Por Eduardo García Aguilar
samedi 26 juin 2021
MEDIO SIGLO EN LA PATRIA
Por Eduardo García Aguilar
samedi 12 juin 2021
VOLVER A FERNANDO CRUZ KRONFLY
Por Eduardo García Aguilar
samedi 17 avril 2021
LA BARRANQUILLA DE JULIO OLACIREGUI
Por Eduardo García Aguilar
Cortázar, Wole Soyinka, Toni Morrison y André Gide, entre otros muchos.
Todo comenzó en Barranquilla, donde nació y creció al calor del Carnaval y la explosión artística de un grupo de maestros mayores compuesto Alvaro Cepeda Samudio, Alejando Obregón y Gabriel García Márquez, entre otros. La misma Barranquilla del boxeador Kid Pambelé y del cartagenero Joe Arroyo, compañero de generación y delirio, la urbe tropical de los famosos carnavales que él lleva siempre adentro con sus máscaras y su alegre deseo de tomarle el pelo al destino y « mamarle gallo » a la solemnidad y a la propia literatura.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de abril de 2021.
dimanche 14 mars 2021
NUEVOS CAMINOS DE LA LITERATURA COLOMBIANA
eneración sin nombre.
Para cualquier observador es claro que la irrupción de esa variada generación de nuevas autoras es el más interesante fenómeno de la literatura colombiana actual. No son las primeras porque antes hubo muchas autoras que ejercieron con rigor y pasión las letras en el siglo XX, innovaron, escandalizaron, removieron el terreno, pero fueron ignoradas, subvaloradas, ninguneadas, como es el caso de muchas poetas del siglo XX que serán descubiertas poco a poco por los arqueológos de la literatura colombiana, cuando sea ya definitivo el derrumbe de José Arcadio Buendía y los cuchilleros misóginos y machistas de Crónica de una muerte anunciada.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de marzo de 2021. En la foto León de Greiff.
mardi 29 décembre 2020
EL PATIO DE LOS VIENTOS PERDIDOS DE BURGOS CANTOR
Por Eduardo García Aguilar
Una de las novelas más destacadas dentro del panorama de la nueva
novela colombiana es El patio de los vientos perdidos de Roberto Burgos
Cantor (1948). Novela de ciénagas y tierra húmeda, incrustada en el
colorido ambiente del Caribe, la de Burgos es notoria porque es la
primera en desembarazarse de la retórica macondina que casi todos los
escritores de la costa colombiana no habían podido superar.
Durante los últimos años esos escritores luchaban sin resultados
por expulsar el pulpo garciamarquino que los asfixiaba. Con esta novela,
en la que campea un mundo mítico repleto de guiños a sus maestros, la
guerra ha terminado con resultados favorables para el soldado de las
letras. Como buen discípulo, Burgos ha logrado sintetizar los mejores
logros de García Márquez con el mundo maravilloso de Alvaro Mutis, quien
está presente en cada una de estas páginas. Más mutisiano que
macondiano, Burgos produjo, sin embargo, una novela absolutamente
burguiana.
La novela trascurre en dos tempos : el de un
boxeador decadente que trata de justificar su derrota y el de una casa
de putas regentada por Germania de la Concepción Cochero. Miguel
Sarmiento, el músico, Beny el boxeador, Lácides, el aristócrata
decadente, Olimpia y los músicos se entrecruzan en esa casa húméda
rodeada de flores y de iguanas, especie de barco fantasma donde se
concentra la maravilla de un mundo ajeno a la tierra fría de los Andes.
Araucaíma de las ciénagas.
La literatura colombiana está
marcada irremediablemente por sus signos geográficos. A un lado la
tierra fría de la cordillera con sus mundos nublados con mitologías
peculiares y al otro lado la tierra caliente de la costa con autores
atrapados en la nieve como Germán Espinosa, Burgos Cantor, Jaime
Manrique Ardila y Julio Olaciregui, para sólo mencionar algunos
recientes, cuya obra es fiel a su tierra. De estas oposiciones, de estos
ámbitos tan disímiles está surgiendo una nueva novela fogosa y variada
que explota súbitamente después de un lento proceso de incubación.
Burgos vive en Bogotá (*) y desde el « exilio » evoca un mundo que
tiene mayores coincidencias con las islas y las costas del Caribe que
con las tierras altas de Colombia. Otros escritores, esta vez andinos,
como Eduardo Zalamea Borda, han escrito obras donde muestran el ansia de
fundirse en la otra mitad del país. Cuatro años a bordo de mi mismo,
publicada en 1934, es una Vorágine aguamarina. En sus páginas se ve
claramente que quien escribe es un paramuno deseoso de comerse a la
costa. Y al final de esta gran novela hay un sabor de inevitable
fracaso.
A diferencia de Cuatro años a bordo de mi mismo,
El patio de los vientos perdidos inunda de humedad el cuarto de un
lector ajeno y lo sume en el letargo de ciertos atardeceres desde donde
emergen ferrys abandonados, corredores y escalinatas rodeadas de
enredaderas, techos lejanos de paja y músicas de harmonios encantados
que huelen a colonia de Murray. El tiempo que une a los objetos es el
del almanaque Bristol. Y su dirección loca es la de los cangrejos
azules. El vehículo en que viaja, una victoria halada por corceles
negros.
Antes había publicado en la colección del
Instituto Colombiano de Cultura un libro de cuentos, Lo Amador, donde se
vislumbraban los principales temas y ámbitos de El patio de los vientos
perdidos. Desde entonces Burgos escogió para escribir una trompeta.
Tomando partido por el lenguaje, por la música de las palabras y sus
destellos, asestó un golpe certero a cierto manierismo, cuyo objetivo
era la confusión estructuralista antes que la poesía o la música.
La novela comienza con el contrapunteo de dos tiempos : el del
boxeador fracasado y el de la casa de Germania. Son fotografías donde se
muestran los elementos fundamentales de la historia. Luego, en una
larga sinfonía caribe, Burgos se remonta al pasado colonial, el de los
ancestros de don Laci, para llegar de nuevo a la casa con su ambiente de
farra mítica. Es un texto de más de cien paginas para ser cantado en
voz alta. Después volvemos a la angustia del fracaso, con un texto para
percusión, donde Beny, asiduo de la casa, cuenta los peligros del éxito.
Al final viene el entierro de don Laci, personaje misterioso que llegó y
se quedó como sombra, seguro de haber encontrado en Germania su otra
parte. Es un entierro de opera, bajo el sol y la humedad, arrullado por
el oleaje y los chapuceos de los cangrejos.
Para
desentrañar El patio de los vientos perdidos debemos sumergirnos en él
sin temores. Con la fogosidad de otros textos realistas, Burgos abre una
brecha dentro de la nueva literatura colombiana. Su partido es la
música antes que todo y a través de ella cuenta las historias. Los
hechos y los protagonistas son el eco del combo. La novela es el sonido
que ha dejado el combo junto al mar, cuando los borrachos se reúnen a
tomar las cervezas frías del alba.
El delirio novelístico de
la nueva generación de escritores de Colombia es sorprendente. Tal vez
en pocos países de América Latina se están escribiendo tantas novelas, y
esto se debe al deseo de emular al gran Patriarca. Hay un abanico que
va desde el más descarnado realismo hasta las más abstrusas
experimentaciones. Burgos Cantor, con El patio de los vientos perdidos,
ha optado por dar a las palabras poderes musicales, visuales, olfativos y
táctiles.
Otro cartagenero, Germán Espinosa (1938),
escribió y publicó en Montevideo en 1970 una novela que puede
considerarse precursora de El patio de los vientos perdidos en lo que
respecta a la utilización de la palabra como nota musical : Los cortejos
del diablo. En ambas se percibe el deseo de hacer de éstas el cuero de
un tambor, la cuerda de un instrumento, el metal de la corneta. La de
Espinosa se remonta, como en su momento también lo hace la de Burgos, a
los tiempos virreinales. Y todo parece como si en el remoto pasado
estuvieran escritas las tragedias y las dichas presentes, los signos de
la suerte, las cartas de la baraja. Como si Cartagena de Indias, tierra
de fundación, estuviera poblada de los más extraños fantasmas de la
palabra, gnomos de la ficción.
De Lo Amador hasta El patio
de los vientos perdidos (Planeta colombiana. Bogota, 1984) hay ya un
camino recorrido que augura nuevas fiestas y delirios. Con su primera
novela, Burgos Cantor coloca una de las más valiosas piedras del
edificio novelístico del post-macondismo colombiano.
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Texto publicado en el suplemento Sábado de Unomásuno en 1984, en México
lundi 28 décembre 2020
LOS PALIMPSESTOS DE NORBERTO CUESTA
Por Eduardo García Aguilar
Norberto Cuesta, quien acaba de publicar en Hoyos editores
Dingolondangos, siempre ha estado habitado por la poesía desde los
tiempos en que sentados ambos codo a codo en clase por los azares del
alfabeto, traficábamos cientos de poemas de forma clandestina pasándolos
tras escribirlos debajo del pupitre, lejos de la vigilancia de los
profesores. A veces eran depositados como mensajes de un secta secreta
sobre fatigadas superficies, dejados en el cancel de una puerta,
enviados al cielo con una paloma mensajera imaginaria o lanzados al aire
en una tarde de ventisca cuando coloridos cometas y globos se volvían
barcos ebrios.
La poesía era así la forma más vasta de respirar en los viejos salones
de un exconvento de monjas adaptado en colegio de bachillerato, cerca de
la Iglesia de los Agustinos y las empinadas calles de la ciudad antigua
que habían sobrevivido a los incendios que la devastaron a comienzos
del siglo XX. Todo entonces era “muy antiguo y muy moderno”, como diría
el gran Rubén Darío, pero el futuro se desbordaba ya con creces y
aspiraba con sus energías centrífugas y centrípetas los cimientos de
donde veníamos.
El maestro Filemón Valencia, quien sería después colega de Norberto
Cuesta en el Instituto Universitario, nos abría las páginas de la
revista Faro para publicar nuestros primeros textos, ya fueran poemas o
ensayos o reseñas de libros. Además nos incitaba a profundizar en la
poesía castellana del Siglo de Oro, la de Garcilaso, Góngora,
Villamediana y Quevedo, para que la cotejáramos con la nueva lírica
española de la primera mitad del siglo XX, contemporánea de Federico
García Lorca, las vanguardias y los surrealistas.
En nuestras manos depositó él la obra poética del Nobel Juan Ramón
Jiménez, publicada en preciosos volúmenes de papel de seda, empastados
en cuero bruñido, y la de poetas posteriores como Vicente Aleixandre y
Pedro Salinas, contemporáneos que sobrevivieron a las guerras y el
tiempo y cuya poesía nutre la obra alerta, ìntima, serena y a veces
cósmica de Cuesta. En sus poemas hay una permanente posibilidad de
hallazgo metafórico, una predicción del cosmos y una alquimia inusitada
para conectar el aquí de lo cotidiano con el más allá insondable.
Norberto Cuesta tiene la mirada alerta del águila que ve todo lo que
sucede a su alrededor, la flor súbita, el agua que fluye en la roca, el
musgo adosado al árbol, el venado que huye, el zumbido de un insecto
entre enredaderas, el llanto de un niño, la melodía que sale de un bar,
la lágrima de quien se despide para siempre o ama hasta agotar las
mariposas. La de Cuesta es una mirada de poeta que es mucho más alerta
vital ante la deriva de la galaxia que premonición de tempestades en la
humedad de los trópicos.
La energía de la obra poética de Cuesta está impulsada por la
conjuración del olvido, pues “el tiempo no es más que una espiral de
memorias que giran en torbellinos infinitos”. Por eso, al leer estos
textos viajamos por un vertiginoso túnel del tiempo con imágenes firmes y
volátiles de amigos soñadores como el matemático Goar que sueña con las
ruinas de Palmira o llora “ante el vuelo de las garzas de regreso a las
cinco de la tarde”. También es un periplo que lleva a la eclosión de
una flor antes de marchitarse, o a la evocación de ancestros, hermanos,
amigos, recién nacidos o cuerpos amados y deseados que estremecen y dan
vida a las palabras.
“Apenas voy a disfrutar de un antier que no ha llegado”, señala Cuesta, y
por eso añade que “soy un pretérito mal conjugado que se quedó en
atardeceres remotos y en unos ojos verdes, estancado”. De ese elíxir
lejano de los tiempos extrae el temple febril de sus poemas. “Me he
pasado calculando tantas estrellas en mis noches”, dice para referirse a
todos esos instantes en que ha indagado por el tiempo mirando hacia la
inmensidad del cosmos, porque para la voz que habla en sus poemas todo
es memoria y solo hay olvido en la muerte.
Como la hermosa serpiente que va “reptando por este desierto de la vida,
comiendo arena con los ojos”, el poeta recorre un universo propio que
viene a ser solo otra dimensión del infinito. Son palabras convocadas
para decirlo todo antes de que el futuro devore lo circundante, borrando
las huellas para que no sea “la hormiga que extravió el camino y dejó
su carga en el lugar errado”.
En cada poema Cuesta quiebra los espejos de lo vivido como el demiurgo
que salva a los cautivos. La suya es una poesía existencial que escruta
en las cavernas del olvido, allí donde los humanos plasmaron los cinco
dedos de las manos contra las rocas gritando para nada y para nadie,
pues “lo que dimos, lo que amamos, lo que edificamos” se volverán solo
“palimpsestos de otros caminantes” que vendrán a poblar los espacios
abandonados.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de diciembre de 2020.




