samedi 6 décembre 2025

LA PASIÓN LITERARIA DE RICARDO CUÉLLAR

Por Eduardo García Aguilar

El diario mexicano Cuarto poder dio el 21 de noviembre la noticia de la partida de Ricardo Cuéllar Valencia (1946-2025), poeta y académico caldense, manizaleño adoptivo, nacido en Calarcá, quien vivió desde 1981 en México, donde realizó una amplia carrera universitaria que lo llevó incluso a obtener el doctorado durante años sábáticos vividos en Valladolid, España, con una tesis sobre la poesía en Miguel de Cervantes.

Ricardo nació en el Quindío cuando el departamento era una gran mariposa que después despedazaron los gamonales, fue bautizado en Pijao y luego su familia, como muchas de la época de la Violencia, migró a Mistrató, Envigado y San Roque. Estudió en la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, pero después recaló en Manizales, donde compartió largos años con los amantes de la literatura y la poesía de su generación, convirtiéndose en manizaleño adoptivo.

Lo conocí en México recién llegado y empezamos nuestra amistad con el entusiasmo de vivir la literatura en la capital de ese país, epicentro entonces de las letras hispanoamericanas, animado por los exiliados latinoamericanos y españoles y artistas y humanistas mexicanos y de todas la regiones del mundo que seguían los pasos de los surrealistas, Antonin Artaud, los británicos D.H. Lawrence y Malcolm Lowry, el cinesta ruso Einseinstein y su compatriota León Trotsky. 

Estaban vivos en esa década Juan Rulfo y Octavio Paz, Maria Félix y Cantinflas, y músicos como el rey del mambo cubano Dámaso Pérez Prado y se publicaban las revistas Vuelta, Nexos, Proceso y vibraban el Fondo de Cultura Latinoamericana y las casas editoriales universitarias de primer nivel tanto en la capital como en las 32 provincias y en ellas se publicaban novedades latinoamericanas y traducciones de la  literatura mundial. 

Juntos, con los amigos que estabamos allí, fuimos a ver a Jorge Luis Borges en la sala Ollin Yolitzti de la UNAM en 1981 y en los cócteles y presentaciones de libros nos cruzábamos con Rulfo, Paz, Fuentes, Elizondo, García Ponce, Margo Glantz, Poniatowska, Monsiváis, Pitol, Mutis y García Márquez, entre muchos otros. 

México era un fiesta para quienes amábamos la literatura sobre todas las cosas y percibí ese entusiasmo de Ricardo por la poesía, la narrativa, el ensayo y el pensamiento en largas tardes y noches de fiesta y amistad. En 1984 ingresó como profesor en la Universidad Autónoma de Chiapas, donde realizó una larga carrera como docente en letras hispanoamericanas hasta su jubilación. Lo veíamos menos, pero venía con frecuencia a la capital. Luego vivió en Puebla y ahora el diario mexicano anuncia que murió en Medellín.

Sarelly Mendoza dice el 20 de noviembre en su artículo "El escritor colombiano que se volvió chiapaneco", publicado en Chiapas Paralelo, que Cuéllar "admiraba a los alucinados, a los desbordados por la fantasía, desapegados del mundo real y entregados por completo a la creación" y encomia su labor como maestro de varias generaciones a los que enseñó la poesía romántica alemana e inglesa y los clásicos europeos y latinoamericanos.

Antes de radicarse en Chiapas participó en actividades organizadas por la Universidad Nacional Autónoma de México, como un homenaje por el centenario del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob y coloquios en torno a las obras de Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez. De voz rauca, bohemio, rebelde y sentimental como Ramón del Valle Inclán, Ricardo Cuéllar fue un intelectual y académico de primer nivel y ejerció la poesía con pasión total. Publicó entre otros poemarios La fatiga de los cereales (1977), Sereno secreto de morir (1985), Rosa del destino (2000) y Río ebrio (2015).
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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. Domingo 6 de diciembre de 2025.






ARIEL CASTILLO CUENTA A ESCALONA

 Por Eduardo García Aguilar

Conocí al barranquillero Ariel Castillo Mier en México hace tiempos cuando hacía sus posgrados en temas literarios y compartíamos en parrandas interminables con otros amigos y amigas escritores y académicos mexicanos y colombianos que a veces duraban hasta el amanecer y donde él, erudito literario, nos iniciaba en el arte y los oficios de la música vallenata, a través de sus máximos juglares, el principal de ellos el gran Rafael Escalona, sobre quien escribió Encantos de una vida en cantos, publicado por la Fundación La Cueva en 2010.                                      ..

Amigo de las figuras del Grupo de Barranquilla al comienzo y después de presidentes y políticos, y poderoso líder musical de Sayco, Escalona (1927-2009) conoció de joven al futuro Premio Nobel de Aracataca, y a sus amigos Alvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor y a tantos otros, entre ellos novias, juglares, músicos, acordeonistas y cantantes de la costa mítica y sus interiores donde nació y creció y trató de terminar el bachillerato en Santa Marta, que abandonó para convertirse en cultivador de arroz y algodón, mujeriego, parrandero y coleccionista de armas.

Aquellas parrandas, que eran también clases de Ariel Castillo (1956) en las que participábamos poetas, narradores y estudiantes de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México, entre otros, todos muy jóvenes entonces y gozadores de México, transcurrían escuchando los clásicos del vallenato y desde entonces todas esas historias juglarescas quedaron para siempre grabadas en nuestra memoria, especialmente las atribuidas a Escalona, donde nos cuenta la historia de la vieja Sara, del pobre Miguel, La Maye o el perro de Pabajeau, La patillalera, La custodia de badillo, El destierro de Somón, El gavilán cebado, el Jerre-Jerre, entre otras.

Como García Márquez (1927-2014) había afirmado que Cien años de soledad era un vallenato de 350 páginas, estudiábamos con Ariel las narrativas de aquel mundo vallenato, donde se inspiró el de Aracataca en tantas historias que incluían todas las regiones de la costa desde la Guajira hasta Valledupar y de ahí hasta Riohacha, Cartagena, Barranquilla y Santa Marta, Atanquez, Patillal, Manaure, por donde todos deambularon en la romería familiar: turcos, gitanos, negros, cachacos, paisas, extranjeros perdidos, y tantos más, a veces en tiempos del contrabando desde Venezuela.

Después de aquellas inolvidables cátedras vallenatas en México de Ariel Castillo, volvimos a vernos en un gran Festival Vallenato en Valledupar, donde estaba casi todo el mundo, el misterioso Rafael Escalona, la Cacica Araújo Noriega, que lo dirigía y patrocinaba, Juan Luis Mejía, director de Colcultura, Manuel Zapata Olivella, el crítico peruano José Miguel Oviedo, y los profesores estadounidenses Raymond Williams, y con guardaespaladas, Michael Valencia-Roth, así como el pintor Jacamijoy y Heriberto Fiorillo.

Ahí en los almuerzos el legendario Manuel Zapata Olivella nos contaba el matriarcado de su región y nos situaba el espacio geográfico del César y las montañas que van a la Sierra Nevada. Deambulábamos por la calles de Valledupar en medio de la algarabía de la música que reinaba en todas las esquinas y plazas. En un momento compartimos varios en un patio florido con la hija de Escalona, Ada María, cantada en su clásica canción la Casa en el aire, que ya había sido abordada por otro juglar antes que él.

Ariel me inició y abrió las puertas de ese mundo, hasta el punto de presentarme a Alfonso Fuenmayor, a quien visitamos en su apartamento en un alto piso desde donde se veía la ciudad y donde él gozaba de su biblioteca y recibía las revistas y diarios del todo el mundo. También me llevó a conocer la casa del fallecido Alvaro Cepeda Samudio, que en aquel entonces estaba intacta como en los tiempos del Grupo de Barranquilla y que guardaba con celo y entusiasmo su esposa Beatriz "Tita" Cepeda, que nos recibió aquella tarde con su inmensa generosidad. 

Cada vez que escucho vallenatos de Escalona pienso en Ariel Castillo y su familia, con la esperanza de un día volverlo a ver para escuchar en Barranquilla con los amigos a Bovea y sus Vallenatos, unos de sus mejores intérpretes. El libro de Ariel es una lectura obligada para introducirse al mundo literario del gran juglar colombiano.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de noviembre de 2025. 

dimanche 15 juin 2025

CASA QUE RESPIRA, DE SAMUEL JARAMILLO

 Por Eduardo García Aguilar


La poesía colombiana tiene muchas joyas secretas que uno disfruta siempre, como ocurre con Morada al sur de Aurelio Arturo, Pensamientos del amante de Fernando Charry Lara o Los elementos del desastre de Alvaro Mutis, entre otros. 

Y entre las generaciones posteriores también hay varias colecciones inolvidables como Casa que respira, de Samuel Jaramillo González (1950), que es un libro de cabecera, de los que pueden estar siempre sobre el nochero, al lado de la lámpara, en las noches de lluvia.

El libro, en la impecable edición de Letra a Letra (Bogotá, 2016), reúne una veintena de textos que evocan la infancia y la adolescencia transcurridas por el hablante en una casa grande del Quindío en pleno Eje cafetero, donde el de la voz vive con su abuelos y familiares después de la muerte prematura y trágica del padre.

A lo largo de los poemas se describen los ámbitos de esa región cafetera con sus vientos y soles, lluvias y nieblas, ríos y quebradas, guaduales y prados, sembradíos, cafetales y trochas, pero además se adentra en el alma de personajes que vienen de otras épocas ancestrales y sobreviven en tiempos de violencia que rasgan al país y a la región generando cambios definitivos.

Ahí se avistan los temibles pájaros de la violencia que persiguen liberales y se sienten los temores que llevarán al abandono de esa casona de tres pisos, poblada de cuartos, chambranas, corredores y ventanas, patios, jardines, materos, donde transcurren las vidas de mujeres y hombres que tarde o temprano desaparecerán dejando al hablante preso de la nostalgia esencial del tiempo transcurrido.  

El  abuelo liberal y tal vez masón rodeado de libros secretos de librepensadores en los cuartos superiores de la casona, refugio del patriarca cafetero donde se encuentra la biblioteca que alimenta al de la voz poética, las máquinas de escribir a las que tiene acceso y lugar donde se hacen las cuentas del negocio, en medio de la tierna confianza del viejo por el nieto huérfano, que lo acompaña en tren los domingos en el desparecido ferrocarril hasta la finca de Quimbaya.

Todo se estremece con la irrupción de la joven y bella Estrella, cuyos senos untados de saliva y su alegría contagiosa conmueven al adolescente. Su llegada a la casa hace ver y germinar todo con mayor colorido y mucho tiempo después su voz seguirá rondando por la casa abandonada que respira como un ente intemporal y fértil.   

Desde la atalaya del librepensador el poeta ve transcurrir la vida de ese pueblo del Quindío y paso a paso descubre el mundo, el deseo, la soledad, la música que sale de las sórdidas cantinas, el paso del tiempo, ante lo que a veces se rebela al caminar solitario por las calles frías de los andes hasta el amanecer o a caballo entre las callejuelas de ese territorio de colonización donde recias figuras se abrían camino hacia la prosperidad, la enfermedad o la muerte.

Ahí está la abuela Soledad, la más bella de Circasia que se casa con el abuelo y se convierte en la matrona infalible de un mundo donde cumple la ardua tarea milimétrica de hacer que todo funcione desde la madrugada hasta el anochecer para que siempre esté lista la harina molida de maíz para las frescas arepas del desayuno y nunca falte ninguno de los alimentos, a la hora precisa en el comedor de la casa. 

Todo en medio de impecable limpieza, donde brillan pisos, paredes, corredores y amplias estancias de maderas y baldosas, y las sábanas y ropas recién lavadas y planchadas que huelen siempre a limpio. Tode ello regulado como una maquinaria de relojería. Así es el  mundo del  Eje cafetero, poblado de centenarios fantasmas coloniales y prehispánicos, de voces de espectros entre guacas de oro y miseria.

Samuel Jaramillo es autor de una vasta obra poética, ensayística y narrativa en la que destacan libros como Geografias de la alucinación, Selva que regresa, Bajo el ala del relámpago, entre otros muchos. Cada uno de sus libros, como el magnífico Casa que respira, es un estremecedor testimonio del paso del tiempo y de las llaves secretas del pasado que ayudan a cerrar para siempre los portones finales.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de junio de 2025.