lundi 29 mai 2023

LOS MANIZALADOS DE FERNANDO JIMENEZ

Por Eduardo García Aguilar
En la novela Manizalados Fernando Jiménez cuenta la vida de un joven que a la edad de Cristo regresa fracasado a Manizales con una depresión alcohólica y los sueños rotos para ingresar al manicomio de San Cancio, donde en un mes vivirá en una sucesión infernal las dos tragedias mayores vividas por el país en noviembre de 1985 y además buscará esclarecer con un psiquiatra, que es sacerdote, y con una teurapeuta sexy las vicisitudes de su vida en una ezquizofrénica época de conflictos donde las mentes luchaban entre sacrificarse por la lucha revolucionaria o dedicarse a los mandatos del deseo.
En un muy efectivo encadenamiento de acontecimientos, el protagonista, un muchacho de clase media crecido en una familia tradicional y conservadora marcada por la impronta castrante de la madre, revisa su participación en una histórica huelga en la fábrica de texiles Unica que se enfrentó al poder y fracasó, razón por la cual huye hacia Bogotá para ocultarse durante una década encabalgada entre los años 70 y 80 dedicado a la rumba y el vicio en los legendarios sitios de baile La Teja Corrida y El Goce Pagano, donde se hunde en el alcoholismo, la droga y el fracaso de su generación perdida.
Miguel de Cervantes Zuluaga quería ser escritor cuando adolescente y tenía el talento para ello, pero jugó su corazón al azar y se lo ganó la revolución, que estaba de moda entre las juventudes de la época, atraída por las diferentes sectas izquierdistas de todo pelambre, prosoviéticas, maoístas, trotskistas, albanesas, norcoreanas, guevaristas y castristas que reclutaban a jóvenes pobres u obreros o a clademedieros y niños bien para su causa, involucrándolos como carne de cañón en peligrosas aventuras armadas o en delitos que recibían los peores castigos desde la cárcel y la tortura hasta la desaparición.
De esa generación malograda en Colombia muchos fueron abatidos en combate o fusilados por sus propios compañeros de la guerrilla, otros se suicidaron o enloquecieron, y los que sobrevivieron por milagro tuvieron destinos diversos como entrar al redil siguiendo las leyes del sistema o sumirse en el vicio, la vagancia o la delincuencia. 
Zuluaga se hunde, pero en el manicomio a donde lo lleva su autoritaria madre de la mano no solo descubre el misterio de la muerte del líder de la trágica huelga en la que se vio inmiscuido una década antes, sino que reencuentra poco a poco su vocación literaria, que se alterna con el delirio, porque literatura, arte y delirio van siempre de la mano. Muchas veces la demencia es conjurada por la válvula de escape de la creación, ya sea en los escenarios, como ha sido el caso de Fernando Jiménez, también conocido en las tablas como El Flaco Jiménez, o en las artes plásticas, la música o la escritura.

El protagonista tiene como contrapunto narrativo a un amigo de adolescencia, Eduardo, otro muchacho de la ciudad que escapó al destino trágico de su generación y se fue aun imberbe a vivir a París, donde se dedica a la literatura y a estudiar y desde donde incita a su amigo a olvidarse de la quimérica revolución imposible "que es un remedio peor que el mal" y a dedicarse al arte y a la vida, por medio de cartas, sarcásticos mensajes esporádicos y llamadas telefónicas donde lo cuestiona desde el otro lado del océano y lo invita a seguir sus pasos.

La estructura de la novela gira en torno al internamiento psiquiátrico del protagonista y en ese mes trágico para él y su país, hay referencias a la toma del Palacio de Justicia por el M-19 y la apocalíptica explosión del volcán del Ruiz que condujo a la destrucción de Armero con saldo de decenas de miles de muertos arrastrados y sepultados por el barro. También se cuentan los dramas de la juventud de la época atraída por los sueños revolucionarios y los deseos de cambio en un país injusto, cuyas taras llegan a su culmen en la sociedad de Manizales donde nace Miguel. Los fantasmas del pasado chocan con las rupturas explosivas de la época del rock, la droga y la libertad sexual que dinamitan de manera violenta las tradiciones y las inercias que parecían inamovibles desde los tiempos de la Colonia hispana.  

El líder Bernardo, que tiene los contactos con la lejana subversión, su novia Cristina, obreros y sindicalistas turbios como Patiño, militares como Camacho, la madre, el padre y el clero omnipresente, las familias de los huelguistas y los amigos generacionales son personajes de esta obra urbana escrita con energía, lucidez y mucho sentido del humor, que describe desde distintos ángulos a la ciudad y a su gente. El morro de san Cancio y su manicomio, Chipre, la Plaza de Bolívar y su gigantesca Catedral Primada, los barrios periféricos como Cervantes y La Avanzada, las cumbres nevadas y la vegetación desbordante, los antros de vicio, desfilan en esta acelerada película de Manizales.

La novela también está irrigada por las pulsiones y contradicciones  sexuales del protagonista y es una antena que capta los sucesos culturales de la época a través de ideologías, fanatismos, músicas, reflexiones psicoanalíticas y sociopolíticas, incursiones sexuales que desde afuera disuelven la autoritaria tradición conservadora de la ciudad y la transforman para siempre. Miguel al fin se reconcilia con la vida y descubre que no puede solucionar los problemas del mundo y recupera su máquina de escribir para plasmar la novela deseada y resolver los enigmas del pasado.   

Esta novela no solo enriquece a la literatura colombiana de su generación, a la que pertenecen Andrés Caicedo, Sonia Truque, Eugenia Sánchez Nieto, Evelio Rosero y William Ospina, entre otros, sino que a la vez constituye un nuevo aporte a la literatura inspirada por la muy reciente ciudad de Manizales y su corto siglo y medio de historia. En 227 páginas cerradas y explosivas, Fernando Jiménez ratifica su talento y nos hace desternillar de risa en cada uno de sus episodios. 

Así como García Márquez construyó su obra en la cantera de su pueblo nativo Aracataca, Fernando Jiménez hunde sus manos en el barro de su ciudad natal, Manizales, situada junto a los volcanes, para exorcizarla, cuestionarla y hacerla vivir en la ficción. Por eso Manizalados es una novela inteligente, ágil, veloz, muy bien escrita, que confirma la gran pericia de un autor que ya antes se ha destacado por décadas como humorista y por ser uno de los mejores contadores de cuentos de Colombia.         


 

  


EL CENTENARIO DE MANUEL MEJÍA VALLEJO

 Por Eduardo García Aguilar

El 23 de abril, día del Idioma, se celebró el centenario del natalicio de Manuel Mejía Vallejo (1923-1998), escritor antioqueño ganador de los premios Nadal y Rómulo Gallegos y una de las figuras más importantes de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX. En esta oportunidad no voy a hablar de su obra, sino de los momentos en que tuve la oportunidad de compartir con él en Guadalajara y Medellín.

Debo decir que la literatura colombiana en aquellos momentos tenía un carácter más humano, convivial y menos competitivo y comercial de lo que ocurre en este primer cuarto del siglo XXI, donde la mayoría de los autores, hombres y mujeres, viven una avorazada carrera por el éxito y la fama y producen como conejos obras a destajo para estar presentes en el panorama efímero de las ferias y las librerías.

Por eso no es extraño que a los de nuestra generación, la Generación Sin cuenta, como se le suele llamar, hubiésemos tenido la oportunidad de compartir con los grandes maestros del aquel tiempo, pero no como vasallos o intimidados discípulos, sino como amigos y compañeros de mesa y ebriedad.

El gran escritor contemporáneo Juan José Hoyos ha escrito hace poco una magnifica crónica de como conoció a los 20 años a Manuel en su casa de Medellín, a donde había ido para entrevistarlo, pero que el final se convirtió en otro partícipe de esas charlas humanas donde el escritor, antes de posar, vivía y contaba la vida y la literatura al calor de los rones y el cántico de los pájaros, el ladrido de los perros y el treno crepuscular de los grillos. 

Juan José Hoyos hace un retrato magistral de Mejía Vallejo como un ser humano antes que todo, escritor que según él sería regional en el mejor sentido de la palabra regional, como lo fueron en su tiempo Tomás Carrasquilla y tantos otros de la humanidad como las hermanas Bronte, Benito Pérez Galdós, León Tolstoi, Mark Twain y William Faulkner. Sus palabras me han conmovido porque igual que él, quien es de mi generación, tuve también la fortuna de conocerlo de cerca.

Primero durante una visita a Medellín cuando vivía en México y acababa de publicar mis primeras novelas Tierras de leones y Bulevar de los héroes en la capital mexicana y llegué allí a participar en el famoso taller que él impartía en la Biblioteca Piloto de Medellín.

Como suele ser para todo escritor que publica sus primeras novelas cuando está en la flor de sus treinta años, siempre los mayores te reciben con el afecto hacia lo que ellos consideran escritores promisorios que les recuerdan los tiempos en que ellos lo fueron y por eso les abren las puertas y la amistad con la generosidad del tiempo ido. Así era también su contemporáneo y amigo Alvaro Mutis, que antes que autor era un amigo para quien la vida contaba antes que cualquier vanagloria. Y también así fueron Manuel Zapata Olivella y Fernando Charry Lara.

Manuel Mejía Vallejo me recibió en un salón aledaño al escenario desde donde impartía el taller. Como siempre vestía de traje y tenía esa figura de bigote y cejas pobladas que caracteriza a nuestros ancestros de las tierras antioqueñas crecidos con la frente despejada, un pie en las montañas y otro en los valles y las ciudades crecientes, nutridos de naturaleza, viajes a caballo, excursiones por ríos y quebradas, trochas y precipcios, y sesiones de guitarra y alcohol en fondas a la vera del camino, como en el famoso poema de León de Greiff, cuando dice que "en el alto de Otramina, pasando ya para el Cauca, me encontré con Toño Vélez en qué semejante rasca".

De esa misma estirpe era el maestro Fernando González, autor del bello libro Viaje a pie, donde cuenta sus aventuras de viaje acompañado del padre de Estanislao Zuleta a través de la cordillerra central, por donde llega a Manizales desde el norte cuando nuestra urbe estaba en plena reconstrucción tras los devastadores incendios y emergía la gigantesca catedral que entonces era para él un inmenso molar de cemento abierto en la cumbre.

Una hora antes de la salida al esenario, Manuel sacó una botella de Ron Antioqueño y empezó a servirme las mismas dosis que él bebía, de modo que al iniciarse el acto estaba prendidísimo y mucho más que él, veterano en esas lides. No sé lo que dije aquella tarde, pero sin duda los efectos del ron debieron sacar del fondo del alma de un escritor en formación los secretos más profundos. Vi por esos días en Medellín a otros dos grandes narradores amigos, Darío Ruiz Gómez y Fernando Vallejo, que son de la misma estirpe que Carrasquilla, González y Mejía Vallejo y con todos ellos compartí en la capital antioqueña horas inolvidables.

Otra vez volví a verme con Manuel en la Feria Internacional del libro de Guadalajara, que estaba dedicada a Colombia. Como era una feria aun naciente, cuando Manuel llegó a la capital de Jalisco no había habitación ni para él ni Fernando Cruz Kronfly, por lo que tuve que mover cielo y tierra con los mexicanos para solucionar el problema y evitar que durmieran ambos en los sofás del lobby del hotel. Fue una anécdota divertidísima. Después todos caminabamos felices por las soleadas calles de Guadalajara al calor del tequila y Manuel siempre estaba allí comandándonos  a todos con el aura marvillosa que aun tiene desde el más allá a cien años de su nacimiento.


  



EL ETERNO VERANO DE MARVEL MORENO

 Por Eduardo García Aguilar

Conocí a Marvel Moreno (1939-1995) gracias al hispanista francés Jacques Gilard, a quien vi por primera en un gran encuentro de literatura hispanoamericana en la Universidad de Toulouse donde estuvieron presentes Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Juan José Saer, Flor Romero de Nohra, Alba Lucía Ángel, entre otros. En ese entonces estudiaba en la rebelde Universidad de Vincennes y nos invitaron a realizar una exposición del Centro de Información para América Latina que animábamos allí y a donde acudían muchos de los exiliados latinoamericanos. 

Con Jacques nos hicimos amigos porque encontré su billetera con papeles y dinero que él había perdido en el auditorio y lo busqué por toda la universidad sin conocerlo para entregársela. Me hizo una fiesta por ese gesto y empezó así una larga relación literaria. Él era un brillante y joven académico que estaba en ese entonces dedicado de lleno a la literatura colombiana, recopilando la obra periodística de Gabriel García Márquez y los escritos de Alvaro Cepeda Samudio y por supuesto era muy amigo de Marvel, la admiraba y ya sabía de su obra en marcha.

Yo era un muchacho y aunque ya había escrito y publicado en revistas y suplementos desde la adolescencia, hacía mis primeros intentos de escribir una novela larga y un día que él vino a París me la presentó al frente de su casa en la rue Croulebarbe y le pidió a ella que leyera mis textos y nos viéramos para hablar de literatura. Marvel también estaba enfrascada en la redacción de sus cuentos y novelas.
 
Después de ese primer encuentro Marvel me invitó a su casa para que charláramos. Ella no había publicado aun ningún libro, aunque sí cuentos en revistas. Gilard la admiraba mucho, pues había pasado temporadas en Barranquilla y se sentía barranquillero adoptivo, costeño esencial. Él fue el primero en percibir con claridad, antes de que ella publicara sus obras más importantes, Algo tan feo en la vida de una señora bien (1980) y En Diciembre llegaban las brisas (1987), la magnitud literaria y las posibilidades de Marvel.
 
El feminismo estaba entonces muy en boga en Francia a través del Movimiento de Liberación Femenina (MLF), a cuyas manifestaciones acudíamos los estudiantes con nuestras amigas o novias feministas. Esos años fueron importantes, pues en Francia se acababa de votar la autorización del aborto, promovida por la ministra Simone Veil, y el MLF era un movimiento muy activo al que éramos muy sensibles los estudiantes.
 
Cuando ella llegó a vivir a París y decidió quedarse la literatura feminista circulaba mucho entre los jóvenes, especialmente a través de la editorial Femmes, que publicó poco después en francés a Marvel Moreno. También circulaban traducciones de feministas norteamericanas como Betty Friedan, Kate Millet y Erica Jong. Ella estaba muy conectada con esa atmósfera de liberación feminista cultural y sexual generalizadas de los años 60 y 70, en tiempos posteriores a mayo del 68.  

El día muy soleado de mayo cuando la conocí hacía mucho calor y me impresionó su frescura y belleza. Era una mujer alta, moderna, con una larga cabellera y gestos de gacela, piernas largas. Llevaba jeans y una blusa blanca vaporosa. Tenía 39 años y había nacido en septiembre como yo, o sea que compartíamos el hecho de pertenecer al signo Virgo. Gilard estaba feliz, muy excitado esa tarde y bromeaba mucho con ella. Veo esa tarde espléndida en mi memoria como si hubiera sido ayer. Por los azares de la vida, he vivido todo este siglo XXI en la Place D'Italie, a unas cuadras de la rue Croulebarbe, veo su edificio desde mi apartamento y cada vez que paso por ahí me acuerdo de ella. 

Marvel le dio una estocada al mundo patriarcal de las élites de Barranquilla y lo plasmó para siempre sin miramientos. Un mundo de patriarcas vulgares y poderosos que pervive intacto en la actualidad. Después de ser la reina del Carnaval, y compartir con la Miss Universo Luz Marina Zuluaga, que asistió a su coronación, dejó atrás todo eso y se convirtió en un mito insumiso de la ciudad, la mujer que se rebela contra su destino, problemática, que cuenta todo, la mujer conflictiva que adopta la causa de las insumisas.

Fue una luchadora contra la dominación patriarcal en la Costa Atlántica, que también se extiende a los territorios interiores y capitalinos de Colombia, cuestionados por Helena Araújo en sus novelas Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota. Machismo y falocratismo que se extiende a todo el continente y al mundo y domina desde hace milenios. De hecho, su último libro salió gracias a que un movimiento de jóvenes estudiantes barranquilleras rebeldes cuestionaron con un performance durante una mesa redonda sobre Marvel la censura familiar y exigieron la publicación de El tiempo de las amazonas (2020), que es un libro muy subversivo aun para hoy.

Barranquilla siempre vivirá en su obra, la de una reina de belleza que estudia, lee y se rebela como una estrella de rock de los maravillosos años 60 y 70 y la cuestiona desde diversos ángulos con la fuerza de Susan Sontag, Angela Davis y Patti Smith. Su primera y más conocida novela En diciembre llegaban las brisas, publicada por Plaza y Janés, está marcada por el decidido carácter antipatriarcal de su obra, centrada en su ciudad natal y las tradiciones y taras sociales, culturales y de género que tuvo que padecer en aquel ambiente del que huyó para siempre y al que no volvió. Ella se atrevió a enfrentar ese mundo y alejarse de él en un barco que va sin retorno con las velas abiertas.






vendredi 26 mai 2023

ACEVEDO GONZÁLEZ ENTRE LA BRUMA

Por Eduardo García Aguilar


Un escritor manizaleño al que se debe rescatar y estudiar con intensidad es Rodrigo Acevedo González, quien nació el 6 de septiembre de 1956 y murió joven a los 41 años el 7 de diciembre de 1996. Tuve la fortuna de ser su amigo en esa edad marvillosa cuando se va saliendo de la adolescencia y se vive la poesía y el sueño de la literatura con pasión iniciática, y además haber sido testigo y admirador de su inmenso talento e inteligencia.

En aquellos tiempos proliferaban en la ciudad los premios literarios convocados por instituciones y colegios en los que muchos estudiantes de bachillerato participábamos con entusiasmo en una competencia leal por llevarnos los premios y obtener las preseas.

En varios textos me he referido a Acevedo González como nuestro Rimbaud, porque desde muy temprano su poesía fue certera y moderna como pocas, tanto que si hoy se reunieran las colecciones que publicó en vida, El territorio y la máscara (1981) y Poemas del tiempo recobrado (2000), y las que están inéditas, nos sorprenderíamos de su nivel, que lo hace merecedor a aparecer en las mejores antologías de poesía colombiana de donde ha estado ausente por el exagerado centralismo.

Tengo una foto donde vamos caminando juntos por la séptima de Bogotá, cuando teníamos menos de 19 años y él realizaba visitas a la capital buscando joyas en las librerías de viejo y en las bibliotecas, especialmente en la de la Universidad Nacional, donde yo había ingresado a estudiar Sociología. No solo estaba enterado de los clásicos antiguos y modernos, de las poesías francesa, inglesa, alemana e italiana, sino también de los escritores modernos que publicaba Seix Barral en Barcelona, como uno de los narradores y ensayistas de la Nueva novela francesa, Michel Buttor, autor que me arrebató una vez de las manos para leerlo con fruición y hacer agudos comentarios sobre su lectura al día siguiente.

Cuando estaba en Bogotá le encantaba ir a la Universidad Nacional y recorrer todos sus ámbitos. A veces se hospedaba en mi casa o en la de otro compañero de Sociología, manizaleño también, llamado Aicardo Navarro, quien muy enterado ya en ese entonces de los temas psicoanalíticos solía bromear con él cuando a veces nos decía que deseaba suicidarse. También acudía a El Espectador y El Tiempo, donde esperaba publicar textos en los suplementos literarios.

Conservo unas 30 cartas que él me escribió desde Manizales en esos años, ya que sostuvimos una intensa correspondencia y las misivas iban y venían con mucha frecuencia. He leído sus cartas y he descubierto ahí la pasíon que él tenía por la literatura y la vida, las inquietudes sobre el mundo y el futuro y el testimonio de sus lecturas y opiniones. De mi parte le escribía larguísimas cartas que tal vez desaparecieron, pero no dudo que las suyas eran mejores que las mías.

Rodrigo siguió su vida atormentada en Manizales, atrapado sin salida en ese mundo que cuestionaba, y se convirtió hacia el final en un ermitaño hermético que deambulaba solitario con un enorme perro por la carrera veintitrés. La última vez que lo vi de lejos con el can cuando yo iba con mi amigo Antonio Leiva, no me atreví a interrumpir su soliloquio imaginario, mientras caminaba altivo hacia el Parque Caldas.

Una vez fui a su casa cuando vivía por la plaza Alfonso López, no lejos de la residencia de su familia y compartimos una alegre tarde con nuestro amigo el filósofo Carlos Arturo Orozco Grajales. Y esa fue la última vez que hablamos y compartimos de verdad. Otra vez lo busqué sin éxito en un apartamento situado por Hoyofrío, pero nos perdimos el rastro hasta que supe la noticia de su repentino fallecimiento. Durante todos esos años ganó premios locales, publicó varios libros, participó en encuentros literarios y dejó una obra que comentó con lucidez el novelista y ensayista Roberto Vélez Correa, quien como él murió joven y se nos anticipó hace tiempo.

Es cierto que Rodrigo tuvo una vida atormentada, pero quienes lo conocimos y lo frecuentamos con amistad y afecto sabemos que en el fondo era alegre, bohemio, gran amigo, frágil, siempre enamorado, degustador de vinos y poseedor de una sensibilidad moderna que se refleja en sus poemas contemporáneos, que rompieron moldes antes de tiempo. En su poesía hay vida, verdad, deseo, mal, ciudad, basura, ratas, calle.

Sobre él han escrito además Carlos Arboleda González y Conrado Alzate Valencia, que en un texto cita un fragmento de Vélez Correa sobre el poeta, donde dice que "Rodrigo fue una extraña mixtura de artista decadente, joven airado, romántico cursi, lector empedernido, poeta maldito, alcohólico irredimible, y un solitario que amó a su abuelo Felipe González, el músico de los Hermanos González…”.

Sería bueno que en las universidades y entre las nuevas generaciones se revisara y estudiara su vida y obra y se rescatara del olvido su luminoso paso y su huella entre las brumas de su ciudad natal Manizales. Tengo como joyas esas cartas que ojalá algún día se publiquen y algunos materiales que he obtenido gracias amigos que como Fernando Ramírez Lema, sobrino del excelente poeta caldense Hermann Lema, fueron sus contemporáneos y admiradores.

Somos varios los amigos sobrevivientes del poeta y sería bueno reunir sus textos y rendirle el homenaje que se merece nuestro Rimabud de Manizales, el precoz y brillante poeta que gritó ante el cosmos contra nadie y contra todos y a favor de la vida, el vino y el deseo frente a los volcanes y entre la bruma. Qué alegría y fortuna haber sido su amigo y cómplice cuando todo apenas comenzaba.
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Publicado en La Patria. mnizales. Colombia. Domingo 28 de mayo de 2023.

  






dimanche 23 octobre 2022

CUARENTA AÑOS NO ES NADA

Por Eduardo García Aguilar

El 21 de octubre se cumplieron cuatro décadas del anuncio del Premio Nobel otorgado al autor de Cien años de soledad, quien ya era desde 1967 una estrella mundial de la literatura luego del éxito de su obra maestra, donde no solo se reconocieron todos los latinoamericanos ansiosos de afirmarse tras siglos de guerras, dependencia y miseria, sino también las poblaciones de varios continentes del llamado Tercer Mundo, aquejados por los mismos problemas de la colonización y el dominio imperial. 
 

La obra máxima del nativo de Aracataca salió en un coyuntura especial, un año antes de las revueltas juveniles de 1968 y las explosiones culturales que empezaron a derrumbar las inercias de un pasado patriarcal y autoritario en Estados Unidos y Europa. Empezaron entonces las súbitas reivindicaciones de los afrodescendientes liderados por Martin Luther King y Angela Davis en Estados Unidos y se inició el movimiento de liberación femenina que derrumbó siglos de inercia y sacó a la mujer de una minoría de edad permanente.    

En el Primer Mundo esa generación que luchaba contra la guerra de Vietnam, soñaba con la revolución, consumía marihuana y escuchaba y bailaba rock, reggae y salsa hasta el amanecer, quedó fascinada por el exotismo y las luchas sociales del Tercer Mundo encarnadas en la figura y la obra de Gabriel García Márquez, un atípico e irereverente escritor malhablado de bigote, pelo encrespado, camisas floridas y pantalones de colores chillones, muy diferente a los pomposos autores latinoamericanos de antes que usaban traje y corbata y ejercían de diplomáticos o políticos profesionales como Rómulo Gallegos, Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda.

 
El colombiano le sacó el cuerpo a todas esas formalidades y convertido en rock star dejó atrás el modelo de autor exquisito y aristocrático que representaban hasta entonces Jorge Luis Borges, el barroco José Lezama Lima y otros prohombres engolados y pomposos existentes desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y se asoció con la revolución cubana, que entonces se encontraba en su apogeo en medio de la Guerra fría. 
 
Unido como emblema revolucionario a sus líderes Fidel Castro y al mártir Ernesto Che Guevara, que murió en Bolivia el mismo año de la aparición de Cien años de soledad, García Márquez se convirtió en otro ídolo y ascendió hacia la estratosfera como los poderosos cohetes Saturno V que llevaron al hombre a la Luna en 1969. García Márquez fue la otra cara de la moneda del Ché Guevara como mito crístico de la juventud rebelde latinoamericana y mundial hasta su paulatina difuminación en el siglo XXI. 
 

A diferencia de sus antecesores, el costeño reivindicó sus orígenes populares, la música vallenata y utilizó su fama y poder para promover el periodismo y cine latinoamericanos y desempeñarse como diplomático de facto de la Revolución cubana y mediador en complicados conflictos sociopolíticos latinoamericanos, al ser interlocutor escuchado y admirado de muchos presidentes de la región o incluso mandatarios de Estados Unidos o Europa.

   

En cierta forma García Márquez fue nuestro Victor Hugo y como él tuvo que huir al exilio cuando estuvo a punto de ser detenido en Colombia por su activismo político y periodístico y sus lazos ocultos y no ocultos con la insurgencia. Poco después obtendría el codiciado Nobel a los 54 años de edad y viviría el resto de su próspera vida en México en medio de la gloria, adorado como un patriarca o un semidiós hasta que fue alcanzado trágicamente por la terrible peste del olvido que aquejó también a los protagonistas de su obra mayor.

 
En un país y un continente que han vivido tantas guerras y desgracias, la figura patriarcal de García Márquez era un bálsamo que aliviaba los dolores y conjuraba la tradición del fracaso. Hasta su advenimiento todos los poetas, narradores y ensayistas del país habían muerto en la depresión, la pobreza y el olvido. 
 

Pero, oh paradoja, su éxito literario carbonizó como una deflagración meteórica la obra de varias generaciones de autores colombianos cuyos libros aparecieron y aparecen sin pena ni gloria desde hace décadas aunque sean notables y aun hoy todo gira alrededor de él. Sus contemporáneos vagan como fantasmas en un limbo de olvido y los autores posteriores nacen como estrellas muertas en un firmamento agotado, al mismo tiempo que se acaba la era de Gutenberg. 

Casi se podría decir que existe una religión en torno a su nombre y su imaginario. Y que un día habrá papa de Macondo, cardenales, obispos y sacerdotes que divulgarán los evangelios y ratificarán sus milagros. Sus personajes, sus gestos, sus mariposas amarillas y las imágenes creadas por su talento siguen tan vivas que inundan nuestros sueños y planean sobre el país como un gran fresco fundacional que nos detiene en un eterno presente sin tiempo. Y cuarenta años no es nada para el bolero fenomenal que fue su destino. Por eso desde el más allá, protégenos Gabriel, y ten piedad de nosotros, pues eres omnipotente, omnisciente, omnívoro, omniamoroso y omnipresente.   

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2022.

samedi 1 octobre 2022

MUJERES OCULTAS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA


Por Eduardo García Aguilar

Las escritoras fueron desdeñadas durante el auge del llamado "boom" de la literatura latinoamericana y solo ahora en diversos países comienza a recuperarse del ocultamiento las obras de muchas de ellas. Cuando el club ultramachista de la literatura latinoamericana reinaba desde Barcelona, comandado por la gran matriarca Carmen Balcells, casi todas las mujeres que escribían y publicaban entonces alrededor de la corte de los poderosos patriarcas eran toleradas solo como personajes folclóricos.

A la gran novelista colombiana Alba Lucía Ángel (1939), autora de Estaba la pájara pinta estaba sentada en un verde limón, se le consideraba más como una cantante que amenizaba los ágapes de sus amigos del boom, entre ellos el argentino Julio Cortázar, quien acuñó el término de lector "hembra", o sea al que le gustan las lecturas fáciles. Ángel, que después de vivir décadas en Europa, regresó a Colombia, ha sido recuperada por varias universidades y mujeres de las nuevas generaciones que encuentran en ella un modelo a seguir. Como ella, también la indomable Fanny Buitrago (1943) es otra de las más notables autores latinoamericanas que comienza a ser publicada de nuevo y seguida por un atento público lector que saludó desde su juventud su talento precoz. Entre sus obras figuran El hostigante verano de los dioses y Los pañamanes.

Otra escritora destacable fue Helena Araújo (1934-2015), autora de Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota, donde cuestionaba el tradicional mundo bogotano y las costumbres sociales de la élite, cuando el divorcio era casi considerado un delito. Araújo se exilió en Suiza y a lo largo de su vida desempeñó un gran papel como profesora y ensayista y lúcida y a veces excéntrica participante en coloquios.
 
Para seguir en el campo de la narrativa colombiana habría que destacar a la barranquillera Marvel Moreno (1939-1995), autora de En diciembre llegaban las brisas y Algo feo en la vida de una señora bien, quien estuvo cerca al círculo del boom, pero nunca fue tomada en serio. Incluso décadas después de muerta  tuvo que organizarse un movimiento de mujeres que exigió la publicación de su última novela, El tiempo de las amazonas, considerada por su familia y su ex primer marido como una obra menor impublicable.

Otra narradora, periodista, activista literaria y política fue la liberal Flor Romero de Nohra (1933-2018), autora de Los triquitraques del trópico, quien pese a publicar en importantes editoriales españolas fue desdeñada hasta el final. En pleno auge del boom, fui testigo de ese desdén y ella, como muchas otras autoras contemporáneas de los grandes patriarcas, parecía invisible.

Elisa Mújica (1918-2003,) autora de las novelas Catalina y Bogotá en las nubes, fue una escritora de gran inteligencia, talento y seriedad como ensayista e investigadora, y su obra comienza a ser de nuevo rescatada y estudiada por las nuevas generaciones. Igual destino tuvieron en cierta forma poetas que como Meira del Mar (1922-2009) y Maruja Vieira (1923) tuvieron que cruzar el siglo XXI para que suscitaran de nuevo la atención de los lectores. En ese mundo dominado por los piedracielistas, otro club supermasculino, ellas solo fueron toleradas y tal vez tratadas con cortesía, pero en medio del desdén.

Me he referido solo a algunas autoras colombianas ocultas del siglo XX. Lo mismo ocurrió en otros países del continente, donde como en México el reino de los grandes patriarcas fue total, con figuras como Octavio Paz, Carlos Fuentes y otros que vívían la literatura como una competencia implacable. En ese país se ha venido revalorizando la obra de la gran narradora Elena Garro (1916-1998), ex esposa de Paz, que fue condenada al olvido y murió en el ostracismo y la pobreza meses después del fallecimiento del Premio Nobel autor del Laberinto de la soledad.

La gran novela de Garro, los Recuerdos del porvenir, publicada en 1963 y ganadora del Premio Villaurrutia, es una obra notable del realismo mágico de antes de la aparición de Cien años de soledad, pero no tuvo sitio en ese estricto canon patriarcal. Junto a la de Garro, se rescatan ahora las obras de Rosario Castellanos (1925-1974), Inés Arrendondo (1928-1989)  y Amparo Dávila (1929-2020), entre otras.

Muchas sorpresas saldrían si se hiciera el mismo rastreo de la literatura escrita por mujeres en otros países latinoamericanos en el siglo pasado y ojalá esa tarea sea apoyada por las universidades, instituciones culturales y editoriales para que por fin podamos decir adiós a la era dominada por el universo de Macondo, comandado por Aureliano y Jose Arcadio Buendía y los personajes emblemáticos de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y Memoria de mis putras tristes.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de septiembre de 2022.


  


 


LA LITERATURA COLOMBIANA EN EL SIGLO XX

Por Eduardo García Aguilar

Las importantísimas colecciones de literatura colombiana que dirigió el recién fallecido Juan Gustavo Cobo Borda (1948-2022), apoyadas primero por Colcultura y después por el ministerio del ramo, fueron claves para tener presente y viva la literatura del siglo XX, una fascinante aventura no solo reducida a la novela, sino llena de sorpresas en el campo de la poesía, el ensayo, la crónica, el aforismo, la historia y la filosofía, entre otras ramas del saber expresado en palabras a través de la escritura.

Ya antes Cobo Borda había desempeñado un papel importante en la promoción de escritores de su generación y posteriores cuando trabajaba en la revista Eco, publicada por la librería Buchoolz, que no solo abrió sus páginas al pensamiento moderno y a la literatura mundiales, sino a los nuevos autores de su generación, que aparecían intercalados con obras maestras de todos los géneros provenientes de Europa y América Latina. Allí publicaron también Fernando Charry Lara, Ernesto Volkening y Danilo Cruz Vélez.

Antes, otras generaciones habían promocionado con entusiasmo la literatura colombiana en todo el territorio, a través de generosas colecciones publicadas con el apoyo de algunos gobiernos en la primera mitad del siglo durante la República liberal, sin olvidar la tarea valiosa paralela de muchas instituciones que como el Instituto Caro y Cuervo o el Banco de la República rescataron después en bellas y cuidadas ediciones las obras olvidadas, perdidas o inéditas de grandes autores de todas las épocas, como Joan de Castellanos, la Madre Josefa del Castillo, Soledad Acosta de Samper, José Asunción Silva, Julio Flórez, Miguel Antonio Caro, Rufino J. Cuervo o Rafael Pombo.

Con ellos, debería destacarse el papel de la gran Editorial Arturo Zapata, de carácter privado, que existió en Manizales de 1926 a 1954, donde publicaron sus obras grandes escritores como Fernando González, César Uribe Piedrahíta, León de Greiff y muchos más. También debería subrayarse la tarea de la revista Mito, dirigida en los años 50 por el poeta y ensayista Jorge Gaitán Durán, que abrió puertas en sus páginas a la literatura hispanoamericana y publicó obras claves de autores colombianos como los entonces jóvenes Gabriel García Márquez, Darío Mesa y Alvaro Mutis, entre otros.

También debe destacarse la generosa labor de Manuel Zapata Olivella en su revista Letras Nacionales y su activismo permanente para abrir puertas a los autores contemporáneos y a los nuevos que como Óscar Collazos despuntaban en los años 60. Gracias a la pasión literaria de tantos hombres y mujeres de letras del siglo XX, se pudo conservar de esa manera el acervo literario del país, que debería de nuevo ponerse a circular en el siglo XXI con el apoyo de las instituciones y el Estado, para no dejar el rumbo de las letras nacionales solo en manos de las editoriales multinacionales privadas.

Todas las instituciones mencionadas realizaron a lo largo del siglo XX una tarea fundamental para elaborar el mapa de las letras colombianas, registrándolas con excelentes notas introductorias de grandes especialistas. Gracias a a ellas se rescató la obra de José Antonio Osorio Lizarazo, un escritor colombiano que vivió mucho tiempo fuera del país y realizó una activa obra narrativa y periodística dispersa en el continente, en la que se destaca su trilogía de novelas bogotanas, que fueron uno de los primeros atisbos de la novelística urbana, una descripción magistral de personajes que luchaban en la capital por sobrevivir al frío, la burocracia y las dificultades económicas.

También gracias a esa labor de los recopiladores y editores redescubrimos la obra narrativa del genial Tomás Carrasquilla, la poesía y la narrativa de José Eustasio Rivera, la escritura aforística de Nicolás Gómez Dávila, la tarea crítica cosmopolita de Baldomero Sanín Cano, los versos malditos de Porfirio Barba Jacob, la literatura del gran Jorge Zalamea, la vasta summa poética de León de Greiff, los versos escasos pero claves de Aurelio Arturo, y se exhumó la obra irreverente de Fernando González, nuestro Nietzsche antioqueño.

Sin esa labor apoyada por las instituciones, bancos, universidades, ministerios, editoriales independientes no conoceríamos obras que como las de Meira del Mar, Elisa Mujica y Helena Araújo fueron acogidas en las diversas colecciones creadas con pasión y sin ánimo de lucro por quijotes colombianos amantes de la literatura y los libros. Porque la gran tragedia de los países que no conservan y cuidan la obra de sus autores nacionales y regionales, es que muchos manuscritos y archivos desparecen con la muerte, lo que significa la pérdida definitiva de un invaluable patrimonio cultural.

Que el impulso de las diversas generaciones de críticos y editores del siglo XX sea ejemplo para que en el siglo XXI realicemos una nueva cartografía de los autores de ambos sexos secretos, olvidados, perdidos e ignorados en ciudades, pueblos o regiones del país. Todos sus materiales deben ser buscados y rescatados con amor y editados con cuidado para que la literatura colombiana siga viva. 
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Publicadao en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo
2 de octubre de 2022.