vendredi 26 mai 2023

ACEVEDO GONZÁLEZ ENTRE LA BRUMA

Por Eduardo García Aguilar


Un escritor manizaleño al que se debe rescatar y estudiar con intensidad es Rodrigo Acevedo González, quien nació el 6 de septiembre de 1956 y murió joven a los 41 años el 7 de diciembre de 1996. Tuve la fortuna de ser su amigo en esa edad marvillosa cuando se va saliendo de la adolescencia y se vive la poesía y el sueño de la literatura con pasión iniciática, y además haber sido testigo y admirador de su inmenso talento e inteligencia.

En aquellos tiempos proliferaban en la ciudad los premios literarios convocados por instituciones y colegios en los que muchos estudiantes de bachillerato participábamos con entusiasmo en una competencia leal por llevarnos los premios y obtener las preseas.

En varios textos me he referido a Acevedo González como nuestro Rimbaud, porque desde muy temprano su poesía fue certera y moderna como pocas, tanto que si hoy se reunieran las colecciones que publicó en vida, El territorio y la máscara (1981) y Poemas del tiempo recobrado (2000), y las que están inéditas, nos sorprenderíamos de su nivel, que lo hace merecedor a aparecer en las mejores antologías de poesía colombiana de donde ha estado ausente por el exagerado centralismo.

Tengo una foto donde vamos caminando juntos por la séptima de Bogotá, cuando teníamos menos de 19 años y él realizaba visitas a la capital buscando joyas en las librerías de viejo y en las bibliotecas, especialmente en la de la Universidad Nacional, donde yo había ingresado a estudiar Sociología. No solo estaba enterado de los clásicos antiguos y modernos, de las poesías francesa, inglesa, alemana e italiana, sino también de los escritores modernos que publicaba Seix Barral en Barcelona, como uno de los narradores y ensayistas de la Nueva novela francesa, Michel Buttor, autor que me arrebató una vez de las manos para leerlo con fruición y hacer agudos comentarios sobre su lectura al día siguiente.

Cuando estaba en Bogotá le encantaba ir a la Universidad Nacional y recorrer todos sus ámbitos. A veces se hospedaba en mi casa o en la de otro compañero de Sociología, manizaleño también, llamado Aicardo Navarro, quien muy enterado ya en ese entonces de los temas psicoanalíticos solía bromear con él cuando a veces nos decía que deseaba suicidarse. También acudía a El Espectador y El Tiempo, donde esperaba publicar textos en los suplementos literarios.

Conservo unas 30 cartas que él me escribió desde Manizales en esos años, ya que sostuvimos una intensa correspondencia y las misivas iban y venían con mucha frecuencia. He leído sus cartas y he descubierto ahí la pasíon que él tenía por la literatura y la vida, las inquietudes sobre el mundo y el futuro y el testimonio de sus lecturas y opiniones. De mi parte le escribía larguísimas cartas que tal vez desaparecieron, pero no dudo que las suyas eran mejores que las mías.

Rodrigo siguió su vida atormentada en Manizales, atrapado sin salida en ese mundo que cuestionaba, y se convirtió hacia el final en un ermitaño hermético que deambulaba solitario con un enorme perro por la carrera veintitrés. La última vez que lo vi de lejos con el can cuando yo iba con mi amigo Antonio Leiva, no me atreví a interrumpir su soliloquio imaginario, mientras caminaba altivo hacia el Parque Caldas.

Una vez fui a su casa cuando vivía por la plaza Alfonso López, no lejos de la residencia de su familia y compartimos una alegre tarde con nuestro amigo el filósofo Carlos Arturo Orozco Grajales. Y esa fue la última vez que hablamos y compartimos de verdad. Otra vez lo busqué sin éxito en un apartamento situado por Hoyofrío, pero nos perdimos el rastro hasta que supe la noticia de su repentino fallecimiento. Durante todos esos años ganó premios locales, publicó varios libros, participó en encuentros literarios y dejó una obra que comentó con lucidez el novelista y ensayista Roberto Vélez Correa, quien como él murió joven y se nos anticipó hace tiempo.

Es cierto que Rodrigo tuvo una vida atormentada, pero quienes lo conocimos y lo frecuentamos con amistad y afecto sabemos que en el fondo era alegre, bohemio, gran amigo, frágil, siempre enamorado, degustador de vinos y poseedor de una sensibilidad moderna que se refleja en sus poemas contemporáneos, que rompieron moldes antes de tiempo. En su poesía hay vida, verdad, deseo, mal, ciudad, basura, ratas, calle.

Sobre él han escrito además Carlos Arboleda González y Conrado Alzate Valencia, que en un texto cita un fragmento de Vélez Correa sobre el poeta, donde dice que "Rodrigo fue una extraña mixtura de artista decadente, joven airado, romántico cursi, lector empedernido, poeta maldito, alcohólico irredimible, y un solitario que amó a su abuelo Felipe González, el músico de los Hermanos González…”.

Sería bueno que en las universidades y entre las nuevas generaciones se revisara y estudiara su vida y obra y se rescatara del olvido su luminoso paso y su huella entre las brumas de su ciudad natal Manizales. Tengo como joyas esas cartas que ojalá algún día se publiquen y algunos materiales que he obtenido gracias amigos que como Fernando Ramírez Lema, sobrino del excelente poeta caldense Hermann Lema, fueron sus contemporáneos y admiradores.

Somos varios los amigos sobrevivientes del poeta y sería bueno reunir sus textos y rendirle el homenaje que se merece nuestro Rimabud de Manizales, el precoz y brillante poeta que gritó ante el cosmos contra nadie y contra todos y a favor de la vida, el vino y el deseo frente a los volcanes y entre la bruma. Qué alegría y fortuna haber sido su amigo y cómplice cuando todo apenas comenzaba.
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Publicado en La Patria. mnizales. Colombia. Domingo 28 de mayo de 2023.

  






dimanche 23 octobre 2022

CUARENTA AÑOS NO ES NADA

Por Eduardo García Aguilar

El 21 de octubre se cumplieron cuatro décadas del anuncio del Premio Nobel otorgado al autor de Cien años de soledad, quien ya era desde 1967 una estrella mundial de la literatura luego del éxito de su obra maestra, donde no solo se reconocieron todos los latinoamericanos ansiosos de afirmarse tras siglos de guerras, dependencia y miseria, sino también las poblaciones de varios continentes del llamado Tercer Mundo, aquejados por los mismos problemas de la colonización y el dominio imperial. 
 

La obra máxima del nativo de Aracataca salió en un coyuntura especial, un año antes de las revueltas juveniles de 1968 y las explosiones culturales que empezaron a derrumbar las inercias de un pasado patriarcal y autoritario en Estados Unidos y Europa. Empezaron entonces las súbitas reivindicaciones de los afrodescendientes liderados por Martin Luther King y Angela Davis en Estados Unidos y se inició el movimiento de liberación femenina que derrumbó siglos de inercia y sacó a la mujer de una minoría de edad permanente.    

En el Primer Mundo esa generación que luchaba contra la guerra de Vietnam, soñaba con la revolución, consumía marihuana y escuchaba y bailaba rock, reggae y salsa hasta el amanecer, quedó fascinada por el exotismo y las luchas sociales del Tercer Mundo encarnadas en la figura y la obra de Gabriel García Márquez, un atípico e irereverente escritor malhablado de bigote, pelo encrespado, camisas floridas y pantalones de colores chillones, muy diferente a los pomposos autores latinoamericanos de antes que usaban traje y corbata y ejercían de diplomáticos o políticos profesionales como Rómulo Gallegos, Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda.

 
El colombiano le sacó el cuerpo a todas esas formalidades y convertido en rock star dejó atrás el modelo de autor exquisito y aristocrático que representaban hasta entonces Jorge Luis Borges, el barroco José Lezama Lima y otros prohombres engolados y pomposos existentes desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y se asoció con la revolución cubana, que entonces se encontraba en su apogeo en medio de la Guerra fría. 
 
Unido como emblema revolucionario a sus líderes Fidel Castro y al mártir Ernesto Che Guevara, que murió en Bolivia el mismo año de la aparición de Cien años de soledad, García Márquez se convirtió en otro ídolo y ascendió hacia la estratosfera como los poderosos cohetes Saturno V que llevaron al hombre a la Luna en 1969. García Márquez fue la otra cara de la moneda del Ché Guevara como mito crístico de la juventud rebelde latinoamericana y mundial hasta su paulatina difuminación en el siglo XXI. 
 

A diferencia de sus antecesores, el costeño reivindicó sus orígenes populares, la música vallenata y utilizó su fama y poder para promover el periodismo y cine latinoamericanos y desempeñarse como diplomático de facto de la Revolución cubana y mediador en complicados conflictos sociopolíticos latinoamericanos, al ser interlocutor escuchado y admirado de muchos presidentes de la región o incluso mandatarios de Estados Unidos o Europa.

   

En cierta forma García Márquez fue nuestro Victor Hugo y como él tuvo que huir al exilio cuando estuvo a punto de ser detenido en Colombia por su activismo político y periodístico y sus lazos ocultos y no ocultos con la insurgencia. Poco después obtendría el codiciado Nobel a los 54 años de edad y viviría el resto de su próspera vida en México en medio de la gloria, adorado como un patriarca o un semidiós hasta que fue alcanzado trágicamente por la terrible peste del olvido que aquejó también a los protagonistas de su obra mayor.

 
En un país y un continente que han vivido tantas guerras y desgracias, la figura patriarcal de García Márquez era un bálsamo que aliviaba los dolores y conjuraba la tradición del fracaso. Hasta su advenimiento todos los poetas, narradores y ensayistas del país habían muerto en la depresión, la pobreza y el olvido. 
 

Pero, oh paradoja, su éxito literario carbonizó como una deflagración meteórica la obra de varias generaciones de autores colombianos cuyos libros aparecieron y aparecen sin pena ni gloria desde hace décadas aunque sean notables y aun hoy todo gira alrededor de él. Sus contemporáneos vagan como fantasmas en un limbo de olvido y los autores posteriores nacen como estrellas muertas en un firmamento agotado, al mismo tiempo que se acaba la era de Gutenberg. 

Casi se podría decir que existe una religión en torno a su nombre y su imaginario. Y que un día habrá papa de Macondo, cardenales, obispos y sacerdotes que divulgarán los evangelios y ratificarán sus milagros. Sus personajes, sus gestos, sus mariposas amarillas y las imágenes creadas por su talento siguen tan vivas que inundan nuestros sueños y planean sobre el país como un gran fresco fundacional que nos detiene en un eterno presente sin tiempo. Y cuarenta años no es nada para el bolero fenomenal que fue su destino. Por eso desde el más allá, protégenos Gabriel, y ten piedad de nosotros, pues eres omnipotente, omnisciente, omnívoro, omniamoroso y omnipresente.   

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2022.

samedi 1 octobre 2022

MUJERES OCULTAS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA


Por Eduardo García Aguilar

Las escritoras fueron desdeñadas durante el auge del llamado "boom" de la literatura latinoamericana y solo ahora en diversos países comienza a recuperarse del ocultamiento las obras de muchas de ellas. Cuando el club ultramachista de la literatura latinoamericana reinaba desde Barcelona, comandado por la gran matriarca Carmen Balcells, casi todas las mujeres que escribían y publicaban entonces alrededor de la corte de los poderosos patriarcas eran toleradas solo como personajes folclóricos.

A la gran novelista colombiana Alba Lucía Ángel (1939), autora de Estaba la pájara pinta estaba sentada en un verde limón, se le consideraba más como una cantante que amenizaba los ágapes de sus amigos del boom, entre ellos el argentino Julio Cortázar, quien acuñó el término de lector "hembra", o sea al que le gustan las lecturas fáciles. Ángel, que después de vivir décadas en Europa, regresó a Colombia, ha sido recuperada por varias universidades y mujeres de las nuevas generaciones que encuentran en ella un modelo a seguir. Como ella, también la indomable Fanny Buitrago (1943) es otra de las más notables autores latinoamericanas que comienza a ser publicada de nuevo y seguida por un atento público lector que saludó desde su juventud su talento precoz. Entre sus obras figuran El hostigante verano de los dioses y Los pañamanes.

Otra escritora destacable fue Helena Araújo (1934-2015), autora de Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota, donde cuestionaba el tradicional mundo bogotano y las costumbres sociales de la élite, cuando el divorcio era casi considerado un delito. Araújo se exilió en Suiza y a lo largo de su vida desempeñó un gran papel como profesora y ensayista y lúcida y a veces excéntrica participante en coloquios.
 
Para seguir en el campo de la narrativa colombiana habría que destacar a la barranquillera Marvel Moreno (1939-1995), autora de En diciembre llegaban las brisas y Algo feo en la vida de una señora bien, quien estuvo cerca al círculo del boom, pero nunca fue tomada en serio. Incluso décadas después de muerta  tuvo que organizarse un movimiento de mujeres que exigió la publicación de su última novela, El tiempo de las amazonas, considerada por su familia y su ex primer marido como una obra menor impublicable.

Otra narradora, periodista, activista literaria y política fue la liberal Flor Romero de Nohra (1933-2018), autora de Los triquitraques del trópico, quien pese a publicar en importantes editoriales españolas fue desdeñada hasta el final. En pleno auge del boom, fui testigo de ese desdén y ella, como muchas otras autoras contemporáneas de los grandes patriarcas, parecía invisible.

Elisa Mújica (1918-2003,) autora de las novelas Catalina y Bogotá en las nubes, fue una escritora de gran inteligencia, talento y seriedad como ensayista e investigadora, y su obra comienza a ser de nuevo rescatada y estudiada por las nuevas generaciones. Igual destino tuvieron en cierta forma poetas que como Meira del Mar (1922-2009) y Maruja Vieira (1923) tuvieron que cruzar el siglo XXI para que suscitaran de nuevo la atención de los lectores. En ese mundo dominado por los piedracielistas, otro club supermasculino, ellas solo fueron toleradas y tal vez tratadas con cortesía, pero en medio del desdén.

Me he referido solo a algunas autoras colombianas ocultas del siglo XX. Lo mismo ocurrió en otros países del continente, donde como en México el reino de los grandes patriarcas fue total, con figuras como Octavio Paz, Carlos Fuentes y otros que vívían la literatura como una competencia implacable. En ese país se ha venido revalorizando la obra de la gran narradora Elena Garro (1916-1998), ex esposa de Paz, que fue condenada al olvido y murió en el ostracismo y la pobreza meses después del fallecimiento del Premio Nobel autor del Laberinto de la soledad.

La gran novela de Garro, los Recuerdos del porvenir, publicada en 1963 y ganadora del Premio Villaurrutia, es una obra notable del realismo mágico de antes de la aparición de Cien años de soledad, pero no tuvo sitio en ese estricto canon patriarcal. Junto a la de Garro, se rescatan ahora las obras de Rosario Castellanos (1925-1974), Inés Arrendondo (1928-1989)  y Amparo Dávila (1929-2020), entre otras.

Muchas sorpresas saldrían si se hiciera el mismo rastreo de la literatura escrita por mujeres en otros países latinoamericanos en el siglo pasado y ojalá esa tarea sea apoyada por las universidades, instituciones culturales y editoriales para que por fin podamos decir adiós a la era dominada por el universo de Macondo, comandado por Aureliano y Jose Arcadio Buendía y los personajes emblemáticos de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y Memoria de mis putras tristes.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de septiembre de 2022.


  


 


LA LITERATURA COLOMBIANA EN EL SIGLO XX

Por Eduardo García Aguilar

Las importantísimas colecciones de literatura colombiana que dirigió el recién fallecido Juan Gustavo Cobo Borda (1948-2022), apoyadas primero por Colcultura y después por el ministerio del ramo, fueron claves para tener presente y viva la literatura del siglo XX, una fascinante aventura no solo reducida a la novela, sino llena de sorpresas en el campo de la poesía, el ensayo, la crónica, el aforismo, la historia y la filosofía, entre otras ramas del saber expresado en palabras a través de la escritura.

Ya antes Cobo Borda había desempeñado un papel importante en la promoción de escritores de su generación y posteriores cuando trabajaba en la revista Eco, publicada por la librería Buchoolz, que no solo abrió sus páginas al pensamiento moderno y a la literatura mundiales, sino a los nuevos autores de su generación, que aparecían intercalados con obras maestras de todos los géneros provenientes de Europa y América Latina. Allí publicaron también Fernando Charry Lara, Ernesto Volkening y Danilo Cruz Vélez.

Antes, otras generaciones habían promocionado con entusiasmo la literatura colombiana en todo el territorio, a través de generosas colecciones publicadas con el apoyo de algunos gobiernos en la primera mitad del siglo durante la República liberal, sin olvidar la tarea valiosa paralela de muchas instituciones que como el Instituto Caro y Cuervo o el Banco de la República rescataron después en bellas y cuidadas ediciones las obras olvidadas, perdidas o inéditas de grandes autores de todas las épocas, como Joan de Castellanos, la Madre Josefa del Castillo, Soledad Acosta de Samper, José Asunción Silva, Julio Flórez, Miguel Antonio Caro, Rufino J. Cuervo o Rafael Pombo.

Con ellos, debería destacarse el papel de la gran Editorial Arturo Zapata, de carácter privado, que existió en Manizales de 1926 a 1954, donde publicaron sus obras grandes escritores como Fernando González, César Uribe Piedrahíta, León de Greiff y muchos más. También debería subrayarse la tarea de la revista Mito, dirigida en los años 50 por el poeta y ensayista Jorge Gaitán Durán, que abrió puertas en sus páginas a la literatura hispanoamericana y publicó obras claves de autores colombianos como los entonces jóvenes Gabriel García Márquez, Darío Mesa y Alvaro Mutis, entre otros.

También debe destacarse la generosa labor de Manuel Zapata Olivella en su revista Letras Nacionales y su activismo permanente para abrir puertas a los autores contemporáneos y a los nuevos que como Óscar Collazos despuntaban en los años 60. Gracias a la pasión literaria de tantos hombres y mujeres de letras del siglo XX, se pudo conservar de esa manera el acervo literario del país, que debería de nuevo ponerse a circular en el siglo XXI con el apoyo de las instituciones y el Estado, para no dejar el rumbo de las letras nacionales solo en manos de las editoriales multinacionales privadas.

Todas las instituciones mencionadas realizaron a lo largo del siglo XX una tarea fundamental para elaborar el mapa de las letras colombianas, registrándolas con excelentes notas introductorias de grandes especialistas. Gracias a a ellas se rescató la obra de José Antonio Osorio Lizarazo, un escritor colombiano que vivió mucho tiempo fuera del país y realizó una activa obra narrativa y periodística dispersa en el continente, en la que se destaca su trilogía de novelas bogotanas, que fueron uno de los primeros atisbos de la novelística urbana, una descripción magistral de personajes que luchaban en la capital por sobrevivir al frío, la burocracia y las dificultades económicas.

También gracias a esa labor de los recopiladores y editores redescubrimos la obra narrativa del genial Tomás Carrasquilla, la poesía y la narrativa de José Eustasio Rivera, la escritura aforística de Nicolás Gómez Dávila, la tarea crítica cosmopolita de Baldomero Sanín Cano, los versos malditos de Porfirio Barba Jacob, la literatura del gran Jorge Zalamea, la vasta summa poética de León de Greiff, los versos escasos pero claves de Aurelio Arturo, y se exhumó la obra irreverente de Fernando González, nuestro Nietzsche antioqueño.

Sin esa labor apoyada por las instituciones, bancos, universidades, ministerios, editoriales independientes no conoceríamos obras que como las de Meira del Mar, Elisa Mujica y Helena Araújo fueron acogidas en las diversas colecciones creadas con pasión y sin ánimo de lucro por quijotes colombianos amantes de la literatura y los libros. Porque la gran tragedia de los países que no conservan y cuidan la obra de sus autores nacionales y regionales, es que muchos manuscritos y archivos desparecen con la muerte, lo que significa la pérdida definitiva de un invaluable patrimonio cultural.

Que el impulso de las diversas generaciones de críticos y editores del siglo XX sea ejemplo para que en el siglo XXI realicemos una nueva cartografía de los autores de ambos sexos secretos, olvidados, perdidos e ignorados en ciudades, pueblos o regiones del país. Todos sus materiales deben ser buscados y rescatados con amor y editados con cuidado para que la literatura colombiana siga viva. 
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Publicadao en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo
2 de octubre de 2022. 

    

samedi 9 juillet 2022

LOS SUEÑOS DE PATRICIA ARIZA


Por Eduardo García Aguilar

Cuando terminaba el bachillerato en el Colegio Gemelli de Manizales, en el bus de ida o de regreso al bello mirador de La Francia, especialmente en las tardes soleadas, solíamos cantar todos en coro la canción Una flor para mascar del nadaísta Pablus Gallinazus, que estaba entonces de moda y se escuchaba en las radios. Frente a la inmensidad de los valles del Cauca y las altas montañas de la Cordillera occidental, uno de los paisajes más hermosos del mundo, resonaban las palabras de esa bella canción.

Por esas fechas el artista y poeta también nadaísta Mario Escobar Ortiz, quien abría con generosidad las puertas a esa juventud que soñaba, me invitó a La Patria el día que Gallinazus vino a visitar el periódico y me dio mucha alegría ver al cantante y poeta con su boina, acompañado de una muchacha, recorriendo las instalaciones y viendo las máquinas offset recién importadas que producían milagros editoriales y hacían posible todo tipo de sueños como en una película magistral de Orson Wells.

Nunca imaginé que mucho tiempo después otra nadaísta amiga de Pablus Gallinazus llegaría también por milagro al ministerio de Cultura de Colombia en medio de una magnífica y bienvenida ola de cambio de época que hasta hace poco parecía impensable y solo parecía utopía.

En el excelente documental Patricia Ariza: una vida polifónica, producido por la Plataforma solidaria Confiar, podemos acercarnos a la trayectoria increíble de esta fuerte mujer que ha dado la vida al arte y a los demás. Con ella recorremos los escenarios y las turbulencias de la historia contemporánea de Colombia, así como las calles históricas del centro de Bogotá, donde contra viento y marea ha generado arte y sueños para varias generaciones por amor a la vida.

Ariza es una mujer de temple que desde muy temprano hizo parte del movimiento nadaísta al lado de mujeres y hombres jóvenes que irrigaron en aquellos años el país con refrescantes vientos culturales. Después, al lado del gran dramaturgo Santiago García y tras concluir sus estudios de arte en la Universidad Nacional, emprendió una larguísima carrera en los escenarios que la llevó a ser cofundadora del famoso teatro La Candelaria, orgullo para el país a nivel internacional y que ha montado algunas de las obras teatrales más emblemáticas de la historia del país y América Latina.

Contra viento y marea, luchando por sobrevivir, trabajando sin recursos y con las uñas, enfrentando las amenazas del exterminio, actuando muchas veces con chalecos antibala en el escenario, cuando artistas, pensadores y poetas eran exterminados uno tras otro por las fuerzas oscuras de Colombia, la poeta Patricia Ariza ha llevado en alto la antorcha de la libertad con un trabajo colectivo que ha reivindicado sin cesar los derechos de mujeres, minorías, artistas, marginados, fantasmas, nadies, excluidos por un Apartheid tan atroz como el que reinó en Sudáfrica y Estados Unidos.

Patricia Ariza es una sobreviviente que después de tantas décadas asume con alegría una misión que nunca buscó ni esperaba, porque de hecho ellla la ha practicado desde siempre en su vida. Ya antes era la ministra real del escenario, la fiesta, la música, la poesía, la palabra, la alegría, el carnaval, la danza, el color, el calor incandescente del corazón que da abrazos a quienes sufren en silencio la marginación y el olvido y buscan florecer desde la oscuridad y el fango.

En una de las primeras entrevistas televisivas que ofreció a Yamid Amat tras su designación, esta poeta elocuente, clara, serena, mientras deletreaba las palabras de esa bella canción Una flor para mascar, dejó en claro que el suyo será un trabajo colectivo para que hasta en los más alejados pueblos, rincones y regiones, allí donde están los campesinos que siembran, los afrodescendientes que pescan, los indígenas que danzan, los llaneros que cabalgan, los pobres que se regocijan con el sol y la lluvia, las madres coraje del país, se reconozca al fin la fiesta y el arte de los autóctonos y reine el color y la poesía allí donde antes se enseñorearon la muerte, el olvido, la guerra y el odio.

Será un trabajo muy difícil, con muchos escollos, pero vale la pena emprenderlo. Las nuevas generaciones que votaron por el cambio pueden continuar esa tarea en las futuras décadas. No hay en el proyecto cultural de Ariza ningún rencor sino un deseo de mirar al futuro y hacer que quienes aun estén lastrados por el deseo de la guerra descubran los vientos de un cambio que venía fraguándose desde abajo y que ahora despunta en el horizonte como una ola gigante y amorosa.

La cultura es fiesta, mito, leyenda y Colombia, país de mil facetas y paisajes, debe empezar a bailar y tocar la flauta, a disfrazarse y a reir sobre las cenizas del pasado. La utopía se ha hecho realidad y está ahora al alcance de las manos, los ojos y los corazones mientras suenan las palabras de Una flor para mascar.   







 
 

samedi 2 juillet 2022

LA PASIÓN POÉTICA DE HERMANN LEMA


Por Eduardo García Aguilar

Con obra breve, ceñida y cincelada con sangre y palpitaciones a través de las décadas, el poeta Hermann Lema (1936-2011) es una de las voces más notables de su generación en Colombia y poco a poco sus poemas adquieren el rango secreto que merecen, combatiendo con ellos el tiempo y el olvido. Con siete poemarios y una antología publicada en 2002, bajo el título de Poema del instante final y otros poemas, el poeta nacido en Anserma y fallecido en Bogotá, deja un rastro sólido de su paso por el mundo como un testimonio de pasión por la vida, la existencia en medio del milagro del cosmos y el deseo desbordado de la carne.

Abogado de la Universidad Nacional y graduado en estudios diplomáticos en Montevideo, Lema se desempeñó como funcionario internacional en la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en Uruguay y del pacto Andino en Lima, antes de regresar a trabajar en Bogotá instituciones y ministerios, como el del Interior, de cuya biblioteca fue encargado. Como todo bibliófilo y hombre de letras auténtico, Lema transcurrió a lo largo del convulso siglo de su país y el continente y alcanzó a llegar a la primera década del siglo XXI, indagando sobre el destino del ser humano en tiempos de guerra y violencia, también caracterizados por cambios tecnológicos que ratifican la inmensa soledad del individuo, una de sus principales preocupaciones.

Los poetas colombianos de su generación ejercieron con pasión la poesía contra viento y marea en un país oscuro, a sabiendas de que es una actividad de catacumbas, tal y como ocurrió con sus mayores Aurelio Arturo, Fernando Charry Lara, Héctor Rojas Herazo, Meira del Mar, y más recientes como Mario Rivero, Raúl Gómez Jattin y tantos otros, y entre sus paisanos caldenses figuras como Maruja Vieira, Dominga Palacios, Fernando Mejía Mejía, Javier Arias Ramírez, Beatriz Zuluaga y Rodrigo Acevedo González.   

A falta de biografías o largos estudios sobre su obra, podemos acercarnos a su vida a través de testimonios parciales de amigos cercanos como Augusto León Restrepo y Octavio Hernández, gracias a los cuales sabemos de sus últimos días en su apartamento y biblioteca de Bogotá, su enfermedad crepuscular, los cuidados de su hermana y más tarde la despedida final hacia el hospital, lejos de su biblioteca, de donde no regresaría. Sabemos que sus cenizas reposan en su pueblo natal, uno de los más antiguos de Colombia en las montañas andinas de Caldas.

Al leer su obra recibimos el impacto de su verdad existencial. Cada una de su piezas sacude al lector porque están escritas desde el fondo con una delicadeza humana que nos lleva a vibrar con él la furia del deseo y la posesión de los cuerpos, así como el milagro del encuentro y el dolor de la ausencia. Cada uno de sus poemas es una huella digital y está escrito como si fuera el último. Todos sus poemas son de gran calidad formal, gracias a sus lecturas de clásicos castellanos y de poetas modernos como el griego Constantin Cavafis y el italiano Cesare Pavese, entre otros. Una parte de su obra está anclada en la poesía clásica castellana y otra cruza hacia la modernidad, con atmósferas que nos recuerdan la pintura del norteamericano Edward Hopper, testimonio de la soledad urbana contemporánea.

En esa parte contemporánea, urbana, erótica, ingresamos a los espacios del encuentro corporal, habitaciones de hoteles, cuartos de apartamentos, lechos, el calor de las sábanas, objetos como sillas o vasos de agua colocados sobre la superficie escueta de una mesa o incluso un saco, una camisa o un zapato. En un restaurante, Esta tarde, Un día nos encontraremos, Gracias hasta siempre corazón, Enigma para tu recuerdo, son algunos de esos notables poemas cotidianos. León Zuleta destaca en su obra "la espera interior, el amor imposible pero urgido, la unción sacrificial, la angustia del hombre cotidiano" y Jaime Mejía Duque piensa que su poesía maldita de "pátina cuasibaudeleriana" no se despeña en el "anacronismo" gracias a su "ironía muy actual".

Y aunque tuvo muchos amigos y lectores, poco sabemos de la juventud y la vida de Lema en aquellas capitales latinoamericanas, por lo que sería enriquecedor rescatar fotografías familiares y cartas escritas para la elaboración de un hipotético número monográfico que otorgue más densidad a su periplo vital, del cual solo conocemos algunas escasas imágenes crepusculares y un dibujo al carboncillo de Pedro Vargas. Su poesía es tan humana que a través de ella lo conocemos de manera abstracta, pero sería marvilloso poder acercarnos más a él a través de su periplo vital, laboral y viajero. Cada día que pasa Hermann Lema está más vivo que nunca. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 3 de julio de 2022.

 

jeudi 23 juin 2022

EL HOMBRE QUE CORRÍA EN EL PARQUE

Por Eduardo García Aguilar

Cualquier cosa es posible en una novela tanto a nivel temático como formal. Es un género que puede ser histórico, fantástico, realista, autobiográfico, soez, pomposo, barroco, erótico, cósmico o vampírico y el autor, cuando emprende la tarea ardua de armar una historia, tiene toda la libertad posible para hacerlo.

Eso lo ha entendido Antonio María Florez (1959), escritor extremeño y caldense, en su novela El hombre que corría en el parque (2021), que relata la historia de un médico español con raíces colombianas que trabaja en Cataluña desde hace algún tiempo y vive una apasionada historia amorosa y sexual con una joven mujer casada que solo lo considera el "tinieblo" y rechaza o evade los avances para establecer una relación más sólida.

El protagonista es un hombre responsable, buen profesional, ordenado en sus asuntos económicos y domésticos, pero inestable en sus relaciones múltiples con las mujeres que se cruzan en su camino. Durante el transcurso de la novela vive la vida de un divorciado solitario y ansioso de amor, por lo que experimenta una especie de adolescencia retardada o "empedernida", como la que Antonio María  Florez evoca en su poemario Sueños eróticos de un adolescente empedernido, publicado en 2016.

Para contar la historia usa la forma simple del diario y la reproducción de mensajes electrónicos intercambiados con la amante y poco a poco va construyendo un mundo en el que nos enteramos de los problemas que se viven en la región catalana, los conflictos provocados por el nacionalismo y el uso político del idioma por los independentistas, así como los problemas del sistema de salud, las luchas de los migrantes de diversas nacionalidades, negros, chinos, paquistaníes, moros, rumanos, latinos y la vida cotidiana en una España que vive la crisis financiera mundial que sacudió al mundo en 2008.

El médico, que es además lector y amante del cine y las actividades culturales, va desgranado poco a poco en su diario sus lecturas y las visualizaciones de películas en los cines de la región y reproduce citas de diferentes autores, especialmente aquellas relacionadas con el asunto de escribir novelas autobiográficas a través del uso de diarios o correspondencia electrónica o en papel. Cita en una de sus entradas diarísticas a Philip Roth, cuando en su Autobiografía de un novelista señala que "para mi, como para la mayor parte de los novelistas, todo suceso auténticamente imaginario empieza por abajo, en los hechos, en lo específico, no en lo filosófico, ni en lo ideológico, ni en lo abstracto".

Es pues una novela que a la vez reflexiona sobre sus propias opciones formales, desde la distancia con el texto, hallado por un conocido latinoamericano del médico, Jorge Menacho, en una memoria USB extraviada en el parque que solía frecuentar para correr y jugar fútbol y básquet.

Después de la misteriosa desaparición del médico protagonista, quien tiene hermanas en España y un hijo, así como varias mujeres con las que ha tenido relaciones en el pasado, según se colige de la lectura del documento, el inmigrante boliviano lo busca infructuosamente y al final deposita el documento en una biblioteca, cuyo director la pasa a un editor y así accedemos a él.

Publicada por la Editorial Regional de Extremadura en una bella y cuidada edición, la novela de Flórez funciona con toda libertad, pero además es una narración que podría incluirse también en el género erótico, ya que a lo largo de las 329 páginas presenciamos con detalle los retozos del protagonista con su amada Carolina y otras de sus novias, descritos de manera notable.

Las novelas son documentos de vida, bitácoras de época, miradas a la realidad o a lo oculto. Necesitan unidad de espacio, de tiempo, geografías, lugares cotidianos, parques, ramblas, estacionamientos, gasolinerías, carnicerías, supermercados, estadios, restaurantes, bares, oficinas. También en ellas vibran los conflictos políticos, familiares, empresariales, escolares y sociales, y figuran presidentes, monarcas, ministros, delincuentes, estrellas deportivas, musicales o cinematográficas.

El artefacto novelístico de Flórez es en ese sentido logrado porque fue escrito con la soltura de quien experimenta y busca relatar por caminos nuevos, no trillados, lejos de los corsés que a veces malogran muchas novelas en el ámbito hispanoamericano. Se inscribe en una larga tradición de los manuscritos hallados en la historia de la novela. En todos los siglos los escritores hemos recurrido a ese artilugio para abrir ventanas al mundo. Y Flórez, poeta, ensayista, narrador, nos abre una época vital de la España contemporánea a inicios del siglo XXI con sus vasos comunicantes de la lejana ultramar.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 19 de junio de 2022.