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samedi 6 décembre 2025

LA PASIÓN LITERARIA DE RICARDO CUÉLLAR

Por Eduardo García Aguilar

El diario mexicano Cuarto poder dio el 21 de noviembre la noticia de la partida de Ricardo Cuéllar Valencia (1946-2025), poeta y académico caldense, manizaleño adoptivo, nacido en Calarcá, quien vivió desde 1981 en México, donde realizó una amplia carrera universitaria que lo llevó incluso a obtener el doctorado durante años sábáticos vividos en Valladolid, España, con una tesis sobre la poesía en Miguel de Cervantes.

Ricardo nació en el Quindío cuando el departamento era una gran mariposa que después despedazaron los gamonales, fue bautizado en Pijao y luego su familia, como muchas de la época de la Violencia, migró a Mistrató, Envigado y San Roque. Estudió en la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, pero después recaló en Manizales, donde compartió largos años con los amantes de la literatura y la poesía de su generación, convirtiéndose en manizaleño adoptivo.

Lo conocí en México recién llegado y empezamos nuestra amistad con el entusiasmo de vivir la literatura en la capital de ese país, epicentro entonces de las letras hispanoamericanas, animado por los exiliados latinoamericanos y españoles y artistas y humanistas mexicanos y de todas la regiones del mundo que seguían los pasos de los surrealistas, Antonin Artaud, los británicos D.H. Lawrence y Malcolm Lowry, el cinesta ruso Einseinstein y su compatriota León Trotsky. 

Estaban vivos en esa década Juan Rulfo y Octavio Paz, Maria Félix y Cantinflas, y músicos como el rey del mambo cubano Dámaso Pérez Prado y se publicaban las revistas Vuelta, Nexos, Proceso y vibraban el Fondo de Cultura Latinoamericana y las casas editoriales universitarias de primer nivel tanto en la capital como en las 32 provincias y en ellas se publicaban novedades latinoamericanas y traducciones de la  literatura mundial. 

Juntos, con los amigos que estabamos allí, fuimos a ver a Jorge Luis Borges en la sala Ollin Yolitzti de la UNAM en 1981 y en los cócteles y presentaciones de libros nos cruzábamos con Rulfo, Paz, Fuentes, Elizondo, García Ponce, Margo Glantz, Poniatowska, Monsiváis, Pitol, Mutis y García Márquez, entre muchos otros. 

México era un fiesta para quienes amábamos la literatura sobre todas las cosas y percibí ese entusiasmo de Ricardo por la poesía, la narrativa, el ensayo y el pensamiento en largas tardes y noches de fiesta y amistad. En 1984 ingresó como profesor en la Universidad Autónoma de Chiapas, donde realizó una larga carrera como docente en letras hispanoamericanas hasta su jubilación. Lo veíamos menos, pero venía con frecuencia a la capital. Luego vivió en Puebla y ahora el diario mexicano anuncia que murió en Medellín.

Sarelly Mendoza dice el 20 de noviembre en su artículo "El escritor colombiano que se volvió chiapaneco", publicado en Chiapas Paralelo, que Cuéllar "admiraba a los alucinados, a los desbordados por la fantasía, desapegados del mundo real y entregados por completo a la creación" y encomia su labor como maestro de varias generaciones a los que enseñó la poesía romántica alemana e inglesa y los clásicos europeos y latinoamericanos.

Antes de radicarse en Chiapas participó en actividades organizadas por la Universidad Nacional Autónoma de México, como un homenaje por el centenario del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob y coloquios en torno a las obras de Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez. De voz rauca, bohemio, rebelde y sentimental como Ramón del Valle Inclán, Ricardo Cuéllar fue un intelectual y académico de primer nivel y ejerció la poesía con pasión total. Publicó entre otros poemarios La fatiga de los cereales (1977), Sereno secreto de morir (1985), Rosa del destino (2000) y Río ebrio (2015).
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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. Domingo 6 de diciembre de 2025.






samedi 1 octobre 2022

LA LITERATURA COLOMBIANA EN EL SIGLO XX

Por Eduardo García Aguilar

Las importantísimas colecciones de literatura colombiana que dirigió el recién fallecido Juan Gustavo Cobo Borda (1948-2022), apoyadas primero por Colcultura y después por el ministerio del ramo, fueron claves para tener presente y viva la literatura del siglo XX, una fascinante aventura no solo reducida a la novela, sino llena de sorpresas en el campo de la poesía, el ensayo, la crónica, el aforismo, la historia y la filosofía, entre otras ramas del saber expresado en palabras a través de la escritura.

Ya antes Cobo Borda había desempeñado un papel importante en la promoción de escritores de su generación y posteriores cuando trabajaba en la revista Eco, publicada por la librería Buchoolz, que no solo abrió sus páginas al pensamiento moderno y a la literatura mundiales, sino a los nuevos autores de su generación, que aparecían intercalados con obras maestras de todos los géneros provenientes de Europa y América Latina. Allí publicaron también Fernando Charry Lara, Ernesto Volkening y Danilo Cruz Vélez.

Antes, otras generaciones habían promocionado con entusiasmo la literatura colombiana en todo el territorio, a través de generosas colecciones publicadas con el apoyo de algunos gobiernos en la primera mitad del siglo durante la República liberal, sin olvidar la tarea valiosa paralela de muchas instituciones que como el Instituto Caro y Cuervo o el Banco de la República rescataron después en bellas y cuidadas ediciones las obras olvidadas, perdidas o inéditas de grandes autores de todas las épocas, como Joan de Castellanos, la Madre Josefa del Castillo, Soledad Acosta de Samper, José Asunción Silva, Julio Flórez, Miguel Antonio Caro, Rufino J. Cuervo o Rafael Pombo.

Con ellos, debería destacarse el papel de la gran Editorial Arturo Zapata, de carácter privado, que existió en Manizales de 1926 a 1954, donde publicaron sus obras grandes escritores como Fernando González, César Uribe Piedrahíta, León de Greiff y muchos más. También debería subrayarse la tarea de la revista Mito, dirigida en los años 50 por el poeta y ensayista Jorge Gaitán Durán, que abrió puertas en sus páginas a la literatura hispanoamericana y publicó obras claves de autores colombianos como los entonces jóvenes Gabriel García Márquez, Darío Mesa y Alvaro Mutis, entre otros.

También debe destacarse la generosa labor de Manuel Zapata Olivella en su revista Letras Nacionales y su activismo permanente para abrir puertas a los autores contemporáneos y a los nuevos que como Óscar Collazos despuntaban en los años 60. Gracias a la pasión literaria de tantos hombres y mujeres de letras del siglo XX, se pudo conservar de esa manera el acervo literario del país, que debería de nuevo ponerse a circular en el siglo XXI con el apoyo de las instituciones y el Estado, para no dejar el rumbo de las letras nacionales solo en manos de las editoriales multinacionales privadas.

Todas las instituciones mencionadas realizaron a lo largo del siglo XX una tarea fundamental para elaborar el mapa de las letras colombianas, registrándolas con excelentes notas introductorias de grandes especialistas. Gracias a a ellas se rescató la obra de José Antonio Osorio Lizarazo, un escritor colombiano que vivió mucho tiempo fuera del país y realizó una activa obra narrativa y periodística dispersa en el continente, en la que se destaca su trilogía de novelas bogotanas, que fueron uno de los primeros atisbos de la novelística urbana, una descripción magistral de personajes que luchaban en la capital por sobrevivir al frío, la burocracia y las dificultades económicas.

También gracias a esa labor de los recopiladores y editores redescubrimos la obra narrativa del genial Tomás Carrasquilla, la poesía y la narrativa de José Eustasio Rivera, la escritura aforística de Nicolás Gómez Dávila, la tarea crítica cosmopolita de Baldomero Sanín Cano, los versos malditos de Porfirio Barba Jacob, la literatura del gran Jorge Zalamea, la vasta summa poética de León de Greiff, los versos escasos pero claves de Aurelio Arturo, y se exhumó la obra irreverente de Fernando González, nuestro Nietzsche antioqueño.

Sin esa labor apoyada por las instituciones, bancos, universidades, ministerios, editoriales independientes no conoceríamos obras que como las de Meira del Mar, Elisa Mujica y Helena Araújo fueron acogidas en las diversas colecciones creadas con pasión y sin ánimo de lucro por quijotes colombianos amantes de la literatura y los libros. Porque la gran tragedia de los países que no conservan y cuidan la obra de sus autores nacionales y regionales, es que muchos manuscritos y archivos desparecen con la muerte, lo que significa la pérdida definitiva de un invaluable patrimonio cultural.

Que el impulso de las diversas generaciones de críticos y editores del siglo XX sea ejemplo para que en el siglo XXI realicemos una nueva cartografía de los autores de ambos sexos secretos, olvidados, perdidos e ignorados en ciudades, pueblos o regiones del país. Todos sus materiales deben ser buscados y rescatados con amor y editados con cuidado para que la literatura colombiana siga viva. 
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Publicadao en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo
2 de octubre de 2022. 

    

samedi 9 juillet 2022

LOS SUEÑOS DE PATRICIA ARIZA


Por Eduardo García Aguilar

Cuando terminaba el bachillerato en el Colegio Gemelli de Manizales, en el bus de ida o de regreso al bello mirador de La Francia, especialmente en las tardes soleadas, solíamos cantar todos en coro la canción Una flor para mascar del nadaísta Pablus Gallinazus, que estaba entonces de moda y se escuchaba en las radios. Frente a la inmensidad de los valles del Cauca y las altas montañas de la Cordillera occidental, uno de los paisajes más hermosos del mundo, resonaban las palabras de esa bella canción.

Por esas fechas el artista y poeta también nadaísta Mario Escobar Ortiz, quien abría con generosidad las puertas a esa juventud que soñaba, me invitó a La Patria el día que Gallinazus vino a visitar el periódico y me dio mucha alegría ver al cantante y poeta con su boina, acompañado de una muchacha, recorriendo las instalaciones y viendo las máquinas offset recién importadas que producían milagros editoriales y hacían posible todo tipo de sueños como en una película magistral de Orson Wells.

Nunca imaginé que mucho tiempo después otra nadaísta amiga de Pablus Gallinazus llegaría también por milagro al ministerio de Cultura de Colombia en medio de una magnífica y bienvenida ola de cambio de época que hasta hace poco parecía impensable y solo parecía utopía.

En el excelente documental Patricia Ariza: una vida polifónica, producido por la Plataforma solidaria Confiar, podemos acercarnos a la trayectoria increíble de esta fuerte mujer que ha dado la vida al arte y a los demás. Con ella recorremos los escenarios y las turbulencias de la historia contemporánea de Colombia, así como las calles históricas del centro de Bogotá, donde contra viento y marea ha generado arte y sueños para varias generaciones por amor a la vida.

Ariza es una mujer de temple que desde muy temprano hizo parte del movimiento nadaísta al lado de mujeres y hombres jóvenes que irrigaron en aquellos años el país con refrescantes vientos culturales. Después, al lado del gran dramaturgo Santiago García y tras concluir sus estudios de arte en la Universidad Nacional, emprendió una larguísima carrera en los escenarios que la llevó a ser cofundadora del famoso teatro La Candelaria, orgullo para el país a nivel internacional y que ha montado algunas de las obras teatrales más emblemáticas de la historia del país y América Latina.

Contra viento y marea, luchando por sobrevivir, trabajando sin recursos y con las uñas, enfrentando las amenazas del exterminio, actuando muchas veces con chalecos antibala en el escenario, cuando artistas, pensadores y poetas eran exterminados uno tras otro por las fuerzas oscuras de Colombia, la poeta Patricia Ariza ha llevado en alto la antorcha de la libertad con un trabajo colectivo que ha reivindicado sin cesar los derechos de mujeres, minorías, artistas, marginados, fantasmas, nadies, excluidos por un Apartheid tan atroz como el que reinó en Sudáfrica y Estados Unidos.

Patricia Ariza es una sobreviviente que después de tantas décadas asume con alegría una misión que nunca buscó ni esperaba, porque de hecho ellla la ha practicado desde siempre en su vida. Ya antes era la ministra real del escenario, la fiesta, la música, la poesía, la palabra, la alegría, el carnaval, la danza, el color, el calor incandescente del corazón que da abrazos a quienes sufren en silencio la marginación y el olvido y buscan florecer desde la oscuridad y el fango.

En una de las primeras entrevistas televisivas que ofreció a Yamid Amat tras su designación, esta poeta elocuente, clara, serena, mientras deletreaba las palabras de esa bella canción Una flor para mascar, dejó en claro que el suyo será un trabajo colectivo para que hasta en los más alejados pueblos, rincones y regiones, allí donde están los campesinos que siembran, los afrodescendientes que pescan, los indígenas que danzan, los llaneros que cabalgan, los pobres que se regocijan con el sol y la lluvia, las madres coraje del país, se reconozca al fin la fiesta y el arte de los autóctonos y reine el color y la poesía allí donde antes se enseñorearon la muerte, el olvido, la guerra y el odio.

Será un trabajo muy difícil, con muchos escollos, pero vale la pena emprenderlo. Las nuevas generaciones que votaron por el cambio pueden continuar esa tarea en las futuras décadas. No hay en el proyecto cultural de Ariza ningún rencor sino un deseo de mirar al futuro y hacer que quienes aun estén lastrados por el deseo de la guerra descubran los vientos de un cambio que venía fraguándose desde abajo y que ahora despunta en el horizonte como una ola gigante y amorosa.

La cultura es fiesta, mito, leyenda y Colombia, país de mil facetas y paisajes, debe empezar a bailar y tocar la flauta, a disfrazarse y a reir sobre las cenizas del pasado. La utopía se ha hecho realidad y está ahora al alcance de las manos, los ojos y los corazones mientras suenan las palabras de Una flor para mascar.   







 
 

samedi 2 juillet 2022

LA PASIÓN POÉTICA DE HERMANN LEMA


Por Eduardo García Aguilar

Con obra breve, ceñida y cincelada con sangre y palpitaciones a través de las décadas, el poeta Hermann Lema (1936-2011) es una de las voces más notables de su generación en Colombia y poco a poco sus poemas adquieren el rango secreto que merecen, combatiendo con ellos el tiempo y el olvido. Con siete poemarios y una antología publicada en 2002, bajo el título de Poema del instante final y otros poemas, el poeta nacido en Anserma y fallecido en Bogotá, deja un rastro sólido de su paso por el mundo como un testimonio de pasión por la vida, la existencia en medio del milagro del cosmos y el deseo desbordado de la carne.

Abogado de la Universidad Nacional y graduado en estudios diplomáticos en Montevideo, Lema se desempeñó como funcionario internacional en la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en Uruguay y del pacto Andino en Lima, antes de regresar a trabajar en Bogotá instituciones y ministerios, como el del Interior, de cuya biblioteca fue encargado. Como todo bibliófilo y hombre de letras auténtico, Lema transcurrió a lo largo del convulso siglo de su país y el continente y alcanzó a llegar a la primera década del siglo XXI, indagando sobre el destino del ser humano en tiempos de guerra y violencia, también caracterizados por cambios tecnológicos que ratifican la inmensa soledad del individuo, una de sus principales preocupaciones.

Los poetas colombianos de su generación ejercieron con pasión la poesía contra viento y marea en un país oscuro, a sabiendas de que es una actividad de catacumbas, tal y como ocurrió con sus mayores Aurelio Arturo, Fernando Charry Lara, Héctor Rojas Herazo, Meira del Mar, y más recientes como Mario Rivero, Raúl Gómez Jattin y tantos otros, y entre sus paisanos caldenses figuras como Maruja Vieira, Dominga Palacios, Fernando Mejía Mejía, Javier Arias Ramírez, Beatriz Zuluaga y Rodrigo Acevedo González.   

A falta de biografías o largos estudios sobre su obra, podemos acercarnos a su vida a través de testimonios parciales de amigos cercanos como Augusto León Restrepo y Octavio Hernández, gracias a los cuales sabemos de sus últimos días en su apartamento y biblioteca de Bogotá, su enfermedad crepuscular, los cuidados de su hermana y más tarde la despedida final hacia el hospital, lejos de su biblioteca, de donde no regresaría. Sabemos que sus cenizas reposan en su pueblo natal, uno de los más antiguos de Colombia en las montañas andinas de Caldas.

Al leer su obra recibimos el impacto de su verdad existencial. Cada una de su piezas sacude al lector porque están escritas desde el fondo con una delicadeza humana que nos lleva a vibrar con él la furia del deseo y la posesión de los cuerpos, así como el milagro del encuentro y el dolor de la ausencia. Cada uno de sus poemas es una huella digital y está escrito como si fuera el último. Todos sus poemas son de gran calidad formal, gracias a sus lecturas de clásicos castellanos y de poetas modernos como el griego Constantin Cavafis y el italiano Cesare Pavese, entre otros. Una parte de su obra está anclada en la poesía clásica castellana y otra cruza hacia la modernidad, con atmósferas que nos recuerdan la pintura del norteamericano Edward Hopper, testimonio de la soledad urbana contemporánea.

En esa parte contemporánea, urbana, erótica, ingresamos a los espacios del encuentro corporal, habitaciones de hoteles, cuartos de apartamentos, lechos, el calor de las sábanas, objetos como sillas o vasos de agua colocados sobre la superficie escueta de una mesa o incluso un saco, una camisa o un zapato. En un restaurante, Esta tarde, Un día nos encontraremos, Gracias hasta siempre corazón, Enigma para tu recuerdo, son algunos de esos notables poemas cotidianos. León Zuleta destaca en su obra "la espera interior, el amor imposible pero urgido, la unción sacrificial, la angustia del hombre cotidiano" y Jaime Mejía Duque piensa que su poesía maldita de "pátina cuasibaudeleriana" no se despeña en el "anacronismo" gracias a su "ironía muy actual".

Y aunque tuvo muchos amigos y lectores, poco sabemos de la juventud y la vida de Lema en aquellas capitales latinoamericanas, por lo que sería enriquecedor rescatar fotografías familiares y cartas escritas para la elaboración de un hipotético número monográfico que otorgue más densidad a su periplo vital, del cual solo conocemos algunas escasas imágenes crepusculares y un dibujo al carboncillo de Pedro Vargas. Su poesía es tan humana que a través de ella lo conocemos de manera abstracta, pero sería marvilloso poder acercarnos más a él a través de su periplo vital, laboral y viajero. Cada día que pasa Hermann Lema está más vivo que nunca. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 3 de julio de 2022.

 

samedi 13 avril 2019

BREVE HISTORIA DEL FUNDIDISMO

Por Eduardo García Aguilar
En literatura bien puede decirse que todo se define en la adolescencia, cuando el estudiante de bachillerato escala los últimos grados y comienza a ser un ciudadano a carta cabal que enfrenta los poderes o los busca y a la vez encuentra las afinidades y las fobias que marcarán para siempre su vocación. Lo mismo puede decirse para músicos, artistas plásticos, científicos, bandidos, políticos, abogados, médicos y deportistas, entre muchas otras disciplinas. 
La vida es después un largo camino de ajuste de esas inquietudes y sueños iniciales, lo que no evita las sorpresas del camino, cuando el destino hace girar de repente hacia a otros rumbos inesperados al protagonista de su propia vida. 
Como en las grandes novelas de iniciación o aprendizaje denominadas en alemán Bildungsroman, como Las tribulaciones del estudiante Törles, entre muchas otras, el joven precoz de 15 o 16 años se bebe el mundo con todas sus antenas y lo entiende con sus instrumentos frescos y recientes y en perfecto estado de funcionamiento. Ese segmento inicial, como el del mítico Andrés Caicedo, es un nucleo protéico esencial tras el cual la vida es solo una repetición insondable del inicio. Otras novelas de iniciación que se refieren a esos temas y nos ilustran sobre el asunto son Los años de aprendizaje de Wilhem Meister de Goethe, El rojo y el negro de Stendhal, La Educación sentimental de Flaubert, Retrato de un artista adolescente de James Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann y Demián de Herman Hesse.
El lector adolescente por lo regular se conecta en esos momentos con algunas figuras básicas de la literatura como Walt Withman, Arthur Rimbaud, Franz Kafka o Federico Nietzcshe. Con el primero descubre la palabra fundacional de un país joven, con el segundo los arcanos de la rebeldía a ultranza, con el tercero los laberintos del misterio, las modalidades del absurdo, y con el cuarto se dispara hacia las indagaciones más osadas sobre el hecho de existir.
En otras disciplinas ya en el colegio se definen también las tendencias, pues el rebelde y justiciero comienza a mostrar sus impulsos redentores que en muchos casos lo llevarán al fracaso y a la muerte, mientras otros, como el conservador autoritario, el militarista o el ávido de riquezas se perfilan ya con todos sus talentos, argucias y energías. 
El colegio en abstracto es ya un ensayo del mundo futuro pues allí como mandatarios figuran el rector y el vicerrector que pueden ser queridos u odiados, buenos y malos profesores, detestados prefectos de disciplina, autoridades que garantizan el orden o líderes que organizan huelgas o actividades culturales no muy bien vistas por quienes aman el engranaje sin resquebrajaduras, matices o delirios.
Y digo el colegio en abstracto porque los adolescentes de una ciudad crean vasos comunicantes entre todas las instituciones cuando se cruzan en el ágora de la fiesta, los conciertos, los espectáculos o las manifestaciones que convocan a una generación a interesarse por los problemas y los asuntos del país, colocándose en alguna esquina del espectro político como lo han hecho en otro tiempo progenitores, abuelos o ancestros de otras épocas y en todos los continentes.
Luego el destino dispersa a todos esos personajes conocidos en las aulas y con el tiempo llegan las noticias de sus vidas. Cuando se hace el balance, el poeta en ciernes seguirá siendo poeta, el dramaturgo deambulará por los escenarios, el abogado vivirá en los tribunales, el rico en los clubes y casinos, el militar en los campos de batalla y así suscesivamente se declinan los destinos en todos los tiempos verbales posibles.
Pienso todo esto ahora que desenvuelvo el rollo del tiempo con motivo de la partida reciente de Enrique Cardona Hernández, amigo de colegio con quien fundamos hace medio siglo un movimiento poético secreto que pretendía ser más revolucionario que los nadaístas y todas las vanguardias juntas. Ya a los 16 años él había leído a los vanguardistas del siglo XX y a los poetas malditos, por lo que rápido nos hicimos amigos y cómplices de la aventura literaria.
Tal y como hicieron los dadaístas en Zurich nos reunimos en un restaurante chino llamado Chop Suey, situado en la carrera central de la ciudad, y allí con los ojos cerrados exploramos entre las páginas de un diccionario al azar una palabra que definiera nuestro movimiento y encontramos el término fundar, de donde salió el Fundidismo, nombre que sugería no solo el hecho de fundar sino el de fundir los metales y las cosas. Subíamos a la azotea del Banco del Comercio situado entonces al lado de la Catedral y desde ahí lanzábamos nuestros textos despedazados. 
Ambos solíamos acaparar los principales premios de los concursos literarios colegiales o intercolegiales en cuento, poesía y ensayo. Alguna vez él ganó con un cuento titulado 9.000 pasos sobre el polvo y otras fue mi caso con La cuadra de la clepsida o La vigilia de los relojes. Esos textos fueron publicados por el nadaísta Mario Escobar Ortiz en el suplemento literario dominical que dirigía en La Patria y los conservo como si fueran papiros egipcios o palimpsestos hebreos.
A los 16 años ya habíamos aparecido en letras de molde y nos sentíamos impulsados por una fuerza poderosa tan enérgica como las turbinas del cohete Saturno V que había llevado hacía poco a los hombres a la Luna. El nadaísta había ilustrado mi cuento con el famoso cuadro de Munch El grito y el de Enrique a su vez mereció una imagen expresionista como el espíritu de ese precoz amigo. 
Luego pasamos a la experiencia del libro creando una pequeña editorial artesanal, las Ediciones Ecurilodaóricas, que confeccionábamos y encuadernábamos con nuestras propias manos y donde publicamos un solo libro dedicado a nuestros terribles poemas fundidistas, con respectivos prólogos explicativos, que guardo como un incunable de la arqueología personal. Fue un juego confidencial realizado entre dos adolescentes que representaban en la ciudad el arquetipo del personaje literario del Bildungsroman. Creamos un movimiento secreto con dos fundadores y dos seguidores, que éramos nosotros mismos, y luego la vida nos llevó por donde quiso llevarnos.
Enrique, amante del rock y moderno esencial, estudió después la carrera de medicina en la Universidad de Caldas y ejerció mucho tiempo como médico cirujano en Manzanares, en el oriente de Caldas, en los tiempos de otra ola de violencia, y operó y salvó cientos de vidas de heridos por arma blanca y bala que llegaban día a día a su hospital en medio de la guerra, según relató en nuestra última feliz charla en mayo de 2017. 
Durante su vida fue un médico humanista y generoso y se destacó como campeón de ajedrez y experto en los arcanos de la informática moderna, otra de sus pasiones. Nos reencontramos en la cantina El punto de Serpa con nuestro amigo Antonio Leyva, que lo dirigió en una obra de teatro donde él hizo de payaso, para brindar por la vida y el arte, no lejos del centro de ajedrez donde ejercía Enrique y del Hospital Universitario que tan bien conocía. Ahora que ha emprendido una nueva aventura en el país de nunca jamás, es hora de empezar a contar por fin la Increíble y breve historia del Fundidismo. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 7 de abril de 2019.

vendredi 4 décembre 2015

EL VUELO DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR: ANIMAL SIN TIEMPO

Por Hernán Lavín Cerda
 ¿Quién es Eduardo García Aguilar? Ni él mismo lo sabe, por fortuna. Si lo supiera en su Colombia de los orígenes, en México o en Francia, la Francia de Voltaire, Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud, donde respira y sueña desde hace ya varios años, dejaría de ser lo que es, lo que fue y lo que ha llegado a ser: un poeta, un taumaturgo, un aprendiz de brujo cuya escritura pertenece al reino de las visiones pulsionales y compulsivas, allí donde la monarquía plebeya y absoluta reside únicamente en el Arte de la Palabra que no se agota en la superficie o en el fondo del tiempo, porque ni el tiempo ni el fondo existen. Sólo es real la inquietud o más bien la perspicacia de esa palabra que investiga y va explorando en las profundidades del ser.

    Creo que García Aguilar pertenece a la estirpe volteriana: es un animal de rebeldía quijotesca. Se instala y se desinstala. Puede darse el lujo de ser extranjero hasta del tiempo en el que vive, pero no se exilia de sí mismo porque lleva su identidad a cuestas, y dicha identidad es la leche materna del lenguaje de Hispanoamérica. Errante y forastero que va y viene por este mundo tan equívoco, tan bello, tan cruel y tan esquivo, este poeta no habita en el espacio de la extranjería absoluta. Desde el milagro del idioma común, reconoce a sus abuelos, sus padres y sus hermanos. Instalado en las alturas de su departamento, muy cerca de la Place d’Italie, Eduardo aparece junto a la entrañable Maricruz: cuánta simpatía, amistad y grandeza humana. Lo mismo pienso de Oriana, sí, de Orianita, su hija, a la que vimos crecer en México, y que hoy es una muy buena estudiante en la Universidad de La Sorbonne. Nuestro querido poeta, novelista, ensayista y periodista, deambula por París como a través de los bulevares que cruzan la palma de su mano, esa mano del corazón. Y aquel París real e imaginario es también Manizales, arriba, en su Colombia natal, y sin duda es México.

    Desde la dimensión del estilo a lo largo de su escritura, alcanzo a percibir, al menos, tres huellas. La de su prosa de ficción, equilibrada pero asimismo exuberante, y muy expresiva. Dionisos palpita desde abajo, gradualmente, hasta tocar la orilla de una intensidad casi grotesca y perturbadora. Pienso en algunos pasajes de su novela Tequila Coxis, editada en el 2003. Es el mundo nocturno y amenazante de la ciudad de México, no muy lejos del centro histórico, allí donde todo puede suceder: el alcohol del delirio que va transfigurándose, paso a paso, en un orden sintáctico de índole expresionista. El color y el espíritu sinuoso del vino se mezclan con el espíritu y el color no menos sinuoso de la sangre. Entonces aparecen los cronistas vespertinos, más bien nocturnos, y aquellos personajes de dudosa condición moral que se protegen bajo la sombra indomable de sus guaruras. Escribo estas líneas mientras descubro en la bioquímica de la memoria esas imágenes grotescas de Otto Dix, aquel inolvidable artista plástico nacido en Untermhaus, cerca de Gera, en Turingia, a principios de diciembre de 1891.

    La segunda huella estilística es más mesurada, pero sin que desaparezcan la temperatura y el brillo. Basta con leer cuidadosamente su biografía Voltaire. El festín de la inteligencia (Panamericana Editorial, Bogotá, 2005). En “La estatua viviente”, primer capítulo del libro, Eduardo García Aguilar escribe: “A unos metros del río Sena, en una pequeña y añeja encrucijada que abre la calle del mismo nombre, junto a la Academia Francesa, se ve la estatua de cuerpo entero de Francois Marie Arouet, Voltaire, rodeada por diez semicírculos floridos, en un modesto jardín que pasa inadvertido al transeúnte. Voltaire se contempla allí esquelético, como siempre, con el brazo alargado y un libro asido en la mano, trajeado con una clámide griega, con peluca y pícaro rostro demacrado de eterno enfermo que duró ochenta y cuatro años, de 1694 a 1778. El propio Voltaire bromeaba sobre su escuálida contextura y reía ante la posibilidad de que el escultor Pigalle fuese a plasmarlo en la piedra, cuando ya no había carnes que esculpir. Según él mismo decía, sólo quedaba de él una patética piel resquebrajada que se adosaba a sus huesos adoloridos. Hasta el final, en su nutrida correspondencia, Voltaire jugueteó con sus males y se describía como un moribundo con un pie en la tierra y otro en el catafalco. Incluso se autocalificaba de momia”.

    La tercera huella escritural se hace visible en su poesía bajo el título de Animal sin tiempo, publicado recientemente por Editorial Praxis, ese refugio que mantiene contra viento y marea el poeta y profesor de la UNAM Carlos López, en medio de un ámbito donde a menudo se busca la venta rápida con cualquier tipo de libro. Sin desprenderse del todo de la estética romántico-modernista, García Aguilar escribe sus tercetos, cuartetos o sextetos de verso semilibre y acentuaciones muy sonoras. De pronto puede interrumpir la puntuación en beneficio de la presencia rítmica: es una escritura adjetival, asonántica a veces, y con un vigor aliterante. Un ejemplo del texto “Papeles del loco” es elocuente: “En la humedad de estaciones heladas de esquí/ o en la primaveral cristalinidad perlática del riachuelo/ fluyen estados de ánimo en superficies de flor y lodo/ y con palabras incrustadas en cuevas paulatinas/ se oye el sonido de las imprecaciones acuosas/ la goteante liturgia de la lluvia y su poema”. Un tono semejante se observa en “Máscaras”, que compone la tercera sección del volumen. Aquí el “crisol metafórico”, tal como se dice en el poema “Herrera y Reisig se arroja al Tequendama”, se extiende por todos los textos. Transcribo el segundo y tercero de los tercetos en alejandrinos: “Fantasmales pegasos en extrañas galaxias/ saludarán la eterna sinalefa poética/ y una palabra más convocará quimeras// La inquieta esfera sideral taciturna/ bajo efecto de alcohol ardiente como nieve/ te llevará al centrípeto crisol metafórico”.

    En otras composiciones, el tono es contemporáneo o posterior a la vanguardia. Aparecen textos reveladores y ya sin ataduras. La historia o microhistoria se desarrolla, anecdóticamente, a través de la sustancia del idioma, y el poema se encarna en esencia y existencia desde el fondo. He aquí algunas líneas en verso libre del texto “Regreso a Trocadéro con Boltansky”, sí, Christian Boltansky, ese artista de las instalaciones que vino al mundo en 1944, cuando aún no terminaba la Segunda Guerra Mundial. El poeta escribe: “Es 13 de septiembre de 1998/ 475 días antes del año 2000/ Trocadéro está nublado y frío esta tarde/ tras de la exposición/ ¿explosión?/ de Boltansky/ Escalofriantes fotos de adolescentes suizos/ muertos hace tiempo/ adosadas a puertas de sarcófagos uniformes de metal/ Camas cubiertas de sábanas blancas como sudarios/ bajo el neón de la anestesia/ lechos enfermos catres gélidos/ Ropas viejas con olor a tiempo ido/ a sudor fiebre muerte/ Objetos perdidos cascos sombrillas radios zapatos/ paraguas llaveros bacinicas carteras/ botas relojes bastones radios/ paquetes envueltos en celofán/ Cámaras fotográficas muñecas abrigos para niñas/ autos de juguete bolsas de dulces corazones perdidos/ vidas perdidas tiempo perdido/ Es domingo y en lo alto de la Torre Eiffel/ parpadea la gigantesca cuenta regresiva/ 475 días antes del año 2000”. Quisiera transcribir por completo el poema “Western Hotel”, que me parece, como varios a lo largo del volumen, de alta temperatura y digno de aparecer en alguna película de los hermanos Ethan y Joel Coen, pero me muerdo la lengua porque el tiempo es implacable.

    A pesar de la mordedura, aquí va el texto: “En cada cuarto sudores y alegrías lágrimas y hastío/ ¿Cuántos murieron allí poco a poco en noches de exilio/ esperando mensajes transatlánticos o nombramientos?/ Agitados tal vez por la huida después de un crimen/ o por el llanto del desamor con el cuerpo herido de abandono/ Uno a uno miles tomaron la llave y subieron por escalinatas/ sin oír el crujido de las maderas viejas y polvorientas/ hambrientos o hastiados de hamburguesas baratas/ mientras afuera en la calle Leavenworth zumbaba el viento/ Arriba ellos a través de cortinajes amarillentos/ con cigarrillo y dedos untados de nicotina/ miraron el techo cegados por la bujía o la desnuda coreana/ Recién llegados de un país lejano/ casi siempre de Oriente o Europa o Sudamérica/ o de alguna ciudad estadounidense con asesino múltiple/ tiraron sus cuerpos sobre colchones fríos/ como sudarios a la hora del amanecer y gritaron sin gritar/ al preguntar por la razón de este incesante viaje/ Ebrios o bajo el efecto de la yerba/ pulidos marchitos hastiados de amor o deseantes/ escucharon el rugir de la calle/ y el ágil taconeo de los atracadores/ En la esquina de los chinos alguien comió chop suey/ y pagó tres dólares cincuenta con monedas/ y más allá un negro vendió la última dosis/ Pero también en el 507/ dos alemanas bellas trenzaron sus cuerpos/ en el 403 Phil y Michael mordieron sus cuellos sin condones/ en el 201 la gorda suspiró por un camionero sucio/ en el 101 Gina y Luis celebraron la adolescencia marchita/ con tequila y sexo agitados lamiéndose sin percibir el hielo/ Raúl se vino solo y gimió en éxtasis hambriento/ El viejo solitario del 313 tosió y tosió hasta la muerte/ mientras Georges el dueño seducía en la recepción/ al efebo pirómano con palabras de huérfano griego/ Cada día distinto e igual con su ir y venir de maletas/ lavamanos goteantes duchas oxidadas sillas cojas/ Frank Sinatra cantaba desde algún radio viejo/ Humphrey Bogart y Lauren Bacall discutían/ desde la pantalla chica/ Cada noche en espera del nuevo aventurero/ o del estafador húngaro de 38 años con su blues a cuestas/ Desamados y amados y vueltos a amar y a desamar/ en tránsito hacia la nada desde la nada y por nada/ mientras sonaba la sirena de la ambulancia/ con un nuevo cadáver hacia la morgue/ o un pederasta recién acuchillado/ entraba a la patrulla en Castro Street/ Van Ness Leavenworth Market Mission Strawberry Hill/ Tenderloin luces intermitentes en rascacielos/ Bruma desde el Golden State y una luna gigantesca/ Todo al unísono en el delirio del drogadicto del 707/ una noche cualquiera de abril”.

    Escritura desde la médula, convulsa y fuertemente expresiva: cercana a la prosa de atmósfera. Se suspende la puntuación y cada vocablo se comunica con el anterior o el posterior a través del roce. Escritura de roce material, sí, de combustión cada vez más matérica. Sólo diré que vislumbro a Enrique Lihn allí adentro, con su libro A partir de Manhattan; pienso también en aquel tono de Roberto Bolaño que aparece en su volumen Los perros románticos, o aun descubro mi sombra en aquella serie “Visiones de Nueva York”, dentro de mi antología poética en verso y prosa Música de fin de siglo. Cuánta energía en “Western Hotel”. Sin duda que sus líneas no son caramelos envueltos en celofán. La temperatura es aquí muy distinta. Naufraga la visión grecolatinizante del equilibrio clásico, aunque Aristófanes me desmienta, parcialmente, y con razón y temperamento festivo y hasta sarcástico.

    “Ten cuidado y no te metas entre las patas de los caballos de Aristófanes”, me dijo alguna vez Nicanor Parra en su casa de La Reina, allá en Santiago de Chile, mientras se reía con su cara de monje taoísta o tal vez de loco. Saludo desde México al poeta, novelista y ensayista  Eduardo García Aguilar, y lo felicito por lo que imagina, escribe, siente y sueña. Nos veremos al menor descuido en aquel París de ayer y de siempre, con Nora del Carmen, ¿casi Nora de aquel fantasma de Joyce?, y Maricruz y Oriana y los amigos, y ese clavel todavía húmedo sobre la tumba de Julio Cortázar, nuestro Julio inolvidable, sin duda. D’accord?








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El vuelo de Eduardo García Aguilar: Animal sin tiempo.
Por Hernán Lavín Cerda




samedi 7 septembre 2013

LAS PERIPECIAS DE UN SÁTIRO HIPERESTÉSICO

Por Eduardo García Aguilar

Uno de los aspectos más olvidados de la generación modernista en Latinoamérica es la prosa. Martí, Montalvo, Vargas Vila, Gómez Carrillo, Gutiérrez Nájera, Darío y Silva, para sólo mencionar a unos cuantos, escribieron alucinantes páginas, como cuentos y crónicas de viaje, que fueron con razón eclipsados por el delirio poético.
Enrique Gómez Carrillo, un guatemalteco famoso por sus aventuras galantes, dejó miles de cuartillas que hoy languidecen en los viejos anaqueles de las bibliotecas, pero que conforman un fresco de la época. Por primera vez en mucho tiempo, los latinoamericanos se negaban al provincianismo y se perdían en el exilio voluntario, deseosos de conquistar las metrópolis del lujo y el progreso.
Un vacuo nacionalismo criollo que reclamaba el reino de lo “autóctono” miró con malos ojos a estos enfermizos personajes que tuvieron como capital a París y como estilo el dandysmo en boga por aquellos tiempos. En sus crónicas de errancia, Gómez Carrillo, que fue, según dicen, amante de Mata Hari, nos lleva de la mano por Oriente, se nutre de desiertos, viaja a monasterios de Judea, describe islas maravillosas, asiste a la guerra y ve la mortandad sin límites. Muchas de esas páginas tal vez no sean antológicas, pero algunas salen de los empolvados volúmenes como joyas de una época de transición que hoy maravilla. Los modernistas fueron los primeros en quitarse el complejo de un americanismo ingenuo y se sintieron con derecho a comerse el mundo con el pasaporte del talento.
Sus congéneres de Europa también iban en contra de la corriente. Huysmans, por ejemplo, se encerraba en la ficción de sus casas de sueño, a masticar la enfermedad de moda: la hiperestesia. Hartos del progreso y de la técnica, aburridos frente al culto de la razón, los modernistas de Europa se insurgieron en contra del utilitarismo con obras “decadentes, preciosistas, que se negaban a reflejar la realidad o a tomar posiciones científicas” frente a la sociedad, como lo hicieron Jules Vallès y Emile Zola. Nuestros modernistas no fueron, pues, simples repetidores de una moda metropolitana, sino los hermanos de un movimiento mundial en contra del utilitarismo y el positivismo. Rubén Darío, Silva y Martí, miraban con sorna la influencia cada vez mayor del imperio protestante del Norte con su confort y su sport y prefirieron la bohemia de la absenta con su delirium tremens. 
José Asunción Silva (1865-1896), conocido por sus nocturnos y por ser uno de los más brillantes y malogrados representantes de esa generación, tuvo que soportar la pacatería de una ciudad colonial y brumosa, situada en las alturas de la cordillera andina, dedicado a un arte absurdo para entonces: la poesía. Heredero de un negoicio que no sabía manejar, requerido por compromisos sociales y chismografías de convento, el joven no resiste y se suicida a los treinta años, ante la indiferencia de sus contemporáneos. Antes vivió un tiempo en París, a donde viajó enviado por su padre en funciones comerciales. En Venezuela, de regreso a Colombia, naufraga el vapor Amérique, en donde viajaba también Gómez Carrillo. Silva pierde los manuscritos de los  Cuentos negros y “lo mejor de mi obra”.
Poco antes de morir rehace De Sobremesa, novela que reúne todas las características esenciales de su personalidad y su época. El prologuista a la edición de sus obras por la Biblioteca Ayacucho de Caracas, esgrime su lanza contra él, poeta, acusándolo de imitador y ”colonizado”, como si el pobre estuviese condenado a escribir sobre chinchorros, chozas, serpientes, cuchilleros y monjas. Desconociendo el fenómeno subversivo del modernismo y sus efectos en la literatura posterior en castellano, Eduardo Camacho Guizado llega hasta el despropósito de acusar a Silva de mentiroso porque en su novela seduce a más de trece mujeres, aduciendo que éste era muy débil y tímido. El crítico olvidó en su pasión antimodernista, que estaba comentando una novela y no una autobiografía. El Fernández de la novela no es Silva. Todo novelista, por demás, es un mentiroso y nadie puede acusarlo de hacer invenciones.
La novela sucede durante la sobremesa. Fernández, que es un millonario decadente, le cuenta a sus amigos las dudas respecto a su actividad literaria y después de ser requerido comienza a leerles el relato de sus aventuras en Europa. Los primeros capítulos de ese diario están cargados de las lecturas de la época: María Bashkirtseff, Maurice Barrès,  Max Nordau, Nietzsche, Swimburne, Verlaine, etcétera. Los amigos que lo escuchan en el exquisito ambiente de su mansión bogotana, son opacos personajes que admiran al poeta Fernández, pero que no pueden comprender sus angustias y frustraciones. El protagonista de la novela se enreda con una bella mujer, la Orloff, a quien encuentra después en el lecho dedicada al arte de Lesbos con una de sus amigas: “Al hacer saltar la puerta de la alcoba que se deshizo al primer empujón brutal y cedió rompiéndose, un doble grito de terror me sonó en los oídos y antes de que ninguna de las dos pudieran desenlazarse, había alzado con un impulso de loco duplicado por la ira el grupo infame, lo había tirado al suelo, sobre la piel de oso negro que está al pie del lecho, y lo golpeaba furiosamente con todas mis fuerzas, arrancando gritos y blasfemias, con las manos violentas, con los tacones de las botas, como quien aplasta una culebra”.
Después de la decepción, Fernández huye a Whyl y delira inventando un sistema apto para su país. Es una metáfora del progreso, donde “las monstruosas fábricas nublarán en ese entonces con el humo denso de sus chimeneas el azul profundo de los cielos que cobijan nuestros paisajes tropicales; vibrará en los llanos el grito metálico de las locomotoras que cruzan los rieles comunicando las ciudades y los pueblecillos nacidos donde quince años antes fueron las estaciones de madera tosca y donde, a la hora en que escribo, entre lo enmarañado de la selva virgen, extienden sus ramas las colosales ceibas”. Al sueño político que en De sobremesa adquiere los contornos del ensayo dentro de la novela, el personaje vive sus conquistas amorosas: Nini Rousset, Helena de Scilly Dancourt, Lady Viviann, Fanny Green, etcétera, y prueba el cloroformo, el éter, la morfina y el hachish.
Personaje disimétrico, telúrico, caprichoso, malvado, Fernández es la encarnación del espíritu de una época que iba rumbo a la catástrofe. ¿Mientras los industriales organizaban ferias mundiales y en ciertos cabarets se hablaba de la belle époque, los modernistas, más en la prosa que en la poesía, palpaban el malestar del fin de siglo.
A nivel formal, Silva no se queda atrás y nos ofrece un texto fraccionado, absurdo, que contrasta con las novelas realistas y sus tramas ordenadas con moraleja y broche de oro. En ciertos pasajes uno cree ver ya en José Asunción Silva elementos formales que hicieron novedoso a Cortázar setenta años después.
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Sábado, Unomásuno, México, 1984

mardi 3 septembre 2013


LA CASA SILVA SIN LUZ NI "CANELAZO"

Por Eduardo García Aguilar

Este jueves por la noche, en pleno noviembre, la Casa de Poesía Silva se quedó sin luz y volvimos a los viejos tiempos en que la muy española Santa Fe de Bogotá era una aldea perdida en los Andes, helada y casi endogámica, que permanecía ajena a los acontecimientos del mundo, aunque desde ahí se gobernaba a todo el país con lentitud de paquidermo. 

El homenaje al poeta piedracielista Arturo Camacho Ramírez reunió a ancianísimas personas de la llamada alta sociedad bogotana, aún sobrevivientes de esos viejos tiempos en que Bogotá, en pleno siglo XX, seguía siendo una aldea de "cachacos" que miraban desde arriba a los habitantes de las lejanas provincias y a los "patojos" de alpargatas y ruana que se aferraban a las faldas de lo que hoy llamamos la Vieja Candelaria. 

Por fortuna la vieja Santa Fe de Bogotá de los tiempos del poeta José Asunción Silva, Miguel Antonio Caro y los hermanos Cuervo está aún viva y se ha conservado en el tiempo, por lo que uno celebra que todavía esté en pie la Casa de Poesía Silva con esas fotos amarillentas en las paredes que dan un aire de familia a la historia de la poesía colombiana, una poesía siempre tímida, autárquica, retórica, ajena a las corrientes del mundo, a los aires de la modernidad y a la liberación mundial de la palabra, lejos de los acartonamientos, el almidón y la polilla. 

Cuando uno camina por esos corredores fríos y ve las baldosas que fabricaba el malogrado poeta imitador de los simbolistas franceses y mira las fotos de los piedracielistas que medio siglo después de él reinaron en Colombia, encabezados por su líder Jorge Rojas, o las estampas del tímido Aurelio Arturo, un pastuso que milagrosamente se coló en el parnaso bogotano, o las de Gonzalo Arango, el rebelde nadaísta antioqueño o las del loco cartagenero Raúl Gomez Jattin, uno se prepara para ser tolerante respecto a ese mundo que sólo en Colombia sobrevive: el amor por la poesía engolada, la paciencia para oír los largos discursos o recitales poéticos, como en Medellín, donde miles de personas bajo la lluvia acuden tal vez con hambre a aplaudir a los bardos del mundo. 
Ahora que toda Colombia está bajo las aguas y no cesa de llover en el territorio cubierto por capas sucesivas de frías nubes negras, incluso en lugares tradicionalmente calientes como las costas o las cuencas de los ríos, sentimos de repente que la vida ha cambiado poco y que escondida en la indiferencia está la pobreza nacional medrando en todas partes. Y que finalmente Colombia es una aldea. 
Desde la Santa Fe Gramática unas cuantas familias blancas aristocráticas, aliadas con curas y militares mandaban el país, indiferentes a las lejanas provincias, pero entusiasmadas por la poesía y el latín. 

Al ver a tantos señores bogotanos encabezados por el ex presidente Ernesto Samper y el patriarca Álvaro Castaño, fundador milagroso de la HJCK y, de repente en el público, juntos, al increíble Otto Morales Benítez y al ex candidato presidencial del Polo Democrático Carlos Gaviria, uno se identifica con todo ese mundo que nos parecía ido o sólo refugiado en las librerías de viejo. 

Son tales los horrores que ha vivido el país recientemente a manos de los emergentes y es tal la intolerancia de los cavernarios en Colombia de los tiempos Laureano y Urdaneta, que los liberales presentes en el homenaje a Arturo Camacho Ramírez nos parecieron algo tiernos en un mundo donde la poesía ha sido desterrada definitivamente por el dinero rápido, el arribismo, la implacable ley de la muerte, o por la competencia encarnizada entre los best-sellers nacionales de nuestra época. 

Y curiosamente no había luz en la casona, por lo que todos los preparativos de don Álvaro Castaño se fueron al traste y Pedro Alejo Gómez, el hijo del escritor Pedro Gómez Valderrama, se veía a gatas para alumbrar las hojas que leían los concelebrantes mientras titilaban las lámparas colgadas, mecidas por un viento de hielo. 

Los corredores estaban llenos de velas en los materos y todos caminábamos como fantasmas cargando cada uno su vela, cruzándonos con los espectros de Silva, Rafael Pombo y Miguel Antonio Caro. De repente apareció Tachia Quintana, la ya entronizada novia española de juventud de nuestro Gabriel García Márquez, una mujer que a su edad tiene una energía desbordante y no se quería perder un solo minuto del homenaje. 

Y mientras la gente reía por los incesantes chistes y ocurrencias del ex presidente Samper, veíamos a una bella señora elegantísima en silla de ruedas que tomaba fotos del panel con su Blackberry, y a su lado sus hijos, nietos, bisnietos y demás descendientes de Camacho Ramírez. 

Y todo quedó en familia: Don Álvaro Castaño nos cuenta que el poeta era su cuñado y que él ingresó a la cultura porque su padre el general Castaño le encargó cuidar a los novios cuando tenía 16 años y así pudo ser testigo de las visitas de Pablo Neruda a Bogotá en los años 40 y de la bohemia bogotana en tiempos del piedracielismo, cuando todo Bogotá se acababa en Chapinero, el joven Álvaro Mutis jugaba billar y muchos vivían en las viejas casonas del centro o en los nuevos edificios art-deco del progreso, antes de que mataran a Jorge Eliécer Gaitán. 

Y al concluir la velada literaria, en la penumbra, solo sobresalía la carcajada de Otto Morales Benitez al salir por la puerta hacia una Bogotá del pasado, y el "quedó bonito el acto, ala", de Ernesto Samper, quien conoció a Camacho y a los Camacho desde niño. Todos, pues, al fin nos convertimos, ala, en bogotanos. "Ala, la poesía sigue viva en Bogotá", dijo un asistente. Solo nos faltó el super rolo Crótatas Mochuelo y el famoso "canelazo" que ya no dan en la Casa Silva, porque ya no hay plata a fines del modernísimo año 2010. 


lundi 2 septembre 2013

DIATRIBA CONTRA LA POESIA COLOMBIANA SENTADA EN SUS LAURELES




POR EDUARDO GARCIA AGUILAR
Domingo 22 de Julio de 2001.


Lecturas Dominicales de "El Tiempo"




La colombiana es una poesía pasmada, abortada, rezagada, comiéndose las uñas, modosita, sin grandes ambiciones, bien portada, siempre tímida, temerosa de pasar la raya o lanzarse al abismo. De pronto un autor logra destellos, pero luego se silencia, calla por temor y desaparece en la oscuridad. Es como si el poeta colombiano, cual niño aplicado, supiera que hay un límite imaginario que no puede pasar, y teme lanzarse a la aventura del bosque por temor al lobo, abomina descubrir nuevos yacimientos, parajes, cavernas, remolinos, fangos, arenas movedizas. Todo cambio le incomoda y por eso cierto aire de polilla y heliotropo la caracteriza, por lo menos hasta en los años 60, cuando algunos escritores ligados a la revista Mito comienzan a sacudirse de la modorra burocrática y la autocensura permanente. No debemos tener miedo para reconocer que la poesía colombiana, en bloque, es en definitiva una de las menores en el Continente y ha caminado siempre rezagada del tren delirante de la 'lírica' hispanoamericana (...)


En el inicio de lo que se ha querido llamar poesía moderna colombiana, nos encontramos con los tres padres fundadores: Silva, arquetipo del fracasado suicida que se malogra, Julio Flórez, maldito beodo vestido de negro con un fémur en el bolsillo del saco y una calavera en la mano de la que liba vino de numen mientras declama en camposantos, y Guillermo Valencia, el bien portado, triunfador, político ascendente que decide 'sacrificar un mundo para pulir un verso' y lo alcanza con espléndidas joyas. ¿Qué pasa con estos señores? ¿Qué extraños mitos y leyendas fundan? ¿Cuál es su lugar en el panorama del imaginario colombiano, conformado por las generaciones del siglo?


Empecemos con el primero. Con motivo del centenario de su muerte en 1996, Silva fue cooptado por el estado y los burócratas y convertido de manera peligrosa en nuevo ídolo nacional, especie de Martí o Sagrado Corazón patriótico. Después de que séquitos de funcionarios recorrieron el mundo haciendo campaña a su favor, realizando cocteles oficiales de donde, por supuesto, se desterró a los poetas, vale la pena tratar de situar su obra en el panorama del modernismo latinoamericano. A riesgo de provocar la furia de los nacionalistas que nadan sin nadaísmo con el aburrido pendón en alto, seamos claros: Silva no es de los grandes exponentes del movimiento. El sonsonete de 'Una noche, una noche toda llena de murmullos...' ya había sonado en otras partes del Continente y basta rascar un poco para encontrarlo ya en poetas menores mexicanos o de otras regiones de América Latina, en ese final del siglo XIX. Dos nocturnos correctos, el poema ese de 'aserrín aserrán, los maderos de San Juan', las curiosas Gotas amargas, no son suficientes para coronarlo (...) Silva se está convirtiendo en un caso evidente de mitificación para gustos provincianos, donde la tragedia del hombre se convierte en deliciosa película de terror. Misterio en la muerte, cadáver yaciente, libro de D'Annunzio, deudas, lluvia, y ahí está el tinglado para un opereta o para una ópera rock tipo Evita o Jesucristo Superestrella. Cuando a comienzos del siglo XXI uno desearía reflexión y análisis, volvemos otra vez a alimentar el mito, a echarle combustible en medio de himnos, banderas, delegaciones oficiales en romería mundial de gente encorbatada y tiesa, aplastada por el 'sacro monolito' del que hablaba Valencia.


El entrañable Flórez es un caso en extremo simpático y divertido. Su obra logró permear el imaginario popular hasta en canciones que se interpretan en veladas de bohemia campesina y barriadas urbanas, pero es un romántico en extremo tardío, con sus famosas 'flores negras'. Qué delicia recordar a nuestros padres recitándolo de memoria, con esa gran memoria que por tradición tienen o tenían los colombianos para recordar sus más caros versos. Valencia es, a mi parecer, otro caso y el endiosamiento mítico de Silva oculta su obra, tal vez una de las más importantes sino la más importante de la tradición colombiana, que por el rigor lo hizo algo así como el Valéry avant la lettre y que pocos parecen recordar cuando en 1998 y 1999 se celebraron los centenarios de las publicaciones de Poesías y ritos. A diferencia del suicida y del maldito, Valencia es una imagen poco amada en Colombia, pero su cuerpo literario es notable, desde sus extraordinarios largos poemas de ejemplar factura, con hallazgos en cada esquina, hasta su labor como traductor y solidificador de tradiciones. Anarkos, Leyendo a Silva, Palemón el Estilita, son algunas de las joyas recuperables.


Viene aquí una transición abrupta hacia nuevos mitos, devorados por las peripecias de sus vidas. El primero es Barba-Jacob, que Paz, con su característica lucidez, dijo se trataba de un 'modernista rezagado'. Cardoza y Aragón lo definió antes de morir, en una conversación que tuve con él en su casa de Coyoacán, como un "burócrata de funeraria". Para los colombianos, Barba, como Silva, es una figura necesaria. Su derrota, su exilio, su tragedia, su fin, lo convirtieron en otro Sagrado de Corazón nacional, pero sólo después de su muerte, pues por lo regular burocracias y amigos lavan la culpa de su indiferencia con aspavientos de admiración una vez echado el muerto al hoyo. Los corroe la culpa de no haber escuchado sus súplicas de dinero cuando moría de tuberculosis y sífilis en el hospital de la calle Regina y agonizaba en el cuchitril de la calle López, y por eso lo endiosan, y tal actitud patológica, de siquiatría nacional, se extiende a todo un país y aún se vierten lágrimas por el pobre bardo maldito (y por otros nuevos bardos malditos new look como Gómez Jattin). Por mucho que lo amemos y nos identifiquemos con él, haciéndolo el mártir favorito de turno, debemos reconocer que en general su obra sonaba como la de un ictiosaurio en años de real cambio y revolución mundiales: tal y como se dijo antes, el tren ya había pasado hacía tiempos. Se puede disfrutar Acuarimántima, tal vez conmoverse por algunos de sus mejores poemas, 'soy un perdido, soy un marihuano...', pero siempre hay en ellos un extraño aire de chapola negra.


Luis Carlos López y Germán Pardo García, también son otros dos casos para deleite local. El primero es un clown simpático y se justifica la atracción que suscita su obra, pues produce alegría en un panorama hasta entonces siniestro, negro, depresivo, suicida, lleno de cavilaciones tardías sobre la existencia de Dios, hábitos de percal negro y zapatos de charol, sudarios fríos de lino blanco, todo en ese tono de tisis reinante hasta entonces en la poesía colombiana. El mérito del maestro López es que en esta visita nos hace un guiño de tardeada familiar, con versos tan ingenuos como 'la cuestión es asunto de catre y de puchero, sin empeñar la Singer que ayuda a mal comer' o 'vivir como las cosas en los escaparates, para de un aneurisma morir cual mi vecino... ¡Morir sentado en eso que llaman WC'. Pardo, por su lado, fue patético, engañado al final de sus días por la ilusión cortesana de que iba a obtener el Nobel y por el delirio científico expresado en una obra de millones y millones de versos, en su mayoría ilegible.La generación de Los nuevos, entre ellos Maya, De Greiff, Vidales y Zalamea, entre otros, estaba algo chiflada. De Greiff es otro típico caso: la vida, la imagen, devoró al poeta. Su obra extraña, por supuesto, es excesiva y cornetuda (...) Mi generación creció admirándolo como la figura divertida, mimada por el poder, irreverente, chiflada, la del típico 'loco' colombiano gracioso con la que la aburrida y cachaca burocracia trataba de saciar la angustia de no haberse liberado a tiempo de la corbata, el corbatín y el traje negro. Digamos que con De Greiff se inicia en Colombia la poesía como entertainment, la poesía espectáculo que llegaría a su máximo esplendor en los 60 con los nadaístas y en los 80 con Gómez Jattin. La graforrea de De Greiff es pues espectáculo y tal vez algo de patología. Parece que los originarios de países nórdicos en Colombia están llamados por su excentricidad a ser los rompedores de hielo, los irreverentes que airean un poco la tiesura general. ¿Pero, dónde poner a De Greiff más allá de su chifladura? Vidales, por su parte, tuvo algún destello vanguardista, con el texto sobre la cinematografía, pero es obvio que en Colombia no podía florecer una revolución de esa índole. Un estridentista mexicano, a los 99 años, Germán List, me preguntaba qué pasó con Vidales, su contraparte colombiana, y pensé para mis adentros que él mismo dio marcha atrás a lo que 'hubiera sido' y al final optó por seguir el camino de 'La obreríada'. Menos excesivo que De Greiff, menos espectacular, Vidales tal vez se llevó a la tumba el secreto.


Jorge Zalamea es un caso especial, cuya influencia fue más decisiva en la obra narrativa de García Márquez y Mutis, sus mejores discípulos. Su obra se rebela a través de una prosa poética recargada hasta el exceso, muy a tono con la grandilocuencia de la primera mitad del siglo. Es una revolución monstruosa la del maestro Zalamea y su Gran Burundún Burundá ha muerto y El sueño de las escalinatas nos nutrieron en las escuelas donde lo escuchábamos en esos largos long play que hacían las delicias de nuestros maestros liberales. Sería, la de Zalamea, por primera vez en Colombia una poesía liberal, de izquierda, gaitanista, la contraparte de los discursos del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, asesinado el 9 de abril de 1948, fecha que parte al país en dos. Zalamea fue delicioso ensayista, excelente periodista, animador de publicaciones, traductor laureado de Saint John Perse, una figura firme, tal vez la primera que se atreve de verdad a pasar la raya, a enfrentarse al lobo, a no comerse las uñas, a no portarse bien. Un rojillo en medio de la godarria más espantosa.

Además de excelente poeta que dio serenidad y transparencia a la poesía colombiana para equilibrar los desmanes de De Greiff, Maya fue generoso ensayista. En varios libros trata de elucidar los rumbos literarios del país y, entre sus obras dedicadas al quehacer literario colombiano, Los orígenes del modernismo en Colombia fue una revelación para este lector en aquel tiempo adolescente. Su generación es verdaderamente adorable y los escritores colombianos de hoy estamos en deuda con ellos.


Habría que estudiar a fondo el fenómeno de Piedra y cielo, que odiamos y amamos al mismo tiempo. Recordemos que García Márquez pudo haber sido el último piedracielista, ya que en sus tiempos de Zipaquirá escribió varios poemas de este corte bajo la influencia de su maestro Carlos Martín y otros de ese grupo como Rojas, Camacho Ramírez y Gerardo Valencia (...) ¿Qué pasó allí con estos hombres siempre bien portados, ligados al poder, con un pie en la adulación al gobierno y otro en la poesía? Tal vez su revolución ocurrió a pesar de ellos: al bajar el tono, al desdramatizar el verso, al ingresar a la intimidad amorosa pero sin desgarramientos, porque 'salvo mi corazón todo está bien', estos hombres prepararon el terreno para despojar para siempre a la poesía local de los excesos retóricos de sus padres o hermanos: Silva, Flórez, Valencia, de Greiff, Zalamea. Detestables, pero efectivos, su contrarrevolución resultó una fenomenal asonada que concluyó con Epístola mortal, el largo poema que Carranza escribe al final de su vida y donde se suelta para siempre con un texto que permanecerá en el 'parnaso colombiano' al lado de Nocturnos, Anarkos, Acuarimántima, Morada al Sur, Pensamientos del amante, Moirologhia, Aviso a los moribundos, Canto del extranjero, entre otros muchos.Paralelo a Piedra y cielo, e incluso a Mito, Aurelio Arturo es descubierto después y cada año que pasa levita más como caso impar dentro del panorama que nos concierne. Traductor de poesía anglosajona, rebelde en ese medio afrancesado hasta la indecencia, la corta obra de Arturo, de la que se destacan algunos poemas que se pueden contar con los dedos de las manos, nos asombra ahora como nunca por sus hallazgos. Con la llamada generación de Mito, que no existió como tal, y dentro de la cual figuran autores que incluso jamás se conocieron, como nos dice Mutis, la poesía colombiana solidifica su cambio de rumbo. Pese a todo, sin los piedracielistas, no hubiera sido posible la obra de Gaitán Durán y Cote. Colombia trata de entroncarse con el mundo de manera tardía. Gaitán escribe sobre Sade y aborda la poesía erótica, cosa impensable hasta entonces en este ese país, donde el cuerpo estaba castigado. Charry Lara, aunaba a su sólida formación y a sus brillantes ensayos, una corta obra de gran intensidad, llena de joyas. Su reflexión sobre la poesía en general fue de las primeras en despojarse del sonsonete bárdico. La nouvelle vague reinaba en Francia, Paz en India abría caminos con ensayos sobre Levi-Strauss y Marcel Duchamp, y a través de sus innovadoras obras Ladera Este y Salamandra. En Colombia se iniciaba la reflexión histórica, económica y social sobre el pasado, lejos del discurso anacrónico desde la curul, cargado de floripondios, latinajos y vieja teatralidad provinciana. En México, el exiliado Mutis que ya había publicado sus Elementos del desastre, volvió a salir a la palestra con Los trabajos perdidos y Los Hospitales de ultramar, e introdujo el cuerpo, la enfermedad, el deseo, al carne y el trópico. Rogelio Echavarría se metió en la calle, Fernando Arbeláez y Rojas Herazo, desde distintas coordenadas, abrieron ventanas inéditas. Por primera vez en muchas décadas, los poetas de esta generación se subieron al tren y participaron de la fiesta. Vienen a la memoria otros nombres que sintieron contra el tiempo y la soledad: el gran poeta místico y olvidado Antonio Llanos, Andrés Holguín, Eduardo Mendoza, José Umaña, Guillermo Payán, entre otro muchos.


Pero fue el nadaísmo, aunque fenómeno local y tardío, el que sacudió por fin la anacrónica estructura del país. Movimiento extraordinario de precoces, el nadaísmo fue temblor, viaje, irreverencia, apertura en esos 60 que en todas partes explotaban con su hippies, la liberación sexual y el ideario de la paz y el amor, y en E.U. revolucionaba con los beatniks, Ginsberg, Burroughs, Corso, Kerouac. Excéntricos en esa generación, Jaramillo Escobar y Rivero, sacudieron también a su manera el panorama. Son dos poetas locos, delirantes. El primero con poemas enumerativos de largo aliento y el segundo, renovador con sus baladas de arrabal, tan actuales hoy (...) Pero los nadaístas Gonzalo Arango, Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez y tantos otros, son inolvidables por su labor equivalente en Colombia a la revolución del 68 en Francia o en San Francisco. Merecen estatuas y plazas. Merecen incluso que pronto haya escuelas, estadios, siquiátricos, cárceles y colegios de bachillerato con sus nombres. A su lado, tres poetas peculiares, por encima de generaciones o modas son Quessep, José Manuel Arango y García Maffla, con vastas y continuas obras de una factura impecable, hondas, sin timbres excesivos, exploradoras de la verdad, contrapartes en poesía de la extraordinaria obra de Germán Espinosa, rebelde desde la cultura y la pasión literaria. Otros nombres de autores colombianos sin escuela, rebeldes, cuyos textos emocionan: Darío Ruiz Gómez, Nicolás Suescún, Eduardo Gómez, Raúl Henao, Manuel Hernández, Alberto Hoyos, Samuel Jaramillo, Edmundo Perry.

La Generación sin nombre constituyó una extraña reacción contra años terribles en Colombia, años de oscuridad política sin nombre, cuando se escuchaban desde lejos el grito de los torturados en las prisiones del país o en el interior de las guerrillas y una nube gris de mediocridad nacional, de ceniza siniestra, lo cubría todo. ¿Se le puede considerar acaso a esta generación como un movimiento neopiedracielista prosaico, antipoesía cenicienta que al pretender despojarse a propósito de todo brillo e intensidad, se autodestruyó? Si es así, no deberían los miembros de esa generación sentirse mal, pues habrán cumplido una función esencial de toda poesía: la autoinmolación. María Mercedes Carranza -hija de Eduardo y ligada como Hárold Alvarado a la brillante generación española renovadora de los 60 y 70- nos dice: 'Me fui de narices. Ahora echo sangre por todas partes: las rodillas, el aire, los recuerdos; mi falda se desgarró y perdí los aretes, la razón...' Así como los de Piedra y cielo imitaron a la poesía de Juan Ramón y la estética franquista, algunos de los miembros de la Generación sin nombre, digamos María Mercedes Carranza, Cobo Borda, Elkin Restrepo, Fernando Garavito, Alvarado Tenorio y Darío Jaramillo, entre otros, reprodujeron el tono de cierta poesía española desencantada como la de Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y los hermanos Panero, sobre quienes Alvarado escribió notable libro. La tristeza de la Bogotá de aquellos años, las tardes de tedio antes del té, en casonas frías pobladas de tías solteronas y puritanas, la caspa y los trajecitos brillosos de los burócratas, el amor desganado, la nada cotidiana, el drama de los cuarentones, cierto humor apagado, en resumen, conforman el hálito de estos poetas, impares en el panorama latinoamericano de su tiempo.


Aunque clasificado entre los de la Generación sin nombre, Juan Manuel Roca es sin lugar a dudas caso aparte, diferenciado del tono intimista y coloquial de sus contemporáneos y crea un amplio y sostenido cuerpo poético de gran simbolismo. Poesía de exquisita ligereza, que casi vuela, la de Roca suscitó entre los jóvenes de las últimas décadas una verdadera fanaticada, convirtiéndose, con William Ospina, en uno de los poetas más populares e idolatrados del fin de siglo. El tono de Roca, hechura suya, produjo decenas y decenas de imitadores, donde ciertos leitmotivs, como el alba y el sueño, pierden la profundidad que sí logra su maestro. Entre esas decenas de discípulos, tal vez centenas, cundió cierta retórica heredera de los románticos alemanes y de locos como Trakl. En muchos casos, el problema fue que estos autores recibieron la influencia a través de malas traducciones, sin ir al idioma original. Entre los 70, 80 y 90 reinó en Colombia esa poesía sonsa, carente de ambiciones, una poesía que bien puede llamarse deprimida, que no tuvo la gracia urbana y arrabalera de Rivero, ni intentó la autodestrucción antipoética de Cobo, María Mercedes Carranza y Jaramillo Agudelo, ni logró los altos vuelos de Quessep, Arango, García Maffla y Roca, para producir poemitas estreñidos en serie cargados de lugares comunes sobre el sueño, la locura, el delirio y otras zarandajas para ingenuos.


Entre los autores posteriores a la Generación sin nombre y al movimiento que no dudo en llamar Rocatierrismo, debe destacarse el despunte de dos segmentos de autores independientes que no podrían ubicarse en grupo, entre quienes están Rodríguez Torres, Jaime Manrique, Antonio Correa, Jorge Bustamante, Guillermo Martínez, Piedad Bonnet, Fernando Herrera, Gustavo Adolfo Garcés, Fernando Rendón, Renata Durán, Eugenia Sánchez, Orietta Lozano, Gustavo Tatis y Santiago Mutis, entre otros muchos. Poesía discreta, esencial, la de estos logró huir del prosaísmo de la anterior generación y de la retórica onírica del alba, para lograr en cada peculiaridad grandes hallazgos. Las nostalgias rusas de Bustamante, la liquidez ambarina de Rodríguez Torres y su viaje diario por la sabana, la sólida factura versificadora de Correa Losada y sus cormoranes de exilio, el caluroso lirismo y la musicalidad de Durán y Bonnet, el realismo impactante de Herrera, la rebelde desolación bogotana de Sánchez Nieto y el excéntrico delirio neosurrealista de Mutis Durán en su viaje al mundo de Oquendo o su convocación de pájaros y vuelos, entre otros, nos muestra una poesía sin aspavientos, ligada al ritmo personal, ya no imitadora de corrientes pasadas, que aún está en marcha y tiene mucho que decir, puesto que sus cultores aún no llegan al temido crepúsculo.


Otro autor que irrumpió en los 80, convirtiéndose en ídolo entre jóvenes, viejos y contemporáneos, e incluso entre maestros como Mutis, García Márquez y Charry Lara, es William Ospina, cuya inteligencia, aunada a la independencia y a la rebeldía expresadas en su ambiciosa y alzada ensayística, lo convirtió en fenómeno parecido al de Roca. Aplausos, llenos completos en teatros y salones, son apenas algunas de las suscitaciones de Ospina, a quien desde su obra inicial se le atribuyeron influencias que van desde Borges hasta la poesía de los románticos ingleses, entre ellos Browning. Ospina es un 'raro' en el panorama colombiano con su poesía cívica, combativa, que bien canta a los héroes nacionales como a los protagonistas mundiales del siglo XX. De fuerza incontenible y musicalidad innata, la de Ospina es una de las obras más sugerentes del fin de siglo XX e inicios del XXI. Ospina es otro de los grandes poetas cívicos del país al lado de Caro, Epifanio Mejía y Castro Saavedra.Para concluir esta diatriba iluminada por el goce de la lectura, resta destacar algunos novísimos como Ramón Cote, Gustavo Tatis, Rafael del Castillo, Hugo Chaparro, Mario Jursich y Gloria Posada, esta última una de las más saludables revelaciones actuales, cuya precisión y perfección formales, aunadas a la incisiva inteligencia, son excelentes broches de oro para despojar a la poesía colombiana de sus peores vicios, como el autismo provinciano, la clownería metafórica, la heliotropía cardiaca, el desgano depresivo de los 70 y la retórica trakliana de los 80, cargada de falsos crepúsculos y sueños. Quisiera mencionar a muchos más, pero es imposible en este espacio referirse a tantos poetas surgidos en Colombia en el último cuarto de siglo y que, publicados o no, representan esa pulsión de vida de un país tanático y cainita. Y al lado de los novísimos, los nombres de esas mujeres poetas de Colombia, también olvidadas, en medio de la monolítica falocracia poética de este país, entre quienes sobresalen Laura Victoria, Emilia Ayarza, Maruja Vieira, Matilde Espinosa, Meira del Mar, Beatriz Zuluaga, Dora Castellanos, Olga Elena Mattei y Anabel Torres, para mencionar sólo algunas (...)


Devoro sin cesar revistas y periódicos donde aparecen sus gritos y a través de todos esos escritores nuevos u olvidados es claro que la letra inútil sigue vive para nada y para nadie. Los festivales de poesía de Medellín y Bogotá y otras ciudades son muestra de esa nueva pulsión orgánica, de ese nuevo expresarse sin miedo al fracaso y al olvido. Porque la poesía hoy en el mundo es más absurda que nunca. Antes los poetas eran necesarios y tenían esperanza. Eran protegidos en las cortes, adorados, se les nombraba embajadores, se volvían voces de naciones o de continentes. Ahora los poetas son menos que desechables. Nadie los escucha. Ni siquiera ellos mismos se escuchan. En tiempos de auge asqueante de la novela, cuando los novelistas tienen que volverse empleadillos sin sueldo de las editoriales multinacionales, la poesía es el único refugio de la experimentación y la soledad. En cada poeta de hoy hay una Madre Teresa. Los que se dedican a la poesía en Colombia son los huérfanos de la Madre Teresa. Pero cuando la novela colombiana y la latinoamericana se ha vuelto un asco de mercaderes, cuando la novela sólo se basa en el escándalo azufroso, la actualidad periodística y la frivolidad narco-sicarial, la poesía es como en toda América Latina, el último refugio de la literatura. Refugio al fin y al cabo, aunque por el momento sea un refugio precario y menor (...)

* Publicado en Lecturas dominicales de El Tiempo en 22 de julio de 2001.