lundi 2 septembre 2013

DIATRIBA CONTRA LA POESIA COLOMBIANA SENTADA EN SUS LAURELES




POR EDUARDO GARCIA AGUILAR
Domingo 22 de Julio de 2001.


Lecturas Dominicales de "El Tiempo"




La colombiana es una poesía pasmada, abortada, rezagada, comiéndose las uñas, modosita, sin grandes ambiciones, bien portada, siempre tímida, temerosa de pasar la raya o lanzarse al abismo. De pronto un autor logra destellos, pero luego se silencia, calla por temor y desaparece en la oscuridad. Es como si el poeta colombiano, cual niño aplicado, supiera que hay un límite imaginario que no puede pasar, y teme lanzarse a la aventura del bosque por temor al lobo, abomina descubrir nuevos yacimientos, parajes, cavernas, remolinos, fangos, arenas movedizas. Todo cambio le incomoda y por eso cierto aire de polilla y heliotropo la caracteriza, por lo menos hasta en los años 60, cuando algunos escritores ligados a la revista Mito comienzan a sacudirse de la modorra burocrática y la autocensura permanente. No debemos tener miedo para reconocer que la poesía colombiana, en bloque, es en definitiva una de las menores en el Continente y ha caminado siempre rezagada del tren delirante de la 'lírica' hispanoamericana (...)


En el inicio de lo que se ha querido llamar poesía moderna colombiana, nos encontramos con los tres padres fundadores: Silva, arquetipo del fracasado suicida que se malogra, Julio Flórez, maldito beodo vestido de negro con un fémur en el bolsillo del saco y una calavera en la mano de la que liba vino de numen mientras declama en camposantos, y Guillermo Valencia, el bien portado, triunfador, político ascendente que decide 'sacrificar un mundo para pulir un verso' y lo alcanza con espléndidas joyas. ¿Qué pasa con estos señores? ¿Qué extraños mitos y leyendas fundan? ¿Cuál es su lugar en el panorama del imaginario colombiano, conformado por las generaciones del siglo?


Empecemos con el primero. Con motivo del centenario de su muerte en 1996, Silva fue cooptado por el estado y los burócratas y convertido de manera peligrosa en nuevo ídolo nacional, especie de Martí o Sagrado Corazón patriótico. Después de que séquitos de funcionarios recorrieron el mundo haciendo campaña a su favor, realizando cocteles oficiales de donde, por supuesto, se desterró a los poetas, vale la pena tratar de situar su obra en el panorama del modernismo latinoamericano. A riesgo de provocar la furia de los nacionalistas que nadan sin nadaísmo con el aburrido pendón en alto, seamos claros: Silva no es de los grandes exponentes del movimiento. El sonsonete de 'Una noche, una noche toda llena de murmullos...' ya había sonado en otras partes del Continente y basta rascar un poco para encontrarlo ya en poetas menores mexicanos o de otras regiones de América Latina, en ese final del siglo XIX. Dos nocturnos correctos, el poema ese de 'aserrín aserrán, los maderos de San Juan', las curiosas Gotas amargas, no son suficientes para coronarlo (...) Silva se está convirtiendo en un caso evidente de mitificación para gustos provincianos, donde la tragedia del hombre se convierte en deliciosa película de terror. Misterio en la muerte, cadáver yaciente, libro de D'Annunzio, deudas, lluvia, y ahí está el tinglado para un opereta o para una ópera rock tipo Evita o Jesucristo Superestrella. Cuando a comienzos del siglo XXI uno desearía reflexión y análisis, volvemos otra vez a alimentar el mito, a echarle combustible en medio de himnos, banderas, delegaciones oficiales en romería mundial de gente encorbatada y tiesa, aplastada por el 'sacro monolito' del que hablaba Valencia.


El entrañable Flórez es un caso en extremo simpático y divertido. Su obra logró permear el imaginario popular hasta en canciones que se interpretan en veladas de bohemia campesina y barriadas urbanas, pero es un romántico en extremo tardío, con sus famosas 'flores negras'. Qué delicia recordar a nuestros padres recitándolo de memoria, con esa gran memoria que por tradición tienen o tenían los colombianos para recordar sus más caros versos. Valencia es, a mi parecer, otro caso y el endiosamiento mítico de Silva oculta su obra, tal vez una de las más importantes sino la más importante de la tradición colombiana, que por el rigor lo hizo algo así como el Valéry avant la lettre y que pocos parecen recordar cuando en 1998 y 1999 se celebraron los centenarios de las publicaciones de Poesías y ritos. A diferencia del suicida y del maldito, Valencia es una imagen poco amada en Colombia, pero su cuerpo literario es notable, desde sus extraordinarios largos poemas de ejemplar factura, con hallazgos en cada esquina, hasta su labor como traductor y solidificador de tradiciones. Anarkos, Leyendo a Silva, Palemón el Estilita, son algunas de las joyas recuperables.


Viene aquí una transición abrupta hacia nuevos mitos, devorados por las peripecias de sus vidas. El primero es Barba-Jacob, que Paz, con su característica lucidez, dijo se trataba de un 'modernista rezagado'. Cardoza y Aragón lo definió antes de morir, en una conversación que tuve con él en su casa de Coyoacán, como un "burócrata de funeraria". Para los colombianos, Barba, como Silva, es una figura necesaria. Su derrota, su exilio, su tragedia, su fin, lo convirtieron en otro Sagrado de Corazón nacional, pero sólo después de su muerte, pues por lo regular burocracias y amigos lavan la culpa de su indiferencia con aspavientos de admiración una vez echado el muerto al hoyo. Los corroe la culpa de no haber escuchado sus súplicas de dinero cuando moría de tuberculosis y sífilis en el hospital de la calle Regina y agonizaba en el cuchitril de la calle López, y por eso lo endiosan, y tal actitud patológica, de siquiatría nacional, se extiende a todo un país y aún se vierten lágrimas por el pobre bardo maldito (y por otros nuevos bardos malditos new look como Gómez Jattin). Por mucho que lo amemos y nos identifiquemos con él, haciéndolo el mártir favorito de turno, debemos reconocer que en general su obra sonaba como la de un ictiosaurio en años de real cambio y revolución mundiales: tal y como se dijo antes, el tren ya había pasado hacía tiempos. Se puede disfrutar Acuarimántima, tal vez conmoverse por algunos de sus mejores poemas, 'soy un perdido, soy un marihuano...', pero siempre hay en ellos un extraño aire de chapola negra.


Luis Carlos López y Germán Pardo García, también son otros dos casos para deleite local. El primero es un clown simpático y se justifica la atracción que suscita su obra, pues produce alegría en un panorama hasta entonces siniestro, negro, depresivo, suicida, lleno de cavilaciones tardías sobre la existencia de Dios, hábitos de percal negro y zapatos de charol, sudarios fríos de lino blanco, todo en ese tono de tisis reinante hasta entonces en la poesía colombiana. El mérito del maestro López es que en esta visita nos hace un guiño de tardeada familiar, con versos tan ingenuos como 'la cuestión es asunto de catre y de puchero, sin empeñar la Singer que ayuda a mal comer' o 'vivir como las cosas en los escaparates, para de un aneurisma morir cual mi vecino... ¡Morir sentado en eso que llaman WC'. Pardo, por su lado, fue patético, engañado al final de sus días por la ilusión cortesana de que iba a obtener el Nobel y por el delirio científico expresado en una obra de millones y millones de versos, en su mayoría ilegible.La generación de Los nuevos, entre ellos Maya, De Greiff, Vidales y Zalamea, entre otros, estaba algo chiflada. De Greiff es otro típico caso: la vida, la imagen, devoró al poeta. Su obra extraña, por supuesto, es excesiva y cornetuda (...) Mi generación creció admirándolo como la figura divertida, mimada por el poder, irreverente, chiflada, la del típico 'loco' colombiano gracioso con la que la aburrida y cachaca burocracia trataba de saciar la angustia de no haberse liberado a tiempo de la corbata, el corbatín y el traje negro. Digamos que con De Greiff se inicia en Colombia la poesía como entertainment, la poesía espectáculo que llegaría a su máximo esplendor en los 60 con los nadaístas y en los 80 con Gómez Jattin. La graforrea de De Greiff es pues espectáculo y tal vez algo de patología. Parece que los originarios de países nórdicos en Colombia están llamados por su excentricidad a ser los rompedores de hielo, los irreverentes que airean un poco la tiesura general. ¿Pero, dónde poner a De Greiff más allá de su chifladura? Vidales, por su parte, tuvo algún destello vanguardista, con el texto sobre la cinematografía, pero es obvio que en Colombia no podía florecer una revolución de esa índole. Un estridentista mexicano, a los 99 años, Germán List, me preguntaba qué pasó con Vidales, su contraparte colombiana, y pensé para mis adentros que él mismo dio marcha atrás a lo que 'hubiera sido' y al final optó por seguir el camino de 'La obreríada'. Menos excesivo que De Greiff, menos espectacular, Vidales tal vez se llevó a la tumba el secreto.


Jorge Zalamea es un caso especial, cuya influencia fue más decisiva en la obra narrativa de García Márquez y Mutis, sus mejores discípulos. Su obra se rebela a través de una prosa poética recargada hasta el exceso, muy a tono con la grandilocuencia de la primera mitad del siglo. Es una revolución monstruosa la del maestro Zalamea y su Gran Burundún Burundá ha muerto y El sueño de las escalinatas nos nutrieron en las escuelas donde lo escuchábamos en esos largos long play que hacían las delicias de nuestros maestros liberales. Sería, la de Zalamea, por primera vez en Colombia una poesía liberal, de izquierda, gaitanista, la contraparte de los discursos del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, asesinado el 9 de abril de 1948, fecha que parte al país en dos. Zalamea fue delicioso ensayista, excelente periodista, animador de publicaciones, traductor laureado de Saint John Perse, una figura firme, tal vez la primera que se atreve de verdad a pasar la raya, a enfrentarse al lobo, a no comerse las uñas, a no portarse bien. Un rojillo en medio de la godarria más espantosa.

Además de excelente poeta que dio serenidad y transparencia a la poesía colombiana para equilibrar los desmanes de De Greiff, Maya fue generoso ensayista. En varios libros trata de elucidar los rumbos literarios del país y, entre sus obras dedicadas al quehacer literario colombiano, Los orígenes del modernismo en Colombia fue una revelación para este lector en aquel tiempo adolescente. Su generación es verdaderamente adorable y los escritores colombianos de hoy estamos en deuda con ellos.


Habría que estudiar a fondo el fenómeno de Piedra y cielo, que odiamos y amamos al mismo tiempo. Recordemos que García Márquez pudo haber sido el último piedracielista, ya que en sus tiempos de Zipaquirá escribió varios poemas de este corte bajo la influencia de su maestro Carlos Martín y otros de ese grupo como Rojas, Camacho Ramírez y Gerardo Valencia (...) ¿Qué pasó allí con estos hombres siempre bien portados, ligados al poder, con un pie en la adulación al gobierno y otro en la poesía? Tal vez su revolución ocurrió a pesar de ellos: al bajar el tono, al desdramatizar el verso, al ingresar a la intimidad amorosa pero sin desgarramientos, porque 'salvo mi corazón todo está bien', estos hombres prepararon el terreno para despojar para siempre a la poesía local de los excesos retóricos de sus padres o hermanos: Silva, Flórez, Valencia, de Greiff, Zalamea. Detestables, pero efectivos, su contrarrevolución resultó una fenomenal asonada que concluyó con Epístola mortal, el largo poema que Carranza escribe al final de su vida y donde se suelta para siempre con un texto que permanecerá en el 'parnaso colombiano' al lado de Nocturnos, Anarkos, Acuarimántima, Morada al Sur, Pensamientos del amante, Moirologhia, Aviso a los moribundos, Canto del extranjero, entre otros muchos.Paralelo a Piedra y cielo, e incluso a Mito, Aurelio Arturo es descubierto después y cada año que pasa levita más como caso impar dentro del panorama que nos concierne. Traductor de poesía anglosajona, rebelde en ese medio afrancesado hasta la indecencia, la corta obra de Arturo, de la que se destacan algunos poemas que se pueden contar con los dedos de las manos, nos asombra ahora como nunca por sus hallazgos. Con la llamada generación de Mito, que no existió como tal, y dentro de la cual figuran autores que incluso jamás se conocieron, como nos dice Mutis, la poesía colombiana solidifica su cambio de rumbo. Pese a todo, sin los piedracielistas, no hubiera sido posible la obra de Gaitán Durán y Cote. Colombia trata de entroncarse con el mundo de manera tardía. Gaitán escribe sobre Sade y aborda la poesía erótica, cosa impensable hasta entonces en este ese país, donde el cuerpo estaba castigado. Charry Lara, aunaba a su sólida formación y a sus brillantes ensayos, una corta obra de gran intensidad, llena de joyas. Su reflexión sobre la poesía en general fue de las primeras en despojarse del sonsonete bárdico. La nouvelle vague reinaba en Francia, Paz en India abría caminos con ensayos sobre Levi-Strauss y Marcel Duchamp, y a través de sus innovadoras obras Ladera Este y Salamandra. En Colombia se iniciaba la reflexión histórica, económica y social sobre el pasado, lejos del discurso anacrónico desde la curul, cargado de floripondios, latinajos y vieja teatralidad provinciana. En México, el exiliado Mutis que ya había publicado sus Elementos del desastre, volvió a salir a la palestra con Los trabajos perdidos y Los Hospitales de ultramar, e introdujo el cuerpo, la enfermedad, el deseo, al carne y el trópico. Rogelio Echavarría se metió en la calle, Fernando Arbeláez y Rojas Herazo, desde distintas coordenadas, abrieron ventanas inéditas. Por primera vez en muchas décadas, los poetas de esta generación se subieron al tren y participaron de la fiesta. Vienen a la memoria otros nombres que sintieron contra el tiempo y la soledad: el gran poeta místico y olvidado Antonio Llanos, Andrés Holguín, Eduardo Mendoza, José Umaña, Guillermo Payán, entre otro muchos.


Pero fue el nadaísmo, aunque fenómeno local y tardío, el que sacudió por fin la anacrónica estructura del país. Movimiento extraordinario de precoces, el nadaísmo fue temblor, viaje, irreverencia, apertura en esos 60 que en todas partes explotaban con su hippies, la liberación sexual y el ideario de la paz y el amor, y en E.U. revolucionaba con los beatniks, Ginsberg, Burroughs, Corso, Kerouac. Excéntricos en esa generación, Jaramillo Escobar y Rivero, sacudieron también a su manera el panorama. Son dos poetas locos, delirantes. El primero con poemas enumerativos de largo aliento y el segundo, renovador con sus baladas de arrabal, tan actuales hoy (...) Pero los nadaístas Gonzalo Arango, Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez y tantos otros, son inolvidables por su labor equivalente en Colombia a la revolución del 68 en Francia o en San Francisco. Merecen estatuas y plazas. Merecen incluso que pronto haya escuelas, estadios, siquiátricos, cárceles y colegios de bachillerato con sus nombres. A su lado, tres poetas peculiares, por encima de generaciones o modas son Quessep, José Manuel Arango y García Maffla, con vastas y continuas obras de una factura impecable, hondas, sin timbres excesivos, exploradoras de la verdad, contrapartes en poesía de la extraordinaria obra de Germán Espinosa, rebelde desde la cultura y la pasión literaria. Otros nombres de autores colombianos sin escuela, rebeldes, cuyos textos emocionan: Darío Ruiz Gómez, Nicolás Suescún, Eduardo Gómez, Raúl Henao, Manuel Hernández, Alberto Hoyos, Samuel Jaramillo, Edmundo Perry.

La Generación sin nombre constituyó una extraña reacción contra años terribles en Colombia, años de oscuridad política sin nombre, cuando se escuchaban desde lejos el grito de los torturados en las prisiones del país o en el interior de las guerrillas y una nube gris de mediocridad nacional, de ceniza siniestra, lo cubría todo. ¿Se le puede considerar acaso a esta generación como un movimiento neopiedracielista prosaico, antipoesía cenicienta que al pretender despojarse a propósito de todo brillo e intensidad, se autodestruyó? Si es así, no deberían los miembros de esa generación sentirse mal, pues habrán cumplido una función esencial de toda poesía: la autoinmolación. María Mercedes Carranza -hija de Eduardo y ligada como Hárold Alvarado a la brillante generación española renovadora de los 60 y 70- nos dice: 'Me fui de narices. Ahora echo sangre por todas partes: las rodillas, el aire, los recuerdos; mi falda se desgarró y perdí los aretes, la razón...' Así como los de Piedra y cielo imitaron a la poesía de Juan Ramón y la estética franquista, algunos de los miembros de la Generación sin nombre, digamos María Mercedes Carranza, Cobo Borda, Elkin Restrepo, Fernando Garavito, Alvarado Tenorio y Darío Jaramillo, entre otros, reprodujeron el tono de cierta poesía española desencantada como la de Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y los hermanos Panero, sobre quienes Alvarado escribió notable libro. La tristeza de la Bogotá de aquellos años, las tardes de tedio antes del té, en casonas frías pobladas de tías solteronas y puritanas, la caspa y los trajecitos brillosos de los burócratas, el amor desganado, la nada cotidiana, el drama de los cuarentones, cierto humor apagado, en resumen, conforman el hálito de estos poetas, impares en el panorama latinoamericano de su tiempo.


Aunque clasificado entre los de la Generación sin nombre, Juan Manuel Roca es sin lugar a dudas caso aparte, diferenciado del tono intimista y coloquial de sus contemporáneos y crea un amplio y sostenido cuerpo poético de gran simbolismo. Poesía de exquisita ligereza, que casi vuela, la de Roca suscitó entre los jóvenes de las últimas décadas una verdadera fanaticada, convirtiéndose, con William Ospina, en uno de los poetas más populares e idolatrados del fin de siglo. El tono de Roca, hechura suya, produjo decenas y decenas de imitadores, donde ciertos leitmotivs, como el alba y el sueño, pierden la profundidad que sí logra su maestro. Entre esas decenas de discípulos, tal vez centenas, cundió cierta retórica heredera de los románticos alemanes y de locos como Trakl. En muchos casos, el problema fue que estos autores recibieron la influencia a través de malas traducciones, sin ir al idioma original. Entre los 70, 80 y 90 reinó en Colombia esa poesía sonsa, carente de ambiciones, una poesía que bien puede llamarse deprimida, que no tuvo la gracia urbana y arrabalera de Rivero, ni intentó la autodestrucción antipoética de Cobo, María Mercedes Carranza y Jaramillo Agudelo, ni logró los altos vuelos de Quessep, Arango, García Maffla y Roca, para producir poemitas estreñidos en serie cargados de lugares comunes sobre el sueño, la locura, el delirio y otras zarandajas para ingenuos.


Entre los autores posteriores a la Generación sin nombre y al movimiento que no dudo en llamar Rocatierrismo, debe destacarse el despunte de dos segmentos de autores independientes que no podrían ubicarse en grupo, entre quienes están Rodríguez Torres, Jaime Manrique, Antonio Correa, Jorge Bustamante, Guillermo Martínez, Piedad Bonnet, Fernando Herrera, Gustavo Adolfo Garcés, Fernando Rendón, Renata Durán, Eugenia Sánchez, Orietta Lozano, Gustavo Tatis y Santiago Mutis, entre otros muchos. Poesía discreta, esencial, la de estos logró huir del prosaísmo de la anterior generación y de la retórica onírica del alba, para lograr en cada peculiaridad grandes hallazgos. Las nostalgias rusas de Bustamante, la liquidez ambarina de Rodríguez Torres y su viaje diario por la sabana, la sólida factura versificadora de Correa Losada y sus cormoranes de exilio, el caluroso lirismo y la musicalidad de Durán y Bonnet, el realismo impactante de Herrera, la rebelde desolación bogotana de Sánchez Nieto y el excéntrico delirio neosurrealista de Mutis Durán en su viaje al mundo de Oquendo o su convocación de pájaros y vuelos, entre otros, nos muestra una poesía sin aspavientos, ligada al ritmo personal, ya no imitadora de corrientes pasadas, que aún está en marcha y tiene mucho que decir, puesto que sus cultores aún no llegan al temido crepúsculo.


Otro autor que irrumpió en los 80, convirtiéndose en ídolo entre jóvenes, viejos y contemporáneos, e incluso entre maestros como Mutis, García Márquez y Charry Lara, es William Ospina, cuya inteligencia, aunada a la independencia y a la rebeldía expresadas en su ambiciosa y alzada ensayística, lo convirtió en fenómeno parecido al de Roca. Aplausos, llenos completos en teatros y salones, son apenas algunas de las suscitaciones de Ospina, a quien desde su obra inicial se le atribuyeron influencias que van desde Borges hasta la poesía de los románticos ingleses, entre ellos Browning. Ospina es un 'raro' en el panorama colombiano con su poesía cívica, combativa, que bien canta a los héroes nacionales como a los protagonistas mundiales del siglo XX. De fuerza incontenible y musicalidad innata, la de Ospina es una de las obras más sugerentes del fin de siglo XX e inicios del XXI. Ospina es otro de los grandes poetas cívicos del país al lado de Caro, Epifanio Mejía y Castro Saavedra.Para concluir esta diatriba iluminada por el goce de la lectura, resta destacar algunos novísimos como Ramón Cote, Gustavo Tatis, Rafael del Castillo, Hugo Chaparro, Mario Jursich y Gloria Posada, esta última una de las más saludables revelaciones actuales, cuya precisión y perfección formales, aunadas a la incisiva inteligencia, son excelentes broches de oro para despojar a la poesía colombiana de sus peores vicios, como el autismo provinciano, la clownería metafórica, la heliotropía cardiaca, el desgano depresivo de los 70 y la retórica trakliana de los 80, cargada de falsos crepúsculos y sueños. Quisiera mencionar a muchos más, pero es imposible en este espacio referirse a tantos poetas surgidos en Colombia en el último cuarto de siglo y que, publicados o no, representan esa pulsión de vida de un país tanático y cainita. Y al lado de los novísimos, los nombres de esas mujeres poetas de Colombia, también olvidadas, en medio de la monolítica falocracia poética de este país, entre quienes sobresalen Laura Victoria, Emilia Ayarza, Maruja Vieira, Matilde Espinosa, Meira del Mar, Beatriz Zuluaga, Dora Castellanos, Olga Elena Mattei y Anabel Torres, para mencionar sólo algunas (...)


Devoro sin cesar revistas y periódicos donde aparecen sus gritos y a través de todos esos escritores nuevos u olvidados es claro que la letra inútil sigue vive para nada y para nadie. Los festivales de poesía de Medellín y Bogotá y otras ciudades son muestra de esa nueva pulsión orgánica, de ese nuevo expresarse sin miedo al fracaso y al olvido. Porque la poesía hoy en el mundo es más absurda que nunca. Antes los poetas eran necesarios y tenían esperanza. Eran protegidos en las cortes, adorados, se les nombraba embajadores, se volvían voces de naciones o de continentes. Ahora los poetas son menos que desechables. Nadie los escucha. Ni siquiera ellos mismos se escuchan. En tiempos de auge asqueante de la novela, cuando los novelistas tienen que volverse empleadillos sin sueldo de las editoriales multinacionales, la poesía es el único refugio de la experimentación y la soledad. En cada poeta de hoy hay una Madre Teresa. Los que se dedican a la poesía en Colombia son los huérfanos de la Madre Teresa. Pero cuando la novela colombiana y la latinoamericana se ha vuelto un asco de mercaderes, cuando la novela sólo se basa en el escándalo azufroso, la actualidad periodística y la frivolidad narco-sicarial, la poesía es como en toda América Latina, el último refugio de la literatura. Refugio al fin y al cabo, aunque por el momento sea un refugio precario y menor (...)

* Publicado en Lecturas dominicales de El Tiempo en 22 de julio de 2001.

GERMAN ESPINOSA: UN CABALLERO DE ADARGA ANTIGUA

Por Eduardo Garcia Aguilar

La desaparición de Germán Espinosa deja llena de dolor a toda una esfera de la literatura colombiana, al interior de la cual florecía y florece un concepto muy alto de lo que es escribir y vivir contra la corriente de la trivialización ambiente reinante en el país y en el mundo. Como principal figura de una vasta generación de autores que vivían con intensidad y dignidad por y para la literatura, el autor de Los Cortejos del diablo y La tejedora de coronas quedará como el ejemplo máximo de ese combate con las palabras, tan necesario siempre en un mundo dominado por la plutocracia, la violencia, la mezquindad, el arribismo y la maldad en todas sus variantes siniestras.


Quizás las generaciones recientes -que a comienzos del siglo XXI sólo conocen el repugnante cocido pútrido compuesto por la literatura autobiográfica de escándalo para asustar monjas y la narrativa y la poesía rosas impuestas en Colombia en los cenáculos borreguiles de la vanidad, el arribismo y la moda reinantes en la era de la narco-para-política- podrán ahora acercarse a esa figura de Espinosa, quijotesca de bastón y bufanda de seda, para saber lo que significa y ha significado en verdad ser escritor a través de los tiempos.


Conocí a Espinosa gracias a la crítica, que es el emblema del quehacer intelectual y literario de todas las épocas. Cuando llegué a Bogotá a los 18 años para estudiar en la Universidad Nacional tuve la fortuna de que el joven Enrique Santos Calderón me publicara en las páginas de Lecturas Dominicales artículos sobre diversos temas literarios. Y en ese ejercicio precoz tuve el honor de ser llamado a duelo por Germán Espinosa desde las páginas del Magazín de El Espectador.


Como tantos jóvenes inquietos de aquel tiempo dominado por la ilusión de la revolución socialista, había adoptado en un artículo llamado “El intelectual: un animal raro y curioso” cierto tono de comisario izquierdista, por lo que Espinosa respondió de inmediato con una defensa de la libertad de la crítica del escritor en cualquier circunstancia y bajo cualquier régimen. Caminando por la Séptima con mis amigos trotskistas, en esas largas jornadas diurnas y nocturnas de amistad, descubrí con alegría absoluta que Espinosa tenía toda la razón y por eso nunca respondí a su andanada. El poeta, que va a la esencia y profundidad de las cosas y de lo humano, tiene que ser rebelde ante todos los regímenes, sean de izquierda o derecha y su espada literaria está allí para incomodar antes que elogiar en las antesalas de los poderes.
Mucho tiempo después, cuando nos vimos en Guadalajara, me confesó que él estaba convencido de que yo era uno de esos viejos mamertos petrificados en un pensamiento ideologizado y estalinista y no el joven de 18 que era entonces, por lo que él y Josefina me ofrecieron su amistad y el afecto en los encuentros que se iban sucediendo en viajes comunes a México o París o en su casa de las Torres de Pekín, en Bogotá, a donde fui a llevarle con R. H. Moreno-Durán mis libros y la antología Veinte ante el milenio, donde aparecía su cuento El ocaso de los viejos racimos.


Espinosa era crítico, pero como bien lo dice Óscar Collazos, tenía un alto concepto de la amistad, tal y como la practicaban los caballeros salidos del Amadís de Gaula y otras novelas del género. Y por ejercer la crítica cultivó en Colombia, como lo debe hacer con honor todo hombre de letras que se respete, el arte de ganarse muchos enemigos. No hay nada más fácil que elogiar sistemáticamente, nada más fácil que encerrarse en un nacionalismo tarado que elogia de oficio todo lo que proviene de la tribu, nada más fácil que callar ante los amigos que se desvían y medran en las esferas del poder literario y de lo políticamente correcto.


Pero más allá de este ejercicio de la crítica como un acto de voluntad caballeresca, lo más importante de Espinosa fue el ejercicio de eso tan pasado de moda que es el estilo. Toda su vida peleó con la máquina de escribir para fraguar algunos de los libros más extraordinarios del siglo XX, como La tejedora de coronas (1982) y Los cortejos del diablo (1970), a los que sea unían miles de páginas de crítica, poesía y narrativa.A los 15 años publicó Letanías y crepúsculos y entre sus libros figuran La noche de la trapa (1965), Claridad subterránea (1974), El signo del pez (1987), La tragedia de Belinda Elsner (1991) y Los ojos del basilisco (1990), entre muchos otros.


Si todo eso se reuniera como lo hacen en México con sus autores en una serie de volúmenes de Obras Completas, descubriríamos a un gran autor latinoamericano de la estirpe de los grandes, como Alfonso Reyes, José Lezama Lima y Severo Sarduy. Es probable que algunos aspectos de su obra hayan sido fieles a cierta estética modernista de los tiempos simbolistas, en cuyos ámbitos se formó como poeta, pero el resto de su obra ejerció ese gran delirio barroco de quien teje una prosa llena de variantes y de ángulos y abismos inagotables, donde el lenguaje mismo puede ser protagonista.
Nada que ver con esta literatura impuesta ahora en Colombia por un medio intelectual que carece de crítica y ha renunciado a los valores esenciales de la literatura: la rebelión y la innovación permanentes contra la corriente y la moda. Por esta y muchas otras razones, cuando vi la noticia del fallecimiento de este gran colombiano, sentí ese dolor que se siente cuando muere un justo, que a la vez era un guerrero con adarga de caballero andante en una Colombia de corruptos y de frívolos cómplices del holocausto. Y recordé los momentos que vivimos en su adorada París en el marco de un encuentro de narradores colombianos.


La última vez que lo vi a él y a su simpática y original esposa Josefina fue en la embajada de Francia en Bogotá, en una fiesta organizada para los poetas por el embajador colombianófilo de entonces Daniel Parfait. Daba gusto ver esa elegancia clásica impecable y el aura que lo rodeaba como uno de los más grandes escritores colombianos de todos los tiempos. Era un clásico sin lugar a dudas cuando se sentó en alguno de esos abullonados sofás, rodeado de quienes los admirábamos. Ahí me volvió a reiterar que en una nueva edición de la Liebre en la luna, donde figura esa diatriba contra mí que me honra, haría una referencia a nuestro duelo sin duelo de hace tiempos y a las coincidencias posteriores.


Por eso, porque era un francófilo como yo, porque en París habíamos caminado con él y Josefina hace un lustro y porque sus libros principales fueron publicados en Francia por la editorial La Différence, caminé solitario la tarde de su muerte como tributo a su memoria por los patios del Louvre, el Pont des Arts, la rue de Seine, las callejuelas de Saint Germain y la rue de Saint Peres, donde por un guiño del azar encontré a Umberto Eco esperando en el lobby del hotel del mismo nombre al equipo televisivo del periodista cultural Franz Olivier Giesbert. Y al escuchar hablar a Eco con el humor y el énfasis que lo caracterizan, no tuve duda que ese era un mensaje del difunto Espinosa, en quien pensaba con dolor en esos instantes. Gracias a él vi por primera vez a Eco, que es uno de los de su estirpe: un renacentista, un barroco, un crítico, un rebelde, un humorista, un amante del vino. Y pensé que si Espinosa hubiera sido italiano o francés hubiera ganado el Premio Nóbel. Sólo en Colombia creen todavía los tontos que los payasos de la autobiografía y el escándalo y los cultivadores de fácil realismo neocostumbrista de pacotilla son más importantes que este barroco universal que dio nuestro país a las letras del mundo

ACTUALIDAD DE SILVA Y EL MODERNISMO LATINOAMERICANO



Uno de los aspectos más olvidados de la generación modernista en Latinoamérica es la prosa. Martí, Montalvo, Vargas Vila, Gómez Carrillo, Gutiérrez Nájera, Darío y Silva, para sólo mencionar a unos cuantos, escribieron alucinantes páginas, como cuentos y crónicas de viaje, que fueron con razón eclipsados por el delirio poético.
Enrique Gómez Carrillo, un guatemalteco famoso por sus aventuras galantes, dejó miles de cuartillas que hoy languidecen en los viejos anaqueles de las bibliotecas, pero que conforman un fresco de la época. Por primera vez en mucho tiempo, los latinoamericanos se negaban al provincianismo y se perdían en el exilio voluntario, deseosos de conquistar las metrópolis del lujo y el progreso. Un vacuo nacionalismo criollo que reclamaba el reino de lo “autóctono” miró con malos ojos a estos enfermizos personajes que tuvieron como capital a París y como estilo el dandysmo en boga por aquellos tiempos.
En sus crónicas de errancia, Gómez Carrillo, que fue, según dicen, amante de Mata Hari, nos lleva de la mano por Oriente, se nutre de desiertos, viaja a monasterios de Judea, describe islas maravillosas, asiste a la guerra y ve la mortandad sin límites. Muchas de esas páginas tal vez no sean antológicas, pero algunas salen de los empolvados volúmenes como joyas de una época de transición que hoy maravilla. Los modernistas fueron los primeros en quitarse el complejo de un americanismo ingenuo y se sintieron con derecho a comerse el mundo con el pasaporte del talento.Sus congéneres de Europa también iban en contra de la corriente.
Huysmans, por ejemplo, se encerraba en la ficción de sus casas de sueño, a masticar la enfermedad de moda: la hiperestesia. Hartos del progreso y de la técnica, aburridos frente al culto de la razón, los modernistas de Europa se insurgieron en contra del utilitarismo con obras “decadentes, preciosistas, que se negaban a reflejar la realidad o a tomar posiciones científicas” frente a la sociedad. Nuestros modernistas no fueron, pues, simples repetidores de una moda metropolitana, sino los hermanos de un movimiento mundial en contra del utilitarismo y el positivismo. Rubén Darío, Silva y Martí, miraban con sorna la influencia cada vez mayor del imperio protestante del Norte con su confort y su sport y prefireron la bohemia de la absenta con su delirium tremens.
José Asunción Silva (1865-1896), conocido por sus nocturnos y por ser uno de los más brillantes y malogrados representantes de esa generación, tuvo que soportar la pacatería de una ciudad colonial y brumosa, situada en las alturas de la cordillera andina, dedicado a un arte absurdo para entonces: la poesía. Heredero de un negocio que no sabía manejar, requerido por compromisos sociales y chismografías de convento, el joven no resiste y se suicida a los treinta años, ante la indiferencia de sus contemporáneos. Antes vivió un tiempo en París, a donde viajó enviado por su padre en funciones comerciales. En Venezuela, de regreso a Colombia, naufraga el vapor América, en donde viajaba también Gómez Carrillo. Silva pierde los manuscritos de los Cuentos negros y “lo mejor de mi obra”.
Poco antes de morir rehace De Sobremesa, novela que reúne todas las características esenciales de su personalidad y su época. La novela sucede durante la sobremesa. Fernández, que es un millonario decadente, les cuenta a sus amigos las dudas respecto a su actividad literaria y después de ser requerido comienza a leerles el relato de sus aventuras en Europa. Los primeros capítulos de ese diario están cargados de las lecturas de la época: María Bashkirtseff, Maurice Barrès, Max Nordau, Nietzsche, Swimburne, Verlaine, etcétera. Los amigos que lo escuchan en el exquisito ambiente de su mansión bogotana, son opacos personajes que admiran al poeta Fernández, pero que no pueden comprender sus angustias y frustraciones.
El protagonista de la novela se enreda con una bella mujer, la Orloff, a quien encuentra después en el lecho dedicada al arte de Lesbos con una de sus amigas: "Al hacer saltar la puerta de la alcoba que se deshizo al primer empujón brutal y cedió rompiéndose, un doble grito de terror me sonó en los oídos y antes de que ninguna de las dos pudiera desenlazarse, había alzado con un impulso de loco, duplicado por la ira el grupo infame, lo había tirado al suelo, sobre la piel de oso negro que está al pie del lecho, y lo golpeaba furiosamente con todas mis fuerzas, arrancando gritos y blasfemias, con las manos violentas, con los tacones de las botas, como quien aplasta una culebra".
Después de la decepción, Fernández huye a Whyl y delira inventando un sistema apto para su país. Es una metáfora del progreso, donde “las monstruosas fábricas nublarán en ese entonces con el humo denso de sus chimeneas el azul profundo de los cielos que cobijan nuestros paisajes tropicales; vibrará en los llanos el grito metálico de las locomotoras que cruzan los rieles comunicando las ciudades y los pueblecillos nacidos donde quince años antes fueron las estaciones de madera tosca y donde, a la hora en que escribo, entre lo enmarañado de la selva virgen, extienden sus ramas las colosales ceibas”. Al sueño político que en De sobremesa adquiere los contornos del ensayo dentro de la novela, el personaje vive sus conquistas amorosas: Nini Rousset, Helena de Scilly Dancourt, Lady Vivienne, Fanny Green, etcétera, y prueba el cloroformo, el éter, la morfina y el hachís.
Personaje disimétrico, telúrico, caprichoso, malvado, Fernández es la encarnación del espíritu de una época que iba rumbo a la catástrofe. Mientras los industriales organizaban ferias mundiales y en ciertos cabarets se hablaba de la belle époque, los modernistas, más en la prosa que en la poesía, palpaban el malestar del fin de siglo. A nivel formal, Silva no se queda atrás y nos ofrece un texto fraccionado, absurdo, que contrasta con las novelas realistas y sus tramas ordenadas con moraleja y broche de oro.
En ciertos pasajes uno cree ver ya en José Asunción Silva elementos formales que hicieron novedoso a Cortázar setenta años después. Por eso la lectura de De sobremesa y otras obras en prosa de esa generación, nos indica que la generación modernista fue un destello maravilloso que hoy sigue iluminando en latinoamérica, pues responde a las inquietudes frente al progreso, la frivolidad y la codicia generalizados en el mundo.

EL GARCíA MARQUEZ MEXICANO


Por Eduardo García Aguilar

(Tomado de Excélsior, México, domingo 2 nov 2008)

La leyenda lo muestra en foto fija con sus camisas frescas de coloridas flores, con impecable traje claro y botines italianos, enfundado en el amplio overol de técnico novelístico, o en guayabera y pantalones de lino a la Gran Gatsby, junto a un coche de colección, ante las murallas de Cartagena de Indias.

Pero en el patio de la casa de Luis Cadoza y Aragón, en el número 1 del Callejón de las Flores, en Coyoacán, bajo un sol azteca de mediodía, entre sillas pintadas de azul con flores michoacanas y la alegría del coctel, García Máquez se aferra a las manos de Fernando Benítez en esta ciudad donde es libre y puede llamar a su vecino Alvaro Mutis para comentarle de un nuevo hallazgo musical o deambular en busca del restaurante donde en 1961 se comió unos tacos de nenepil. Una admiradora no se atreverá a pedirle un autógrafo para su cuaderno de firmas ilustres, iniciado por su madre en Roma, y donde hay firmas de D’Annunzio, Salvador Dalí y Rómulo Gallegos, pero Carlos Monsiváis, que es el único mexicano que deambula sin miedo por la bogotana Avenida 19, pasará a saludarlo entre la algarabía del vino.

De repente el maestro habrá desaparecido como por encanto de la casa del guatemalteco. ¿Dónde está el maestro? Tal vez lea Diario del año de la peste de Daniel Defoe en su casa de la calle Fuego, cubierta de hiedra, o levite con Melquíades en búsqueda de la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia, para volver por el río Magdalena hacia su infancia perdida. O tal vez se dedique a recorrer las calles de la ciudad donde fraguó su obra principal. Por ejemplo la colonia Portales, donde trabajó en cierta imprenta y filmó María de mi corazón de Jaime Humberto Hermosillo, y donde escuchó por primera vez la palabra cruda, que prefirió a la colombiana guayabo para referirse a la resaca en Crónica de una muerte anunciada. Esa misma ciudad que le dio a conocer los prodigios narrativos de Juan Rulfo y lo hizo reflexionar sobre el idioma castellano en sus diversas vertientes.

El maestro de Macondo dice en el artículo « La conduerma de las palabras » que, “para mí, el mejor idioma no es el más puro, sino el más vivo. Es decir: el más impuro. El de México me parece el más imaginativo, el más expresivo, el más flexible. Tal vez porque es la lengua de emergencia de una nación que olvidó los idiomas nacionales antiguos, y al mismo tiempo aprendió mal el que trajo Hernán Cortés. La síntesis logra a veces dimensiones mágicas. Sólo un botón de muestra: en México existe, con su significado completo, la palabra mendigo. Pero hay otra, que es la misma, pero pronunciada como esdrújula: méndigo. Suele usarse más como adjetivo, y significa, más o menos, miserable. Los mexicanos tienen para las dos una explicación deslumbrante: Mendigo es el que pide limosna, y méndigo el que no la da.”

Además del nombre de Eréndira, que descubrió en la región tarasca para el personaje de la adolescente explotada por la desalmada abuela, en México se impresionó por la existencia de los fríjoles saltarines que se mueven al parecer por la obra de una larva interior, o por el ajolote o axolotl, el extraño animal de aguas que maravilló a Cortázar, o por los nombres fulgurantes descubiertos y combinados por Rulfo en las lápidas de las tumbas, como Fulgor Sedano, Matilde Arcángel y Toribio Alzate, entre otros, o por el pie de Santa Anna y la mano de Alvaro Obregón, sin mencionar las habladas de borrachos, las mulatas destrampadas y el vivir un poco al desgarriate, o los petates del muerto.

Idioma prehispánico y novohispano en plena ebullición, el de México se tensa con el inglés vecino, para dar unas de las formas del habla más vivas en el ámbito hispanoamericano y prueba de su fuerza ha sido la presencia incesante de escritores del resto del continente en ese país, desde Rómulo Gallegos a Barba Jacob, desde Demetrio Aguilera Malta a Otto Raúl Gonzalez, desde Pablo Neruda a Manuel Puig, sin mencionar el amplio exilio español, argentino, chileno y centroamericano. En todas esas obras hay huellas del esplendor del habla mexicana y puede decirse sin temor a dudas que el latinoamericano o español que haya vivido en la que fue antes nueva España termina por flexibilizar el instrumento que da vida a su obra.

El caso de García Márquez no es la excepción: desde los guiones literarios que escribió cuando se creyó traicionado por la literatura hasta Cien años de Soledad, y desde esa obra central hasta los cuentos de La increíble y triste historia de la cándida eréndira y de ahí para adelante, excepto tal vez El otoño del patriarca, que escribió en Barcelona, México ha sido sustancia necesaria de su obra. El rastreo de esos rasgos no es difícil, pero la obra maestra que escribió en una casa de San Angel Inn entre 1965 y 1966, no hubiera sido la misma sin las incrustraciones del vivo idioma castellano hablado en México y sin el entusiasmo de vivir en un crisol central de la cultura latinoamericana.

El México donde circulan todos los libros y todas las ideas, el México de los desterrados interiores o exteriores, pero en especial el México de los muertos y los fantasmas, el México surreal de Buñuel, ese México de las calaveras que es todo ficción y termina por devorar a los creadores que lo habitan en el más fascinante delirio. El México que reclama con todo derecho a su hijo García Márquez, al mismo tiempo que lo hace la Colombia andina, el Caribe, la madre patria España y las múltiples encrucijadas del Mediterráneo, mar en torno al que nacieron la Odisea y la Eneida, la Biblia, El Corán, la alquimia y las Mil y una noches, entre otros mundos que nutren de punta a punta la obra de este García Márquez más mexicano que el mole.

EDUARDO CARRANZA: EL SÚBITO GALOPE DE LOS ALAZANES FUNERARIOS

Por Eduardo García Aguilar*


Los amigos de periodizaciones históricas encontrarían gran dificultad para situar a Eduardo Carranza en el panorama de las letras colombianas y latinoamericanas. Si fuera exacta la idea de que un movimiento sigue a otro por obra y gracia de un proceso evolucionista, la poesía, que es tal vez la forma más profunda y luminosa del conocimiento humano, perdería el carácter intemporal que hace de ella un relámpago sobre los siglos. En un Olimpo secreto y deliciosamente anacrónico, se reúnen los poetas y no encuentran dificultad para entenderse, por una razón muy simple : conocen la esencia de las cosas, o al menos perciben la imposibilidad de conocerla. Siempre, a través de los siglos, por encima de las guerras y de las catástrofes, el género humano producirá esos extraños seres que buscan detener lo imposible con palabras. El día en que en este mundo ya no haya luz y todo semeje una enorme caverna, habrá un solitario que cantará a los musgos, a la humanidad, a la tiniebla. Y ese canto, aunque es único, tiene la misma fuerza e idéntica liviandad en los tiempos de Propercio, de Joachim du Bellay o del poeta futuro.
Eduardo Carranza, que nació en 1913 en los extensos llanos orientales de Colombia, habría tenido que cantar a los aviones o a las bombas atómicas, si fuera cierto que las minucias del tiempo debieran reflejarse en el poema. Tal poesía cataloga objetos que se acaban y desedeña al hombre, sin saber que las ideas pasan y los hombres quedan, con sus paisajes y nostalgias, sus desdichas y triunfos. La voz de un poeta, aún la de aquellos desconocidos y secretos, es siempre una ventana que se abre a ciudades lejanas cuyas cúpulas tienen un brillo proporcional a la entrega de quien la pronuncia. En un poema de Carranza, dedicado a un gran poeta místico de Colombia que murió loco y siempre viajó a contracorriente, « Cantata en honor de Antonio Llanos », el poeta nos dice :

El día como un rojo gavilán

Volaba entre palmeras y cruzaba

Una venada blanca con su cinta

Azul. La juventud con una brasa

O un lucero en la mano atravesaba

Entre doncellas como una floresta

O una isla de árboles frutales.

«Lo que una vez ha sido será siempre ! »

Somos memoria solamente, tiempo

Con pisadas de música, de lluvia,

Como en tu poesía, maestro mío.

A veces a las playas del insomnio,

Vuelvo a encontrar los ángeles de entonces,

Las voces por los tiempos sepultadas

Los besos por el tiempo apenumbrados,

Los pasos que llevan al amor

Cubiertos de silencio y de nostalgia.

Y oigo latir el corazón del tiempo

Y el rumor submarino del pasado.

Oigo los sueños que suspiran y oigo

La luna andando, entre palmeras, sola.


Carranza publicó en 1936 « Canciones para iniciar una fiesta », convirtiéndose en el portaestandarte del « piedracielismo », movimiento poético que se reclamaba del mundo de Juan Ramón Jiménez. Era entonces un muchacho de 23 o 24 años. En ediciones delgadas, fakirescas, los piedracielistas Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia y Darío Samper provocaron un escándalo en Colombia, no porque se dedicaran a asustar señoras sino porque retornaban a la voz de Garcilaso, buscaban en un mundo ideal los ritmos de una poesía que la ciencia, el progreso y la academia habían convertido en un horroroso lánguido camello de papier maché para opereta. Carranza y los piedracielistas hicieron una pequeña revolución en Bogotá al desnudarse lentamente y caminar flotando por la altiva floresta de nísperos y guamos. Un señor, muy piernijunto él, don Juan Lozano y Lozano, llegó a decir de ese movimiento que « en todo aquel galimatías de confusión palabrera no hay nada de original, nada de estable, nada de duradero. Para quienes tenemos una visión fuerte y grande de esa patria, constituye deber ineludible salir al encuentro de todo síntoma débil, morboso, extraviado, disociador, decadente, erostrático, que aparezca en el horizonte de la nacionalidad ».
Esa patria, esa nacionalidad, es para Carranza a veces « un deseo de llorar y a veces un deseo de cantar ». En las primeras obras del poeta los poemas no pesan y pareciera que se vuelan de la página para dejarla en blanco. Su mundo son olores, perfumes, aromas, sueños, jardines. Por lo que espíritus pesados que llevan siempre un ancla herrumbrosa como corazón , no podían ni podrán comprender esta poesía hedónica.
En los poemas de « El olvidado » (1948-1954), por ejemplo, dice « La primavera con sus largas piernas, / huía riendo como una muchacha » o « la llama blanca de un jazmín ardía » o « crecen, a veces, cuando estás dormida/ a través de tus sueños los jardines » o « El silencio dobla la esquina de tu calle » o « Una barca desciende, paralela,/ llena de flores, rumbo a la mañana » o « Se abren las puertas de la lluvia,/ y en algo entramos tan hermoso/ como una casa de aire y flores ».
Estos versos sacudieron la poesía de ese país sudamericano. Hasta ellos y poco antes de aparecer el recatado y maravilloso Aurelio Arturo, autor de Morada al sur, la poesía era una inmensa réplica de basílicas de cartón sobre las que cada día los cultores seudo grecolatinos del país, como Guillermo Valencia y otros menores discípulos suyos, colocaban con énfasis cada vez más asfixiante estatuas de cemento, cruces de acero, madonas de plástico, camellos de elásticas cervices, hermafroditas dormidos. Los poetas de entonces, con la excepción de Silva, el extraterrestre, terminaban por tradición de politiqueros en el « honorable » Senado de la República. La poesía era para ellos una variante del discurso, una forma menor de la arenga. Enfundados en sus lustrosas levitas, con sus sombreros chaplinescos y sus cuellos almidonados, los que tuvieron la desgracia de vivir en esos años, se alumbraban con cirios para escribir poemas sobre ataúdes de cedro. Como una corbata de plomo, el incienso se colgó de los versos para ahogarlos. Los de la Gruta Simbólica, todos ellos malditos, surgieron a finales del XIX para convertirse en la otra cara, mucho más lúgubre aún, de ese ejercicio que los piedracielistas vinieron a airear. En el desván de la poesía colombiana encontraron los fémures tallados y las pelvis con telarañas de Julio Flórez. Después de limpiar, quedaron flores, jardines, muchachas, cabelleras al aire, jugadoras semidesnudas de tenis, observadas con deseo, y eso era, de verdad, un peligro mortal para la patria, según don Juan Lozano y Lozano.
Escuchemos « Cantando en la lejanía » :

Crecen las flores hacia tus pestañas.

Te rodea la música lo mismo

Que a las islas el canto de la espuma,

Tu frente pura se deshoja en nubes

De silencio, de gracia, de nostalgia.

Como esa estela de flotantes nubes

Que sigue el curso de los grandes ríos,

Alta, celeste, vas sobre mi sangre.

Y en sus márgenes eres como una

Blanca floresta de alas y de sueños.

La mañana se acerca de puntillas

Como una doncella de rocío

En tu ventana y en tu voz aprende.

La tarde apoya su dorada frente

En tus cristales. Tu piensas la tarde.

Los ríos llevan hacia el mar su imagen

Que ha de brillar en los futuros nácares.

Qué invisible Pompeya de ademanes

Y de imágenes tuyas en el aire :

Por ella va mi alma, ojos absortos !

Antes de que las sombras del fin vinieran a perturbarlo para producir la eterna Epístola mortal, Carranza siguió cultivando con rebeldía una llama de alegría y de conciliación con la naturaleza como en « Se Canta a los llanos de la patria en metáfora de muchacha » o los sonetos de « Azul de ti », cuyos solos nombres indican su materia : « Alazul », « Muchacha como isla », « Soneto atravesado por un río », « María con un jazmín de lágrimas », « Espacio de mi voz », « Soneto asomado a la ventana » o « El poeta se despide de las muchachas ».
El poeta todavía está en el medio del camino de la vida y nada lo turba como una piel o unas manos, un aliento o una cabellera, una seda, un seno, unos ojos, un perfume. Este conjunto de textos gratos, que parecieron contradecir el sino trágico del desdichado, están, sin embargo, cruzados por un río siniestro. Detrás de lo más bello y puro, junto a las azules ventanas de un mundo imaginario, los demonios acechan y se ríen. En la blancura angelical de los sonetos, ciertas caries fatídicas son apenas cubiertas por el marfil de una felicidad que siempre trae su carga de desgracia. En estos versos de Carranza, el lúcido lector descubre tras el paraíso, los túneles, las cavernas, el ruido incontenible del detritus, el galope súbito de ciertos alazanes funerarios. Tanta belleza semeja el rostro florecido de una doncella muerta.
En « Los pasos cantados », dice :

… Bueno es a veces detenerse un poco

en medio del camino de la vida,

y mirar, a lo lejos, como absortos.

Vamos desde el recuerdo a la esperanza

Por el puente instantáneo del presente ;

Del ayer al mañana caminamos,

Unidos por el aire y por las flores.

Vamos pisando como un tenue prado

Ese niño que fuimos, caminamos

Pisando como un suelo de jardín

Enardecido, ese adolescente

Con su traje sonámbulo de besos

que también fuimos cuando Dios quería.

Como tierra mezclada con el cielo

Vamos pisando al joven de los sueños,

De los sueños,

De los sueños, de los sueños, de los sueños…


De ahí para adelante Carranza tratará de rescatar al niño ; y toda su poesía, que se carga de soledades, extranjeros y violetas, cantará la nostalgia de su mundo. Mientras la terrible antropolatría atea, con su carroza de ciencias y de técnicas, trataba encontrar razones para la sinrazón, Carranza seguía cabalgando en un corcel de niño. No estaba equivocado. El poeta, el verdadero instrumento de la palabra, es un niño eterno que ve morir su cuerpo, y celebra como un emperador el incendio de la propia ciudad de sus ensueños. La poesía es la perversa voz de los niños, una voz hermosísima y terrible. Es el ángel de Rilke que dicta tras la puerta. La gran tragedia de Carranza y de todos los seres humanos, es tener conciencia de haber sido infantes. La nostalgia de su voz, el recuerdo punzante de su contacto con la tierra y con el bosque, la memoria de un nido de pájaros destruido al azar, el sueño de una carretera polvorienta, son sólo algunas de las punzadas que nos hieren día a día. La juventud, que debería ser dicha, carga la sombra inatajable de su fin y una lágrima del tamaño del mundo nos inunda y ahoga. En el poema « El nino del retrato », dice el poeta :

Entre cuantos he sido me perturba,

Más que ninguno otro aquel

De la barca : vestido marinero

La frente que ya todo lo soñaba

Y ojos desamparados.

Y a veces me desvelo imaginando

Como tocar podré esa mano mía ,

Como podré volver a esa mirada

Donde volaban visionarios ángeles

Hacia mi ahora :

Donde los días caminan en silencio

Hacia el secreto adolescente triste

Y el joven victorioso en su relámpago

Y el que su vida atravesó, jinete

En rojo potro.

Me hago el dormido a veces esperando

Despertar a ese niño del retrato

Que duerme por los siglos de los siglos

-y en el fondo del tiempo y de mi vida –

y que ya te miraba.


Después, en Epístola mortal, que es uno de los poemas más logrados de su obra, Carranza se rebela contra la muerte. El gran poeta Propercio, furioso hace dos milenios porque Cinthya lo engañaba y se negaba a ser suya, desdeñando su amor, la poseyó para siempre en la eternidad del poema. Usando el poder que le confiere este arte maravilloso, la hace prisionera suya para siempre. De igual forma Carranza conjuró su fin en esta Epístola, que comienza diciendo :


Miro un retrato : todos están muertos;

Poetas que adoró mi adolescencia

Ojeo un álbum familiar y pasan

Trajes y sombras y perfumes muertos.

(Desangrados de azul yacen mis sueños)


Carranza pasa revista a su vida e invoca a los amigos, a las novias, a los paisajes, para decirnos que « somos antepasados de otros muertos » y que sólo esperamos « el tiro de gracia ». Esa verdad terrible aparece en todo su esplendor, y Carranza no tiene compasión para hacer sonar las trompetas del juicio. Este largo poema es totalmente disitinto del tono de su obra. Parece un dictado texto de la noche. El fruto de una ebriedad sobrenatural, la prueba de que el poeta es un elegido, un ser dotado de ciertos sentidos secretos. Si la poesía es una terrible enfermedad, Epistola mortal es el síntoma más notorio de que el virus glorioso ya domina su genio. Es la hora del llamado y el poeta que ya habló con los abismos cóncavos nos dice la verdad. Cada uno de los versos de este poema está dotado de una fuerza devastadora y quien lo lee no puede evitar estremecerse. La vista del funesto alegórico pudo haberlo acodado a esa revelación :


Las niñas de Primera comunión

De cuyas manos vuela una paloma,

Las blancas novias que arden en su hoguera,

Días y bailes, reyes destinados

Y coronas caídas en el polvo,

La manzana y el cámbulo, el turpial,

El tigre, la venada, los pescados,

El rocío, mi sombra, estas palabras :

Todo muriò mañana ! Ya está muerto.

El polvo es nuestra cara verdadera


Eso nos indica que Eduardo Carranza
si está vivo y anda hoy entre nosotros.


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* Ensayo publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica en México D. F., en 1984, con motivo de la publicación de su obra en esa casa editora.


GABO, EL CARIBE, CASTRO Y LOS COMUNISTAS


Por Eduardo García Aguilar
El primer contacto de García Márquez con el futuro régimen cubano se dio por casualidad y por azar el famoso 9 de abril, día del "bogotazo" cuando la ciudad fue devastada luego de la muerte del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, pues allí estuvo cerca sin saberlo de quien sería el eterno comandante de la revolución de los barbudos. Se celebraba entonces la Conferencia Panamericana, reunión continental a la que asistían personalidades del hemisferio de todos los rangos y tendencias y que como ministro de Relaciones exteriores coordinaba Laureano Gómez, el brillante conservador de la ultraderecha colombiana.

Según la leyenda, Fidel Castro tenía cita ese mismo 9 de abril con Jorge Eliécer Gaitán a las 2 de la tarde, pero se dio cuenta al llegar a la oficina del abogado que tendría que esperar más, pues el caudillo de la "Oración por la paz" se había ido a almorzar con unos amigos. Grande fue la sorpresa cuando ocurrió el crimen poco después y Fidel Castro, como líder estudiantil invitado a la cumbre, se vio inmerso sin quererlo en el conflicto e incluso habría arengado ese día y el siguiente a los líderes radicales liberales para que no se acuartelaran como lo hicieron, sino que salieran a coordinar la lucha en las calles. Eso lo cuenta el comandante en una larga entrevista con Arturo Alape.

Durante los 18 meses que trabajó como reportero del diario liberal El Espectador, Gabriel García Márquez tuvo contactos muy cercanos con miembros del Partido Comunista colombiano, sin llegar a ser miembro del mismo. Llego a entrevistar en la clandestinidad al famoso secretario general del PC, Gilberto Vieira, en un apartamento bogotano secreto donde el flemático político mecía la cuna de su hijo mientras respondía las preguntas y conversaba con el joven periodista costeño, según nos cuenta don Gabriel en sus memorias.

Más tarde, durante su viaje a Europa, donde vivió varios años, García Márquez tuvo la oportunidad de conocer algunos países de la cortina de hierro, donde estuvo tres meses, según relata en su famoso reportaje "Noventa días en la cortina de hierro". Allí viajó con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, haciéndose pasar como músico del grupo folclórico nacional dirigido por Delia Zapata Olivella, hermana del escritor Manuel Zapata Olivella, quien siempre se encontraba con el joven escritor y futuro Nobel para sacarlo de apuros, primero en Bogotá y después en Cartagena, donde le consiguió trabajo en el periódico local para que realizara allí sus primeras armas reporteriles.

Cuando más tarde regresó de Londres a América Latina, García Márquez estuvo en Caracas, donde trabajó junto a Plinio en varios medios periodísticos. Allí les tomó la Revolución Cubana del 1 de enero de 1959 e incluso fueron invitados a viajar a ese país para asistir a la "Operación Verdad", unos juicios sumarios revolucionarios que Castro deseaba fueran cubiertos por la prensa internacional. Pero la visión de los condenados a muerte en un estadio ante el público enardecido, y el juicio sin piedad, en especial ver el rostro del acusado de criminal de guerra Sosa Blanco, no gustaron al periodista de Aracataca y lo impresionaron, pues vio ello como si se tratara de un circo romano.

Luego del golpe de estado en Venezuela y el rompimiento de su amigo Plinio con el director del medio, se presentó la oportunidad para ambos de iniciar la oficina de la agencia cubana Prensa Latina en Bogotá, invitados por el argentino Jorge Masetti, quien llegó a Bogotá para ese fin, lo que les pareció bien a ambos pues admiraban de todas maneras el romántico Movimiento 26 de julio.

Durante la actividad de corresponsal de Prensa Latina estuvo en contacto cada vez más estrecho con activistas y miembros del Partido comunista colombiano que se reunían en la sede de la agencia. Después Masetti le propuso viajar a Cuba para formarse como director de oficina antes de que viajara a Canadá, según los planes. Estuvo en La Habana con Masetti y el escritor Rodolfo Walsh en una actividad incesante a un ritmo infernal de trabajo y vio como poco a poco el aparato del Partido Comunista cubano comenzaba a tomar más poder en la medida que Cuba estrechaba sus lazos con la Unión Soviética en el contexto de la Guerra Fría.

Al final tuvo que quedarse en la oficina de la agencia en Nueva York, pues no obtuvo la visa para Canadá, pero el ambiente se fue enrareciendo allí cada vez más hasta que renunció por las amenazas contra los periodistas de Prensa Latina por parte de opositores a la Revolución y por los cambios obvios en la agencia, cada vez más controlada por el aparato del Partido Comunista. García Márquez decidiría entonces renunciar y partir hacia México, donde lo esperaba su amigo Álvaro Mutis y su gran destino.

Ya famoso mundialmente, García Márquez volvió a reencontrarse con Fidel Castro y se tejió una estrecha amistad a lo largo de las décadas, que ha causado polémicas porque los anticastristas consideran que su posición ha sido muy blanda ante los abusos del régimen.

Para García Márquez por el contrario esa amistad con Castro es un asunto de "conexión Caribe" más que de política. O sea una amistad entre caribeños, una empatía natural entre celebridades mundiales y nada más. En los momentos más difíciles del régimen cubano con la disidencia, García Márquez, según Plinio Apuleyo, contribuyó a sacar y liberar a muchos disidentes bloqueados o presos, e incluso cuando se hizo el juicio a los hermanos De la Guardia hubo gestiones infructuosas del hijo de Jorge Masetti ante el Nobel para tratar de impedir el fusilamiento de su ilustre suegro, Tony, al final caído como chivo expiatorio en el patíbulo.

O sea que el destino hizo que el hijo de su exjefe, gran amigo, el argentino Jorge Masetti, un muchacho privilegiado de la cerrada nomenclatura cubana y yerno adorado de hermano De la Guardia sacrificado, lo buscara sin suerte antes de convertirse en un acérrimo disidente cuyo libro sobre el tema es una joya sobre las peripecias secretas y las iniquidades del régimen cubano (1). 
 
A Masetti y a Gabo, mucho tiempo después, frente al pelotón de fusilamiento de Castro, les habría salido un incómodo hijo con cola de cerdo.

(1) Masetti Jorge. El Furor y el delirio. Tusquets. Barcelona. 2004.
* Publicado en La Patria: Manizales.Colombia. 14 de julio de 2013.

LOS MISTERIOS DE ARACATACA AND CO.


Por Eduardo García Aguilar
Casi toda la gran obra de Gabriel García Márquez, o sea Cien años de soledad y las novelas y libros de cuentos que la anteceden y la suceden, se centra en la evocación y reelaboración de lo visto y escuchado en la infancia en la casa de Aracataca, donde creció con sus abuelos y tías en los tiempos de auge de la compañía bananera de la United Fruit Company. Todo aquello se le reveló como material esencial de lo relatable, cuando ya joven adulto y periodista en Barranquilla, de 23 años, volvió a ese lugar en ruinas devastado por la ya lejanísima partida de la empresa que le daba vida económica al lugar, tras los sucesos de la masacre bananera.
El retorno con su madre Luisa Santiaga, la ya muy envejecida progenitora de 11 hijos y de 45 años de edad, fue clave para pasar a otra cosa después de haber estado bloqueado con una novela ambiciosa llamada La Casa y comenzar a escribir por fin con otro tono y perspectiva La hojarasca, que empezó a teclear de inmediato cuando regresó a Barranquilla luego de despedirse de su madre, cargado por la energía de ese viaje simbólico.
Al regresar al pueblo donde vivió hasta los ocho años, volvió a vivir con claridad el núcleo de su universo infantil en la casona del abuelo en Aracataca, que sería el escenario fundamental de muchos de sus cuentos magistrales y en especial de Cien años de soledad, la obra mayor del autor, que lo proyectó a nivel mundial. Porque casi todas sus narraciones se nutren de los recuerdos de ese niño criado por sus mujeres y por el viejo coronel Nicolás Márquez, quien batalló en la Guerra de los mil días entre liberales y conservadores al lado de los generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, personajes que en un momento dado llegaron incluso a visitar la casa, construida por la familia cuando llegaron al pueblo como simples emigrantes pobres provenientes de Barracas, pueblo al otro lado de la sierra, de donde el coronel tuvo que irse por haber matado a Medardo Pacheco por un asunto de honor.
La familia paterna llegó al pueblo en su éxodo, atraída por la llegada de la United Fruit Company a ese lugar y de una muchedumbre de trabajadores de todos los orígenes, así como personas de mejor condición que venían del interior del país o del extranjero para beneficiarse del progreso y la intensa actividad económica generada alrededor del campamento de los gringos por la producción intensiva de banano.
Toda la infancia de García Márquez transcurre en un mundo imaginario lleno de actividades, relatos y sorpresas, cerca del confort y la modernidad estadounidenses, en medio del gentío bullicioso de los mercados y la variedad de tiendas de diversos productos necesarios para la población forastera que descendía sin cesar del tren atestado de carga. Ese universo estaba dividido entre los colombianos que vivían a un lado y el misterioso mundo de los directivos, técnicos e ingenieros norteamericanos que vivían en la "Zona", instalados tras las alambradas en casas cómodas dotadas con diversos adminículos domésticos modernos desconocidos por los nativos.
De modo que en Aracataca no solo llegaba el tren sino que además era crucial el telégrafo, que fue la profesión inicial de su padre Gabriel Eligio y la que lo atrajo al lugar donde conocería a la hija del coronel. En Aracataca el niño descubrió el hielo de los pargos, el tren que venía de Ciénaga, vio la llegada anual de los gitanos, el circo, y como nieto preferido y único hombre rodeado de tías solteronas, la barahúnda permanente de las visitas de familiares y amigos cargados de fantasmas del pueblo y la Provincia abandonadas en el éxodo, que se convertirían todos en personajes transmutados, gracias a lo que él llama la « transposición poética de la realidad », en los personajes de su Cien Años de soledad.
Al retornar, en la casa grande, que tuvo décadas antes dos alemendros a la entrada, un antepatio, la oficina del abuelo, el taller de platería donde el abuelo fabricaba sus pescaditos de oro, el corredor de begonias y las diferentes alcobas y al final la letrina y el patio para los animales, vivían unos inquilinos viejos a los que finalmente no se les pudo vender la casa por el remanente de una hipoteca no pagada. Y además en el pueblo todo era ruina y vejez, la casa del boticario, la estación abandonada, la escuela Montessori, la Iglesia, los rieles retorcidos, los vagones oxidados y las ruinas y rastros de lo que fue el campamento de la United Fruit Company, así como la estación y la plazoleta donde fueron masacrados muchos jornaleros y sindicalistas, y cuya cifra de muertos nunca se esclareció.
La casa y el pueblo resumían la historia contemporánea del país con sus dramas, amores, injusticias y tragedias y al palpar de nuevo la herrumbre del pasado ido y los lamentos y voces de las ánimas de los desaparecidos como en un coro griego, se repotenció de repente el talento del novelista, llevándalo pronto a la corta carrera que lo conduciría a crear una obra magistral que significó mucho para todos los pueblos del mundo en Europa, Asia, Africa, Oriente Medio, América y Oceanía, por lo que obtuvo el Premio Nobel a la joven edad de 54 años.
Para García Márquez el secreto fue muy simple, había que dejar atrás todos los retorcimientos de su primera cuentística existencialista y abstracta par contar simple y llanamente la vida de su familia y los pueblos donde vivieron. Pero la figura central es el abuelo, convertido en padre después del viaje de sus progenitores a otra parte en busca de mejores oportunidades. El niño, que era casi su alter ego menor, escuchó de su boca las historias de la Guerra de los mil días como si fueran aventuras fantásticas.
"Consumado el desastre de Aracataca, muerto el abuelo y extinguido lo que pudo quedar de sus poderes inciertos, quienes vivíamos de ellos estábamos a merced de las añoranzas", afirmó en sus memorias. Ya solo, sin el patriarca adorado, los fantasmas del pasado se concretaron en una obra que como las grandes es solo el relato y la exploración de los misterios de la infancia, tal y como hizo Marcel Proust en su novela En Busca del tiempo perdido. Grandes obras de la novelística mundial han surgido de esa materia esencial que posee una huella original en cada uno de los humanos.
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* Fragmento de un texto más amplio sobre la obra de Gabriel García Márquez.
En la foto, García Márquez recién golpeado por el "cadete" Vargas LLosa en México en 1976. Se tomó esta y otras fotos como testimonio de la golpiza propinada por su ex amigo, el autor de "Historia de un deicidio".