CIEN AÑOS DE LITERATURA COLOMBIANA
samedi 6 décembre 2025
LA PASIÓN LITERARIA DE RICARDO CUÉLLAR
ARIEL CASTILLO CUENTA A ESCALONA
dimanche 15 juin 2025
CASA QUE RESPIRA, DE SAMUEL JARAMILLO
La poesía colombiana tiene muchas joyas secretas que uno disfruta siempre, como ocurre con Morada al sur de Aurelio Arturo, Pensamientos del amante de Fernando Charry Lara o Los elementos del desastre de Alvaro Mutis, entre otros.
samedi 22 juin 2024
PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES
El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.
Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa.
García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.
Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.
Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.
Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.
En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.
Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales.
La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.
Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.
O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.
mardi 28 mai 2024
URBES LUMINOSAS
Northern Arizona University
Con las interesantes y desconcertantes narraciones de Urbes Luminosas, Eduardo García Aguilar (Manizales, 1953) agrega una nueva dimensión a su obra. Anteriormente había publicado un libro de leyendas mitológicas, Palpar la zona prohibida (1984), un estudio crítico sobre los primeros intentos cinematográficos de Gabriel García Márquez, García Márquez; la tentación cinematográfica (1985) y tres novelas: Tierra de leone (1986), bulevar de los héroes (1987) y El viaje triunfal, ganadora del premio Ernesto Sábato para escritores colombianos, en 1989.
Urbes luminosas consta de veinticinco relatos cortos, divididos en tres secciones: Orgías y maniquíes, las buhardillas del fin del mundo y Stendhal y Flaubert en el estómago. Los títulos se refieren a temas y motivos recurrentes en el libro: la actividad sexual, la personificación de maniquíes y otras máquinas, la literatura. El epígrafe: “El estatuto del extranjero es de verdad lo único que hoy hace posible vivir”, del francés Paul Morand, anuncia un viaje, posiblemente de escape. Sin embargo, las escalas en el itinerario de este volumen –las fabulosas urbes luminosas del título- nos presentan los aspectos más feos y repugnantes de las grandes ciudades cosmopolitas y el lado más perverso del hombre moderno. Los diversos textos de Urbes luminosas, que llevan a su lector a los rincones más distantes y menos atractivos de nuestro mundo, por ser variados, desafían una fácil clasificación.
Muchos de los relatos son evidentemente autobiográficos. Tjüeren Ferdinand tiene como protagonista a un colombiano joven que trabaja durante cuatro meses como lavaplatos en un restaurante de las afueras de Estocolmo. Plaza Río de Janeiro, acaso revive las experiencias personales del autor durante el terremoto que devastó la capital mexicana en septiembre de 1985. En La víspera del desastre, el narrador experimenta una premonición que plasma en sus escritos. El texto termina con las siguientes palabras: “El 19 de septiembre, los que nos salvamos de milagro en la colonia Roma, volvimos a nacer. Lo que en cierta forma es una variedad de la muerte” (129). A su vez, el narrador de Crónica de la urbe luminosa, contempla la monstruosa capital mexicana desde el piso 28 de la Torre latinoamericana.
A través del libro se encuentran alusiones a los problemas sociales y políticos e Colombia y otros países de Latinoamericanos. En Las primeras batallas del amor, que presenta la represión contra los estudiantes universitarios, “el presidente Pombo, el cardenal Armadillo y el ministro de Defensa, el general Bello Uria”, asisten al entierro de un caballo militar muerto por los estudiantes (46). El protagonista de Las buhardillas del fin del mundo, observa el “fuego tenaz y nocturno que salía del Palacio de Justicia”(58). En el gran show de Panamá, al describir un burdel local, el autor destaca la decadencia y la podredumbre del ambiente en la zona del canal. En Crónica de Guatemala, un hombre que lleva dinero para la guerrilla ve, después de asistir a un concierto de música rock, cómo asesinan a su contacto en la calle.
El horror de la violencia que han sufrido Guatemala y El Salvador se describe en Crónica de Guatemala y Diálogo con los zopilotes. En la primera, se capta la distancia y el desentendimiento de los inocentes visitantes. “La muerte rondaba por todas partes. En el mercado nadie se veía contento por la falta de clientes, las vendedoras le dijeron que ya los negocios no prosperaban, sólo algunos europeos y gringos “invisibles” –invisibles porque ellos ni entendían ni eran víctimas de lo que pasaba allí- caían de vez en cuando y huían de los guías desempleados que como mendigos de Calcuta los perseguían por algunas monedas hasta llegar al mercado, donde compraban productos de cuero o camisas bordadas con colores exóticos” (80). En Diálogo con los zopilotes, un cuento kafkiano, el narrador hace una visita al horroroso Playón de la muerte –lugar de despósito para los cadáveres de las víctimas de los escuadrones de la muerte- donde siente que poco a poco se convierte en un buitre que busca la muerte.
No obstante su acento pesimista, en el libro también hay humor. Quizá el relato más divertido sea Caribe Express, en el cual un cachaco (acaso el escritor) describe la costa atlántica, desde Riohacha hasta Cartagena, recurriendo a la historia colombiana y a muchos de los personajes y episodios de las novelas de Gabriel García Márquez. Aquí la fusión de la literatura con la vida es completa.
A fín de cuentas, el exilio al que se refiere el epígrafe de Paul Morand es ilusorio, pues en todas partes hay problemas. Pero en todas también se percibe el apego de los seres humanos a la vida, el afán de sobrevivir y el anhelo de mejores mundos, de verdaderas urbes luminosas.
dimanche 28 avril 2024
VERDE NO TE QUIERO VERDE: TIERRA DE LEONES, DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR
Por Héctor Abad Faciolince
Aunque las profecías no formen parte del ejercicio crítico, puede afirmarse que algunas novelas inmaduras, verdes, contienen la promesa de una futura, posible madurez. Hay primeras obras que hacen presagiar una carrera que será trunca en el mejor de los casos e inútil en la mayoría de ellos. Otras, en cambio, como Tierra de leones, poseen el germen de lo que puede llegar a ser un trabajo literario importante, válido. En todo caso conviene dejarse de presagios, ocuparse de la obra presente y ejercer la función fundamental de la crítica, que consiste en entablar un diálogo a varias voces: con el texto concreto, con su autor, y con los lectores (posibles o efectivos) de ese texto.
El primero de estos diálogos, con la obra misma, es el único explícito y el que siempre debería ser el fundamental. Si la crítica literaria se limita a dialogar con el autor, se degrada hasta convertirse en caricia (elogio personal) o el insulto (polémica personalizada). Si privilegia el diálogo con los demás lectores, generalmente para instarlos a consumir o a evitar, el ejercicio crítico degenera en simple publicidad. Sólo el diálogo con el texto asegura un discurrir implícito con el autor de la obra analizada y con los lectores de la misma. Trataré de abrirlo.
El título y la segunda palabra de la primera novela publicada por
Eduardo García Aguilar, contienen ya dos alusiones literarias. Quiero decir que
el nombre del libro (Tierra de leones) y el nombre del protagonista (Leonardo
Quijano) nos hacen caer de inmediato en una red de llamadas, de pequeños guiños
o parodias intertextuales. Tierra de leones es el conocido epíteto que Rubén
Darío nos dedicó en un soneto de circunstancias:
"Colombia es una tierra de leones;
el esplendor del cielo es su oriflama;
tiene un trueno perenne: el Tequendama,
y un Olimpo divino..."
El apellido del protagonista, Quijano, debe ponerse en relación, naturalmente, con uno de los nombres del hidalgo de la Mancha. Es apreciable, divertido, que el entramado de una obra de ficción adquiera coherencia mediante los nexos que establece con otras creaciones literarias. Este juego con otras obras indica que hay oficio, cierta madurez en el escritor que intenta indicar el parentesco genérico de su novela.
Pero, como decía al principio, al lado de los toques de madurez también hay aspectos verdes en esta novela de García Aguilar. Para seguir en el ámbito de las alusiones (literarias o de cualquier tipo), cuando éstas se hacen es preferible que el lector —por ignorante, por distraído— no las perciba, a que el escritor trate de subrayarlas, de señalarlas repetidamente. Por temor a que no lo entiendan, el escritor inmaduro trata como tontos (y, por lo tanto, ofende) a sus lectores. Hay que convencerse: el lector no es un tullido mental al que hay que darle mascada y digerida la materia del libro. La costumbre de aclarar las alusiones, en este sentido, se acerca mucho al deplorable vicio de explicar los chistes.
Se pretende aclarar una alusión no solamente explicándola directamente, sino también repitiéndola, haciéndola exhaustiva, insistiendo demasiado en ella. Y una alusión aclarada se desvirtúa, deja de ser una alusión y hace que se pierda la fuerza subterránea que pueda tener la narración. Por lo tanto, si además de bautizar a un personaje con el nombre de Leonardo Quijano (dato que le basta a cualquier lector atento para establecer los nexos caracteriales insinuados) se insiste una y otra vez en la mención del nombre de pila de don Quijote, el efecto inicial de clave, de alusión, se dispersa para convertirse en mero artificio superficial.
Aunque García Aguilar no cae siempre en este tipo de explicaciones excesivas (no lo hace, por ejemplo, con el título o con algunas citas de Valencia), cuando cae lo hace en momentos particularmente importantes de su libro. Es el caso, entre otros, de la historia de la profanación —mediante coito en el templo— que cometen la ninfa y el protagonista. Hay descripciones acertadas, motivaciones ocultas del acto, que están bien insinuadas. Pero luego el narrador se cree en la obligación de explicar, de etiquetar este amor en la catedral. No se contiene ni se contenta con dejar solos a los hechos para que el lector los entienda e interprete a partir de su exquisita crudeza. No, como los lectores somos bobos, nos tiene que decir que eso es sacrílego, irreverente, inusitado.
Lo mismo pasa con el episodio en que Leonardo, hastiado de derrotas y
fracasos, empieza a orinar en los sitios más insólitos. Las palabras de la
escueta narración bastarían a buenos entendedores. Pero el escritor es fácil de
lengua y nos explica:
" [...] era como si así se orinara en todo el mundo, orinara en los curas, en los fundistas, en los revolucionarios, en los burócratas, en las viejas, en todos [...]"
Es así como el escritor caldense convierte en fiascos sus mejores aciertos. Hay que saber narrar, y el autor de Tierra de leones muchas veces demuestra que sabe hacerlo. Pero tan importante como contar es aprender a callarse, a no contar más de la cuenta. Más de la cuenta: tal vez allí está la clave del fracaso de esta novela que pudo haber sido buena. Tiene partes excelentes que se dañan porque al creador se le va la mano, excede en explicaciones, o en furor esperpéntico, o en el fárrago barroco de las descripciones gratuitas. Hay un plan que parece ir bien, pero que luego se desmorona por ambición exagerada. Hay historias bonitas, bien amalgamadas, que pierden cohesión porque el narrador no logra contenerse y añade más acciones, demasiadas, a las que ya no les encontramos los hilos que las unen con el resto de la trama y parecen más bien superposiciones arbitrarias de cuentos diferentes.
A pesar de los lunares, esta novela deja en pie la esperanza de que el joven novelista llegue a ser un escritor de gran calidad. Por encima de las caídas evidentes, hay muchos hallazgos verbales igualmente patentes. Hay en el escritor, sin duda, una capacidad fabulatoria que no debería desaprovechar. Creo que a él podría aplicársele la frase de uno de sus personajes:
"Ni el ejército más impresionante de mariguanos, después de fumarse un morro como éste de esa yerba, igualaría siquiera el más pálido e inocuo de mis sueños." [pág. 72].
Pero esta capacidad fabulatoria, esta riqueza inventiva, tendrá que unirse a la lucidez creativa. Y García Aguilar puede extraer esta lucidez de su tenaz y brillante ejercicio crítico. Hace tiempo que sigo sus artículos en Sábado, el conocido suplemento mexicano. El García Aguilar que allí se revela desconoce la piedad (y en eso, aquí, lo imito). Que saque de esa vena crítica la fuerza para restarle ingenuidad a sus creaciones de ficción. Así podremos apostarle doble a su futuro literario.
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Reseña publicada en el Boletín Bibliográfico del Banco de la República. Vol. 24. Num 12. Bogotá. Colombia. 1987
samedi 6 avril 2024
HUMANISTA, EDITOR Y POLÍGRAFO
La trayectoria vital, intelectual y literaria del escritor y editor santandereano Efer Arocha se ha desarrollado en gran parte en el exilio en París, a donde llegó como tantos otros colombianos de su generación obligado por las circunstancias de la represión y la persecución que en el siglo XX se aplicó en Colombia a quienes luchaban por un país con más justicia social. Varias generaciones de colombianos que tuvieron suerte y sobrevivieron, pudieron refugiarse en diversos países del mundo que los acogieron y donde ejercieron en paz sus profesiones y desarrollaron sus vocaciones, como es el caso de Efer Arocha y miles de nuestros ciudadanos en Francia.
Como humanista, Efer Arocha ha sido multifacético y polígrafo. Primero como docente en diversas instituciones educativas francesas donde enseñó a los jóvenes literatura, ciencias humanas y políticas, luego como promotor cultural y editor, al mando de la revista bilingüe Vericuetos, que a lo a lo largo de cuatro décadas ha difundido la literatura colombiana y latinoamericana en Europa, y finalmente con la publicación de una obra miscelánea compuesta por novelas experimentales, relatos variados y ensayos sobre diversas temáticas humanísticas. Uno de sus aciertos editoriales fue la publicación en 1996 del primer libro del Premio Rómulo Gallegos colombiano, Pablo Montoya, "Cuentos de Niquía", en la colección Escargot au galop, que él dirige.
La característica fundamental que ha animado sus actividades humanísticas ha sido la generosidad y el gran amor por Colombia, por lo que en estas cuatro décadas de exilio ha animado innumerables actividades públicas, festivales, ferias, coloquios, presentaciones de libros, para promover a los autores y autoras colombianas de las distintas regiones del país o luchar por el cambio en el país hacia una vida más justa y humana en el marco de la paz.
En esas actividades ha compartido la acción con otras figuras latinoamericanas del exilio como el escritor hispano-uruguayo Fernando Aínsa, quien fue director literario de las publicaciones de la UNESCO, el académico uruguayo Olver de León, el poeta y editor chileno Luis del Río Donoso o el hispanista francés Claude Couffon, entre otros muchos.
Efer se inscribe pues en la tradición de colombianos y latinoamericanos que a través de los siglos han vivido aquí atraídos por la cultura, el mundo editorial y la mezcla de pueblos y viajeros. En los viejos tiempos estuvo Bolívar, que vivió la coronación de Napoleón, y su rival Santander, quien dejó un diario de su periplo, y después estuvieron los hermanos Cuervo, Ezequiel Uricochea, José María Vargas Vila y Cornelio Hispano, quienes publicaban sus libros aquí. Y en el siglo XX Eduardo Santos trajinó París en los años de entreguerras, así como Luis Vidales, el autor de Suenan timbres, antes de que llegaran Eduardo Caballero Calderón, quien escribió la novela parisina El buen salvaje, y García Márquez, que varado al cierre del diario El Espectador, redactó en 1957 en una pensión del barrio latino El coronel no tiene quien le escriba. Después residió en estas tierras el escritor afrodescendiente Arnoldo Palacios, autor de Las estrellas son negras, objeto ahora de homenajes por su centenario, a quien siguió Óscar Collazos, originario de Bahía Solano, que presenció los acontecimientos de mayo del 68.
En la actualidad hay un sólido grupo de escritores y humanistas latinoamericanos que continúan con la tradición de esas generaciones literarias presentes a lo largo de los siglos. Hay peruanos, mexicanos, chilenos, argentinos, colombianos, uruguayos, brasileños, que aunque no tan famosos como los del boom, viven su vida literaria con pasión, cuando América Latina ha pasado de moda en Francia. En este siglo han vivido aquí escritores colombianos como Julio Olaciregui, Pablo Montoya, Jorge Torres, Myrian Montoya, Luisa Ballesteros, Camilo Bogoya y Carolina Bustos, entre otros.
Rodeado de libros como un eremita, Efer Arocha, mestizo hijo de padre blanco y madre indígena, es un erudito que explora ampliamente los diversos temas de las ciencias humanas y la historia, anclándose en las letras clásicas y los saberes ancestrales del campo y las selvas colombianas, que él frecuentó en sus años juveniles y utópicos luchando por el cambio del país.
Su obra literaria es de tipo experimental, como ocurre en sus novelas "Quitándole el punto a la i" y "Un pingo envainado" y en sus múltiples historias, crónicas y relatos breves, que buscan el juego y la ironía, lejos de la prosa comercial y cerca del espíritu lúdico del movimiento OULIPO (Taller de literatura potencial), animado en Francia en los años 60 del siglo pasado por Raymond Queneau y Georges Perec, entre otros. También ha publicado, entre otros, los libros de ensayo "Los escritores en la comuna de París" y "El ciudadano, la horizontalidad de la sociedad y el Estado", escritos con gran rigor académico.
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