samedi 6 décembre 2025

LA PASIÓN LITERARIA DE RICARDO CUÉLLAR

Por Eduardo García Aguilar

El diario mexicano Cuarto poder dio el 21 de noviembre la noticia de la partida de Ricardo Cuéllar Valencia (1946-2025), poeta y académico caldense, manizaleño adoptivo, nacido en Calarcá, quien vivió desde 1981 en México, donde realizó una amplia carrera universitaria que lo llevó incluso a obtener el doctorado durante años sábáticos vividos en Valladolid, España, con una tesis sobre la poesía en Miguel de Cervantes.

Ricardo nació en el Quindío cuando el departamento era una gran mariposa que después despedazaron los gamonales, fue bautizado en Pijao y luego su familia, como muchas de la época de la Violencia, migró a Mistrató, Envigado y San Roque. Estudió en la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, pero después recaló en Manizales, donde compartió largos años con los amantes de la literatura y la poesía de su generación, convirtiéndose en manizaleño adoptivo.

Lo conocí en México recién llegado y empezamos nuestra amistad con el entusiasmo de vivir la literatura en la capital de ese país, epicentro entonces de las letras hispanoamericanas, animado por los exiliados latinoamericanos y españoles y artistas y humanistas mexicanos y de todas la regiones del mundo que seguían los pasos de los surrealistas, Antonin Artaud, los británicos D.H. Lawrence y Malcolm Lowry, el cinesta ruso Einseinstein y su compatriota León Trotsky. 

Estaban vivos en esa década Juan Rulfo y Octavio Paz, Maria Félix y Cantinflas, y músicos como el rey del mambo cubano Dámaso Pérez Prado y se publicaban las revistas Vuelta, Nexos, Proceso y vibraban el Fondo de Cultura Latinoamericana y las casas editoriales universitarias de primer nivel tanto en la capital como en las 32 provincias y en ellas se publicaban novedades latinoamericanas y traducciones de la  literatura mundial. 

Juntos, con los amigos que estabamos allí, fuimos a ver a Jorge Luis Borges en la sala Ollin Yolitzti de la UNAM en 1981 y en los cócteles y presentaciones de libros nos cruzábamos con Rulfo, Paz, Fuentes, Elizondo, García Ponce, Margo Glantz, Poniatowska, Monsiváis, Pitol, Mutis y García Márquez, entre muchos otros. 

México era un fiesta para quienes amábamos la literatura sobre todas las cosas y percibí ese entusiasmo de Ricardo por la poesía, la narrativa, el ensayo y el pensamiento en largas tardes y noches de fiesta y amistad. En 1984 ingresó como profesor en la Universidad Autónoma de Chiapas, donde realizó una larga carrera como docente en letras hispanoamericanas hasta su jubilación. Lo veíamos menos, pero venía con frecuencia a la capital. Luego vivió en Puebla y ahora el diario mexicano anuncia que murió en Medellín.

Sarelly Mendoza dice el 20 de noviembre en su artículo "El escritor colombiano que se volvió chiapaneco", publicado en Chiapas Paralelo, que Cuéllar "admiraba a los alucinados, a los desbordados por la fantasía, desapegados del mundo real y entregados por completo a la creación" y encomia su labor como maestro de varias generaciones a los que enseñó la poesía romántica alemana e inglesa y los clásicos europeos y latinoamericanos.

Antes de radicarse en Chiapas participó en actividades organizadas por la Universidad Nacional Autónoma de México, como un homenaje por el centenario del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob y coloquios en torno a las obras de Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez. De voz rauca, bohemio, rebelde y sentimental como Ramón del Valle Inclán, Ricardo Cuéllar fue un intelectual y académico de primer nivel y ejerció la poesía con pasión total. Publicó entre otros poemarios La fatiga de los cereales (1977), Sereno secreto de morir (1985), Rosa del destino (2000) y Río ebrio (2015).
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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. Domingo 6 de diciembre de 2025.






ARIEL CASTILLO CUENTA A ESCALONA

 Por Eduardo García Aguilar

Conocí al barranquillero Ariel Castillo Mier en México hace tiempos cuando hacía sus posgrados en temas literarios y compartíamos en parrandas interminables con otros amigos y amigas escritores y académicos mexicanos y colombianos que a veces duraban hasta el amanecer y donde él, erudito literario, nos iniciaba en el arte y los oficios de la música vallenata, a través de sus máximos juglares, el principal de ellos el gran Rafael Escalona, sobre quien escribió Encantos de una vida en cantos, publicado por la Fundación La Cueva en 2010.                                      ..

Amigo de las figuras del Grupo de Barranquilla al comienzo y después de presidentes y políticos, y poderoso líder musical de Sayco, Escalona (1927-2009) conoció de joven al futuro Premio Nobel de Aracataca, y a sus amigos Alvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor y a tantos otros, entre ellos novias, juglares, músicos, acordeonistas y cantantes de la costa mítica y sus interiores donde nació y creció y trató de terminar el bachillerato en Santa Marta, que abandonó para convertirse en cultivador de arroz y algodón, mujeriego, parrandero y coleccionista de armas.

Aquellas parrandas, que eran también clases de Ariel Castillo (1956) en las que participábamos poetas, narradores y estudiantes de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México, entre otros, todos muy jóvenes entonces y gozadores de México, transcurrían escuchando los clásicos del vallenato y desde entonces todas esas historias juglarescas quedaron para siempre grabadas en nuestra memoria, especialmente las atribuidas a Escalona, donde nos cuenta la historia de la vieja Sara, del pobre Miguel, La Maye o el perro de Pabajeau, La patillalera, La custodia de badillo, El destierro de Somón, El gavilán cebado, el Jerre-Jerre, entre otras.

Como García Márquez (1927-2014) había afirmado que Cien años de soledad era un vallenato de 350 páginas, estudiábamos con Ariel las narrativas de aquel mundo vallenato, donde se inspiró el de Aracataca en tantas historias que incluían todas las regiones de la costa desde la Guajira hasta Valledupar y de ahí hasta Riohacha, Cartagena, Barranquilla y Santa Marta, Atanquez, Patillal, Manaure, por donde todos deambularon en la romería familiar: turcos, gitanos, negros, cachacos, paisas, extranjeros perdidos, y tantos más, a veces en tiempos del contrabando desde Venezuela.

Después de aquellas inolvidables cátedras vallenatas en México de Ariel Castillo, volvimos a vernos en un gran Festival Vallenato en Valledupar, donde estaba casi todo el mundo, el misterioso Rafael Escalona, la Cacica Araújo Noriega, que lo dirigía y patrocinaba, Juan Luis Mejía, director de Colcultura, Manuel Zapata Olivella, el crítico peruano José Miguel Oviedo, y los profesores estadounidenses Raymond Williams, y con guardaespaladas, Michael Valencia-Roth, así como el pintor Jacamijoy y Heriberto Fiorillo.

Ahí en los almuerzos el legendario Manuel Zapata Olivella nos contaba el matriarcado de su región y nos situaba el espacio geográfico del César y las montañas que van a la Sierra Nevada. Deambulábamos por la calles de Valledupar en medio de la algarabía de la música que reinaba en todas las esquinas y plazas. En un momento compartimos varios en un patio florido con la hija de Escalona, Ada María, cantada en su clásica canción la Casa en el aire, que ya había sido abordada por otro juglar antes que él.

Ariel me inició y abrió las puertas de ese mundo, hasta el punto de presentarme a Alfonso Fuenmayor, a quien visitamos en su apartamento en un alto piso desde donde se veía la ciudad y donde él gozaba de su biblioteca y recibía las revistas y diarios del todo el mundo. También me llevó a conocer la casa del fallecido Alvaro Cepeda Samudio, que en aquel entonces estaba intacta como en los tiempos del Grupo de Barranquilla y que guardaba con celo y entusiasmo su esposa Beatriz "Tita" Cepeda, que nos recibió aquella tarde con su inmensa generosidad. 

Cada vez que escucho vallenatos de Escalona pienso en Ariel Castillo y su familia, con la esperanza de un día volverlo a ver para escuchar en Barranquilla con los amigos a Bovea y sus Vallenatos, unos de sus mejores intérpretes. El libro de Ariel es una lectura obligada para introducirse al mundo literario del gran juglar colombiano.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de noviembre de 2025. 

dimanche 15 juin 2025

CASA QUE RESPIRA, DE SAMUEL JARAMILLO

 Por Eduardo García Aguilar


La poesía colombiana tiene muchas joyas secretas que uno disfruta siempre, como ocurre con Morada al sur de Aurelio Arturo, Pensamientos del amante de Fernando Charry Lara o Los elementos del desastre de Alvaro Mutis, entre otros. 

Y entre las generaciones posteriores también hay varias colecciones inolvidables como Casa que respira, de Samuel Jaramillo González (1950), que es un libro de cabecera, de los que pueden estar siempre sobre el nochero, al lado de la lámpara, en las noches de lluvia.

El libro, en la impecable edición de Letra a Letra (Bogotá, 2016), reúne una veintena de textos que evocan la infancia y la adolescencia transcurridas por el hablante en una casa grande del Quindío en pleno Eje cafetero, donde el de la voz vive con su abuelos y familiares después de la muerte prematura y trágica del padre.

A lo largo de los poemas se describen los ámbitos de esa región cafetera con sus vientos y soles, lluvias y nieblas, ríos y quebradas, guaduales y prados, sembradíos, cafetales y trochas, pero además se adentra en el alma de personajes que vienen de otras épocas ancestrales y sobreviven en tiempos de violencia que rasgan al país y a la región generando cambios definitivos.

Ahí se avistan los temibles pájaros de la violencia que persiguen liberales y se sienten los temores que llevarán al abandono de esa casona de tres pisos, poblada de cuartos, chambranas, corredores y ventanas, patios, jardines, materos, donde transcurren las vidas de mujeres y hombres que tarde o temprano desaparecerán dejando al hablante preso de la nostalgia esencial del tiempo transcurrido.  

El  abuelo liberal y tal vez masón rodeado de libros secretos de librepensadores en los cuartos superiores de la casona, refugio del patriarca cafetero donde se encuentra la biblioteca que alimenta al de la voz poética, las máquinas de escribir a las que tiene acceso y lugar donde se hacen las cuentas del negocio, en medio de la tierna confianza del viejo por el nieto huérfano, que lo acompaña en tren los domingos en el desparecido ferrocarril hasta la finca de Quimbaya.

Todo se estremece con la irrupción de la joven y bella Estrella, cuyos senos untados de saliva y su alegría contagiosa conmueven al adolescente. Su llegada a la casa hace ver y germinar todo con mayor colorido y mucho tiempo después su voz seguirá rondando por la casa abandonada que respira como un ente intemporal y fértil.   

Desde la atalaya del librepensador el poeta ve transcurrir la vida de ese pueblo del Quindío y paso a paso descubre el mundo, el deseo, la soledad, la música que sale de las sórdidas cantinas, el paso del tiempo, ante lo que a veces se rebela al caminar solitario por las calles frías de los andes hasta el amanecer o a caballo entre las callejuelas de ese territorio de colonización donde recias figuras se abrían camino hacia la prosperidad, la enfermedad o la muerte.

Ahí está la abuela Soledad, la más bella de Circasia que se casa con el abuelo y se convierte en la matrona infalible de un mundo donde cumple la ardua tarea milimétrica de hacer que todo funcione desde la madrugada hasta el anochecer para que siempre esté lista la harina molida de maíz para las frescas arepas del desayuno y nunca falte ninguno de los alimentos, a la hora precisa en el comedor de la casa. 

Todo en medio de impecable limpieza, donde brillan pisos, paredes, corredores y amplias estancias de maderas y baldosas, y las sábanas y ropas recién lavadas y planchadas que huelen siempre a limpio. Tode ello regulado como una maquinaria de relojería. Así es el  mundo del  Eje cafetero, poblado de centenarios fantasmas coloniales y prehispánicos, de voces de espectros entre guacas de oro y miseria.

Samuel Jaramillo es autor de una vasta obra poética, ensayística y narrativa en la que destacan libros como Geografias de la alucinación, Selva que regresa, Bajo el ala del relámpago, entre otros muchos. Cada uno de sus libros, como el magnífico Casa que respira, es un estremecedor testimonio del paso del tiempo y de las llaves secretas del pasado que ayudan a cerrar para siempre los portones finales.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de junio de 2025. 


samedi 22 juin 2024

PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES

Por Eduardo García Aguilar

El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.

Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa. 

García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.

Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.

Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.

Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.

En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.

Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales. 

La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos  recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.

Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.

O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.


mardi 28 mai 2024

URBES LUMINOSAS

Por Edward W. Hood

Northern Arizona University

Con las interesantes y desconcertantes narraciones de Urbes Luminosas, Eduardo García Aguilar (Manizales, 1953) agrega una nueva dimensión a su obra. Anteriormente había publicado un libro de leyendas mitológicas, Palpar la zona prohibida (1984), un estudio crítico sobre los primeros intentos cinematográficos de Gabriel García Márquez, García Márquez; la tentación cinematográfica (1985) y tres novelas: Tierra de leone (1986), bulevar de los héroes (1987) y El viaje triunfal, ganadora del premio Ernesto Sábato para escritores colombianos, en 1989.

Urbes luminosas consta de veinticinco relatos cortos, divididos en tres secciones: Orgías y maniquíes, las buhardillas del fin del mundo y Stendhal y Flaubert en el estómago. Los títulos se refieren a temas y motivos recurrentes en el libro: la actividad sexual, la personificación de maniquíes y otras máquinas, la literatura. El epígrafe: “El estatuto del extranjero es de verdad lo único que hoy hace posible vivir”, del francés Paul Morand, anuncia un viaje, posiblemente de escape. Sin embargo, las escalas en el itinerario de este volumen –las fabulosas urbes luminosas del título- nos presentan los aspectos más feos y repugnantes de las grandes ciudades cosmopolitas y el lado más perverso del hombre moderno. Los diversos textos de Urbes luminosas, que llevan a su lector a los rincones más distantes y menos atractivos de nuestro mundo, por ser variados, desafían una fácil clasificación.

Muchos de los relatos son evidentemente autobiográficos. Tjüeren Ferdinand tiene como protagonista a un colombiano joven que trabaja durante cuatro meses como lavaplatos en un restaurante de las afueras de Estocolmo. Plaza Río de Janeiro, acaso revive las experiencias personales del autor durante el terremoto que devastó la capital mexicana en septiembre de 1985. En La víspera del desastre, el narrador experimenta una premonición que plasma en sus escritos. El texto termina con las siguientes palabras: “El 19 de septiembre, los que nos salvamos de milagro en la colonia Roma, volvimos a nacer. Lo que en cierta forma es una variedad de la muerte” (129). A su vez, el narrador de Crónica de la urbe luminosa, contempla la monstruosa capital mexicana desde el piso 28 de la Torre latinoamericana.

A través del libro se encuentran alusiones a los problemas sociales y políticos e Colombia y otros países de Latinoamericanos. En Las primeras batallas del amor, que presenta la represión contra los estudiantes universitarios, “el presidente Pombo, el cardenal Armadillo y el ministro de Defensa, el general Bello Uria”, asisten al entierro de un caballo militar muerto por los estudiantes (46). El protagonista de Las buhardillas del fin del mundo, observa el “fuego tenaz y nocturno que salía del Palacio de Justicia”(58). En el gran show de Panamá, al describir un burdel local, el autor destaca la decadencia y la podredumbre del ambiente en la zona del canal. En Crónica de Guatemala, un hombre que lleva dinero para la guerrilla ve, después de asistir a un concierto de música rock, cómo asesinan a su contacto en la calle.

El horror de la violencia que han sufrido Guatemala y El Salvador se describe en Crónica de Guatemala y Diálogo con los zopilotes. En la primera, se capta la distancia y el desentendimiento de los inocentes visitantes. “La muerte rondaba por todas partes. En el mercado nadie se veía contento por la falta de clientes, las vendedoras le dijeron que ya los negocios no prosperaban, sólo algunos europeos y gringos “invisibles” –invisibles porque ellos ni entendían ni eran víctimas de lo que pasaba allí- caían de vez en cuando y huían de los guías desempleados que como mendigos de Calcuta los perseguían por algunas monedas hasta llegar al mercado, donde compraban productos de cuero o camisas bordadas con colores exóticos” (80). En Diálogo con los zopilotes, un cuento kafkiano, el narrador hace una visita al horroroso Playón de la muerte –lugar de despósito para los cadáveres de las víctimas de los escuadrones de la muerte- donde siente que poco a poco se convierte en un buitre que busca la muerte.

No obstante su acento pesimista, en el libro también hay humor. Quizá el relato más divertido sea Caribe Express, en el cual un cachaco (acaso el escritor) describe la costa atlántica, desde Riohacha hasta Cartagena, recurriendo a la historia colombiana y a muchos de los personajes y episodios de las novelas de Gabriel García Márquez. Aquí la fusión de la literatura con la vida es completa.

A fín de cuentas, el exilio al que se refiere el epígrafe de Paul Morand es ilusorio, pues en todas partes hay problemas. Pero en todas también se percibe el apego de los seres humanos a la vida, el afán de sobrevivir y el anhelo de mejores mundos, de verdaderas urbes luminosas.

dimanche 28 avril 2024

VERDE NO TE QUIERO VERDE: TIERRA DE LEONES, DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR


Por Héctor Abad Faciolince

Aunque las profecías no formen parte del ejercicio crítico, puede afirmarse que algunas novelas inmaduras, verdes, contienen la promesa de una futura, posible madurez. Hay primeras obras que hacen presagiar una carrera que será trunca en el mejor de los casos e inútil en la mayoría de ellos. Otras, en cambio, como Tierra de leones, poseen el germen de lo que puede llegar a ser un trabajo literario importante, válido. En todo caso conviene dejarse de presagios, ocuparse de la obra presente y ejercer la función fundamental de la crítica, que consiste en entablar un diálogo a varias voces: con el texto concreto, con su autor, y con los lectores (posibles o efectivos) de ese texto.

El primero de estos diálogos, con la obra misma, es el único explícito y el que siempre debería ser el fundamental. Si la crítica literaria se limita a dialogar con el autor, se degrada hasta convertirse en caricia (elogio personal) o el insulto (polémica personalizada). Si privilegia el diálogo con los demás lectores, generalmente para instarlos a consumir o a evitar, el ejercicio crítico degenera en simple publicidad. Sólo el diálogo con el texto asegura un discurrir implícito con el autor de la obra analizada y con los lectores de la misma. Trataré de abrirlo.

El título y la segunda palabra de la primera novela publicada por Eduardo García Aguilar, contienen ya dos alusiones literarias. Quiero decir que el nombre del libro (Tierra de leones) y el nombre del protagonista (Leonardo Quijano) nos hacen caer de inmediato en una red de llamadas, de pequeños guiños o parodias intertextuales. Tierra de leones es el conocido epíteto que Rubén Darío nos dedicó en un soneto de circunstancias:

        "Colombia es una tierra de leones;

        el esplendor del cielo es su oriflama;

        tiene un trueno perenne: el Tequendama,

        y un Olimpo divino..."

El apellido del protagonista, Quijano, debe ponerse en relación, naturalmente, con uno de los nombres del hidalgo de la Mancha. Es apreciable, divertido, que el entramado de una obra de ficción adquiera coherencia mediante los nexos que establece con otras creaciones literarias. Este juego con otras obras indica que hay oficio, cierta madurez en el escritor que intenta indicar el parentesco genérico de su novela.

Pero, como decía al principio, al lado de los toques de madurez también hay aspectos verdes en esta novela de García Aguilar. Para seguir en el ámbito de las alusiones (literarias o de cualquier tipo), cuando éstas se hacen es preferible que el lector —por ignorante, por distraído— no las perciba, a que el escritor trate de subrayarlas, de señalarlas repetidamente. Por temor a que no lo entiendan, el escritor inmaduro trata como tontos (y, por lo tanto, ofende) a sus lectores. Hay que convencerse: el lector no es un tullido mental al que hay que darle mascada y digerida la materia del libro. La costumbre de aclarar las alusiones, en este sentido, se acerca mucho al deplorable vicio de explicar los chistes.

Se pretende aclarar una alusión no solamente explicándola directamente, sino también repitiéndola, haciéndola exhaustiva, insistiendo demasiado en ella. Y una alusión aclarada se desvirtúa, deja de ser una alusión y hace que se pierda la fuerza subterránea que pueda tener la narración. Por lo tanto, si además de bautizar a un personaje con el nombre de Leonardo Quijano (dato que le basta a cualquier lector atento para establecer los nexos caracteriales insinuados) se insiste una y otra vez en la mención del nombre de pila de don Quijote, el efecto inicial de clave, de alusión, se dispersa para convertirse en mero artificio superficial.

Aunque García Aguilar no cae siempre en este tipo de explicaciones excesivas (no lo hace, por ejemplo, con el título o con algunas citas de Valencia), cuando cae lo hace en momentos particularmente importantes de su libro. Es el caso, entre otros, de la historia de la profanación —mediante coito en el templo— que cometen la ninfa y el protagonista. Hay descripciones acertadas, motivaciones ocultas del acto, que están bien insinuadas. Pero luego el narrador se cree en la obligación de explicar, de etiquetar este amor en la catedral. No se contiene ni se contenta con dejar solos a los hechos para que el lector los entienda e interprete a partir de su exquisita crudeza. No, como los lectores somos bobos, nos tiene que decir que eso es sacrílego, irreverente, inusitado.

Lo mismo pasa con el episodio en que Leonardo, hastiado de derrotas y fracasos, empieza a orinar en los sitios más insólitos. Las palabras de la escueta narración bastarían a buenos entendedores. Pero el escritor es fácil de lengua y nos explica:

       " [...] era como si así se orinara en todo el mundo, orinara en los curas, en los fundistas, en los revolucionarios, en los burócratas, en las viejas, en todos [...]"

Es así como el escritor caldense convierte en fiascos sus mejores aciertos. Hay que saber narrar, y el autor de Tierra de leones muchas veces demuestra que sabe hacerlo. Pero tan importante como contar es aprender a callarse, a no contar más de la cuenta. Más de la cuenta: tal vez allí está la clave del fracaso de esta novela que pudo haber sido buena. Tiene partes excelentes que se dañan porque al creador se le va la mano, excede en explicaciones, o en furor esperpéntico, o en el fárrago barroco de las descripciones gratuitas. Hay un plan que parece ir bien, pero que luego se desmorona por ambición exagerada. Hay historias bonitas, bien amalgamadas, que pierden cohesión porque el narrador no logra contenerse y añade más acciones, demasiadas, a las que ya no les encontramos los hilos que las unen con el resto de la trama y parecen más bien superposiciones arbitrarias de cuentos diferentes.

A pesar de los lunares, esta novela deja en pie la esperanza de que el joven novelista llegue a ser un escritor de gran calidad. Por encima de las caídas evidentes, hay muchos hallazgos verbales igualmente patentes. Hay en el escritor, sin duda, una capacidad fabulatoria que no debería desaprovechar. Creo que a él podría aplicársele la frase de uno de sus personajes:

     "Ni el ejército más impresionante de mariguanos, después de fumarse un morro como éste de esa yerba, igualaría siquiera el más pálido e inocuo de mis sueños." [pág. 72].

Pero esta capacidad fabulatoria, esta riqueza inventiva, tendrá que unirse a la lucidez creativa. Y García Aguilar puede extraer esta lucidez de su tenaz y brillante ejercicio crítico. Hace tiempo que sigo sus artículos en Sábado, el conocido suplemento mexicano. El García Aguilar que allí se revela desconoce la piedad (y en eso, aquí, lo imito). Que saque de esa vena crítica la fuerza para restarle ingenuidad a sus creaciones de ficción. Así podremos apostarle doble a su futuro literario.

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Reseña publicada en el Boletín Bibliográfico del Banco de la República. Vol. 24. Num 12. Bogotá. Colombia. 1987

samedi 6 avril 2024

HUMANISTA, EDITOR Y POLÍGRAFO

 Por Eduardo García Aguilar

La trayectoria vital, intelectual y literaria del escritor y editor santandereano Efer Arocha se ha desarrollado en gran parte en el exilio en París, a donde llegó como tantos otros colombianos de su generación obligado por las circunstancias de la represión y la persecución que en el siglo XX se aplicó en Colombia a quienes luchaban por un país con más justicia social. Varias generaciones de colombianos que tuvieron suerte y sobrevivieron, pudieron refugiarse en diversos países del mundo que los acogieron y donde ejercieron en paz sus profesiones y desarrollaron sus vocaciones, como es el caso de Efer Arocha y miles de nuestros ciudadanos en Francia.

Como humanista, Efer Arocha ha sido multifacético y polígrafo. Primero como docente en diversas instituciones educativas francesas donde enseñó a los jóvenes literatura, ciencias humanas y políticas, luego como promotor cultural y editor, al mando de la revista bilingüe Vericuetos, que a lo a lo largo de cuatro décadas ha difundido la literatura colombiana y latinoamericana en Europa, y finalmente con la publicación de una obra miscelánea compuesta por novelas experimentales, relatos variados y ensayos sobre diversas temáticas humanísticas. Uno de sus aciertos editoriales fue la publicación en 1996 del primer libro del Premio Rómulo Gallegos colombiano, Pablo Montoya, "Cuentos de Niquía", en la colección Escargot au galop, que él dirige.

La característica fundamental que ha animado sus actividades humanísticas ha sido la generosidad y el gran amor por Colombia, por lo que en estas cuatro décadas de exilio ha animado innumerables actividades públicas, festivales, ferias, coloquios, presentaciones de libros, para promover a los autores y autoras colombianas de las distintas regiones del país o luchar por el cambio en el país hacia una vida más justa y humana en el marco de la paz. 

En esas actividades ha compartido la acción con otras figuras latinoamericanas del exilio como el escritor hispano-uruguayo Fernando Aínsa, quien fue director literario de las publicaciones de la UNESCO, el académico uruguayo Olver de León, el poeta y editor chileno Luis del Río Donoso o el hispanista francés Claude Couffon, entre otros muchos.  

Efer se inscribe pues en la tradición de colombianos y latinoamericanos que a través de los siglos han vivido aquí atraídos por la cultura, el mundo editorial y la mezcla de pueblos y viajeros. En los viejos tiempos estuvo Bolívar, que vivió la coronación de Napoleón, y su rival Santander, quien dejó un diario de su periplo, y después estuvieron los hermanos Cuervo, Ezequiel Uricochea, José María Vargas Vila y Cornelio Hispano, quienes publicaban sus libros aquí. Y en el siglo XX Eduardo Santos trajinó París en los años de entreguerras, así como Luis Vidales, el autor de Suenan timbres, antes de que llegaran Eduardo Caballero Calderón, quien escribió la novela parisina El buen salvaje, y García Márquez, que varado al cierre del diario El Espectador, redactó en 1957 en una pensión del barrio latino El coronel no tiene quien le escriba.  Después residió en estas tierras el escritor afrodescendiente Arnoldo Palacios, autor de Las estrellas son negras, objeto ahora de homenajes por su centenario, a quien siguió Óscar Collazos, originario de Bahía Solano, que presenció los acontecimientos de mayo del 68. 

En la actualidad hay un sólido grupo de escritores y humanistas latinoamericanos que continúan con la tradición de esas generaciones literarias presentes a lo largo de los siglos. Hay peruanos, mexicanos, chilenos, argentinos, colombianos, uruguayos, brasileños, que aunque no tan famosos como los del boom, viven su vida literaria con pasión, cuando América Latina ha pasado de moda en Francia. En este siglo han vivido aquí escritores colombianos como Julio Olaciregui, Pablo Montoya, Jorge Torres, Myrian Montoya, Luisa Ballesteros, Camilo Bogoya y Carolina Bustos, entre otros.

Rodeado de libros como un eremita, Efer Arocha, mestizo hijo de padre blanco y madre indígena, es un erudito que explora ampliamente los diversos temas de las ciencias humanas y la historia, anclándose en las letras clásicas y los saberes ancestrales del campo y las selvas colombianas, que él frecuentó en sus años juveniles y utópicos luchando por el cambio del país. 

Su obra literaria es de tipo experimental, como ocurre en sus novelas "Quitándole el punto a la i" y "Un pingo envainado" y en sus múltiples historias, crónicas y relatos breves, que buscan el juego y la ironía, lejos de la prosa comercial y cerca del espíritu lúdico del movimiento OULIPO (Taller de literatura potencial), animado  en Francia en los años 60 del siglo pasado por Raymond Queneau y Georges Perec, entre otros. También ha publicado, entre otros, los libros de ensayo "Los escritores en la comuna de París" y "El ciudadano, la horizontalidad de la sociedad y el Estado", escritos con gran rigor académico.