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samedi 22 juin 2024

PIEDAD BONNET, EN LA ANTESALA DEL CERVANTES

Por Eduardo García Aguilar

El premio Reina Sofía de poesía 2024, antesala del Cervantes, otorgado a Piedad Bonnet, es una muy buena noticia para Colombia y Latinoamérica, primero porque premia una vasta obra poética y narrativa sostenida a lo largo de las décadas, que se inscribe dentro de la corriente vitalista, íntima y autobiográfica, iniciada antes por la llamada Generación desencantada, que renovó el ejercicio poético del país en los años 70 y fue encabezada entre otros por los ya fallecidos María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda.

Los grandes premios hispanos creados en la transición democrática surgida después del fin de la dictadura franquista en España han sido muy esquivos para los autores colombianos, por lo que este galardón a Bonnet abre el camino a otros reconocimientos, pues están en plena actividad varias generaciones de autores de altas calidades y vastas obras. Hasta ahora solo había obtenido el trio de premios consagratorios Reina Sofia, Asturias y Cervantes, el gran Álvaro Mutis, autor de la celebrada Summa de Maqroll el Gaviero y la posterior saga narrativa. 

García Márquez avisó desde temprano que no le interesaba el Premio Cervantes, pues ya había ganado el Nobel y desde entonces el costeño rechazó todos los galardones que le ofrecían a cántaros. Otros países con instituciones culturales más sólidas y ancladas diplomáticamente en Madrid promocionaron a sus autores, logrando premios sucesivos para los suyos en los casos de México, Chile, Uruguay y Argentina, mientras Colombia toda seguía encerrada en el autismo, mirándose siempre el ombligo canceroso de su Violencia.

Ya era hora de que se abriera una puerta a Colombia en Madrid y el galardón recae para nuestro regocijo en una autora de mi generación, la que se ha venido llamando la Generación Sin Cuenta, de nacidos en la década del medio siglo, compuesta por decenas de autoras y autores con sólidas obras poéticas, narrativas y ensayísticas.

Muchas veces lejos de los reflectores, discretos, muchos de estos autores, como la propia Piedad Bonnet, han vivido este medio siglo en plena actividad sobreviviendo en el país a varias oleadas de atroces deflagraciones de violencia propiciadas por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares, junto a las actividades ilegales del Ejército y los servicios secretos que contribuyeron también al exterminio de generaciones de luchadores sociales y cuyo culmen de horror fue el episodio del genocidio de los famosos falsos positivos, cometido apenas hace una década.

Piedad Bonnet y otros autores de su generación Sin Cuenta han estado ahí en medio de la guerra y la algarabía de la politiquería corrupta mostrando valor y estoicismo admirables, escribiendo contra viento y marea, resistiendo en un mundo donde la cultura fue perdiendo cada vez más su protagonismo para ser reemplazada por la codicia del arribismo, el dinero y la pulsión necrófila. En universidades y centros culturales situados casi en las catatumbas, ellos han mantenido el fuego de la palabra en Colombia, atizando con su aliento las llamas para que no desaparezcan dejando un rastro de cenizas.

En sus poemas y narraciones, Bonnet ha abordado la vida íntima, cotidiana, el desamor, la locura, la soledad y ha tenido el valor de asumir la tragedia personal en uno de sus libros autobiográficos más leídos, Lo que no tiene nombre (2013). Los lectores encuentran en su palabra un bálsamo o al menos una compañía para seguir en el camino de la vida.

Bonnet nació en Amalfi (Antioquia), pero siempre ha vivido en la capital, donde se ha desempeñado como docente en la Universidad de los Andes y otras instituciones. También ha escrito piezas de teatro y representado al país en congresos, festivales de poesía y ferias del libro internacionales. 

La he visto desde hace mucho tiempo en diversas jornadas de literatura colombiana celebradas en la Ciudad de México hace más de tres décadas, cuando aún estaban vivos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis y con ella y otros amigos  recorrimos las calles de ese país que siempre nos ha acogido con afecto, guiados tal vez por el fantasma de Porfirio Barba Jacob, el poeta que para Octavio Paz era un “modernista rezagado”.

Pero también la he visto en plena actividad en encuentros poéticos en Colombia, como ese cónclave latinoamericano inolvidable organizado a principios del siglo en el Instituto Caro y Cuervo, propiciado por su director Ignacio Chávez, al que asistieron entre otros Ida Vitale, Carlos Germán Belli, Óscar Hanh, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Meira del Mar, Juan Manuel Roca y Pedro Lastra.

O sea que el Premio Reina Sofía a Piedad Bonnet es un galardón que celebra la actividad poética colombiana de este reciente medio siglo, ejercida en las catacumbas del país, mientras afuera hacen de las suyas los bandidos y los asesinos. Que venga el tiempo de releer a tantos poetas secretos colombianos, hombres y mujeres que en todos los rincones del país no dejan morir la llama de la poesía.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de junio de 2024.


lundi 29 mai 2023

EL CENTENARIO DE MANUEL MEJÍA VALLEJO

 Por Eduardo García Aguilar

El 23 de abril, día del Idioma, se celebró el centenario del natalicio de Manuel Mejía Vallejo (1923-1998), escritor antioqueño ganador de los premios Nadal y Rómulo Gallegos y una de las figuras más importantes de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX. En esta oportunidad no voy a hablar de su obra, sino de los momentos en que tuve la oportunidad de compartir con él en Guadalajara y Medellín.

Debo decir que la literatura colombiana en aquellos momentos tenía un carácter más humano, convivial y menos competitivo y comercial de lo que ocurre en este primer cuarto del siglo XXI, donde la mayoría de los autores, hombres y mujeres, viven una avorazada carrera por el éxito y la fama y producen como conejos obras a destajo para estar presentes en el panorama efímero de las ferias y las librerías.

Por eso no es extraño que a los de nuestra generación, la Generación Sin cuenta, como se le suele llamar, hubiésemos tenido la oportunidad de compartir con los grandes maestros del aquel tiempo, pero no como vasallos o intimidados discípulos, sino como amigos y compañeros de mesa y ebriedad.

El gran escritor contemporáneo Juan José Hoyos ha escrito hace poco una magnifica crónica de como conoció a los 20 años a Manuel en su casa de Medellín, a donde había ido para entrevistarlo, pero que el final se convirtió en otro partícipe de esas charlas humanas donde el escritor, antes de posar, vivía y contaba la vida y la literatura al calor de los rones y el cántico de los pájaros, el ladrido de los perros y el treno crepuscular de los grillos. 

Juan José Hoyos hace un retrato magistral de Mejía Vallejo como un ser humano antes que todo, escritor que según él sería regional en el mejor sentido de la palabra regional, como lo fueron en su tiempo Tomás Carrasquilla y tantos otros de la humanidad como las hermanas Bronte, Benito Pérez Galdós, León Tolstoi, Mark Twain y William Faulkner. Sus palabras me han conmovido porque igual que él, quien es de mi generación, tuve también la fortuna de conocerlo de cerca.

Primero durante una visita a Medellín cuando vivía en México y acababa de publicar mis primeras novelas Tierras de leones y Bulevar de los héroes en la capital mexicana y llegué allí a participar en el famoso taller que él impartía en la Biblioteca Piloto de Medellín.

Como suele ser para todo escritor que publica sus primeras novelas cuando está en la flor de sus treinta años, siempre los mayores te reciben con el afecto hacia lo que ellos consideran escritores promisorios que les recuerdan los tiempos en que ellos lo fueron y por eso les abren las puertas y la amistad con la generosidad del tiempo ido. Así era también su contemporáneo y amigo Alvaro Mutis, que antes que autor era un amigo para quien la vida contaba antes que cualquier vanagloria. Y también así fueron Manuel Zapata Olivella y Fernando Charry Lara.

Manuel Mejía Vallejo me recibió en un salón aledaño al escenario desde donde impartía el taller. Como siempre vestía de traje y tenía esa figura de bigote y cejas pobladas que caracteriza a nuestros ancestros de las tierras antioqueñas crecidos con la frente despejada, un pie en las montañas y otro en los valles y las ciudades crecientes, nutridos de naturaleza, viajes a caballo, excursiones por ríos y quebradas, trochas y precipcios, y sesiones de guitarra y alcohol en fondas a la vera del camino, como en el famoso poema de León de Greiff, cuando dice que "en el alto de Otramina, pasando ya para el Cauca, me encontré con Toño Vélez en qué semejante rasca".

De esa misma estirpe era el maestro Fernando González, autor del bello libro Viaje a pie, donde cuenta sus aventuras de viaje acompañado del padre de Estanislao Zuleta a través de la cordillerra central, por donde llega a Manizales desde el norte cuando nuestra urbe estaba en plena reconstrucción tras los devastadores incendios y emergía la gigantesca catedral que entonces era para él un inmenso molar de cemento abierto en la cumbre.

Una hora antes de la salida al esenario, Manuel sacó una botella de Ron Antioqueño y empezó a servirme las mismas dosis que él bebía, de modo que al iniciarse el acto estaba prendidísimo y mucho más que él, veterano en esas lides. No sé lo que dije aquella tarde, pero sin duda los efectos del ron debieron sacar del fondo del alma de un escritor en formación los secretos más profundos. Vi por esos días en Medellín a otros dos grandes narradores amigos, Darío Ruiz Gómez y Fernando Vallejo, que son de la misma estirpe que Carrasquilla, González y Mejía Vallejo y con todos ellos compartí en la capital antioqueña horas inolvidables.

Otra vez volví a verme con Manuel en la Feria Internacional del libro de Guadalajara, que estaba dedicada a Colombia. Como era una feria aun naciente, cuando Manuel llegó a la capital de Jalisco no había habitación ni para él ni Fernando Cruz Kronfly, por lo que tuve que mover cielo y tierra con los mexicanos para solucionar el problema y evitar que durmieran ambos en los sofás del lobby del hotel. Fue una anécdota divertidísima. Después todos caminabamos felices por las soleadas calles de Guadalajara al calor del tequila y Manuel siempre estaba allí comandándonos  a todos con el aura marvillosa que aun tiene desde el más allá a cien años de su nacimiento.


  



lundi 9 mai 2022

EL NADAÍSTA X-504

Por Eduardo García Aguilar


El nadaísta Jaime Jaramillo Escobar (1932-2021), conocido en sus inicios como X-504, estaba ahí entre nosotros pero pocos, solo los más entendidos, se daban cuenta porque en Colombia se cree en estos tiempos de narcos y arribistas que la gran literatura del país es la que más vende y produce best sellers o algarabía de lagartos y aspavientos comerciales de egos hinchados de machos alfa. Él, fiel a los pueblos donde nació y creció como hijo de maestro de escuela, y a su pasión por la naturaleza y la vida, no estaba buscando homenajes ni invitaciones ni reconocimientos porque su obra estaba ahí, viva, luminosa y palpitante.

El gran poeta Alvaro Mutis era uno de sus principales admiradores y recomendaba siempre libros suyos como Los poemas de la ofensa (1968) y Sombrero de ahogado (1991), porque la poesía suya era libre y un gran océano de palabras ciertas. Mutis había recibido antes de que se volviera famoso en México y en el mundo el premio Cassius Clay que otorgaban los nadaístas, porque ellos a su vez detectaron en la poesía del creador de Maqroll el Gaviero a otro de los suyos, en cuya obra circulaba la vida y el oxígeno del universo en conexión con el deseo, la podredumbre y la muerte.

Por eso Mutis no perdía oportunidad de recomendarnos en los años 80 a los poetas jóvenes que agotábamos las calles de la Ciudad de México la poesía de este libertario que como él había sido publicista, vendedor viajero, empleado puntual y amante de la tierra caliente, los ríos, la vegetación y el ambiente de los pueblos y las carreteras del país donde se encuentran nómadas, marginados, locos, expresidiarios, maleantes o iluminados de ambos sexos.

Ya en los 70, los adolescentes de los colegios conocimos su poesía o queríamos escribir como él. Como un Matuselén este gran líder de los nadaístas al lado de Gonzalo Arango y Jotamario, entre otros, que nunca renegó del nadaísmo, nos soprprendía cada año con nuevos libros o declaraciones irreverentes que diferían del mundo pomposo y melifluo donde siempre ha preferido estar presa la literatura oficial. Su obra estaba caracterizada por poemas río que fluían caudalosamente por los paisajes de la cordillera, las habitaciones de modestos hoteles o las calles locas de las urbes o los pueblos.

A diferencia de una tradición muy apegada a los cánones decimonónicos y al buen decir del maloliente casticismo de las Academias, o sea el escribir bonito y respetar de manera juiciosa y servil reglas y modelos, la obra de Jaramillo Escobar era rebelde y se salía del cauce para conectarse con las mejores poéticas latinoamericanas libres, que por lo regular se han ejercido en Brasil, Chile, Perú y Centroamerica, abriéndole ventanas al poema para liberarlo de los cinturones de castidad, los corsés, las cadenas de espinas de la tradición. 

Cada poema de Jaramillo Escobar nos invitaba a seguir con él por el camino practicado por los viajeros que de pueblo en pueblo son vigías errantes que todo lo ven y lo captan, el llanto y la alegría, el deseo y la podredumbre, la voz de los de abajo y los sacolevas infectos de los de arriba, las catástrofes y los carnavales. Al leerlo nos invitaba a convertirnos en ermitaños risueños como Diógenes. 

Gonzalo Arango dijo:  “de X-504 se dice que es el mejor poeta de nuestra tradición nadaísta (con perdón de los otros mejores). Es silencioso como un secreto; misterioso como una cita de amor; solitario y profundo como un río profundo. Su seudónimo de placa de carro se debe a su deprecio por la popularidad, y también para que su patrón no lo echara del puesto al enterarse de que era poeta, y además nadaísta”. (*)

Así era el poeta, lejos de la codicia de la fama y de la gloria, lejos de las intrigas literarias, la competencia, gestor durante tres décadas de un taller poético de la Biblioteca Piloto de Medellín, un "raro" que era una de las voces vivas más grandes de la literatura colombiana, al lado de tantos autores de su generación y de otras posteriores que nadie ve porque están ahí firmes viviendo la literatura sin aspavientos ni amarguras, con una sonrisa generosa al aire frente al paisaje y el misterio y la maravilla de vivir. Por eso decía que "la errancia es la única forma de despistar al tiempo. Meter al tiempo en el laberinto de nuestra errancia". 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de septiembre de 2021. Y en La Otra revista. México. 1 de octubre de 2021.
* El poeta X-504 nunca renegó del nadaísmo y la frase definitoria es del profeta Gonzalo Arango (Jotamario dixit).
- Foto tomada de El Espectador.

El FANTÁSTICO UNIVERSO MUSICAL DE PABLO MONTOYA

Por Eduardo García Aguilar

Antes de terminar el siglo XX y cuando se hacía la cuenta regresiva de las semanas, días, horas y minutos que nos separaban del siglo XXI, Pablo Montoya (1963) deambulaba por las calles del barrio existencialista de Saint Gernain des Prés, donde reinaron Miles Davis, Boris Vian y Juliette Gréco, cubierto por un gabán azul oscuro y una bufanda escocesa que lo protegían de las fuertes ráfagas del frío otoñal.

En ese entonces, antes de los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York, las guerras posteriores, los vertiginosos cambios culturales que sacudieron al mundo e imprimen a la existencia una velocidad desbocada y angustiante, la vida literaria era trepidante en ese barrio donde estaban las sedes de las grandes editoriales y las principales librerías, universidades e institutos de élite. Nos encontrábamos felices en las presentaciones de nuestros libros y de los amigos en la Casa de América Latina y aun estaba vivo Miguel de Francisco, el último barroco colombiano, literario hasta el sacrificio. Después desaparecieron una tras otra las tradicionales librerías hispánicas y América Latina y sus escritores pasamos de moda.   

Montoya ya había estudiado música en Tunja, fría ciudad colombiana donde vivió intensos años de aprendizaje estético y desde hacía cierto tiempo proseguía sus estudios literarios en la Universidad de la Sorbona Nueva, donde trabajaba con ahínco la obra de Alejo Carpentier y revisaba con notables maestros la historia de la literatura latinoamericana desde el modernismo de Rubén Darío, hasta la explosión del boom, pasando por las vanguardias y el realismo social de la primera mitad del siglo XX, marcada por las obras de Jose Eustasio Rivera, Horacio Quiroga, Vicente Huidobro, César Moro y José Vasconcelos.

Si Rubén Darío hubiese sido su contemporáneo, hubiera incluido a Pablo Montoya en su colección de raros literarios, esos personajes que al final del siglo XIX se rebelaron contra la industrialización y la terrenalidad imperantes para refugiarse en lejanos mundos desparecidos, continentes perdidos y épocas extrañas que como Grecia, Roma y Bizancio o el Renacimiento, vibraban con locura en los arcanos de la perfección estética, el pensamiento cósmico, teológico y alquímico, las imágenes pictóricas de los grandes maestros italianos o la música que se interpretaba en los palacios de la nobleza.

Raro es Pablo Montoya, pues como Baudelaire, Joris Karl Huysmans, Georges Rodenbach, Marcel Schowb y Barney D'Aurevilly y otros decadentes, recorrió con pasos rápidos las húmedas callejuelas del Barrio Latino, enfundado en su gabán y proyectando una luz de láser a su alrededor con una mirada de iluminado, poseído por la irrefrenable sed del ojo. Montoya es y ha sido un estudiante esencial y como tal en esos años crepusculares seguía escribiendo en secreto los textos y relatos que ya creaba en Colombia, nutriéndose de sus lecturas, los profundos estudios musicales y pictóricos, y de la amada París que compartíamos todos.

Él siempre ha escrito desde la música y para la música. Su obra vibra en los escenarios donde suenan todos los instrumentos, incluso los fabulosos y quiméricos que inventa su imaginación. En el magnífico libro la Sinfónica y otros cuentos (1993), que incluye varios de sus más logrados relatos, Montoya nos introduce de lleno en el fantástico universo musical que irriga toda su obra, presentándonos personajes poseídos por el ansia del arte y devorados por una fuerza creativa que los lleva a construir instrumentos quiméricos que sacuden el cosmos.

Uno a uno empezó a publicar sus primeros libros en diversas editoriales independientes en medio de la soledad de quienes salen de su tierra para desandar en la diáspora lejanos países desconocidos y grandes ciudades donde en cada cuadra viven como anónimos muchas glorias de la literatura, el arte y el pensamiento y donde se rinde memoria en placas y estatuas a figuras inolvidables del pasado que como él fueron habitantes anónimos de París, la ciudad de las universidades medievales a donde vino una vez Gargantúa de la mano de su inventor Rabelais.

Montoya tiene un lugar en ese mundo de los raros iluminados por la literatura, hijos y hermanos de Gérard de Nerval que van siempre cargados de libros en sus bolsillos y se detienen junto a un farol a contemplar con intensidad los visos de la luz sobre las aguas del entrañable río Sena, o se sientan a contemplar desde el parque que rodea a la antigua iglesia Saint Julien Le Pauvre, presente ahí desde el siglo XII, las estructuras igualmente antiguas de Notre Dame de París, iluminada por los haces intermitentes de luz de los barcos modernos que cruzan bajo los puentes.

Cuando uno lee los cuentos y relatos de Pablo Montoya vuelve a visitar las callejuelas y los rincones de la ciudad que se bebió muy joven de un solo sorbo como si fuera un elíxir sagrado, por lo que a veces sus personajes jóvenes y errantes del mundo moderno se ven atrapados por un pasado desconocido que los devora como en ese escalofriante relato El agua es fuego mojado, de su libro Razia (2001).

En estos cuentos y relatos de iniciación escritos con el alma altiva del estudiante de literatura, Montoya vive la realidad contemporánea con sus luces de neón, pero a su vez se ancla en los lejanos mundos del desterrado Ovidio o el maldito Baudelaire, en las imágenes de los grandes maestros de la pintura que lo inspiran para explorar otros siglos y visitar las cabañas bucólicas de los románticos alemanes o los mundos nuevos recién descubiertos por aventureros en el Nuevo mundo, cuando no las tabernas de paso que visitaron Propercio, Petronio o Apuleyo.

En sus textos se alterna la presencia de su tierra de origen con los mundos antiguos sumidos en las atroces guerras territoriales o de religión. Sus personajes son marginales de hoy que deambulan por la explanada del Centro Pompidou bebiendo cerveza Heineken y en la ebriedad renacen en medio de una guerra de sectas entre hienas que los llevan al suplicio. Viven en la miseria y hacen el amor en las buhardillas del séptimo piso, pero sueñan en palacios renacentistas.

En Habitantes (1999), Montoya explora los misterios de las urbes donde los individuos son triturados o cargan penas o tragedias innombrables, como el misterioso conductor de un bus que viaja por el tiempo y acoge en el periplo soldados en plena lujuria o ancianos recién fallecidos, o el aseador desamparado errante que deambula por túneles herrumbrosos poblados de detritus y alimañas invencibles, o el músico solitario que inventa instrumentos y obras imposibles y después de darlo todo en busca de la perfección rompe las partituras y las lanza al viento.

El pintor acosado, la muchacha desnuda, el transeúnte, el cartógrafo, el arquitecto, el cerrajero, el lector, el mimo triste, la prostituta, el escritor, la mecanógrafa abandonada, son algunos de esos personajes que pinta Montoya a medida que son atrapados por la urbanización devoradora de la metrópoli.
Todos estos relatos de primera juventud son un homenaje al estudiante que se devora el mundo con la mirada y el corazón y escribe para nada y para nadie en la más absoluta soledad.

HACIA UNA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA

 Por Eduardo García Aguilar

Uno de los efectos más nefastos que provocó el unanimismo ideológico colombiano de ultraderecha vivido en la primera década del siglo XXI, fue el posicionamiento hegemónico del sermón paisa como centro de la literatura colombiana, retrocediéndonos de súbito a los tiempos de antes de Tomás Carrasquilla y Baldomero Sanín Cano. Así como el realismo mágico cortó de tajo las experiencias modernas de las generaciones de las revistas Mito y Eco y sus discípulos, decapitando dos generaciones de autores modernos, podría decirse que el neo-costumbrismo paisa de carriel y poncho se impuso en esta década a la par que la cantaleta presidencial, junto a otras literaturas soeces de tetas y paraísos, nutridas por el hampa nacional.

El éxito desmesurado de las confesiones autobiográficas o los relatos costumbristas de algunos escritores antioqueños y de otras partes del país, son una muestra de esa extraña seducción ejercida entre los lectores por el discurso arcaico, moralista y autoritario, mezcla de los viejos chistes de Cosiaca y Montecristo, con la energía incendiaria de Monseñor Builes, la charlatanería deschavetada y sin ton ni son del maestro Fernando González y el habla criminal de los malevos y "pirobos" de barriada.

Al público le atrae las lecturas fáciles, o sea obras que se leen de un tirón y seducen porque nos afirman en las taras culturales de las que venimos y que en el caso colombiano son el discurso violento y soez, la injuria gratuita de connotación sexual y cierto aire de moralismo misógino de sacristía. Ese discurso narrativo y oratorio, a veces homicida y fascistoide, se caracteriza asimismo por un autismo ignorantón y autodidacta que niega todo debate y se basa en anatemas y chistes de mal gusto en torno a los cuales no puede haber discusión alguna.

Los libros más vendidos en esta década en Colombia para alegría de las editoriales españolas que se impusieron aquí, fueron en general representantes de ese discurso, obras que rápidamente pasaron al cine o a la telenovela, que a su vez es un género reproductor de las taras culturales, una forma espléndida para mantener el statu quo entre la población alienada por la violencia, como ha ocurrido desde México hasta la Patagonia.

Ese auge de la literatura coloquial autobiográfica basada en la injuria y lo soez, así como sus variantes imaginativas sicarescas o burdelescas, fue un fenómeno que ya comienza a ser analizado por críticos lúcidos como la contraparte de la hegemonía política reinante en esta era atroz de miedo que ha vivido el país en las últimas décadas y que llegó a su culmen en la primera década del siglo XXI con el experimento caudillista que estuvo a punto de quedarse.

Esos best-sellers coloquiales o autobiográficos paisas, costeños o bogotanos que tanto se vendieron en los últimos dos lustros en Colombia circularon sin límite a lo largo del país, invadieron las bibliotecas oficiales y se impusieron como lecturas obligadas en las escuelas y universidades, haciendo desaparecer de librerías y bibliotecas a dos generaciones muy importantes de escritores e intelectuales post-macondianos.

Me refiero a las generaciones de autores que se iniciaron bajo la influencia de la gran revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán, y publicaron desde los años 60 y 70 del siglo pasado en revistas como Letras Nacionales y Eco y en muchos suplementos literarios de diarios nacionales y de provincia que desaparecieron para siempre en esta última década, dando paso a secciones vacuas de entretenimiento y ocio. En esas generaciones figuran autores tan importantes como Nicolás Suescún, Germán Espinosa, Fernando Cruz Kronfly, Darío Ruiz Gómez, Óscar Collazos, R. H. Moreno-Durán, Ricardo Cano Gaviria y Roberto Burgos Cantor, entre otros muchos, cuya obra debería ser rescatada y estudiada y vuelta revisar como muestra de una era en que la literatura y el pensamiento modernos reinaron en Colombia sin saber que pronto el desierto de la mediocridad terminaría por imponerse en la prosa.

Esas generaciones fracasadas se conectaron con la modernidad, tendieron puentes en Colombia con el pensamiento mundial, y ejercieron la literatura como una actividad polígrafa donde no sólo brillaba la narrativa, sino también el ensayo, la poesía y la reflexión ponderada y profunda sobre los problemas de la época. Ellos dieron su vida por la literatura, pero se equivocaron y fracasaron todos porque el país quedó en manos de las mafias del narcotráfico, los paramilitares, el dinero fácil, el arribismo y los políticos corruptos de cuello blanco que manejaban sus intereses y cooptaron el palacio presidencial y el Congreso, dominándolo todo con su ominosa sombra de frívola mediocridad anti intelectual a través de medios de comunicación hechos a su imagen y semejanza.

La confusión, en la que cayeron los departamentos de literatura de las universidades o las oficinas oficiales de cultura, surgió de creer que por el sólo hecho de que un libro es éxito de ventas adquiere ya para siempre el carácter de obra significativa y canónica. Eso está claro en otras regiones del mundo, pero en un país como Colombia, con espacios culturales tan reducidos por el miedo y la mediocridad ambiente y la falta de crítica y de editoriales universitarias o privadas que no tengan como único objetivo el lucro fácil y rápido, los best sellers se volvieron la referencia obligada fuera de lo cual no había nada.

En esta última década esa literatura fácil nos retrocedió a los tiempos de antes de José Asunción Silva, José María Vargas Vila, Tomás Carrasquilla y Baldomero Sanín Cano. La novela De Sobremesa de Silva sería una obra moderna hoy en Colombia en la era de la sicaresca, el genial Tomás Carrasquilla fue un gran autor que estuvo al tanto de las corrientes de la literatura moderna europea y su lenguaje era creativo, contemporáneo de James Joyce, así como lo era el de su coterráneo el ensayista antioqueño y cosmopolita Baldomero Sanín Cano, que debe estar retorciéndose en su tumba al leer a sus descendientes del siglo XXI. Y en lo que respecta al pobre Vargas Vila, sus anatemas para asuntar monjitas fueron atrevidos y peligrosos en su época, pero aplicados hoy por la literatura paisa dominante son realmente patéticos.

La literatura antioqueña que triunfó en la larga era del caudillo como contraparte de su cantaleta diaria, siguió sentada en sus laureles fáciles, repitiendo y rindiendo culto no sólo a la traquetocracia sino al maestro Fernando González, convertido ahora en una especie de deidad, pero cuyo discurso caótico de sabelotodo a veces exasperante ya no resiste lecturas contemporáneas. Pero al menos él fue original.  Superar por fin ese discurso arcaico y sacristanesco de la conservadora sociedad antioqueña, camandulera, violenta y machista, es una tarea fundamental de la literatura colombiana de hoy en esta nueva era que se inicia en 2010, después de una década de oscurantismos políticos y literarios de todo pelambre. 

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Publicado en La Patria, 2-V-10

* En la foto el humorista Cosiaca.

jeudi 31 mai 2012

FERNANDO VALLEJO, EL ULTIMO NADAÍSTA


Por Eduardo García Aguilar
Cuando vi por primera vez a Fernando Vallejo, éste era un señor cegatón y muy feo que acababa de terminar la biografía de Porfirio Barba Jacob, cuyo centenario de nacimiento se celebraba en 1983. El cónsul de Colombia en México nos invitó a su casa de Coyoacán para hablar de los respectivos proyectos, siendo el mío en ese entonces la minuciosa recopilación de la obra periodística del poeta, publicada finalmente en el Fondo de Cultura Económica con el título de Escritos mexicanos.
Vallejo vivía como siempre en la calle Amsterdam con su enorme perra Bruja, un piano, muchos cuadros y esculturas, muebles antiguos y el caballeroso escenógrafo mexicano David Antón, con quien ha compartido su vida a lo largo de cuatro décadas.
Ya había terminado también el titanesco libro Logoi, elaborado para aprender a escribir y emprendía en el total anonimato la escritura de su saga novelística de carácter autobiográfico. Como nadie lo situaba ni en México ni en Colombia entre los escritores de futuro, tuvo que publicar la biografía de su paisano poeta y sus dos primeras novelas con plata de su propio bolsillo, aplicándose él mismo a buscar las ilustraciones para la portada, elaborar el diseño y corregir las pruebas.
Con mucha frecuencia Fernando nos invitaba a su casa a largos almuerzos de donde todos salíamos muy ebrios de tanto vino y cognac. Eran reuniones alegres donde se hablaba de todo sin pretensiones de ninguna clase, porque quien recibe hoy el premio Internacional de la Feria Internacional de Guadalajara es y ha sido siempre alguien desprendido de todas las vanidades literarias del mundo.
Suelen los escritores y los artistas en general luchar a lo largo de su vidas por obtener honores y escalar posiciones en la clasificación boxística de la literatura e hincharse de vanidad como pavos reales cuando obtienen premios o reconocimientos, pero en el caso de Vallejo eso no es posible porque sabe que vamos al hoyo y al olvido.
Como los viejos sabios cascarrabias de la historia, Vallejo ha vivido con resignación el hecho de existir en el mundo y dejado transcurrir el tiempo veloz que tarde o temprano cesará de ser su vehículo viajero. Descree profundamente de los seres humanos, pero es buen amigo y noble y servicial si es el caso como lo pueden ser los sencillos campesinos de su estirpe antioqueña.
Vallejo emprendió en México primero la factura de varias obras cinematográficas y luego la escritura de sus memorias para tratar de exorcizar el horror de haber nacido en Colombia, país tan injusto y terrible que le parece una version aún más atroz de los círculos infernales de Dante, donde siglos de guerra y sangre y abuso generalizado han dejado huellas indelebles de dolor, frustración y amargura en la gran mayoría de su hijos.
Pero su diatriba va más allá y se vuelve universal al cruzar las fronteras de su patria y emprender el juicio verbal no sólo contra la tierra natal sino contra la familia misma, estructura monstruosa donde según él se originan todos los odios y pulsiones criminales, y contra la Iglesia y la religión, que cimentan los horrores que hierven en sancrosantos hogares y patrias.
Fernando Vallejo, tal vez sin quererlo ni saberlo, es uno de los principales representantes del movimiento nadaísta colombiano, apadrinado por su mentor y precursor Fernando González y fundado desde Antioquia por el profeta Gonzalo Arango y sus jóvenes discípulos surgidos en las barriadas de las ciudades colombianas a finales de la década del 50, cuando aún humeaba la sangre fresca y caliente de la Violencia.
Todo en Vallejo es puro Nadaísmo. Nadaísmo en el vestir, hablar, perorar, gritar, rebelarse contra todo y contra nadie y en el amar sin límites a los animales, para él seres más confiables y nobles que los hombres y a quienes ha destinado las ganancias de sus premios y regalías editoriales. Nadaísta en su desprendimiento y nadaísta en su descreimiento, porque como decía su también paisano León de Greiff « todo no vale nada si el resto vale menos ».
Y aunque Vallejo haya destinado miles de páginas a atacarla y denunciarla con ferocidad, la Iglesia católica permea su obra y su ser como esencia de la que nunca podrá liberarse. La ideología profunda subyacente en su escritura es el anarquismo católico que en otros tiempos practicaron autores tan polémicos como D’Annunzio y Georges Bernanos e incluso José María Vargas Villa, que en el fondo fue sólo un cura laico traumatizado por la misma religión anclada en las montañas aisladas de Colombia.
Cuando los nadaístas pisaban hostias y escandalizaban frente a las iglesias, arrastrando tras ellos a jóvenes que se rebelaban contra la familia, la religión y la patria, actuaban como seminaristas rebeldes desde el fondo de la cultura antioqueña que ha moldeado parte de los imaginarios colombianos, excepto tal vez en las costas Atlántica y Pacífica donde por fortuna reinaron el animismo y los ritmos africanos.
Tuve la alegría de conocer los primeros manuscritos de sus obras, cuando Fernando no figuraba en ninguno de los catálogos de la literatura colombiana contemporánea y mucho menos en las listas de los nadaístas. Y poco a poco, a medida que fueron publicados, sus libros sedujeron a los colombianos, como antes sedujeron los poemas nadaístas y las novelas de Gustavo Alvarez Gardeazábal, porque son gritos generales contra la cultura blanca, católica, hispana, neurótica, señorial y autista de las montañas colombianas. Con Vallejo el nadaísmo gana y por eso puede ya bajar tranquilo al sepulcro.