Affichage des articles dont le libellé est poesia. Afficher tous les articles
Affichage des articles dont le libellé est poesia. Afficher tous les articles

dimanche 15 juin 2025

CASA QUE RESPIRA, DE SAMUEL JARAMILLO

 Por Eduardo García Aguilar


La poesía colombiana tiene muchas joyas secretas que uno disfruta siempre, como ocurre con Morada al sur de Aurelio Arturo, Pensamientos del amante de Fernando Charry Lara o Los elementos del desastre de Alvaro Mutis, entre otros. 

Y entre las generaciones posteriores también hay varias colecciones inolvidables como Casa que respira, de Samuel Jaramillo González (1950), que es un libro de cabecera, de los que pueden estar siempre sobre el nochero, al lado de la lámpara, en las noches de lluvia.

El libro, en la impecable edición de Letra a Letra (Bogotá, 2016), reúne una veintena de textos que evocan la infancia y la adolescencia transcurridas por el hablante en una casa grande del Quindío en pleno Eje cafetero, donde el de la voz vive con su abuelos y familiares después de la muerte prematura y trágica del padre.

A lo largo de los poemas se describen los ámbitos de esa región cafetera con sus vientos y soles, lluvias y nieblas, ríos y quebradas, guaduales y prados, sembradíos, cafetales y trochas, pero además se adentra en el alma de personajes que vienen de otras épocas ancestrales y sobreviven en tiempos de violencia que rasgan al país y a la región generando cambios definitivos.

Ahí se avistan los temibles pájaros de la violencia que persiguen liberales y se sienten los temores que llevarán al abandono de esa casona de tres pisos, poblada de cuartos, chambranas, corredores y ventanas, patios, jardines, materos, donde transcurren las vidas de mujeres y hombres que tarde o temprano desaparecerán dejando al hablante preso de la nostalgia esencial del tiempo transcurrido.  

El  abuelo liberal y tal vez masón rodeado de libros secretos de librepensadores en los cuartos superiores de la casona, refugio del patriarca cafetero donde se encuentra la biblioteca que alimenta al de la voz poética, las máquinas de escribir a las que tiene acceso y lugar donde se hacen las cuentas del negocio, en medio de la tierna confianza del viejo por el nieto huérfano, que lo acompaña en tren los domingos en el desparecido ferrocarril hasta la finca de Quimbaya.

Todo se estremece con la irrupción de la joven y bella Estrella, cuyos senos untados de saliva y su alegría contagiosa conmueven al adolescente. Su llegada a la casa hace ver y germinar todo con mayor colorido y mucho tiempo después su voz seguirá rondando por la casa abandonada que respira como un ente intemporal y fértil.   

Desde la atalaya del librepensador el poeta ve transcurrir la vida de ese pueblo del Quindío y paso a paso descubre el mundo, el deseo, la soledad, la música que sale de las sórdidas cantinas, el paso del tiempo, ante lo que a veces se rebela al caminar solitario por las calles frías de los andes hasta el amanecer o a caballo entre las callejuelas de ese territorio de colonización donde recias figuras se abrían camino hacia la prosperidad, la enfermedad o la muerte.

Ahí está la abuela Soledad, la más bella de Circasia que se casa con el abuelo y se convierte en la matrona infalible de un mundo donde cumple la ardua tarea milimétrica de hacer que todo funcione desde la madrugada hasta el anochecer para que siempre esté lista la harina molida de maíz para las frescas arepas del desayuno y nunca falte ninguno de los alimentos, a la hora precisa en el comedor de la casa. 

Todo en medio de impecable limpieza, donde brillan pisos, paredes, corredores y amplias estancias de maderas y baldosas, y las sábanas y ropas recién lavadas y planchadas que huelen siempre a limpio. Tode ello regulado como una maquinaria de relojería. Así es el  mundo del  Eje cafetero, poblado de centenarios fantasmas coloniales y prehispánicos, de voces de espectros entre guacas de oro y miseria.

Samuel Jaramillo es autor de una vasta obra poética, ensayística y narrativa en la que destacan libros como Geografias de la alucinación, Selva que regresa, Bajo el ala del relámpago, entre otros muchos. Cada uno de sus libros, como el magnífico Casa que respira, es un estremecedor testimonio del paso del tiempo y de las llaves secretas del pasado que ayudan a cerrar para siempre los portones finales.
------
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 15 de junio de 2025. 


samedi 22 juin 2024

PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES

Por Eduardo García Aguilar

El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.

Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa. 

García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.

Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.

Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.

Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.

En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.

Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales. 

La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos  recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.

Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.

O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.

------

Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.


vendredi 26 mai 2023

ACEVEDO GONZÁLEZ ENTRE LA BRUMA

Por Eduardo García Aguilar


Un escritor manizaleño al que se debe rescatar y estudiar con intensidad es Rodrigo Acevedo González, quien nació el 6 de septiembre de 1956 y murió joven a los 41 años el 7 de diciembre de 1996. Tuve la fortuna de ser su amigo en esa edad marvillosa cuando se va saliendo de la adolescencia y se vive la poesía y el sueño de la literatura con pasión iniciática, y además haber sido testigo y admirador de su inmenso talento e inteligencia.

En aquellos tiempos proliferaban en la ciudad los premios literarios convocados por instituciones y colegios en los que muchos estudiantes de bachillerato participábamos con entusiasmo en una competencia leal por llevarnos los premios y obtener las preseas.

En varios textos me he referido a Acevedo González como nuestro Rimbaud, porque desde muy temprano su poesía fue certera y moderna como pocas, tanto que si hoy se reunieran las colecciones que publicó en vida, El territorio y la máscara (1981) y Poemas del tiempo recobrado (2000), y las que están inéditas, nos sorprenderíamos de su nivel, que lo hace merecedor a aparecer en las mejores antologías de poesía colombiana de donde ha estado ausente por el exagerado centralismo.

Tengo una foto donde vamos caminando juntos por la séptima de Bogotá, cuando teníamos menos de 19 años y él realizaba visitas a la capital buscando joyas en las librerías de viejo y en las bibliotecas, especialmente en la de la Universidad Nacional, donde yo había ingresado a estudiar Sociología. No solo estaba enterado de los clásicos antiguos y modernos, de las poesías francesa, inglesa, alemana e italiana, sino también de los escritores modernos que publicaba Seix Barral en Barcelona, como uno de los narradores y ensayistas de la Nueva novela francesa, Michel Buttor, autor que me arrebató una vez de las manos para leerlo con fruición y hacer agudos comentarios sobre su lectura al día siguiente.

Cuando estaba en Bogotá le encantaba ir a la Universidad Nacional y recorrer todos sus ámbitos. A veces se hospedaba en mi casa o en la de otro compañero de Sociología, manizaleño también, llamado Aicardo Navarro, quien muy enterado ya en ese entonces de los temas psicoanalíticos solía bromear con él cuando a veces nos decía que deseaba suicidarse. También acudía a El Espectador y El Tiempo, donde esperaba publicar textos en los suplementos literarios.

Conservo unas 30 cartas que él me escribió desde Manizales en esos años, ya que sostuvimos una intensa correspondencia y las misivas iban y venían con mucha frecuencia. He leído sus cartas y he descubierto ahí la pasíon que él tenía por la literatura y la vida, las inquietudes sobre el mundo y el futuro y el testimonio de sus lecturas y opiniones. De mi parte le escribía larguísimas cartas que tal vez desaparecieron, pero no dudo que las suyas eran mejores que las mías.

Rodrigo siguió su vida atormentada en Manizales, atrapado sin salida en ese mundo que cuestionaba, y se convirtió hacia el final en un ermitaño hermético que deambulaba solitario con un enorme perro por la carrera veintitrés. La última vez que lo vi de lejos con el can cuando yo iba con mi amigo Antonio Leiva, no me atreví a interrumpir su soliloquio imaginario, mientras caminaba altivo hacia el Parque Caldas.

Una vez fui a su casa cuando vivía por la plaza Alfonso López, no lejos de la residencia de su familia y compartimos una alegre tarde con nuestro amigo el filósofo Carlos Arturo Orozco Grajales. Y esa fue la última vez que hablamos y compartimos de verdad. Otra vez lo busqué sin éxito en un apartamento situado por Hoyofrío, pero nos perdimos el rastro hasta que supe la noticia de su repentino fallecimiento. Durante todos esos años ganó premios locales, publicó varios libros, participó en encuentros literarios y dejó una obra que comentó con lucidez el novelista y ensayista Roberto Vélez Correa, quien como él murió joven y se nos anticipó hace tiempo.

Es cierto que Rodrigo tuvo una vida atormentada, pero quienes lo conocimos y lo frecuentamos con amistad y afecto sabemos que en el fondo era alegre, bohemio, gran amigo, frágil, siempre enamorado, degustador de vinos y poseedor de una sensibilidad moderna que se refleja en sus poemas contemporáneos, que rompieron moldes antes de tiempo. En su poesía hay vida, verdad, deseo, mal, ciudad, basura, ratas, calle.

Sobre él han escrito además Carlos Arboleda González y Conrado Alzate Valencia, que en un texto cita un fragmento de Vélez Correa sobre el poeta, donde dice que "Rodrigo fue una extraña mixtura de artista decadente, joven airado, romántico cursi, lector empedernido, poeta maldito, alcohólico irredimible, y un solitario que amó a su abuelo Felipe González, el músico de los Hermanos González…”.

Sería bueno que en las universidades y entre las nuevas generaciones se revisara y estudiara su vida y obra y se rescatara del olvido su luminoso paso y su huella entre las brumas de su ciudad natal Manizales. Tengo como joyas esas cartas que ojalá algún día se publiquen y algunos materiales que he obtenido gracias amigos que como Fernando Ramírez Lema, sobrino del excelente poeta caldense Hermann Lema, fueron sus contemporáneos y admiradores.

Somos varios los amigos sobrevivientes del poeta y sería bueno reunir sus textos y rendirle el homenaje que se merece nuestro Rimabud de Manizales, el precoz y brillante poeta que gritó ante el cosmos contra nadie y contra todos y a favor de la vida, el vino y el deseo frente a los volcanes y entre la bruma. Qué alegría y fortuna haber sido su amigo y cómplice cuando todo apenas comenzaba.
---
Publicado en La Patria. mnizales. Colombia. Domingo 28 de mayo de 2023.

  






lundi 9 mai 2022

EL NADAÍSTA X-504

Por Eduardo García Aguilar


El nadaísta Jaime Jaramillo Escobar (1932-2021), conocido en sus inicios como X-504, estaba ahí entre nosotros pero pocos, solo los más entendidos, se daban cuenta porque en Colombia se cree en estos tiempos de narcos y arribistas que la gran literatura del país es la que más vende y produce best sellers o algarabía de lagartos y aspavientos comerciales de egos hinchados de machos alfa. Él, fiel a los pueblos donde nació y creció como hijo de maestro de escuela, y a su pasión por la naturaleza y la vida, no estaba buscando homenajes ni invitaciones ni reconocimientos porque su obra estaba ahí, viva, luminosa y palpitante.

El gran poeta Alvaro Mutis era uno de sus principales admiradores y recomendaba siempre libros suyos como Los poemas de la ofensa (1968) y Sombrero de ahogado (1991), porque la poesía suya era libre y un gran océano de palabras ciertas. Mutis había recibido antes de que se volviera famoso en México y en el mundo el premio Cassius Clay que otorgaban los nadaístas, porque ellos a su vez detectaron en la poesía del creador de Maqroll el Gaviero a otro de los suyos, en cuya obra circulaba la vida y el oxígeno del universo en conexión con el deseo, la podredumbre y la muerte.

Por eso Mutis no perdía oportunidad de recomendarnos en los años 80 a los poetas jóvenes que agotábamos las calles de la Ciudad de México la poesía de este libertario que como él había sido publicista, vendedor viajero, empleado puntual y amante de la tierra caliente, los ríos, la vegetación y el ambiente de los pueblos y las carreteras del país donde se encuentran nómadas, marginados, locos, expresidiarios, maleantes o iluminados de ambos sexos.

Ya en los 70, los adolescentes de los colegios conocimos su poesía o queríamos escribir como él. Como un Matuselén este gran líder de los nadaístas al lado de Gonzalo Arango y Jotamario, entre otros, que nunca renegó del nadaísmo, nos soprprendía cada año con nuevos libros o declaraciones irreverentes que diferían del mundo pomposo y melifluo donde siempre ha preferido estar presa la literatura oficial. Su obra estaba caracterizada por poemas río que fluían caudalosamente por los paisajes de la cordillera, las habitaciones de modestos hoteles o las calles locas de las urbes o los pueblos.

A diferencia de una tradición muy apegada a los cánones decimonónicos y al buen decir del maloliente casticismo de las Academias, o sea el escribir bonito y respetar de manera juiciosa y servil reglas y modelos, la obra de Jaramillo Escobar era rebelde y se salía del cauce para conectarse con las mejores poéticas latinoamericanas libres, que por lo regular se han ejercido en Brasil, Chile, Perú y Centroamerica, abriéndole ventanas al poema para liberarlo de los cinturones de castidad, los corsés, las cadenas de espinas de la tradición. 

Cada poema de Jaramillo Escobar nos invitaba a seguir con él por el camino practicado por los viajeros que de pueblo en pueblo son vigías errantes que todo lo ven y lo captan, el llanto y la alegría, el deseo y la podredumbre, la voz de los de abajo y los sacolevas infectos de los de arriba, las catástrofes y los carnavales. Al leerlo nos invitaba a convertirnos en ermitaños risueños como Diógenes. 

Gonzalo Arango dijo:  “de X-504 se dice que es el mejor poeta de nuestra tradición nadaísta (con perdón de los otros mejores). Es silencioso como un secreto; misterioso como una cita de amor; solitario y profundo como un río profundo. Su seudónimo de placa de carro se debe a su deprecio por la popularidad, y también para que su patrón no lo echara del puesto al enterarse de que era poeta, y además nadaísta”. (*)

Así era el poeta, lejos de la codicia de la fama y de la gloria, lejos de las intrigas literarias, la competencia, gestor durante tres décadas de un taller poético de la Biblioteca Piloto de Medellín, un "raro" que era una de las voces vivas más grandes de la literatura colombiana, al lado de tantos autores de su generación y de otras posteriores que nadie ve porque están ahí firmes viviendo la literatura sin aspavientos ni amarguras, con una sonrisa generosa al aire frente al paisaje y el misterio y la maravilla de vivir. Por eso decía que "la errancia es la única forma de despistar al tiempo. Meter al tiempo en el laberinto de nuestra errancia". 
 ---
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de septiembre de 2021. Y en La Otra revista. México. 1 de octubre de 2021.
* El poeta X-504 nunca renegó del nadaísmo y la frase definitoria es del profeta Gonzalo Arango (Jotamario dixit).
- Foto tomada de El Espectador.

lundi 28 décembre 2020

LOS PALIMPSESTOS DE NORBERTO CUESTA


Por Eduardo García Aguilar

Norberto Cuesta, quien acaba de publicar en Hoyos editores Dingolondangos, siempre ha estado habitado por la poesía desde los tiempos en que sentados ambos codo a codo en clase por los azares del alfabeto, traficábamos cientos de poemas de forma clandestina pasándolos tras escribirlos debajo del pupitre, lejos de la vigilancia de los profesores. A veces eran depositados como mensajes de un secta secreta sobre fatigadas superficies, dejados en el cancel de una puerta, enviados al cielo con una paloma mensajera imaginaria o lanzados al aire en una tarde de ventisca cuando coloridos cometas y globos se volvían barcos ebrios.
La poesía era así la forma más vasta de respirar en los viejos salones de un exconvento de monjas adaptado en colegio de bachillerato, cerca de la Iglesia de los Agustinos y las empinadas calles de la ciudad antigua que habían sobrevivido a los incendios que la devastaron a comienzos del siglo XX. Todo entonces era “muy antiguo y muy moderno”, como diría el gran Rubén Darío, pero el futuro se desbordaba ya con creces y aspiraba con sus energías centrífugas y centrípetas los cimientos de donde veníamos.   
El maestro Filemón Valencia, quien sería después colega de Norberto Cuesta en el Instituto Universitario, nos abría las páginas de la revista Faro para publicar nuestros primeros textos, ya fueran poemas o ensayos o reseñas de libros. Además nos incitaba a profundizar en la poesía castellana del Siglo de Oro, la de Garcilaso, Góngora, Villamediana y Quevedo, para que la cotejáramos con la nueva lírica española de la primera mitad del siglo XX, contemporánea de Federico García Lorca, las vanguardias y los surrealistas.
En nuestras manos depositó él la obra poética del Nobel Juan Ramón Jiménez, publicada en preciosos volúmenes de papel de seda, empastados en cuero bruñido, y la de poetas posteriores como Vicente Aleixandre y Pedro Salinas, contemporáneos que sobrevivieron a las guerras y el tiempo y cuya poesía nutre la obra alerta, ìntima, serena y a veces cósmica de Cuesta. En sus poemas hay una permanente posibilidad de hallazgo metafórico, una predicción del cosmos y una alquimia inusitada para conectar el aquí de lo cotidiano con el más allá insondable. 
Norberto Cuesta tiene la mirada alerta del águila que ve todo lo que sucede a su alrededor, la flor súbita, el agua que fluye en la roca, el musgo adosado al árbol, el venado que huye, el zumbido de un insecto entre enredaderas, el llanto de un niño, la melodía que sale de un bar, la lágrima de quien se despide para siempre o ama hasta agotar las mariposas. La de Cuesta es una mirada de poeta que es mucho más alerta vital ante la deriva de la galaxia que premonición de tempestades en la humedad de los trópicos.
La energía de la obra poética de Cuesta está impulsada por la conjuración del olvido, pues “el tiempo no es más que una espiral de memorias que giran en torbellinos infinitos”. Por eso, al leer estos textos viajamos por un vertiginoso túnel del tiempo con imágenes firmes y volátiles de amigos soñadores como el matemático Goar que sueña con las ruinas de Palmira o llora “ante el vuelo de las garzas de regreso a las cinco de la tarde”. También es un periplo que lleva a la eclosión de una flor antes de marchitarse, o a la evocación de ancestros, hermanos, amigos, recién nacidos o cuerpos amados y deseados que estremecen y dan vida a las palabras.
“Apenas voy a disfrutar de un antier que no ha llegado”, señala Cuesta, y por eso añade que “soy un pretérito mal conjugado que se quedó en atardeceres remotos y en unos ojos verdes, estancado”. De ese elíxir lejano de los tiempos extrae el temple febril de sus poemas. “Me he pasado calculando tantas estrellas en mis noches”, dice para referirse a todos esos instantes en que ha indagado por el tiempo mirando hacia la inmensidad del cosmos, porque para la voz que habla en sus poemas todo es memoria y solo hay olvido en la muerte.  
Como la hermosa serpiente que va “reptando por este desierto de la vida, comiendo arena con los ojos”, el poeta recorre un universo propio que viene a ser solo otra dimensión del infinito. Son palabras convocadas para decirlo todo antes de que el futuro devore lo circundante, borrando las huellas para que no sea “la hormiga que extravió el camino y dejó su carga en el lugar errado”.
En cada poema Cuesta quiebra los espejos de lo vivido como el demiurgo que salva a los cautivos. La suya es una poesía existencial que escruta en las cavernas del olvido, allí donde los humanos plasmaron los cinco dedos de las manos contra las rocas gritando para nada y para nadie, pues “lo que dimos, lo que amamos, lo que edificamos” se volverán solo “palimpsestos de otros caminantes” que vendrán a poblar los espacios abandonados.

-----

Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de diciembre de 2020.