lundi 9 mai 2022

LAS MIL BATALLAS DE GARDEAZÁBAL

Por Eduardo García Aguilar

Siendo muy joven y rebelde, Gustavo Álvarez Gardeazábal (1945) publicó en el lapso de unos cuatro años varias novelas que se convirtieron en clásicos de la narrativa colombiana y latinoamericana como Cóndores no entierran todos los días, Dabeiba, La boba y el buda, El bazar de los idiotas, entre otras. Su irrupción en la literatura colombiana fue vertiginosa en los primeros años de la década del 70 del siglo pasado, que también vio emerger a otros autores de su generación como Óscar Collazos, Fernando Cruz Kronfly, Héctor Sánchez, Umberto Valverde, Fanny Buitrago, Alba Lucía Ángel, Roberto Burgos y R.H. Moreno Durán, entre una veintena de autores magníficos que constituyen una poderosa generación que aún se debe estudiar y valorar.
Pero Gardeazábal surgió casi como una explosión volcánica contra viento y marea, dispuesto a contar con un lenguaje propio y local las historias ocurridas en su terruño, Tuluá, en tiempos de la horrorosa violencia entre liberales y conservadores en medio de la cual vio la luz del mundo hace 75 años. Su objetivo era hacer clásico e internacional el lenguaje de la chismografía de su pueblo natal Tuluá, pues considera que hay un rico y específico modo del castellano, que él denomina el “tulueño”. Así como Proust tenía su jerga de frases interminables en un estilo exquisito donde sonaba el habla de los salones aristocráticos de París a fines de siglo XIX y comienzos del XX, Gardeazábal hilaba, tejía, serpenteaba, entrelazaba las historias a través de palabras que como pólvora se regaban y explotaban en todos los sentidos, en un endemoniado fuego pirotécnico, galáctico, generalizado y en espiral.
Cóndores no entierran todos los días se convirtió en el emblema de esa narrativa de la violencia a través de la historia de un temible pájaro contada desde todos los ángulos con su prosa musical, barroca y churrigueresca, poderosa y fértil enredadera florecida y venenosa que se reproducía a toda velocidad, impulsada por una savia devoradora sobre muros, techos, aceras, zaguanes, cementerios, patios e iglesias del pueblo natal. El gran Francisco Norden la llevaría después al cine, en la que tal vez sea la película colombiana más importante del siglo XX.
Uno tras otro iban saliendo sus novelas y libros de cuentos que ganaron premios internacionales en España, se convirtieron en best sellers y fueron traducidos a varias lenguas, entre ellas el polaco, el inglés, el alemán, el italiano y el húngaro. Como siempre ambicionó a lo grande, se dio cuenta de que para figurar en Colombia tenía antes que publicar y sonar primero en el extranjero, pues la literatura colombiana de su tiempo, como la de hoy, siempre ha estado centralizada en la hegemonía bogotana que mira de reojo a las creaciones de autores nacidos o activos en otras regiones. El costeño Gabriel García Márquez lo había precedido en esa reivindicación de lo local, y como él, tuvo que publicar lejos de su patria para que lo tuvieran en cuenta los capataces literarios de la Atenas suramericana.
Gardeazábal no se sentó en los laureles conquistados como un guerrero griego antes de cumplir los 30 años. Siempre ha sido un autor incómodo, polémico, odiado y admirado, ya que nunca ha tenido pelos en la lengua para expresar sus opiniones que desde el principio fueron contra todas las corrientes políticas y sexuales. Cuando la izquierda dogmática dominaba el pensamiento en las universidades, él era el único tribuno estudiantil opositor que enfrentaba a las divas revolucionarias, muchas de las cuales, comunistas, maoístas, guevaristas, camilistas, trotskistas, fueron exterminados o se apaciguaron después y entraron al redil.
Y fue un verdadero precursor, pues muchas décadas antes del auge del movimiento LGTB, él ya exponía al viento sin complejos su homosexualidad con un orgullo en un país que es y ha sido fundamentalmente machista, camandulero y conservador. Varios de sus libros tienen héroes homosexuales como El Divino y la Misa ha terminado y vestido él también como diva sesentayochera con pantalones de rayas blancas y rojas y camisas floreadas, expresaba su elocuencia desde todas las tribunas y púlpitos asustando monjas, horrorizando obispos, alcaldes, presidentes y desestabilizando a los pontífices con sus báculos de hoz y martillo. Tal vez, como destaca Isaías Peña Gutiérrez, esa hidra de varias cabezas, a la vez conservador y volteriano, convencional e irreverente, mojigato y lúbrico, se nutre del contradictorio imaginario familiar, pues su padre fue godo y su madre liberal.
Esa inasibilidad permanente de Gardeazábal, la indómita fuerza para evitar ser etiquetado, el carácter impulsivo y quijotesco le ha causado al autor tulueño múltiples problemas y también lo condujeron a vivir aventuras que lo convierten a su vez en personaje de novela. Con más de diez novelas publicadas y un reconocimiento literario sólido se aventuró como otros autores latinoamericanos en las aguas turbias de la política. En una carrera política vertiginosa como su vida literaria, fue alcalde de su pueblo y llegó a gobernador del Valle con una votación gigantesca que en algún momento lo hizo sonar como probable candidato a la presidencia, igual que su amigo Vargas Llosa en Perú, pero se le atravesaron las arañas de la intriga y terminó experimentando la cárcel, experiencia que ha enriquecido a grandes autores como Miguel de Cervantes Saavedra y Álvaro Mutis, entre otros.
Ahora que ya es un sabio sereno que mira el paisaje planeando desde las altas cumbres como los cóndores de los Andes, más allá del bien y del mal, dotado de la poderosa inteligencia que siempre lo ha caracterizado, sus coterráneos le hacen un homenaje por su llegada a edad tan venerable. Convocados de manera virtual a causa de la pandemia de coronavirus por su amigo el poeta Ómar Ortiz, muchos críticos y escritores fueron convocados para debatir esta semana de agosto, previa a su cumpleaños el 31 de agosto, en torno a su vida y obra.
Sentado en su estudio, ataviado con sus inconfundibles, amplias y elegantes camisas, con dicción pausada y mirada de águila, respondió a las preguntas de Isaías Peña Gutiérrez, quien lo conoce y lo ha seguido y estudiado desde el principio. Con Johnattan Tittler, que acaba de traducir al inglés después de arduo trabajo Cóndores no entierran todos los días, habló de las dificultades de trasladar el lenguaje suyo a la lengua de Faulkner y Capote y con Darío Henao abordó sus primeras tareas como profesor de literatura en Cali y Pasto y su rebelión contra las modas semióticas e ideológicas que venían de Europa. Verlo en plena forma y activo después de tantas peripecias extraliterarias ha sido una alegría para quienes sabemos que su obra es rica e imprescindible.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de agosto de 2020.

El FANTÁSTICO UNIVERSO MUSICAL DE PABLO MONTOYA

Por Eduardo García Aguilar

Antes de terminar el siglo XX y cuando se hacía la cuenta regresiva de las semanas, días, horas y minutos que nos separaban del siglo XXI, Pablo Montoya (1963) deambulaba por las calles del barrio existencialista de Saint Gernain des Prés, donde reinaron Miles Davis, Boris Vian y Juliette Gréco, cubierto por un gabán azul oscuro y una bufanda escocesa que lo protegían de las fuertes ráfagas del frío otoñal.

En ese entonces, antes de los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York, las guerras posteriores, los vertiginosos cambios culturales que sacudieron al mundo e imprimen a la existencia una velocidad desbocada y angustiante, la vida literaria era trepidante en ese barrio donde estaban las sedes de las grandes editoriales y las principales librerías, universidades e institutos de élite. Nos encontrábamos felices en las presentaciones de nuestros libros y de los amigos en la Casa de América Latina y aun estaba vivo Miguel de Francisco, el último barroco colombiano, literario hasta el sacrificio. Después desaparecieron una tras otra las tradicionales librerías hispánicas y América Latina y sus escritores pasamos de moda.   

Montoya ya había estudiado música en Tunja, fría ciudad colombiana donde vivió intensos años de aprendizaje estético y desde hacía cierto tiempo proseguía sus estudios literarios en la Universidad de la Sorbona Nueva, donde trabajaba con ahínco la obra de Alejo Carpentier y revisaba con notables maestros la historia de la literatura latinoamericana desde el modernismo de Rubén Darío, hasta la explosión del boom, pasando por las vanguardias y el realismo social de la primera mitad del siglo XX, marcada por las obras de Jose Eustasio Rivera, Horacio Quiroga, Vicente Huidobro, César Moro y José Vasconcelos.

Si Rubén Darío hubiese sido su contemporáneo, hubiera incluido a Pablo Montoya en su colección de raros literarios, esos personajes que al final del siglo XIX se rebelaron contra la industrialización y la terrenalidad imperantes para refugiarse en lejanos mundos desparecidos, continentes perdidos y épocas extrañas que como Grecia, Roma y Bizancio o el Renacimiento, vibraban con locura en los arcanos de la perfección estética, el pensamiento cósmico, teológico y alquímico, las imágenes pictóricas de los grandes maestros italianos o la música que se interpretaba en los palacios de la nobleza.

Raro es Pablo Montoya, pues como Baudelaire, Joris Karl Huysmans, Georges Rodenbach, Marcel Schowb y Barney D'Aurevilly y otros decadentes, recorrió con pasos rápidos las húmedas callejuelas del Barrio Latino, enfundado en su gabán y proyectando una luz de láser a su alrededor con una mirada de iluminado, poseído por la irrefrenable sed del ojo. Montoya es y ha sido un estudiante esencial y como tal en esos años crepusculares seguía escribiendo en secreto los textos y relatos que ya creaba en Colombia, nutriéndose de sus lecturas, los profundos estudios musicales y pictóricos, y de la amada París que compartíamos todos.

Él siempre ha escrito desde la música y para la música. Su obra vibra en los escenarios donde suenan todos los instrumentos, incluso los fabulosos y quiméricos que inventa su imaginación. En el magnífico libro la Sinfónica y otros cuentos (1993), que incluye varios de sus más logrados relatos, Montoya nos introduce de lleno en el fantástico universo musical que irriga toda su obra, presentándonos personajes poseídos por el ansia del arte y devorados por una fuerza creativa que los lleva a construir instrumentos quiméricos que sacuden el cosmos.

Uno a uno empezó a publicar sus primeros libros en diversas editoriales independientes en medio de la soledad de quienes salen de su tierra para desandar en la diáspora lejanos países desconocidos y grandes ciudades donde en cada cuadra viven como anónimos muchas glorias de la literatura, el arte y el pensamiento y donde se rinde memoria en placas y estatuas a figuras inolvidables del pasado que como él fueron habitantes anónimos de París, la ciudad de las universidades medievales a donde vino una vez Gargantúa de la mano de su inventor Rabelais.

Montoya tiene un lugar en ese mundo de los raros iluminados por la literatura, hijos y hermanos de Gérard de Nerval que van siempre cargados de libros en sus bolsillos y se detienen junto a un farol a contemplar con intensidad los visos de la luz sobre las aguas del entrañable río Sena, o se sientan a contemplar desde el parque que rodea a la antigua iglesia Saint Julien Le Pauvre, presente ahí desde el siglo XII, las estructuras igualmente antiguas de Notre Dame de París, iluminada por los haces intermitentes de luz de los barcos modernos que cruzan bajo los puentes.

Cuando uno lee los cuentos y relatos de Pablo Montoya vuelve a visitar las callejuelas y los rincones de la ciudad que se bebió muy joven de un solo sorbo como si fuera un elíxir sagrado, por lo que a veces sus personajes jóvenes y errantes del mundo moderno se ven atrapados por un pasado desconocido que los devora como en ese escalofriante relato El agua es fuego mojado, de su libro Razia (2001).

En estos cuentos y relatos de iniciación escritos con el alma altiva del estudiante de literatura, Montoya vive la realidad contemporánea con sus luces de neón, pero a su vez se ancla en los lejanos mundos del desterrado Ovidio o el maldito Baudelaire, en las imágenes de los grandes maestros de la pintura que lo inspiran para explorar otros siglos y visitar las cabañas bucólicas de los románticos alemanes o los mundos nuevos recién descubiertos por aventureros en el Nuevo mundo, cuando no las tabernas de paso que visitaron Propercio, Petronio o Apuleyo.

En sus textos se alterna la presencia de su tierra de origen con los mundos antiguos sumidos en las atroces guerras territoriales o de religión. Sus personajes son marginales de hoy que deambulan por la explanada del Centro Pompidou bebiendo cerveza Heineken y en la ebriedad renacen en medio de una guerra de sectas entre hienas que los llevan al suplicio. Viven en la miseria y hacen el amor en las buhardillas del séptimo piso, pero sueñan en palacios renacentistas.

En Habitantes (1999), Montoya explora los misterios de las urbes donde los individuos son triturados o cargan penas o tragedias innombrables, como el misterioso conductor de un bus que viaja por el tiempo y acoge en el periplo soldados en plena lujuria o ancianos recién fallecidos, o el aseador desamparado errante que deambula por túneles herrumbrosos poblados de detritus y alimañas invencibles, o el músico solitario que inventa instrumentos y obras imposibles y después de darlo todo en busca de la perfección rompe las partituras y las lanza al viento.

El pintor acosado, la muchacha desnuda, el transeúnte, el cartógrafo, el arquitecto, el cerrajero, el lector, el mimo triste, la prostituta, el escritor, la mecanógrafa abandonada, son algunos de esos personajes que pinta Montoya a medida que son atrapados por la urbanización devoradora de la metrópoli.
Todos estos relatos de primera juventud son un homenaje al estudiante que se devora el mundo con la mirada y el corazón y escribe para nada y para nadie en la más absoluta soledad.

HACIA UNA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA

 Por Eduardo García Aguilar

Uno de los efectos más nefastos que provocó el unanimismo ideológico colombiano de ultraderecha vivido en la primera década del siglo XXI, fue el posicionamiento hegemónico del sermón paisa como centro de la literatura colombiana, retrocediéndonos de súbito a los tiempos de antes de Tomás Carrasquilla y Baldomero Sanín Cano. Así como el realismo mágico cortó de tajo las experiencias modernas de las generaciones de las revistas Mito y Eco y sus discípulos, decapitando dos generaciones de autores modernos, podría decirse que el neo-costumbrismo paisa de carriel y poncho se impuso en esta década a la par que la cantaleta presidencial, junto a otras literaturas soeces de tetas y paraísos, nutridas por el hampa nacional.

El éxito desmesurado de las confesiones autobiográficas o los relatos costumbristas de algunos escritores antioqueños y de otras partes del país, son una muestra de esa extraña seducción ejercida entre los lectores por el discurso arcaico, moralista y autoritario, mezcla de los viejos chistes de Cosiaca y Montecristo, con la energía incendiaria de Monseñor Builes, la charlatanería deschavetada y sin ton ni son del maestro Fernando González y el habla criminal de los malevos y "pirobos" de barriada.

Al público le atrae las lecturas fáciles, o sea obras que se leen de un tirón y seducen porque nos afirman en las taras culturales de las que venimos y que en el caso colombiano son el discurso violento y soez, la injuria gratuita de connotación sexual y cierto aire de moralismo misógino de sacristía. Ese discurso narrativo y oratorio, a veces homicida y fascistoide, se caracteriza asimismo por un autismo ignorantón y autodidacta que niega todo debate y se basa en anatemas y chistes de mal gusto en torno a los cuales no puede haber discusión alguna.

Los libros más vendidos en esta década en Colombia para alegría de las editoriales españolas que se impusieron aquí, fueron en general representantes de ese discurso, obras que rápidamente pasaron al cine o a la telenovela, que a su vez es un género reproductor de las taras culturales, una forma espléndida para mantener el statu quo entre la población alienada por la violencia, como ha ocurrido desde México hasta la Patagonia.

Ese auge de la literatura coloquial autobiográfica basada en la injuria y lo soez, así como sus variantes imaginativas sicarescas o burdelescas, fue un fenómeno que ya comienza a ser analizado por críticos lúcidos como la contraparte de la hegemonía política reinante en esta era atroz de miedo que ha vivido el país en las últimas décadas y que llegó a su culmen en la primera década del siglo XXI con el experimento caudillista que estuvo a punto de quedarse.

Esos best-sellers coloquiales o autobiográficos paisas, costeños o bogotanos que tanto se vendieron en los últimos dos lustros en Colombia circularon sin límite a lo largo del país, invadieron las bibliotecas oficiales y se impusieron como lecturas obligadas en las escuelas y universidades, haciendo desaparecer de librerías y bibliotecas a dos generaciones muy importantes de escritores e intelectuales post-macondianos.

Me refiero a las generaciones de autores que se iniciaron bajo la influencia de la gran revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán, y publicaron desde los años 60 y 70 del siglo pasado en revistas como Letras Nacionales y Eco y en muchos suplementos literarios de diarios nacionales y de provincia que desaparecieron para siempre en esta última década, dando paso a secciones vacuas de entretenimiento y ocio. En esas generaciones figuran autores tan importantes como Nicolás Suescún, Germán Espinosa, Fernando Cruz Kronfly, Darío Ruiz Gómez, Óscar Collazos, R. H. Moreno-Durán, Ricardo Cano Gaviria y Roberto Burgos Cantor, entre otros muchos, cuya obra debería ser rescatada y estudiada y vuelta revisar como muestra de una era en que la literatura y el pensamiento modernos reinaron en Colombia sin saber que pronto el desierto de la mediocridad terminaría por imponerse en la prosa.

Esas generaciones fracasadas se conectaron con la modernidad, tendieron puentes en Colombia con el pensamiento mundial, y ejercieron la literatura como una actividad polígrafa donde no sólo brillaba la narrativa, sino también el ensayo, la poesía y la reflexión ponderada y profunda sobre los problemas de la época. Ellos dieron su vida por la literatura, pero se equivocaron y fracasaron todos porque el país quedó en manos de las mafias del narcotráfico, los paramilitares, el dinero fácil, el arribismo y los políticos corruptos de cuello blanco que manejaban sus intereses y cooptaron el palacio presidencial y el Congreso, dominándolo todo con su ominosa sombra de frívola mediocridad anti intelectual a través de medios de comunicación hechos a su imagen y semejanza.

La confusión, en la que cayeron los departamentos de literatura de las universidades o las oficinas oficiales de cultura, surgió de creer que por el sólo hecho de que un libro es éxito de ventas adquiere ya para siempre el carácter de obra significativa y canónica. Eso está claro en otras regiones del mundo, pero en un país como Colombia, con espacios culturales tan reducidos por el miedo y la mediocridad ambiente y la falta de crítica y de editoriales universitarias o privadas que no tengan como único objetivo el lucro fácil y rápido, los best sellers se volvieron la referencia obligada fuera de lo cual no había nada.

En esta última década esa literatura fácil nos retrocedió a los tiempos de antes de José Asunción Silva, José María Vargas Vila, Tomás Carrasquilla y Baldomero Sanín Cano. La novela De Sobremesa de Silva sería una obra moderna hoy en Colombia en la era de la sicaresca, el genial Tomás Carrasquilla fue un gran autor que estuvo al tanto de las corrientes de la literatura moderna europea y su lenguaje era creativo, contemporáneo de James Joyce, así como lo era el de su coterráneo el ensayista antioqueño y cosmopolita Baldomero Sanín Cano, que debe estar retorciéndose en su tumba al leer a sus descendientes del siglo XXI. Y en lo que respecta al pobre Vargas Vila, sus anatemas para asuntar monjitas fueron atrevidos y peligrosos en su época, pero aplicados hoy por la literatura paisa dominante son realmente patéticos.

La literatura antioqueña que triunfó en la larga era del caudillo como contraparte de su cantaleta diaria, siguió sentada en sus laureles fáciles, repitiendo y rindiendo culto no sólo a la traquetocracia sino al maestro Fernando González, convertido ahora en una especie de deidad, pero cuyo discurso caótico de sabelotodo a veces exasperante ya no resiste lecturas contemporáneas. Pero al menos él fue original.  Superar por fin ese discurso arcaico y sacristanesco de la conservadora sociedad antioqueña, camandulera, violenta y machista, es una tarea fundamental de la literatura colombiana de hoy en esta nueva era que se inicia en 2010, después de una década de oscurantismos políticos y literarios de todo pelambre. 

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Publicado en La Patria, 2-V-10

* En la foto el humorista Cosiaca.

samedi 26 juin 2021

MEDIO SIGLO EN LA PATRIA


Por Eduardo García Aguilar

En aquellos años, cuando no existían teléfonos celulares ni redes sociales, muchos adolescentes nos dedicábamos al feliz pasatiempo de leer y viajábamos con los libros por el mundo en el espacio y el tiempo. Aunque los lectores en escuelas y colegios por supuesto conformábamos una minoría como siempre lo hemos sido, si éramos muchos en la ciudad y se daba una efervescencia de amor por los libros, el pensamiento, el arte y la literatura universales que hoy sorprende.

La celebración del Festival Internacional de teatro universitario convirtió además a Manizales en un centro continental de encuentro de dramaturgos, poetas, críticos, ensayistas, poetas que venían de todo el continente y de Europa, quienes aunados a la población local llenábamos los teatros y las aulas universitarias para ver obras y escuchar a grandes figuras como los Nobel Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda, Ernesto Sábato, el joven Mario Vargas Llosa y gente de teatro como Jerzy Grotvosky, Enrique Buenaventura, Augusto Boal, Jorge Díaz y decenas de dramaturgos y escenógrafos españoles y latinoamericanos.

En masa miles y miles de jóvenes abarrotamos el Teatro Fundadores para escuchar al autor del Canto General y fue tal la presión de los que no podían ingresar que se rompieron las puertas y todo fue invadido hasta el escenario, donde algunos, entre ellos quien esto escribe, de 14 años de edad, rodeamos al poeta que ya había venido varias veces a la ciudad y la amaba por sus magníficos atardeceres. En las primeras filas estaban por supuesto Hernando Salazar Patiño y decenas de universitarios de gafas oscuras y poses filosóficas, que se ven en las fotos en blanco y negro del evento publicadas en el Suplemento literario junto a  crónicas de José Naranjo, Beatriz Zuluaga y Oscar Jurado. 

La Patria, que ahora cumple cien años de existencia, cubría ampliamente todas esas actividades, ya que estaba dotada de una pléyade de columnistas y periodistas de primer nivel que amaban la cultura por sobre todas las cosas, como Oscar Jurado, Beatriz Zuluaga, Mario Escobar Ortiz, Jorge Santander Arias, Ebel Botero, Edgardo Salazar Santacoloma, y otros muchos, quienes bajo la jefatura de redacción de Héctor Moreno, convertían al diario en un espacio nacional de cultura y pensamiento.

Visitar la redacción de La Patria, guiado por Mario y en compañía de su amigo Pablus Gallinazus, escuchar el tecleo de las máquinas de escribir, el ruido de los teletipos de las agencias o el sonido de la moderna imprenta offset recién adquirida, oler la tinta y el papel, era algo parecido a la felicidad. El suplemento literario era de primer nivel y en la sección Paradiso del nadaísta Mario Escobar Ortiz aparecían cada semana novedades y textos provenientes de colaboradores de todo el continente.

No nos eran extraños a todos los que vivimos casi niños esa época los autores novedosos de México, Venezuela, Perú, Argentina, Brasil y otros países del continente: Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima, Salvador Garmendia, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Alejo Carpentier, Jorge Zalamea, Germán Arciniegas, eran mombres habituales que pasaban por esas páginas.

En ese contexto vi publicados mis primeros textos en La Patria en 1969 a los 15 y 16 años, y aun guardo con emoción en su orden los recortes de las apariciones de los ensayos José Asunción Silva, mártir de la existencia, Walt Wihtman, estética de los cósmico, y otro sobre Federico García Lorca, entre otros, publicados con amplio despliegue, así como los primeros cuentos La cuadra de la clepsidra y La vigilia de los relojes, ilustrados con imágenes de Edward Munch, detalle estético del nadaísta Escobar Ortiz que me los publicaba y quien era además artista plástico y dramaturgo.

Porque además de las grandes firmas continentales, en La Patria se abrían las puertas a los nuevos y muchos en la ciudad tuvimos el excepcional privilegio de vernos publicados en letras de molde desde tan temprana edad. Hasta llegué a tener una columna que titulé Los viajes de Simbad, y que después enviaba desde Bogotá cuando cursaba ya mi primer año en la Universidad Nacional de Colombia.

Con motivo del cincuentenario en 1971, La Patria abrió un concurso de ensayo en el que obtuve el premio con un texto sobre Bernardo Arias Trujillo y recibí una suma de dinero que para un muchacho que terminaba el bachillerato era muy importante y de cuya entrega por parte del gerente Rafael Lema hay testimonio fotográfico en las páginas añejas del diario.

Ese fin de año mi familia se trasladó a Bogotá y desde allá seguía colaborando y carteándome con Mario Escobar Ortiz, a quien menciono por tercera vez en este texto, porque al lado de Beatriz Zuluaga y Oscar Jurado es una de las figuras más modernas y sorprendentes de la historia de Manizales y de este diario que ahora, vigoroso, emprende su segundo siglo de existencia.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 27 de junio de 2021.


    

samedi 12 juin 2021

VOLVER A FERNANDO CRUZ KRONFLY

 

Por Eduardo García Aguilar

Uno de los autores hispanoamericanos más importanes en estos momentos es sin duda alguna Fernando Cruz Kronfly (1943), a quien podría otorgársele ya el gran premio de la lengua, el Cervantes, que solo ha obtenido hasta ahora un colombiano, Alvaro Mutis. Orfebre de la prosa y la poesía, uno imagina la titánica empresa de sus construcciones, la obra de pulimiento de la catedral proustiana que llega a su clímax en las tribulaciones de Uldarico y las lascivias de Mariana Valentina, en los mundos fantasmales de Teófilo y Barbarela, Pensilvania y Pánfilo, entre ámbitos del ayer y de hoy como La mansión de las cadenas y el Edificio de la Villa Maipo.

Eso sin referirnos al viaje del Libertador Simón Bolívar hacia su muerte por el río Magdalena o el del cuerpo de Carlos Gardel hacia la nada, en sendas novelas dedicadas a esos personajes. Más allá de la musicalidad exacerbada de su prosa, Cruz Kronfly conecta con otras corrientes de la narrativa latinoamericana. Rebelde y disolvente por naturaleza, no se hunde en el ya trajinado realismo mágico, para quedarse sólo en los arabescos de lianas de su imaginación, o en el neocostumbrismo o el escándalo. Va más allá y entra al mundo del deseo, al conflicto de los cuerpos, a la incuria de la soledad, a la imposibilidad del amor entre cerrados compartimientos totalmente concretos y modernos.

No sólo se hermana Cruz Kronfly con el quehacer artesanal del cubano José Lezama Lima en su investigación del deseo, sino que se comunica con el delicioso cinismo desesperanzado de Juan Carlos Onetti, con sus mujeres perversas, enfrentadas día a día con hombres desvirolados, fracasados, que se desmoronan en el alcohol, todos ellos cónsules como Geoffrey Firmin, el de Bajo el Volcán de Malcolm Lowry.

La deliciosa crudeza de los asertos de sus mujeres, hermanada con los rumbos montevideanos de Onetti y sus mujeres cultas y sexuales, hace de novelas como Falleba (Editorial la Oveja Negra. Bogotá. 1980), La obra del sueño (Editorial la Oveja Negra. Bogotá. 1984) y La ceremonia de la soledad (Planeta. Bogotá. 1992), entre otras, obras excepcionales en el mapa novelístico latinoamericano reciente. La excelente editorial con sede en Medellín Sílaba ha venido publicando por fortuna en Colombia en este siglo XXI y en preciosas ediciones libros como Destierro, La vida secreta de los perros infieles, La sombrilla planetaria, o su poemario Abismo de origen, por lo que ahora todos podemos leerlo, descubrirlo.

Liberado de la retórica falocrática que ha dominado desde La María de Jorge Isaacs y La vorágine de José Eustasio Rivera, hasta Cien años de soledad y a buena parte de la novelística colombiana postmacondiana, la obra de Cruz es una reflexión sobre la muerte, la decrepitud, la caída, la soledad, tanto en los ámbitos urbanos de la segunda mitad de este siglo como en los viejos tiempos de la Patria Boba y la Fundación abordados en La ceniza del libertador (Planeta. Bogotá. 1987) y en La obra del sueño. Novela de fundación y de estirpe, homenaje a los progenitores, La obra del sueño abre una nueva veta ficcional y prefigura la exploración posterior del fin del libertador Simón Bolívar en su viaje tragicómico hacia la nada.

Cruz Kronfly escribe desde un lugar marcado por el cruce de caminos, porque él mismo es fruto de la mixtura de razas y parece que en cada nueva obra despliega una gran sombrilla imaginaria para los habitantes del exilio: un libertador entre olor de letrinas y podredumbre de cuerpos afiebrados huye exiliado y vapuleado por su gente, mujeres modernas se exilian de un lecho a otro buscando una felicidad que nunca llegará y todos recuerdan viejas casonas llenas de flores y de pájaros o se encierran en recámaras a masticar su derrota. De toda su prosa brota el dolor y el desasosiego, y mana el grito del niño perdido que todos llevamos adentro y cuya convocatoria es dínamo de la obra narrativa.

La ceniza del Libertador es tal vez, junto con Celia se pudre de Héctor Rojas Herazo, La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama y La tejedora de Coronas de Germán Espinosa, una de novelas más notables escritas en Colombia en el espacio del post-macondismo. Quien recorre sus páginas, comprenderá que más allá de la historia o del paisaje telúrico, el gran personaje allí es el lenguaje, la delirante reverberación de palabras que Cruz Kronfly convoca con exactitud maniática, acercándose a lo que denomina “estética de la muerte que apaga afanosa los últimos fósforos”.

Juntas, vistas con perspectiva, estas novelas constituyen una gran feria de vanidades y derrotas, llena de colores, espectros, adefesios, ruinas, tal y como siempre ocurre con los mundos de los novelistas logrados que, como Onetti y Roberto Artl, o narradores natos como Felisberto Hernández o Juan Rulfo, logran arrancar sus delirios de lo terrenal para transponerlos hacia el limbo poético. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de junio de 2021-

samedi 17 avril 2021

LA BARRANQUILLA DE JULIO OLACIREGUI

                                                         

Por Eduardo García Aguilar

 
Julio Olaciregui, nacido en Barranquilla en 1952, es novelista, poeta, dramaturgo, bailador de congo, amante de máscaras y cocodrilos, dibujante, filmador escondido, erotómano y lector apasionado de Roland Barthes, Julio
Cortázar, Wole Soyinka, Toni Morrison y André Gide, entre otros muchos.
  
La primera vez que vi Julio en la fuente de Saint Michel miraba desde las alturas de su estatura africana con ojo de águila, mientras una sílfide alemana nos seguía hacia la rue de Canettes a tomar un vino en el bar Chez George. Michel Foucault había dado su curso aquella mañana en el Colegio de Francia. Todo era tan reciente entonces que de las atarjeas lluviosas caían huevos prehistóricos enormes y alargados como conciertos de jazz de Chet Baker. 
 
Julio Cortázar seguía creciendo día a día, cada vez más joven en el bistró de la esquina de la rue Jacob, así como lo vi en Toulouse, sentado junto a la novelista colombiana Alba Lucía Angel. Cortázar tenía la cara surcada de arrugas profundas, pero desde lejos parecía un muchacho alto y enamorado como ahora parecía Olaciregui mientras cruzaba la place Saint Sulpice hablándome de que Santiago Mutis Durán le iba a publicar en Colcutura su primer libro, Vestido de Bestia.
 
Vestido de Bestia es un libro de historias parisinas donde siempre aparece el personaje africano Café Café con sus escobas en la mañana, junto al recién inaugurado Centro Pompidou. De su imaginación han salido hasta ahora los libros Vestido de Bestia (1978), Los domingos de Charito (1986), Trapos al sol (1991) y la obra río Dionea (2007), donde siempre están presentes las calles de París y de Barranquilla, sus dos ciudades imbricadas en un carnaval literario. Y eso sin contar la vasta obra inédita que está saliendo poco a poco.
 
En Los domingos de Charito, ganadora de la beca Proartes y publicada por Planeta en Colombia, Olaciregui nos hace visitar con maestría narrativa el mundo de las clases bajas de Barranquilla, donde los personajes aman, viven, luchan por la vida en espacios entrañables. Taxistas, empleados de imprentas, secretarias, sirvientas, policías, ingresan a tiendas, panaderías, gasolinerías, iglesias y caminan por avenidas untadas de aceite o cubiertas de polvo que aparecen descritas con notable exactitud poética. La luz de la gasolinería o el aviso luminoso de una lonchería tienen la carga lírica de la realidad e incluso la musa, la Dulcinea de la novela, es mueca y trata de ocultar su fealdad al pretendiente teatrero con la ternura íntima de la verdad.

La rebelión de Olaciregui va más allá, pues en esta novela y en su siguiente obra Trapos al sol incluye reflexiones sobre el acto de escribir y nos muestra que la realidad creída es artificio de un estudiante de letras de la Sorbona. Aunque es un maestro del realismo, Olaciregui lo sabotea, tal y como lo sabotean quienes reflexionaban sobre el arte de escribir y la creación en tiempos de Borges, Barthes y Derrida, en tiempos de eso que ahora llamamos con desconfianza, el postmodernismo. 

En Dionea, la obra río publicada en 2007, Olaciregui lleva su insurrección hasta sus últimas consecuencias, al crear una novela que hunde sus raíces en la mitología griega. Grecia y Barranquilla hablan y se contrapuntean en la novela a través de las revelaciones de Dionea y las reflexiones del profesor francés Dindon, quien descubre en ese mundo una visión greco-moniconga de las cosas, respuesta al barroquismo colonial cartagenero. 

Debo decir que desde ese primer encuentro en la fuente Saint Michel en París, Julio Olaciregui ha seguido ejerciendo la literatura como es de verdad: una forma de vivir y respirar. Porque la literatura y las artes en general son para él una forma de vida, una manera de ser amigo, padre, hijo, hermano, escritor, actor, criatura viviente en el planeta tierra, que es « azul como una naranja ». Y más allá, esa literatura que vive, ejerce y medica como brujo y chamán, es para él una forma de explorar, abrir caminos distintos, rebelarse, experimentar, molestar, reír, danzar, jugar con la máscara, seducir y derretir estatuas.
 

Todo comenzó en Barranquilla, donde nació y creció al calor del Carnaval y la explosión artística de un grupo de maestros mayores compuesto Alvaro Cepeda Samudio, Alejando Obregón y Gabriel García Márquez, entre otros.  La misma Barranquilla del boxeador Kid Pambelé y del cartagenero Joe Arroyo, compañero de generación y delirio, la urbe tropical de los famosos carnavales que él lleva siempre adentro con sus máscaras y su alegre deseo de tomarle el pelo al destino y « mamarle gallo » a la solemnidad y a la propia literatura. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de abril de 2021.

dimanche 14 mars 2021

NUEVOS CAMINOS DE LA LITERATURA COLOMBIANA

Por Eduardo García Aguilar

La colombiana es una literatura inscrita en el gran contexto hispanoamericano, a veces rezagada, otras adelantada, pero siempre en camino fértil. Varias generaciones se han expresado y hay obras magníficas que han dejado su huella en todos los géneros. 
 
Una serie de libros clásicos que nos han marcado, como La María, La Vorágine, De sobremesa, La marquesa de Yolombó, Morada al sur, Summa de Maqroll el Gaviero, y obras de Porfirio Barba Jacob, Fernando González, Osorio Lizarazo, León de Greiff, Jorge Zalamea, Fernando Charry Lara, y entre las mujeres, Matilde Espinosa, Elisa Mújica, Maruja Vieira, Meira del Mar, Carmelina Soto, Helena Araújo, Marvel Moreno, María Mercedes Carranza, entre tantas otras.

Después de García Márquez y su espectacular éxito, hay varias generaciones excelentes de autores que por desgracia han pasado inadvertidos, pero cuyas obras algún día serán revisadas. Pienso en los nacidos en los 40, que escribieron inicialmente en la revista ECO y pensaban en una literatura conectada con el mundo que no solo reivindicara el lado tropical, típico, de las tierras ultramarinas. Todos ellos fueron grandes ensayistas, lectores, viajaban por todas las literaturas y leían en sus lenguas a los grandes clásicos contemporáneos europeos con los que se identificaban, alejándose de lo telúrico.


Pienso en R.H. Moreno Durán, Oscar Collazos, Hugo Ruiz, Héctor Sánchez, Fernando Cruz Kronfly, Darío Ruiz Gómez, Ricardo Cano Gaviria, Roberto Burgos Cantor y tantos otros que tuvieron discípulos en las nuevas generaciones y los seguirán teniendo, pues no debe ser una condena hablar de las tragedias nacionales y las taras del mundo que nos tocó, ya que abrirse al universo, romper fronteras y liberar la escritura de los propósitos nacionales, hundiéndose en el tiempo pasado y el futuro era una de sus reivindicaciones máximas como generación. También se destacan en poesía los nadaístas y la llamada G
eneración sin nombre.

En la actualidad están en plena actividad varias generaciones de autores nacidos en los 50, 60, 70 y 80 del siglo XX con una actividad literaria vigorosa y tan variada y múltiple, que es casi imposible seguirlos, pues cada año aparecen cientos de libros de nuevos autores colombianos. Pero esa proliferación es benéfica, ya que no sabemos lo que el tiempo decidirá sobre las obras que hoy son inaudibles o alejadas de la propaganda y la promoción comercial. Pienso en Albalucía Angel, Beatriz Zuluaga, Fanny Buitrago, Annabel Torres, Orietta Lozano, Eugenia Sánchez Nieto, Sonia Truque Vélez, Gloria Posada, Consuelo Triviño, entre las renovadoras que abrieron el camino a las nuevas millenials de hoy.

En cada región del país hay una vigorosa literatura en todos los campos: ficción, ensayo, poesía, dramaturgia, crónica. Todo ese material estará ahí como la prueba de que en Colombia, pese a la algarabía de la terrible realidad cotidiana, la cultura sigue siendo un ejemplo para muchos jóvenes de todos los orígenes y regiones que se niegan a que el país sea uno dominado por ignaros gamonales cuyo único fin es el dinero y el poder. Todos ellos con sus poemas, ensayos, novelas, crónicas, dejan para la historia el testimonio de que la cultura es más importante que el griterío de la politiquería.   

Se escribe ahora con pasión para conjurar los demonios del país, abrirse al mundo, y lo más destacable tal vez en este momento es la irrupción de una generación de jóvenes mujeres muy brillantes e incisivas, escritoras e intelectuales de gran nivel que están renovando la literatura colombiana y diciendo adiós a esa literatura que hasta hace poco era, salvo excepciones, asunto de hombres, machos alfa que controlaban el terreno con mucho celo y miraban a las mujeres como convidadas de piedra. Es el derrumbe del falo de José Arcadio Buendía en la literatura colombiana.

Para cualquier observador es claro que la irrupción de esa variada generación de nuevas autoras es el más interesante fenómeno de la literatura colombiana actual. No son las primeras porque antes hubo muchas autoras que ejercieron con rigor y pasión las letras en el siglo XX, innovaron, escandalizaron, removieron el terreno, pero fueron ignoradas, subvaloradas, ninguneadas, como es el caso de muchas poetas del siglo XX que serán descubiertas poco a poco por los arqueológos de la literatura colombiana, cuando sea ya definitivo el derrumbe de José Arcadio Buendía y los cuchilleros misóginos y machistas de Crónica de una muerte anunciada.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de marzo de 2021. En la foto León de Greiff.