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samedi 26 juin 2021

MEDIO SIGLO EN LA PATRIA


Por Eduardo García Aguilar

En aquellos años, cuando no existían teléfonos celulares ni redes sociales, muchos adolescentes nos dedicábamos al feliz pasatiempo de leer y viajábamos con los libros por el mundo en el espacio y el tiempo. Aunque los lectores en escuelas y colegios por supuesto conformábamos una minoría como siempre lo hemos sido, si éramos muchos en la ciudad y se daba una efervescencia de amor por los libros, el pensamiento, el arte y la literatura universales que hoy sorprende.

La celebración del Festival Internacional de teatro universitario convirtió además a Manizales en un centro continental de encuentro de dramaturgos, poetas, críticos, ensayistas, poetas que venían de todo el continente y de Europa, quienes aunados a la población local llenábamos los teatros y las aulas universitarias para ver obras y escuchar a grandes figuras como los Nobel Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda, Ernesto Sábato, el joven Mario Vargas Llosa y gente de teatro como Jerzy Grotvosky, Enrique Buenaventura, Augusto Boal, Jorge Díaz y decenas de dramaturgos y escenógrafos españoles y latinoamericanos.

En masa miles y miles de jóvenes abarrotamos el Teatro Fundadores para escuchar al autor del Canto General y fue tal la presión de los que no podían ingresar que se rompieron las puertas y todo fue invadido hasta el escenario, donde algunos, entre ellos quien esto escribe, de 14 años de edad, rodeamos al poeta que ya había venido varias veces a la ciudad y la amaba por sus magníficos atardeceres. En las primeras filas estaban por supuesto Hernando Salazar Patiño y decenas de universitarios de gafas oscuras y poses filosóficas, que se ven en las fotos en blanco y negro del evento publicadas en el Suplemento literario junto a  crónicas de José Naranjo, Beatriz Zuluaga y Oscar Jurado. 

La Patria, que ahora cumple cien años de existencia, cubría ampliamente todas esas actividades, ya que estaba dotada de una pléyade de columnistas y periodistas de primer nivel que amaban la cultura por sobre todas las cosas, como Oscar Jurado, Beatriz Zuluaga, Mario Escobar Ortiz, Jorge Santander Arias, Ebel Botero, Edgardo Salazar Santacoloma, y otros muchos, quienes bajo la jefatura de redacción de Héctor Moreno, convertían al diario en un espacio nacional de cultura y pensamiento.

Visitar la redacción de La Patria, guiado por Mario y en compañía de su amigo Pablus Gallinazus, escuchar el tecleo de las máquinas de escribir, el ruido de los teletipos de las agencias o el sonido de la moderna imprenta offset recién adquirida, oler la tinta y el papel, era algo parecido a la felicidad. El suplemento literario era de primer nivel y en la sección Paradiso del nadaísta Mario Escobar Ortiz aparecían cada semana novedades y textos provenientes de colaboradores de todo el continente.

No nos eran extraños a todos los que vivimos casi niños esa época los autores novedosos de México, Venezuela, Perú, Argentina, Brasil y otros países del continente: Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima, Salvador Garmendia, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Alejo Carpentier, Jorge Zalamea, Germán Arciniegas, eran mombres habituales que pasaban por esas páginas.

En ese contexto vi publicados mis primeros textos en La Patria en 1969 a los 15 y 16 años, y aun guardo con emoción en su orden los recortes de las apariciones de los ensayos José Asunción Silva, mártir de la existencia, Walt Wihtman, estética de los cósmico, y otro sobre Federico García Lorca, entre otros, publicados con amplio despliegue, así como los primeros cuentos La cuadra de la clepsidra y La vigilia de los relojes, ilustrados con imágenes de Edward Munch, detalle estético del nadaísta Escobar Ortiz que me los publicaba y quien era además artista plástico y dramaturgo.

Porque además de las grandes firmas continentales, en La Patria se abrían las puertas a los nuevos y muchos en la ciudad tuvimos el excepcional privilegio de vernos publicados en letras de molde desde tan temprana edad. Hasta llegué a tener una columna que titulé Los viajes de Simbad, y que después enviaba desde Bogotá cuando cursaba ya mi primer año en la Universidad Nacional de Colombia.

Con motivo del cincuentenario en 1971, La Patria abrió un concurso de ensayo en el que obtuve el premio con un texto sobre Bernardo Arias Trujillo y recibí una suma de dinero que para un muchacho que terminaba el bachillerato era muy importante y de cuya entrega por parte del gerente Rafael Lema hay testimonio fotográfico en las páginas añejas del diario.

Ese fin de año mi familia se trasladó a Bogotá y desde allá seguía colaborando y carteándome con Mario Escobar Ortiz, a quien menciono por tercera vez en este texto, porque al lado de Beatriz Zuluaga y Oscar Jurado es una de las figuras más modernas y sorprendentes de la historia de Manizales y de este diario que ahora, vigoroso, emprende su segundo siglo de existencia.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 27 de junio de 2021.


    

dimanche 14 mars 2021

NUEVOS CAMINOS DE LA LITERATURA COLOMBIANA

Por Eduardo García Aguilar

La colombiana es una literatura inscrita en el gran contexto hispanoamericano, a veces rezagada, otras adelantada, pero siempre en camino fértil. Varias generaciones se han expresado y hay obras magníficas que han dejado su huella en todos los géneros. 
 
Una serie de libros clásicos que nos han marcado, como La María, La Vorágine, De sobremesa, La marquesa de Yolombó, Morada al sur, Summa de Maqroll el Gaviero, y obras de Porfirio Barba Jacob, Fernando González, Osorio Lizarazo, León de Greiff, Jorge Zalamea, Fernando Charry Lara, y entre las mujeres, Matilde Espinosa, Elisa Mújica, Maruja Vieira, Meira del Mar, Carmelina Soto, Helena Araújo, Marvel Moreno, María Mercedes Carranza, entre tantas otras.

Después de García Márquez y su espectacular éxito, hay varias generaciones excelentes de autores que por desgracia han pasado inadvertidos, pero cuyas obras algún día serán revisadas. Pienso en los nacidos en los 40, que escribieron inicialmente en la revista ECO y pensaban en una literatura conectada con el mundo que no solo reivindicara el lado tropical, típico, de las tierras ultramarinas. Todos ellos fueron grandes ensayistas, lectores, viajaban por todas las literaturas y leían en sus lenguas a los grandes clásicos contemporáneos europeos con los que se identificaban, alejándose de lo telúrico.


Pienso en R.H. Moreno Durán, Oscar Collazos, Hugo Ruiz, Héctor Sánchez, Fernando Cruz Kronfly, Darío Ruiz Gómez, Ricardo Cano Gaviria, Roberto Burgos Cantor y tantos otros que tuvieron discípulos en las nuevas generaciones y los seguirán teniendo, pues no debe ser una condena hablar de las tragedias nacionales y las taras del mundo que nos tocó, ya que abrirse al universo, romper fronteras y liberar la escritura de los propósitos nacionales, hundiéndose en el tiempo pasado y el futuro era una de sus reivindicaciones máximas como generación. También se destacan en poesía los nadaístas y la llamada G
eneración sin nombre.

En la actualidad están en plena actividad varias generaciones de autores nacidos en los 50, 60, 70 y 80 del siglo XX con una actividad literaria vigorosa y tan variada y múltiple, que es casi imposible seguirlos, pues cada año aparecen cientos de libros de nuevos autores colombianos. Pero esa proliferación es benéfica, ya que no sabemos lo que el tiempo decidirá sobre las obras que hoy son inaudibles o alejadas de la propaganda y la promoción comercial. Pienso en Albalucía Angel, Beatriz Zuluaga, Fanny Buitrago, Annabel Torres, Orietta Lozano, Eugenia Sánchez Nieto, Sonia Truque Vélez, Gloria Posada, Consuelo Triviño, entre las renovadoras que abrieron el camino a las nuevas millenials de hoy.

En cada región del país hay una vigorosa literatura en todos los campos: ficción, ensayo, poesía, dramaturgia, crónica. Todo ese material estará ahí como la prueba de que en Colombia, pese a la algarabía de la terrible realidad cotidiana, la cultura sigue siendo un ejemplo para muchos jóvenes de todos los orígenes y regiones que se niegan a que el país sea uno dominado por ignaros gamonales cuyo único fin es el dinero y el poder. Todos ellos con sus poemas, ensayos, novelas, crónicas, dejan para la historia el testimonio de que la cultura es más importante que el griterío de la politiquería.   

Se escribe ahora con pasión para conjurar los demonios del país, abrirse al mundo, y lo más destacable tal vez en este momento es la irrupción de una generación de jóvenes mujeres muy brillantes e incisivas, escritoras e intelectuales de gran nivel que están renovando la literatura colombiana y diciendo adiós a esa literatura que hasta hace poco era, salvo excepciones, asunto de hombres, machos alfa que controlaban el terreno con mucho celo y miraban a las mujeres como convidadas de piedra. Es el derrumbe del falo de José Arcadio Buendía en la literatura colombiana.

Para cualquier observador es claro que la irrupción de esa variada generación de nuevas autoras es el más interesante fenómeno de la literatura colombiana actual. No son las primeras porque antes hubo muchas autoras que ejercieron con rigor y pasión las letras en el siglo XX, innovaron, escandalizaron, removieron el terreno, pero fueron ignoradas, subvaloradas, ninguneadas, como es el caso de muchas poetas del siglo XX que serán descubiertas poco a poco por los arqueológos de la literatura colombiana, cuando sea ya definitivo el derrumbe de José Arcadio Buendía y los cuchilleros misóginos y machistas de Crónica de una muerte anunciada.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de marzo de 2021. En la foto León de Greiff.

samedi 8 août 2020

CENTENARIO DE OTTO MORALES BENÍTEZ

Por Eduardo García Aguilar

Este 7 de agosto se cumplieron cien años del natalicio de Otto Morales Benítez (1920-2015), una de las grandes figuras del liberalismo colombiano en el siglo XX, quien además de ejercer varios cargos gubernamentales y participar en negociaciones de paz en Colombia, dejó una prolífica obra escrita y una leyenda como persona infatigable, enérgica, jovial y amigable, cualidades que conservó hasta el final durante su larguísima vida. Tenía la talla y las cualidades necesarias para haber sido un gran presidente de Colombia, pero como es bien sabido en nuestro país, no son por lo regular los mejores ni los más generosos quienes llegan al solio de Bolívar.
Alguna noche lo vi bromeando en la casa de Poesía Silva sobre su destino presidencial con otro candidato humanista, Carlos Gaviria, lo que mostraba que nunca tuvo la más mínima frustración al respecto, sino que por el contrario podía reír a carcajada batiente sobre la aventura de aspirar y fracasar en el intento en este extraño país que vive desde siempre su historia como si viajara en una peligrosa y terrorífica montaña rusa. Al llegar esa noche a la Casa Silva parecía que todo se iluminaba de repente y el frío y la humedad bogotanas que reinaban en la vieja residencia del poeta modernista, poblada de líquenes y musgos, parecían dar paso a una intrincada y colorida jungla surgida de las entrañas del realismo mágico. Siempre se hacía un corrillo a su alrededor y todos se contagiaban de su alegría y vitalidad.
Con su sombrero Stetson negro, el bastón, el traje, la corbata y el chaleco impecables, Morales Benítez era una figura fascinante de otra época de Colombia cuando la política era en su mayoría ejercida por humanistas, pensadores y lectores, que aunque pertenecieran a los partidos enemigos o se situaran en los extremos ideológicos, tenían en común un jardín secreto que estaba poblado por la literatura, el pensamiento y la historia. Muchos políticos de su tiempo, como Alberto Lleras, Belisario Betancur o Alfonso López Michelsen, entre otros muchos, ejercieron la escritura en diversos géneros y cuando los dos grandes partidos del país eran sólidos y tenían ideas y no solo componendas, ellos sabían elaborar idearios.
Nacido en Riosucio en el seno de una familia acomodada, siempre fue fiel a esos recuerdos de los ajetreos comerciales de la casa nativa y al trabajo infatigable de su padre para mantener la prosperidad de sus negocios. Tenía cierto parecido con Jorge Eliécer Gatitán, ese gran líder liberal asesinado, pues en la sangre y los rostros de ambos corría la energía del mestizaje colombiano fraguado por siglos de trabajo en las montañas y cuencas del país. Por eso él siempre fue leal al pueblo, a los campesinos, a los indígenas y a los afrodescendientes marginados que con su sudor contribuyeron a crear la riqueza del país y han estado tan presentes en su tierra natal, donde se celebra el muy famoso carnaval del Diablo.              
Tras estudiar en Popayán y Medellín como era de rigor en esos tiempos y graduarse de abogado, Morales Benítez se convirtió en un joven líder regional del partido, reconocido por sus talentos oratorios y don de gentes. Como mi padre también perteneció a ese partido, en su ala más progresista, y compartió con esa generación mucha aventuras en aquellos difíciles tiempos de la historia del país, desde muy temprano tuve conocimiento de su existencia porque en la biblioteca de la casa había dos libros suyos que leí y me marcaron cuando estaba en cuarto de bachillerato. Se trata de Testimonio de un pueblo (1951) y Revolución y Caudillos (1962) que devoré entonces disfrutando la prosa vital de ese escritor a quien mucho tiempo después tendría la fortuna de conocer y frecuentar cada vez que regresaba a Colombia desde México o Francia. En el primero descubrí las raíces profundas de la región donde nací y en el otro sentí vibrar la acción de los rebeldes que en Colombia lucharon contra las injusticias, el racismo, el clasismo, la esclavitud y la marginación y murieron por ello. 
Morales Benítez tenía su oficina en un alto piso del famoso edificio Colpatria, diagonal al Hotel Tequendama, donde recibía todo el día en romería a muchas personas que acudían a él desde lo más profundo del país y sin duda en especial de su tierra natal. Algunas veces me quedé con él hasta tarde en la noche y salíamos juntos caminando hasta el Hotel Tequendama, donde tomaba el taxi y me ofrecía llevarme hasta las Torres del Parque donde me hospedaba, para luego enrumbarse hasta su residencia situada en el norte. En el taxi seguía su inagotable y nutritiva conversación. 
Lo que más impresionaba de hablar con él era comprobar su lucidez, el entusiasmo y la energía que conservaba a tan alta edad y su deseo de hablar con los jóvenes y compartir sus sueños. Ese deseo de comerse la vida y el tiempo y vivirlo a pasos agigantados me hacía pensar en nuestros viejos robles, ancestros que despejaron los baldíos contra viento y marea y fundaron pueblos y ciudades que surgían en terrenos cubiertos hasta hace poco por la jungla templada. Esas montañas guardaban en su seno el brillo del oro de los indígenas exterminados por los conquistadores, colonizadores españoles y los criollos que los sucedieron, y cuya se presencia se veía en los fuegos fatuos que salían de sus tumbas llenas de joyas, imágenes y vasijas.
Su generosidad con los nuevos no tenía límites y me impresionó con el regalo de un largo ensayo sobre mi novela El viaje triunfal, que aun hoy me sorprende y que incluyó en Las líneas culturales del gran Caldas. Su primer libro fue un estudio sobre la fundación de Manizales y la gesta de la colonización de nuestras montañas. A falta de historia por lo reciente que era todo en Caldas, él trató de cimentar en su juventud esos hechos dándoles proyección hacia el futuro. Hasta el final de sus días seguía entonces empeñado en construir la historia de la tierra nativa, por lo que se interesó por lo que escribíamos los nuevos.
Con Testimonio de un pueblo descubrí adolescente la gesta de los fundadores de Manizales y las bases de esa gran expedición llena de pleitos agrarios. Ahora que lo evoco caminando a su lado esa noche bogotana, no puedo menos que agradecerle su generosidad y esperar que volvamos a leer algunos de sus libros, especialmente los escritos en esa primera impetuosa juventud. Otto Morales pertenece a una generacion de humanistas colombianos inolvidables, entre los cuales figuran Alvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo y muchos otros nacidos en los años 20 del siglo pasado. Todos ellos se caracterizaron por no crear distancias con los jóvenes e ir hacia ellos para leerlos e impulsarlos. Figuras como Otto Morales Benítez y los humanistas de su tiempo son los verdaderos pilares necesarios de la cultura colombiana. Gracias a esos pilares la casa no se derrumba del todo. En este repugnante caos actual, cuando desfallezcamos, invoquemos a Otto Morales Benítez y a esos pilares e inspirémonos en ellos.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 9 de agosto de 2020.

mardi 3 septembre 2013

GERMAN ARCINIEGAS: LA LONGEVIDAD DEL LADINO

Por Eduardo Garcia Aguilar

En su muy larga vida, Germán Arciniegas ha transitado por los países y las literaturas de América Latina como un interlocutor privilegiado. Para presentarlo a nuestros lectores, acudimos a Eduardo García Aguilar, colombiano de México, autor de la novela El viaje triunfal y de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis. (Publicado en La Jornada Semanal. México, el 9 de junio de 1996)
En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en las diversas trincheras de la intelligentsia latinoamericana de la última década del siglo XX, es refrescante celebrar la longevidad de un viejo demócrata, marcado por el ejercicio generoso del diálogo y la polémica. Este patriarca viajero, que tiene la edad del siglo, pertenece a una amplia generación de latinoamericanistas liberales que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía desde la independencia anegado en pobreza, luchas fratricidas y caudillismo.
Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo bolivariano: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela, José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México, Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana, José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú, Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaron las páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por el canto uniformizador de la gorda sirena tecnocrática, rellena de hamburguesas McDonald's. Al mismo tiempo, y sin necesidad de afirmarse, Jorge Luis Borges, más excéntrico y escéptico, se comía al mundo sin bandera.
Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes bestsellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tiene del primero, que era espantoso escritor, el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparten ambos la ligereza y la imaginación desbordada. Pero aquellos entusiastas años veinte y treinta de entreguerras parecen ahora más lejanos aún que los de la Independencia, pues los cambios sucesivos en la región y el mundo a lo largo del siglo confinaron el ingenuo ideario latinoamericanista o ladinoamericanista, como diría Arciniegas, a un extraño limbo, o cuarentena, que exige revisiones dramáticas por parte de quienes ensayamos y pensamos en este momento.
Ya Bolívar, en sus últimas cartas, entre la amargura del desprecio, expresó con lucidez escalofriante sus dudas sobre la posibilidad de redención del continente, convirtiéndose así en el primer decepcionado y único visionario apocalíptico. Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción, porque para el mundo actual no hay hombre más bobo que uno íntegro. Después de muchas décadas de aventura romántica, signada por la angustia de vivir entre la civilización y la barbarie, hombres como éstos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. Eran la contraparte absoluta del poeta maldito francés baudeleriano, imagen tuberculosa que por esas fechas languidecía en las cantinas a lo largo y ancho del continente, y del cacique ignaro que esgrimía su látigo en las plantaciones de banano o henequén. Jóvenes de bombín y cabello engominado, devoraban lo que venía del otro lado del mar sin caer postrados, como sus antecesores modernistas, en ciegas admiraciones de heliotropo, y trataban de poblar las aulas, cada vez más abiertas y modernas, con la búsqueda de una "identidad latinoamericana" que a veces condujo y aún conduce a tristes debates "bizantinos". La mayoría, como el derrotado Vasconcelos, uno de los prosistas más notables del siglo y cuyas Memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano­, terminaría vencida, en el exilio, apedreada, pateada, salvo Arciniegas, que siguió fiel a su entusiasmo.

Fue una derrota para ellos, pero por el lado de la creación los mismos años de caos se encargaron de unir el continente a través del delirio de la palabra narrativa, primero con la gran novela telúrica de los campos y las selvas, desde Rómulo Gallegos y Miguel Ángel Asturias hasta Arguedas y Guimaraes Rosa, más tarde con el barroco maravilloso de Alejo Carpentier, Lezama Lima y Severo Sarduy, y al final con el fresco de la pléyade del boom, con autores tan claves como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Juan Rulfo, entre otros. La palabra, que siempre se anticipa a los gobiernos, hizo estallar las fronteras sin necesidad de ejércitos a través de la poesía, la más agresiva trituradora de tradiciones y viejos sentidos. Neruda, Huidobro y Pablo de Rokha, César Vallejo, César Moro, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Enrique Molina, Álvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Octavio Paz y Gonzalo Rojas, entre otros, se encargaron de dinamitar esas paredes y dejaron a los políticos con sus discursos ajados.
A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largo de 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas de los tiempos de antes de la televisión, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de los héroes. Con él, los adolescentes descubrieron las maravillas de El Dorado, siguieron las gestas de Tupac Amaru y Los Comuneros, conocieron a fray Servando Teresa de Mier, a Bolívar, Flora Tristán y José Martí, y siguieron las proezas de película de los bucaneros del Caribe. Los más mórbidos supieron de la chiflada Gabriela Mistral en su delirio errante, o del maldito Porfirio Barba Jacob, cuyos huesos desenterró en México hace 50 años y llevó a Colombia en un avión, acompañado por Carlos Pellicer y León de Greiff.
Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental. Cosa extraña de la historia, tanto él como esa generación de discretos intelectuales civilistas que trabajaban en la primera mitad del siglo para sus gobiernos y peregrinaban cada año a París, en ese entonces capital cultural latinoamericana, fueron arrasados por el renacimiento de un neotelurismo literario que desplazó el interés por esa reflexión liberal. Tanto la religión marxista leninista como el neoconservadurismo nutrido de falange española y nazismo mandaron a estos hombres a un desván de sospecha: eran demasiado burgueses para los comunistas, y algo comunistoides y diabólicos para los conservadores. Tras la Revolución cubana y la gran histeria latinoamericanista subsiguiente, su discurso recibió el tiro de gracia, dejó de tener el arrastre de antes y los lectores se volcaron, según el gusto, ya sea en brazos del "realismo mágico" o de los catecismos de la guerra fría. Arciniegas, y otros intelectuales pasados de moda, vivieron décadas de ostracismo hasta que ahora, por fin, las nuevas generaciones de ensayistas tratan de restablecer un puente con ellos, para volver a "pensar" con calma y civilismo, y no con las llamas y la atractiva exuberancia ideológica de las últimas décadas. Esos liberales de entonces, como Sanín Cano, Reyes, Henríquez Ureña, Picón Salas, Sánchez o Uslar Pietri, se verían incómodos en esta lucha fratricida de fin de siglo entre la intelligentsia del libre mercado pro neoliberal, nostálgica de la guerra fría, y los "idiotas" que no están de acuerdo con ellos, tal y como los define un reciente libro titulado Manual del perfecto idiota latinoamericano (1) , cuya contraparte, también absurda, bien podría titularse Manual del perfecto hideputa latinoamericano. ¿No es preferible entonces el discurrir de ese liberal generoso, poco dado a las descalificaciones y a veces pleno de humor y alegría, al discurso encendido, maniqueo, egoísta, lleno de odios y anatemas de quienes mandan al ostracismo a los que no piensan como ellos?
Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dado voz especial a la anécdota para sentarse en los laureles de la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos. Así lo reconoció el joven Gabriel García Márquez en su columna del Heraldo de Barranquilla, en 1952, al decir que sólo un escritor como él, "que lo acostumbra a uno a tratar con familiaridad a los personajes más inaccesibles y remotos, podía ponernos en camino de hacer las paces con los viejos intrépidos bandoleros del mar". Es obvio que en la actualidad se cuenta en la región con una disciplina histórica y crítica más rigurosa, y que los episodios de nuestro santoral patriótico, literario y político, se revisan con mayor lucidez y exactitud, pero también es cierto que este viejo patriarca cometió un pecado maravilloso que bien puede perdonársele: lo devoró la ficción y la imaginación desbordada, tal vez el deseo secreto de unas novelas que no pudo escribir.
Este prosista y sus afines polígrafos, que nadaron entre el ensayo, la ficción y el discurso, pueden contribuir en estos momentos a una revisión más amable de las discrepancias continentales, cuando grados indecibles de pobreza, enfermedad y analfabetismo vuelven a la región ante la mirada egoísta e indiferente de la mayoría de sus castas intelectuales, hipnotizadas por el progreso y el camino hacia la quimera del Primer Mundo. El discurso de Arciniegas en todo momento estuvo marcado por la búsqueda de la democracia y la tolerancia, una "defensa constante de los valores democráticos, una prédica que puede resultar monótona si la miramos en la larga duración de sus 70 años de escritor público", según nos dice Juan Gustavo Cobo Borda en el prólogo de la reciente recopilación de sus principales páginas bajo el título de América Ladina (FCE, México, 1993). En sus mejores libros, América, tierra firme (1937), Los comuneros (1938), Este pueblo de América (1945), Biografía del Caribe (1945), Entre la libertad y el miedo (1952), Amérigo y el Nuevo Mundo (1955), El mundo de la bella Simonetta (1962), El continente de los siete colores (1965) y América Mágica (1959), Arciniegas reivindica el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. Y aunque la realidad lo contradice a veces, exalta la vocación democrática de la región frente a los horrores coloniales del Viejo Mundo, y protesta a los 90 años de edad ante el gobierno colombiano porque éste aceptó que la celebración de los 500 años se hiciera con un emblema adornado por la Corona española. Sus textos son un homenaje a los hombres humildes, a los labriegos, a las mujeres que abrieron con sudor los nuevos surcos, y una diatriba permanente contra los poderosos y los tiranos, llámense Juan Vicente Gómez o Fidel Castro.
No deja por supuesto de ser difícil una lectura en este fin de siglo de muchos de sus textos de ocasión, pero el mérito mayor de Arciniegas es que no se dejó devorar por ellos y emprendió obras más ambiciosas, para romper con la tradición devoradora del diarismo. El periodismo y la política fueron y son los cementerios más terribles del talento latinoamericano, pero Arciniegas, que fue ministro y diplomático, logró sacarle el cuerpo a ambos con esa alegre irreverencia que aún hoy no cesa, la alegría del "estudiante" eterno que reivindicó en su primer libro famoso.
Al lado del venezolano Uslar Pietri y otros muchos moderados, Arciniegas nos incita a pensar y a escribir sobre los rumbos de este ámbito hispanoamericano, a escrutar sus mitos y mentiras, sus fanfarronadas y cursilerías, sus tragedias y hazañas, porque sólo así se pueden conjurar los fantasmas del silencio y la intolerancia. Su preocupación por las injusticias de los viejos y los nuevos tiranos nos indica además que, por desgracia, la historia no concluye y se avecina para el continente un siglo aún más oscuro que éste. Los héroes y ejércitos rebeldes de hace siglos, que parecían caducos y que en sus obras figuraban como muñecos de guiñol o soldados de plomo, vuelven a surgir de las ruinas de una modernidad cuyos tiranos no tienen ya charreteras sino corbatas y en vez de carrozas, autos blindados.
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(1) Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, Manual del perfecto idiota latinoamericano, Plaza & Janés, México, 1996.