Cuervo, Silva, Caro, Holguín, Pombo el plagiario y Samper están más allá del bien y del mal, cuando muchos de ellos no fueron más que miembros de familias pícaras e impunes, que coaligadas con el poder eclesiástico, impusieron en Colombia el más atroz Apartheid.

Tal vez sin quererlo, o tal vez queriéndolo, el autor hace un retrato a veces un poco caótico de ese mundo ido e infame, a través de la historia de un neurasténico rentista que pasó su vida tratando de reunir todas las voces del idioma español, castizo, de pura estirpe, para imponerle un cinturón de castidad eterno que por fortuna fue destrozado por la fuerza de la imfame turba colombiana y rematado por Gabriel García Márquez

A través de los papeles de Cuervo, que el autor santifica, vemos esa atroz Colombia endogámica de personajes rentistas que rezan todo el día mientras en sus fincas se esclaviza y se mata, y cuya riqueza y poder autocrático todos dan por sentados por gracia divina y nadie cuestiona, así como la supuesta inteligencia y brillantez, heredada de generación en generación.

Pero lo más terrorífico de esta historia que emana del escaparate de bisabuela de Cuervo, es que el poder de esos cuantos oligarcas latinistas y gramáticos bogotanos decimonónicos pretendió también basarse en el cabestreo del idioma catellano, castizo, ultrahispánico, ultramontano e impoluto, que todos deberíamos según ellos conservar, pero que está mandado a recoger, porque ya se lo comió la manigua de la imfame turba latinoamericana con su polifacética lengua demoniaca y calibanesca.

JAIME MEJÍA DUQUE: GENIO Y FIGURA

Por Eduardo García Aguilar

Jaime Mejía Duque (1933-209) fue la primera persona que busqué en Bogotá cuando llegué allí a los 18 años para iniciar mis estudios en la Universidad Nacional de Colombia. De inmediato me recibió en su oficina del Ministerio del Trabajo donde trabajaba como jurista y después de largas conversaciones en los cafés de la séptima y visitas a librerías emblemáticas del centro, me abrió las puertas para publicar en Lecturas Dominicales de El Tiempo, dirigido por Enrique Santos Calderón, entonces su amigo entusiasta y generoso joven de izquierda.

En su órbita se discutía con pasión sobre literatura latinoamericana y colombiana y se buscaba analizar las tendencias de las letras continentales en tiempos de auge del irrepetible boom de la novela latinoamericana, cuando autores extraordinarios como Alejo Carpentier, Miguel Angel Asturias, Guillermo Cabrera Infante, Augusto Roa Bastos, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, José María Arguedas, Julio Cortázar, José Donoso, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa irrumpían a nivel mundial, pues nuestro continente estaba de moda en el mundo por las ilusiones que suscitaba su probable camino hacia la revolución encabezada por el mito crístico del Che Guevara.

Después de las presentaciones de libros, conferencias o entregas de premios literarios universitarios, recalábamos todos en grupo en algún bar restaurante cercano a la carrera séptima, como ocurrió aquella vez en que llegó a Colombia el joven narrador Oscar Collazos, entonces la estrella máxima de las letras jóvenes continentales tras su conocida polémica con Julio Cortázar y Vargas Llosa, publicada por Siglo XXI editores. Mejía Duque encabezaba la mesa y la literatura era nuestro reino. Alto, cejón, cegatón, manco, pero de una elegancia de cachaco impecable, con la otra mano alzaba la cerveza entre la humareda del antro y reía sin perder la compostura. El país no imaginaba entonces hasta dónde llegaría en materia de horrores y sorpresas sangrientas. Aún caminaban por ahí León de Greiff y Aurelio Arturo y el fantasma de Baldomero Sanín Cano todavía estaba fresco.

Aquel momento de euforia colectiva no volverá a repetirse: la literatura latinoamericana era de una variedad asombrosa y había lugar allí para todo tipo de expresiones en el campo de la ficción, fueran ellas borgianas, barrocas, costumbristas, neorrealistas, experimentales, mágicas, agrarias, urbanas, eruditas, absurdas, crípticas, comprometidas, procaces o macarrónicas. La poesía, encabezada por la maestría viviente del gran Pablo Neruda, irrigaba toda la geografía continental hundiendo sus raíces en el modernismo y estirando sus brazos y manos abiertas a todo tipo de experimentaciones, a través de las vanguardias. Y al lado de esa pléyade de autores y multitud de obras notables escritas y publicadas entre los años 50 y 70, vibraba con derecho propio el ejercicio del ensayo y la crítica con nombres inolvidables como Emir Rodríguez Monegal, José Miguel Oviedo, Fernando Ainsa, Angel Rama y Jaime Mejía Duque, Hernando Valencia Goelkel, Oscar Collazos, Isaías Peña Gutiérrez y Juan Gustavo Cobo Borda, entre los colombianos.

Desde todos los países surgían obras que circulaban frescas entre las diversas capitales y a diferencia de esta primera década del siglo, dominada por productos editoriales desechables de consumo inmediato, se trataba de obras monumentales devoradas en colegios y universidades por una generación enfebrecida por los campos magnéticos de la historia en movimiento. Mejía Duque era una antena de esa inquietud en la Bogotá de los años 70 y en torno suyo jóvenes y contemporáneos intercambiábamos libros y discutíamos sin cesar sobre el fenómeno en curso.

Después de cuatro décadas de reino ininterrumpido de Gabriel García Márquez, autor aclamado unánimente por toda la crítica y la prensa literaria mundiales, es difícil entender para quienes no vivieron esos momentos lo que significó ser testigos de la verdadera declaración de independencia cultural y artística de América Latina. Ahora es algo ya admitido, pues pasada la efervescencia revolucionaria de aquellos años, los logros culturales se solidificaron en las mentalidades, pero entonces, cuando el continente luchaba por desatarse de las garras del cruel imperio norteameriano, cómplice y autor de los más grandes crímenes para apuntalar a dictadores locales, esos acontecimientos históricos irreversibles suscitaban una agitación intelectual poco vista en universidades, cafés y librerías. Desde la adolescencia tratábamos de desentrañar los aracanos de la historia, estudiando a la luz de los grandes pensadores del momento los procesos históricos de la humanidad y la aventura del pensamiento.

En esos tiempos de inquietud política latinoamericana marcada por los asedios de la ultraderecha y las dictaduras, las acciones imperiales violentas de Estados Unidos y el auge opositor de las ideas marxistas agenciadas por la Unión Soviética, China y Cuba, Mejía Duque era un « intelectual orgánico » que analizaba las tendencias de la cultura latinoamericana del momento, rebelde, leal a la causa de la revolución, pero nada ingenuo ante las fisuras y vicios del bando insurgente y los problemas detrás del Muro de Berlín. Este abogado erudito y riguroso pertenecía a una generación estudiada en las universidades de Rusia, Alemania del Este y otros países de la órbita soviética situados tras la cortina de hierro en plena guerra fría, y que durante su estadía en esos países accedió a otras lenguas y culturas que llegaron a conocer y traducir ampliamente, como es el caso del excelente poeta Eduardo Gómez o del fallecido Henry Luque Muñoz, entre otros muchos intelectuales colombianos de izquierda.

Cuando pronto viajé en 1974 a continuar mis estudios en la Universidad de París me llevé en la valija sus obras, entre ellas
La narrativa y el neocoloniaje en América Latina (Bogotá, La Oveja Negra, 1972), y más tarde propicié la edición en francés por parte del Centro de Información de América Latina (CIAL) de El otoño del patriarca y la crisis de la desmesura, donde Mejía Duque ejercía su crítica ante la nueva obra de GGM posterior a Cien años de soledad, con valentía meritoria, cuando cuestionar al futuro Nobel era un pecado de lesa majestad.

Sus libros Literatura y realidad, Mito y realidad en Gabriel García Márquez, así como sus exploraciones sobre las vanguardias latinoamericanas y sus textos sobre Jorge Isaacs, Tomás Carrasquilla y otros autores colombianos merecen una nueva relectura situada en el contexto en que fueron escritos. Mejía Duque está posicionado para siempre al lado de los otros grandes críticos latinoamericanos contemporáneos del boom. Él y los hombres de izquierda de su generación fueron seres honrados que amaron a su país y por eso murieron olvidados en vida: en estos tiempos de bandidos y mafias tenebrosas aferradas en el poder para robar y matar, ellos son ejemplo significativo para nuestro país a la deriva.


---
* Obras de Jaime Mejía Duque: Literatura y realidad; Mito y realidad de Gabriel García Márquez; La Vorágine o la ruta de la muerte; Narrativa y neocolonialismo en América Latina; El otoño del patriarca o la crisis de la desmesura; Isaacs y María; El hombre y su novela; La narrativa de Manuel Cofiño López; Bernardo Arias Trujillo: el drama del talento cautivo; Tomás Carrasquilla; El nuevo Diógenes y otros poemas; Los pasos perdidos de Francisco el Hombre; Evocación de Azorín; y la novela La noche de Bareño.

vendredi 24 octobre 2014

EL SILENCIO DE R.H. MORENO-DURÁN

Por Eduardo García Aguilar
Uno de los escritores colombianos que en su momento tuvo, a finales del siglo pasado, una gran presencia en el panorama literario colombiano fue Rafael Humberto Moreno-Durán (1945-2005), quien luego de su prematuro fallecimiento vive en un injusto silencio, dados como son los medios literarios colombianos y las editoriales a sepultar y olvidar para siempre a quienes la parca les ha jugado una mala pasada llevándoselos antes de tiempo y no pueden estar presentes para promover sus obras en vanas presentaciones y aceleradas actividades de prensa y marketing.
Moreno-Durán, quien estudió derecho en la Universidad Nacional de Colombia, era un escritor vanidoso y ambicioso como todos, lo que no es un pecado, y estaba caracterizado por una gran cultura e inteligencia y a la vez por un gran sentido del humor, pero era capaz de cometer injusticias con sus amigos, cuando sentía que sus intereses u orgullo literarios estaban en peligro.
Por eso en vida se peleó con muchos de sus colegas y son inolvidables sus desplantes en ferias literarias o presentaciones de libros donde buscaba ocupar todo el terreno, autodenominándose como el mejor escritor de todos los de su generación. Pero aun así, todos lo queríamos y destacábamos sus cualidades excepcionales, dada su múltiple formación como jurista y lector infatigable.
Los escritores de su generación, que podríamos llamar "De la revista Eco", la gran publicación del librero alemán Karl Buchholz, entre los que figuran Darío Ruiz Gómez, Oscar Collazos, Fanny Buitrago, Ricardo Cano Gaviria y Fernando Cruz Kronfly, entre otros, eran fieles a la idea del autor total, inspirado en grandes figuras como Marcel Proust, Virginia Woolf, Thomas Mann, Herman Broch, Elias Canetti y otros monstruos europeos de obras portentosas y gigantes. Para ellos ser escritor era y es devorarse el mundo y la historia con mayúsculas, ejercer un sacerdocio milenario, agitar las palabras y las ideas hasta la extenuación.
En los anos 60 y 70 estos escritores, entre los que figuraba Moreno-Durán, ejercieron la literatura al extremo, gracias a un espíritu de polígrafos que se lucían y gozaban escribiendo largos ensayos y novelas enormes y supercuidadas donde los protagonistas eran las ideas y el lenguaje. También se consideraban intelectuales en el buen sentido de la palabra intelectual, o sea hombres de ideas y de cultura, ligados a los clásicos y a los autores de todas las épocas de la cultura universal.
Su tragedia consitió en que el mundo y la vida literaria cambiaron de repente y esas obras magnas, cuidadas, responsables, fueron reemplazadas poco a poco por una literatura frívola y de escándalo, apta para amplios públicos, especialmente el colombiano, que goza con obras vulgares y violentas donde la agresividad, la intolerancia y la  escatología nacionales son legión.
De ahí que desde un tiempo para acá se ha vuelto en Colombia a una literatura prevargasviliana, fundamentalmente paisa, que se nutre en la escatología del humorista Cosiaca y los anatemas del sacerdote Miguel Angel Builes, un sectario iluminado que incendiaba desde los púlpitos invitando a la violencia y la eliminación física del enemigo político, o sea el liberal. La literatura de éxito en Colombia es pues, una literatura que insulta, ataca, destruye verbalmente al enemigo, una literatura llena de manías, racista, clasista, donde reina el grito y el desplante y no el pensamiento.
Moreno-Durán se dio cuenta de que su generacion había fracasado en el intento y alcanzó a ver la entronización en Colombia de todos esos best sellers agenciados por las grandes editoriales multinacionales, en especial de la llamada literatura sicaresca, de tetas o de narcos. Y  debió haber sido muy duro para él y sus colegas reconocer esa terrible derrota de su generación, que fue condenada al ostracismo después de la desaparición de la revista Eco y de casi todos los suplementos y revistas literarias.
Bajo de estatura, fornido, siempre listo a pronunciar fenomenales ocurrencias, la partida de Moreno-Durán, con todas sus cualidades y defectos, fue una gran pérdida para la literatura colombiana en general. La trilogía Fémina Suite, Los felinos del canciller, Mambrú y  Metropolitanas, son algunas de sus obras.
Y fue una gran perdida porque en lo que va del siglo XXI nos hemos venido acostumbrando en Colombia a
ese lenguaje hostil, que es el manejado por el ominoso caudillo del Ubérrimo, quien es en política la versión agresiva, falta de ideas, binaria, sectaria, de esa literatura de cuchilleros y "rufianes de esquina" que ha terminado por dominar el panorama nacional, salvo contadas excepciones por fortuna, con autores como William Ospina, Tomás Gonzales y Evelio Rosero.
El vanidoso, el ambicioso e inteligente escritor Moreno-Durán supo a tiempo de la gran tragedia de la literatura colombiana y es probable que esa certeza aceleró su enfermedad y terminó por matarlo. Había apostado toda una vida por una literatura con mayúsculas y la literatura fue conquistada por los minúsculos.
Moreno-Durán era capaz tambien de tener una gran generosidad y le debo gestiones para que mi novela El Viaje Triunfal fuera publicada en la Editorial Tercer Mundo, dirigida entonces por Santiago Pombo. Antes, un jurado compuesto por Moreno-Durán, Ruiz Gómez y Cruz Kronfly, la eligió como ganadora de la Beca Ernesto Sábato de Proartes para escritores jóvenes, galardón que también obtuvieron entonces Julio Olaciregui y Evelio Rosero. Moreno-Durán era amigo y ayudaba a los escritores jóvenes.
Son inolvidables las veladas vividas con Moreno-Durán en Colombia, México y París. Si un dia se hace un libro de homenaje, sus amigos y enemigos podrán contar quien fue esta gran figura de la literatura colombiana, que merece ser rescatada del olvido y puesta a circular de nuevo para que se conozcan los alcances de su obra y la de sus contemporáneos. Moreno-Durán fue un enorme escritor colombiano y su ausencia se nota en la literatura colombiana de hoy.

jeudi 23 octobre 2014

ENCUENTROS CON MANUEL ZAPATA OLIVELLA

Por Eduardo García Aguilar

La última vez que lo vi fue en el Hotel Dann Colonial de La Candelaria. Una mañana nos encontramos en el ascensor, en el sexto piso, y descubrimos que estábamos en el mismo corredor y que nuestros cuartos estaban frente a frente. El mío tenía vista a los cerros y a Monserrate y al delicioso paisaje frío de la Bogotá nocturna. El cuarto de Manuel daba al silencio de los patios centenarios.
Había recalado ahí después de un Festival Internacional de Poesía organizado por el Instituto Caro y Cuervo, al que me había invitado Ignacio Chávez. Y al final dejé el Tequendama y me refugié en el Dann para decansar y leer en la Bogotá fría donde están sepultados mis padres, esa Bogotá a donde fui una vez de niño con ellos a un hotel cercano a la Casa del Florero y el Capitolio, el ya desaparecido Savoy.
Manuel había polemizado conmigo en Valledupar durante la clausura de un encuentro dedicado a García Márquez, organizado por La Cacica. Furioso, la había emprendido contra mí, haciéndome pagar a mí solo la supuesta soberbia racista de los académicos que ignoraban la literatura negra de Colombia. Yo pagué los platos rotos por todos los conferencistas venidos de Estados Unidos y de otras partes del mundo y como di el discurso final, me cayó la furia injusta de Manuel, como más tarde él lo reconoció al honrarme con unas disculpas inmerecidas.
Atiné a decirle que a lo mejor yo tenía sangre quimbaya o pijao, sangre árabe o judía, y que siempre he estado del lado de los mestizajes, el derrumbe de las fronteras y contra los nacionalismos y racismos. Mis argumentos eran inútiles, porque a él no le faltaba razón: Colombia es un país racista y clasista donde el color de la piel y la clase determinan muchas cosas y las famas y las glorias se definen por la pertenencia a ciertos nichos de privilegio. Salvo contadas excepciones, las clases dirigentes a nivel nacional o local no han dejado jamás a un indio o a un " negro " desempeñar un papel importante y al único " indio " que estuvo a punto de llegar al poder, el "negro" Jorge Eliécer Gaitán, lo mataron.
Recordé entonces al poeta Candelario Obeso, que no resistió en el siglo XIX esa discriminación de los capitalinos y que tuvo la equivocación de enamorarse de una blanca de familia bien; recordé a Arnoldo Palacios, el precoz autor de " Las estrellas son negras ", quien prefirió el exilio en Francia; pensé en la obra de Carlos Arturo Truque y de tantos otros que trataron de expresarse en la literatura del país desde su obvia condición marginal y murieron en el intento.
Colombia fue injusta con Manuel Zapata Olivella. Desde muy joven escribió espléndidos libros de viaje, dirigió la revista Letras Nacionales, en la que ayudó a la eclosión de nuevas generaciones, antes y después de la irrupción de Gabriel García Márquez. Como folklorista reivindicó los aportes de la negritud colombiana y siempre ondeó esa bandera. Como a la mayoría de quienes se aventuran con generosidad en los campos literarios, terminó sus días lúcido y sabio en ese refugio donde vivía rodeado de libros y de recuerdos y de decepciones.
Murió el 19 de noviembre de 2004 a los 84 años y pidió que sus cenizas fueran lanzadas al río Sinú, para que regresaran por el Atlántico al continente africano de sus ancentros. Había nacido en Lorica (Córdoba) el 17 de marzo de 1920 y dejó una vasta obra con títulos como Los pasos del indio, Hotel de vagabundos, El retorno de Caín, Tierra mojada, Pasión vagabunda, Chambacú, corral de negros y Changó, el gran putas.
Pasé entonces a su guarida y me abrió una botella de vino con su manos temblorosas y su inefable cachucha. Las décadas que nos separaban desaparecieron de inmediato. Con la bondad del nuevo amigo que me llevaba 30 años, me habló de sus días de México cerca de Diego Rivera, quien lo pintó en un mural como pago por una consulta médica y pasamos revista a la literatura del país y a sus nuevas tendencias, mientras acabábamos esa botella y reíamos en pleno centro de Bogotá, en la Candelaria. Nos unía el México entrañable donde vivimos ambos.
La primera vez que lo vi fue en 1995 en el Festival de Biarritz, donde andaba siempre con el legendario fotógrafo Leo Matiz, convertido hoy en una figura mundial del lente del siglo XX, al lado de Brassai y de Cartier Bresson. Por ahí estaban Alvaro Mutis y García Márquez, tocados ellos por la gloria en vida, mientras Zapata Olivella dejaba ver sus largas patillas encanecidas en los salones de un Palacio frente al mar y al famoso faro pintado por Picasso.
Más tarde lo volví a ver en Valledupar donde, en un almuerzo al aire libre, en una estancia en el campo caliente del Cesar, nos contó del matriarcado ejercido por las indias de la zona y tarareó canciones frente a los críticos José Miguel Oviedo, Raymond Williams y Michael Palencia-Roth.
Con él caminamos por las calles y escuchamos nuevos grupos de Vallenatos, antes de que con un grito dolido hablara de la negritud y pronunciara un discurso sobre las frustaciones de su gente en Colombia.
Su protesta estaba justificada: al final la literatura termina confiscada por los profesores y los críticos de las universidades que la desmenuzan con el helado bisturí de la indiferencia. No vale para ellos la lucha de quienes como él batallaron desde el margen y no obtuvieron la gloria ni el poder ni la prostituida fama que todo lo corrompe. La crítica se vuelve la previsible loa al éxito y los congresos literarios una ceremonia absurda de vanidades de donde siempre se excluyen los derrotados.
Tenía razón Manuel Zapata Olivella en gritar al viento contra todo y contra nada, ante la incomodidad de la Cacica, los profesores y los altos funcionarios. Por eso al convertirme por una semana en su vecino y amigo en el Hotel Dann y acompañarlo mientras caminaba con su paso lerdo de octogenario, comprendí todo lo que le debíamos en Colombia a este moderno que exploró las más profundas sabias mestizas de nuestro país y quiso dejar por escrito el testimonio de quienes llegaron esclavizados en barcos y luego aportaron la crucial alegría y la tristeza de su cánticos y la plasticidad de su danza.