La poesía colombiana tiene muchas joyas secretas que uno disfruta siempre, como ocurre con Morada al sur de Aurelio Arturo, Pensamientos del amante de Fernando Charry Lara o Los elementos del desastre de Alvaro Mutis, entre otros.
dimanche 15 juin 2025
CASA QUE RESPIRA, DE SAMUEL JARAMILLO
La poesía colombiana tiene muchas joyas secretas que uno disfruta siempre, como ocurre con Morada al sur de Aurelio Arturo, Pensamientos del amante de Fernando Charry Lara o Los elementos del desastre de Alvaro Mutis, entre otros.
samedi 22 juin 2024
PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES
El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.
Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa.
García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.
Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.
Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.
Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.
En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.
Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales.
La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.
Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.
O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.
------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.
vendredi 26 mai 2023
ACEVEDO GONZÁLEZ ENTRE LA BRUMA
Un escritor manizaleño al que se debe rescatar y estudiar con intensidad es Rodrigo Acevedo González, quien nació el 6 de septiembre de 1956 y murió joven a los 41 años el 7 de diciembre de 1996. Tuve la fortuna de ser su amigo en esa edad marvillosa cuando se va saliendo de la adolescencia y se vive la poesía y el sueño de la literatura con pasión iniciática, y además haber sido testigo y admirador de su inmenso talento e inteligencia.
lundi 9 mai 2022
EL NADAÍSTA X-504
El nadaísta Jaime Jaramillo Escobar (1932-2021), conocido en sus inicios como X-504, estaba ahí entre nosotros pero pocos, solo los más entendidos, se daban cuenta porque en Colombia se cree en estos tiempos de narcos y arribistas que la gran literatura del país es la que más vende y produce best sellers o algarabía de lagartos y aspavientos comerciales de egos hinchados de machos alfa. Él, fiel a los pueblos donde nació y creció como hijo de maestro de escuela, y a su pasión por la naturaleza y la vida, no estaba buscando homenajes ni invitaciones ni reconocimientos porque su obra estaba ahí, viva, luminosa y palpitante.
lundi 28 décembre 2020
LOS PALIMPSESTOS DE NORBERTO CUESTA
Por Eduardo García Aguilar
Norberto Cuesta, quien acaba de publicar en Hoyos editores
Dingolondangos, siempre ha estado habitado por la poesía desde los
tiempos en que sentados ambos codo a codo en clase por los azares del
alfabeto, traficábamos cientos de poemas de forma clandestina pasándolos
tras escribirlos debajo del pupitre, lejos de la vigilancia de los
profesores. A veces eran depositados como mensajes de un secta secreta
sobre fatigadas superficies, dejados en el cancel de una puerta,
enviados al cielo con una paloma mensajera imaginaria o lanzados al aire
en una tarde de ventisca cuando coloridos cometas y globos se volvían
barcos ebrios.
La poesía era así la forma más vasta de respirar en los viejos salones
de un exconvento de monjas adaptado en colegio de bachillerato, cerca de
la Iglesia de los Agustinos y las empinadas calles de la ciudad antigua
que habían sobrevivido a los incendios que la devastaron a comienzos
del siglo XX. Todo entonces era “muy antiguo y muy moderno”, como diría
el gran Rubén Darío, pero el futuro se desbordaba ya con creces y
aspiraba con sus energías centrífugas y centrípetas los cimientos de
donde veníamos.
El maestro Filemón Valencia, quien sería después colega de Norberto
Cuesta en el Instituto Universitario, nos abría las páginas de la
revista Faro para publicar nuestros primeros textos, ya fueran poemas o
ensayos o reseñas de libros. Además nos incitaba a profundizar en la
poesía castellana del Siglo de Oro, la de Garcilaso, Góngora,
Villamediana y Quevedo, para que la cotejáramos con la nueva lírica
española de la primera mitad del siglo XX, contemporánea de Federico
García Lorca, las vanguardias y los surrealistas.
En nuestras manos depositó él la obra poética del Nobel Juan Ramón
Jiménez, publicada en preciosos volúmenes de papel de seda, empastados
en cuero bruñido, y la de poetas posteriores como Vicente Aleixandre y
Pedro Salinas, contemporáneos que sobrevivieron a las guerras y el
tiempo y cuya poesía nutre la obra alerta, ìntima, serena y a veces
cósmica de Cuesta. En sus poemas hay una permanente posibilidad de
hallazgo metafórico, una predicción del cosmos y una alquimia inusitada
para conectar el aquí de lo cotidiano con el más allá insondable.
Norberto Cuesta tiene la mirada alerta del águila que ve todo lo que
sucede a su alrededor, la flor súbita, el agua que fluye en la roca, el
musgo adosado al árbol, el venado que huye, el zumbido de un insecto
entre enredaderas, el llanto de un niño, la melodía que sale de un bar,
la lágrima de quien se despide para siempre o ama hasta agotar las
mariposas. La de Cuesta es una mirada de poeta que es mucho más alerta
vital ante la deriva de la galaxia que premonición de tempestades en la
humedad de los trópicos.
La energía de la obra poética de Cuesta está impulsada por la
conjuración del olvido, pues “el tiempo no es más que una espiral de
memorias que giran en torbellinos infinitos”. Por eso, al leer estos
textos viajamos por un vertiginoso túnel del tiempo con imágenes firmes y
volátiles de amigos soñadores como el matemático Goar que sueña con las
ruinas de Palmira o llora “ante el vuelo de las garzas de regreso a las
cinco de la tarde”. También es un periplo que lleva a la eclosión de
una flor antes de marchitarse, o a la evocación de ancestros, hermanos,
amigos, recién nacidos o cuerpos amados y deseados que estremecen y dan
vida a las palabras.
“Apenas voy a disfrutar de un antier que no ha llegado”, señala Cuesta, y
por eso añade que “soy un pretérito mal conjugado que se quedó en
atardeceres remotos y en unos ojos verdes, estancado”. De ese elíxir
lejano de los tiempos extrae el temple febril de sus poemas. “Me he
pasado calculando tantas estrellas en mis noches”, dice para referirse a
todos esos instantes en que ha indagado por el tiempo mirando hacia la
inmensidad del cosmos, porque para la voz que habla en sus poemas todo
es memoria y solo hay olvido en la muerte.
Como la hermosa serpiente que va “reptando por este desierto de la vida,
comiendo arena con los ojos”, el poeta recorre un universo propio que
viene a ser solo otra dimensión del infinito. Son palabras convocadas
para decirlo todo antes de que el futuro devore lo circundante, borrando
las huellas para que no sea “la hormiga que extravió el camino y dejó
su carga en el lugar errado”.
En cada poema Cuesta quiebra los espejos de lo vivido como el demiurgo
que salva a los cautivos. La suya es una poesía existencial que escruta
en las cavernas del olvido, allí donde los humanos plasmaron los cinco
dedos de las manos contra las rocas gritando para nada y para nadie,
pues “lo que dimos, lo que amamos, lo que edificamos” se volverán solo
“palimpsestos de otros caminantes” que vendrán a poblar los espacios
abandonados.
-----
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de diciembre de 2020.



