dimanche 14 mars 2021

NUEVOS CAMINOS DE LA LITERATURA COLOMBIANA

Por Eduardo García Aguilar

La colombiana es una literatura inscrita en el gran contexto hispanoamericano, a veces rezagada, otras adelantada, pero siempre en camino fértil. Varias generaciones se han expresado y hay obras magníficas que han dejado su huella en todos los géneros. 
 
Una serie de libros clásicos que nos han marcado, como La María, La Vorágine, De sobremesa, La marquesa de Yolombó, Morada al sur, Summa de Maqroll el Gaviero, y obras de Porfirio Barba Jacob, Fernando González, Osorio Lizarazo, León de Greiff, Jorge Zalamea, Fernando Charry Lara, y entre las mujeres, Matilde Espinosa, Elisa Mújica, Maruja Vieira, Meira del Mar, Carmelina Soto, Helena Araújo, Marvel Moreno, María Mercedes Carranza, entre tantas otras.

Después de García Márquez y su espectacular éxito, hay varias generaciones excelentes de autores que por desgracia han pasado inadvertidos, pero cuyas obras algún día serán revisadas. Pienso en los nacidos en los 40, que escribieron inicialmente en la revista ECO y pensaban en una literatura conectada con el mundo que no solo reivindicara el lado tropical, típico, de las tierras ultramarinas. Todos ellos fueron grandes ensayistas, lectores, viajaban por todas las literaturas y leían en sus lenguas a los grandes clásicos contemporáneos europeos con los que se identificaban, alejándose de lo telúrico.


Pienso en R.H. Moreno Durán, Oscar Collazos, Hugo Ruiz, Héctor Sánchez, Fernando Cruz Kronfly, Darío Ruiz Gómez, Ricardo Cano Gaviria, Roberto Burgos Cantor y tantos otros que tuvieron discípulos en las nuevas generaciones y los seguirán teniendo, pues no debe ser una condena hablar de las tragedias nacionales y las taras del mundo que nos tocó, ya que abrirse al universo, romper fronteras y liberar la escritura de los propósitos nacionales, hundiéndose en el tiempo pasado y el futuro era una de sus reivindicaciones máximas como generación. También se destacan en poesía los nadaístas y la llamada G
eneración sin nombre.

En la actualidad están en plena actividad varias generaciones de autores nacidos en los 50, 60, 70 y 80 del siglo XX con una actividad literaria vigorosa y tan variada y múltiple, que es casi imposible seguirlos, pues cada año aparecen cientos de libros de nuevos autores colombianos. Pero esa proliferación es benéfica, ya que no sabemos lo que el tiempo decidirá sobre las obras que hoy son inaudibles o alejadas de la propaganda y la promoción comercial. Pienso en Albalucía Angel, Beatriz Zuluaga, Fanny Buitrago, Annabel Torres, Orietta Lozano, Eugenia Sánchez Nieto, Sonia Truque Vélez, Gloria Posada, Consuelo Triviño, entre las renovadoras que abrieron el camino a las nuevas millenials de hoy.

En cada región del país hay una vigorosa literatura en todos los campos: ficción, ensayo, poesía, dramaturgia, crónica. Todo ese material estará ahí como la prueba de que en Colombia, pese a la algarabía de la terrible realidad cotidiana, la cultura sigue siendo un ejemplo para muchos jóvenes de todos los orígenes y regiones que se niegan a que el país sea uno dominado por ignaros gamonales cuyo único fin es el dinero y el poder. Todos ellos con sus poemas, ensayos, novelas, crónicas, dejan para la historia el testimonio de que la cultura es más importante que el griterío de la politiquería.   

Se escribe ahora con pasión para conjurar los demonios del país, abrirse al mundo, y lo más destacable tal vez en este momento es la irrupción de una generación de jóvenes mujeres muy brillantes e incisivas, escritoras e intelectuales de gran nivel que están renovando la literatura colombiana y diciendo adiós a esa literatura que hasta hace poco era, salvo excepciones, asunto de hombres, machos alfa que controlaban el terreno con mucho celo y miraban a las mujeres como convidadas de piedra. Es el derrumbe del falo de José Arcadio Buendía en la literatura colombiana.

Para cualquier observador es claro que la irrupción de esa variada generación de nuevas autoras es el más interesante fenómeno de la literatura colombiana actual. No son las primeras porque antes hubo muchas autoras que ejercieron con rigor y pasión las letras en el siglo XX, innovaron, escandalizaron, removieron el terreno, pero fueron ignoradas, subvaloradas, ninguneadas, como es el caso de muchas poetas del siglo XX que serán descubiertas poco a poco por los arqueológos de la literatura colombiana, cuando sea ya definitivo el derrumbe de José Arcadio Buendía y los cuchilleros misóginos y machistas de Crónica de una muerte anunciada.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de marzo de 2021. En la foto León de Greiff.

mardi 29 décembre 2020

EL PATIO DE LOS VIENTOS PERDIDOS DE BURGOS CANTOR

Por Eduardo García Aguilar

   Una de las novelas más destacadas dentro del panorama de la nueva novela colombiana es El patio de los vientos perdidos de Roberto Burgos Cantor (1948). Novela de ciénagas y tierra húmeda, incrustada en el colorido ambiente del Caribe, la de Burgos es notoria porque es la primera en desembarazarse de la retórica macondina que casi todos los escritores de la costa colombiana no habían podido superar.

     Durante los últimos años esos escritores luchaban sin resultados por expulsar el pulpo garciamarquino que los asfixiaba. Con esta novela, en la que campea un mundo mítico repleto de guiños a sus maestros, la guerra ha terminado con resultados favorables para el soldado de las letras. Como buen discípulo, Burgos ha logrado sintetizar los mejores logros de García Márquez con el mundo maravilloso de Alvaro Mutis, quien está presente en cada una de estas páginas. Más mutisiano que macondiano, Burgos produjo, sin embargo, una novela absolutamente burguiana.

     La novela trascurre en dos tempos : el de un boxeador decadente que trata de justificar su derrota y el de una casa de putas regentada por Germania de la Concepción Cochero. Miguel Sarmiento, el músico, Beny el boxeador, Lácides, el aristócrata decadente, Olimpia y los músicos se entrecruzan en esa casa húméda rodeada de flores y de iguanas, especie de barco fantasma donde se concentra la maravilla de un mundo ajeno a la tierra fría de los Andes. Araucaíma de las ciénagas.

     La literatura colombiana está marcada irremediablemente por sus signos geográficos. A un lado la tierra fría de la cordillera con sus mundos nublados con mitologías peculiares y al otro lado la tierra caliente de la costa con autores atrapados en la nieve como Germán Espinosa, Burgos Cantor, Jaime Manrique Ardila y Julio Olaciregui, para sólo mencionar algunos recientes, cuya obra es fiel a su tierra. De estas oposiciones, de estos ámbitos tan disímiles está surgiendo una nueva novela fogosa y variada que explota súbitamente después de un lento proceso de incubación.

    Burgos vive en Bogotá (*) y desde el « exilio » evoca un mundo que tiene mayores coincidencias con las islas y las costas del Caribe que con las tierras altas de Colombia. Otros escritores, esta vez andinos, como Eduardo Zalamea Borda, han escrito obras donde muestran el ansia de fundirse en la otra mitad del país. Cuatro años a bordo de mi mismo, publicada en 1934, es una Vorágine aguamarina. En sus páginas se ve claramente que quien escribe es un paramuno deseoso de comerse a la costa. Y al final de esta gran novela hay un sabor de inevitable fracaso.

     A diferencia de Cuatro años a bordo de mi mismo, El patio de los vientos perdidos inunda de humedad el cuarto de un lector ajeno y lo sume en el letargo de ciertos atardeceres desde donde emergen ferrys abandonados, corredores y escalinatas rodeadas de enredaderas, techos lejanos de paja y músicas de harmonios encantados que huelen a colonia de Murray. El tiempo que une a los objetos es el del almanaque Bristol. Y su dirección loca es la de los cangrejos azules. El vehículo en que viaja, una victoria halada por corceles negros.  

    Antes había publicado en la colección del Instituto Colombiano de Cultura un libro de cuentos, Lo Amador, donde se vislumbraban los principales temas y ámbitos de El patio de los vientos perdidos. Desde entonces Burgos escogió para escribir una trompeta. Tomando partido por el lenguaje, por la música de las palabras y sus destellos, asestó un golpe certero a cierto manierismo, cuyo objetivo era la confusión estructuralista antes que la poesía o la música.

La novela comienza con el contrapunteo de dos tiempos : el del boxeador fracasado y el de la casa de Germania. Son fotografías donde se muestran los elementos fundamentales de la historia. Luego, en una larga sinfonía caribe, Burgos se remonta al pasado colonial, el de los ancestros de don Laci, para llegar de nuevo a la casa con su ambiente de farra mítica. Es un texto de más de cien paginas para ser cantado en voz alta. Después volvemos a la angustia del fracaso, con un texto para percusión, donde Beny, asiduo de la casa, cuenta los peligros del éxito. Al final viene el entierro de don Laci, personaje misterioso que llegó y se quedó como sombra, seguro de haber encontrado en Germania su otra parte. Es un entierro de opera, bajo el sol y la humedad, arrullado por el oleaje y los chapuceos de los cangrejos.

Para desentrañar El patio de los vientos perdidos debemos sumergirnos en él sin temores. Con la fogosidad de otros textos realistas, Burgos abre una brecha dentro de la nueva literatura colombiana. Su partido es la música antes que todo y a través de ella cuenta las historias. Los hechos y los protagonistas son el eco del combo. La novela es el sonido que ha dejado el combo junto al mar, cuando los borrachos se reúnen a tomar las cervezas frías del alba.

El delirio novelístico de la nueva generación de escritores de Colombia es sorprendente. Tal vez en pocos países de América Latina se están escribiendo tantas novelas, y esto se debe al deseo de emular al gran Patriarca. Hay un abanico que va desde el más descarnado realismo hasta las más abstrusas experimentaciones. Burgos Cantor, con El patio de los vientos perdidos, ha optado por dar a las palabras poderes musicales, visuales, olfativos y táctiles.

Otro cartagenero, Germán Espinosa (1938), escribió y publicó en Montevideo en 1970 una novela que puede considerarse precursora de El patio de los vientos perdidos en lo que respecta a la utilización de la palabra como nota musical : Los cortejos del diablo. En ambas se percibe el deseo de hacer de éstas el cuero de un tambor, la cuerda de un instrumento, el metal de la corneta. La de Espinosa se remonta, como en su momento también lo hace la de Burgos, a los tiempos virreinales. Y todo parece como si en el remoto pasado estuvieran escritas las tragedias y las dichas presentes, los signos de la suerte, las cartas de la baraja. Como si Cartagena de Indias, tierra de fundación, estuviera poblada de los más extraños fantasmas de la palabra, gnomos de la ficción.

De Lo Amador hasta El patio de los vientos perdidos (Planeta colombiana. Bogota, 1984) hay ya un camino recorrido que augura nuevas fiestas y delirios. Con su primera novela, Burgos Cantor coloca una de las más valiosas piedras del edificio novelístico del post-macondismo colombiano.

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Texto publicado en el suplemento Sábado de Unomásuno en 1984, en México

 

lundi 28 décembre 2020

LOS PALIMPSESTOS DE NORBERTO CUESTA


Por Eduardo García Aguilar

Norberto Cuesta, quien acaba de publicar en Hoyos editores Dingolondangos, siempre ha estado habitado por la poesía desde los tiempos en que sentados ambos codo a codo en clase por los azares del alfabeto, traficábamos cientos de poemas de forma clandestina pasándolos tras escribirlos debajo del pupitre, lejos de la vigilancia de los profesores. A veces eran depositados como mensajes de un secta secreta sobre fatigadas superficies, dejados en el cancel de una puerta, enviados al cielo con una paloma mensajera imaginaria o lanzados al aire en una tarde de ventisca cuando coloridos cometas y globos se volvían barcos ebrios.
La poesía era así la forma más vasta de respirar en los viejos salones de un exconvento de monjas adaptado en colegio de bachillerato, cerca de la Iglesia de los Agustinos y las empinadas calles de la ciudad antigua que habían sobrevivido a los incendios que la devastaron a comienzos del siglo XX. Todo entonces era “muy antiguo y muy moderno”, como diría el gran Rubén Darío, pero el futuro se desbordaba ya con creces y aspiraba con sus energías centrífugas y centrípetas los cimientos de donde veníamos.   
El maestro Filemón Valencia, quien sería después colega de Norberto Cuesta en el Instituto Universitario, nos abría las páginas de la revista Faro para publicar nuestros primeros textos, ya fueran poemas o ensayos o reseñas de libros. Además nos incitaba a profundizar en la poesía castellana del Siglo de Oro, la de Garcilaso, Góngora, Villamediana y Quevedo, para que la cotejáramos con la nueva lírica española de la primera mitad del siglo XX, contemporánea de Federico García Lorca, las vanguardias y los surrealistas.
En nuestras manos depositó él la obra poética del Nobel Juan Ramón Jiménez, publicada en preciosos volúmenes de papel de seda, empastados en cuero bruñido, y la de poetas posteriores como Vicente Aleixandre y Pedro Salinas, contemporáneos que sobrevivieron a las guerras y el tiempo y cuya poesía nutre la obra alerta, ìntima, serena y a veces cósmica de Cuesta. En sus poemas hay una permanente posibilidad de hallazgo metafórico, una predicción del cosmos y una alquimia inusitada para conectar el aquí de lo cotidiano con el más allá insondable. 
Norberto Cuesta tiene la mirada alerta del águila que ve todo lo que sucede a su alrededor, la flor súbita, el agua que fluye en la roca, el musgo adosado al árbol, el venado que huye, el zumbido de un insecto entre enredaderas, el llanto de un niño, la melodía que sale de un bar, la lágrima de quien se despide para siempre o ama hasta agotar las mariposas. La de Cuesta es una mirada de poeta que es mucho más alerta vital ante la deriva de la galaxia que premonición de tempestades en la humedad de los trópicos.
La energía de la obra poética de Cuesta está impulsada por la conjuración del olvido, pues “el tiempo no es más que una espiral de memorias que giran en torbellinos infinitos”. Por eso, al leer estos textos viajamos por un vertiginoso túnel del tiempo con imágenes firmes y volátiles de amigos soñadores como el matemático Goar que sueña con las ruinas de Palmira o llora “ante el vuelo de las garzas de regreso a las cinco de la tarde”. También es un periplo que lleva a la eclosión de una flor antes de marchitarse, o a la evocación de ancestros, hermanos, amigos, recién nacidos o cuerpos amados y deseados que estremecen y dan vida a las palabras.
“Apenas voy a disfrutar de un antier que no ha llegado”, señala Cuesta, y por eso añade que “soy un pretérito mal conjugado que se quedó en atardeceres remotos y en unos ojos verdes, estancado”. De ese elíxir lejano de los tiempos extrae el temple febril de sus poemas. “Me he pasado calculando tantas estrellas en mis noches”, dice para referirse a todos esos instantes en que ha indagado por el tiempo mirando hacia la inmensidad del cosmos, porque para la voz que habla en sus poemas todo es memoria y solo hay olvido en la muerte.  
Como la hermosa serpiente que va “reptando por este desierto de la vida, comiendo arena con los ojos”, el poeta recorre un universo propio que viene a ser solo otra dimensión del infinito. Son palabras convocadas para decirlo todo antes de que el futuro devore lo circundante, borrando las huellas para que no sea “la hormiga que extravió el camino y dejó su carga en el lugar errado”.
En cada poema Cuesta quiebra los espejos de lo vivido como el demiurgo que salva a los cautivos. La suya es una poesía existencial que escruta en las cavernas del olvido, allí donde los humanos plasmaron los cinco dedos de las manos contra las rocas gritando para nada y para nadie, pues “lo que dimos, lo que amamos, lo que edificamos” se volverán solo “palimpsestos de otros caminantes” que vendrán a poblar los espacios abandonados.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de diciembre de 2020.

samedi 8 août 2020

CENTENARIO DE OTTO MORALES BENÍTEZ

Por Eduardo García Aguilar

Este 7 de agosto se cumplieron cien años del natalicio de Otto Morales Benítez (1920-2015), una de las grandes figuras del liberalismo colombiano en el siglo XX, quien además de ejercer varios cargos gubernamentales y participar en negociaciones de paz en Colombia, dejó una prolífica obra escrita y una leyenda como persona infatigable, enérgica, jovial y amigable, cualidades que conservó hasta el final durante su larguísima vida. Tenía la talla y las cualidades necesarias para haber sido un gran presidente de Colombia, pero como es bien sabido en nuestro país, no son por lo regular los mejores ni los más generosos quienes llegan al solio de Bolívar.
Alguna noche lo vi bromeando en la casa de Poesía Silva sobre su destino presidencial con otro candidato humanista, Carlos Gaviria, lo que mostraba que nunca tuvo la más mínima frustración al respecto, sino que por el contrario podía reír a carcajada batiente sobre la aventura de aspirar y fracasar en el intento en este extraño país que vive desde siempre su historia como si viajara en una peligrosa y terrorífica montaña rusa. Al llegar esa noche a la Casa Silva parecía que todo se iluminaba de repente y el frío y la humedad bogotanas que reinaban en la vieja residencia del poeta modernista, poblada de líquenes y musgos, parecían dar paso a una intrincada y colorida jungla surgida de las entrañas del realismo mágico. Siempre se hacía un corrillo a su alrededor y todos se contagiaban de su alegría y vitalidad.
Con su sombrero Stetson negro, el bastón, el traje, la corbata y el chaleco impecables, Morales Benítez era una figura fascinante de otra época de Colombia cuando la política era en su mayoría ejercida por humanistas, pensadores y lectores, que aunque pertenecieran a los partidos enemigos o se situaran en los extremos ideológicos, tenían en común un jardín secreto que estaba poblado por la literatura, el pensamiento y la historia. Muchos políticos de su tiempo, como Alberto Lleras, Belisario Betancur o Alfonso López Michelsen, entre otros muchos, ejercieron la escritura en diversos géneros y cuando los dos grandes partidos del país eran sólidos y tenían ideas y no solo componendas, ellos sabían elaborar idearios.
Nacido en Riosucio en el seno de una familia acomodada, siempre fue fiel a esos recuerdos de los ajetreos comerciales de la casa nativa y al trabajo infatigable de su padre para mantener la prosperidad de sus negocios. Tenía cierto parecido con Jorge Eliécer Gatitán, ese gran líder liberal asesinado, pues en la sangre y los rostros de ambos corría la energía del mestizaje colombiano fraguado por siglos de trabajo en las montañas y cuencas del país. Por eso él siempre fue leal al pueblo, a los campesinos, a los indígenas y a los afrodescendientes marginados que con su sudor contribuyeron a crear la riqueza del país y han estado tan presentes en su tierra natal, donde se celebra el muy famoso carnaval del Diablo.              
Tras estudiar en Popayán y Medellín como era de rigor en esos tiempos y graduarse de abogado, Morales Benítez se convirtió en un joven líder regional del partido, reconocido por sus talentos oratorios y don de gentes. Como mi padre también perteneció a ese partido, en su ala más progresista, y compartió con esa generación mucha aventuras en aquellos difíciles tiempos de la historia del país, desde muy temprano tuve conocimiento de su existencia porque en la biblioteca de la casa había dos libros suyos que leí y me marcaron cuando estaba en cuarto de bachillerato. Se trata de Testimonio de un pueblo (1951) y Revolución y Caudillos (1962) que devoré entonces disfrutando la prosa vital de ese escritor a quien mucho tiempo después tendría la fortuna de conocer y frecuentar cada vez que regresaba a Colombia desde México o Francia. En el primero descubrí las raíces profundas de la región donde nací y en el otro sentí vibrar la acción de los rebeldes que en Colombia lucharon contra las injusticias, el racismo, el clasismo, la esclavitud y la marginación y murieron por ello. 
Morales Benítez tenía su oficina en un alto piso del famoso edificio Colpatria, diagonal al Hotel Tequendama, donde recibía todo el día en romería a muchas personas que acudían a él desde lo más profundo del país y sin duda en especial de su tierra natal. Algunas veces me quedé con él hasta tarde en la noche y salíamos juntos caminando hasta el Hotel Tequendama, donde tomaba el taxi y me ofrecía llevarme hasta las Torres del Parque donde me hospedaba, para luego enrumbarse hasta su residencia situada en el norte. En el taxi seguía su inagotable y nutritiva conversación. 
Lo que más impresionaba de hablar con él era comprobar su lucidez, el entusiasmo y la energía que conservaba a tan alta edad y su deseo de hablar con los jóvenes y compartir sus sueños. Ese deseo de comerse la vida y el tiempo y vivirlo a pasos agigantados me hacía pensar en nuestros viejos robles, ancestros que despejaron los baldíos contra viento y marea y fundaron pueblos y ciudades que surgían en terrenos cubiertos hasta hace poco por la jungla templada. Esas montañas guardaban en su seno el brillo del oro de los indígenas exterminados por los conquistadores, colonizadores españoles y los criollos que los sucedieron, y cuya se presencia se veía en los fuegos fatuos que salían de sus tumbas llenas de joyas, imágenes y vasijas.
Su generosidad con los nuevos no tenía límites y me impresionó con el regalo de un largo ensayo sobre mi novela El viaje triunfal, que aun hoy me sorprende y que incluyó en Las líneas culturales del gran Caldas. Su primer libro fue un estudio sobre la fundación de Manizales y la gesta de la colonización de nuestras montañas. A falta de historia por lo reciente que era todo en Caldas, él trató de cimentar en su juventud esos hechos dándoles proyección hacia el futuro. Hasta el final de sus días seguía entonces empeñado en construir la historia de la tierra nativa, por lo que se interesó por lo que escribíamos los nuevos.
Con Testimonio de un pueblo descubrí adolescente la gesta de los fundadores de Manizales y las bases de esa gran expedición llena de pleitos agrarios. Ahora que lo evoco caminando a su lado esa noche bogotana, no puedo menos que agradecerle su generosidad y esperar que volvamos a leer algunos de sus libros, especialmente los escritos en esa primera impetuosa juventud. Otto Morales pertenece a una generacion de humanistas colombianos inolvidables, entre los cuales figuran Alvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo y muchos otros nacidos en los años 20 del siglo pasado. Todos ellos se caracterizaron por no crear distancias con los jóvenes e ir hacia ellos para leerlos e impulsarlos. Figuras como Otto Morales Benítez y los humanistas de su tiempo son los verdaderos pilares necesarios de la cultura colombiana. Gracias a esos pilares la casa no se derrumba del todo. En este repugnante caos actual, cuando desfallezcamos, invoquemos a Otto Morales Benítez y a esos pilares e inspirémonos en ellos.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 9 de agosto de 2020.

samedi 13 avril 2019

BREVE HISTORIA DEL FUNDIDISMO

Por Eduardo García Aguilar
En literatura bien puede decirse que todo se define en la adolescencia, cuando el estudiante de bachillerato escala los últimos grados y comienza a ser un ciudadano a carta cabal que enfrenta los poderes o los busca y a la vez encuentra las afinidades y las fobias que marcarán para siempre su vocación. Lo mismo puede decirse para músicos, artistas plásticos, científicos, bandidos, políticos, abogados, médicos y deportistas, entre muchas otras disciplinas. 
La vida es después un largo camino de ajuste de esas inquietudes y sueños iniciales, lo que no evita las sorpresas del camino, cuando el destino hace girar de repente hacia a otros rumbos inesperados al protagonista de su propia vida. 
Como en las grandes novelas de iniciación o aprendizaje denominadas en alemán Bildungsroman, como Las tribulaciones del estudiante Törles, entre muchas otras, el joven precoz de 15 o 16 años se bebe el mundo con todas sus antenas y lo entiende con sus instrumentos frescos y recientes y en perfecto estado de funcionamiento. Ese segmento inicial, como el del mítico Andrés Caicedo, es un nucleo protéico esencial tras el cual la vida es solo una repetición insondable del inicio. Otras novelas de iniciación que se refieren a esos temas y nos ilustran sobre el asunto son Los años de aprendizaje de Wilhem Meister de Goethe, El rojo y el negro de Stendhal, La Educación sentimental de Flaubert, Retrato de un artista adolescente de James Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann y Demián de Herman Hesse.
El lector adolescente por lo regular se conecta en esos momentos con algunas figuras básicas de la literatura como Walt Withman, Arthur Rimbaud, Franz Kafka o Federico Nietzcshe. Con el primero descubre la palabra fundacional de un país joven, con el segundo los arcanos de la rebeldía a ultranza, con el tercero los laberintos del misterio, las modalidades del absurdo, y con el cuarto se dispara hacia las indagaciones más osadas sobre el hecho de existir.
En otras disciplinas ya en el colegio se definen también las tendencias, pues el rebelde y justiciero comienza a mostrar sus impulsos redentores que en muchos casos lo llevarán al fracaso y a la muerte, mientras otros, como el conservador autoritario, el militarista o el ávido de riquezas se perfilan ya con todos sus talentos, argucias y energías. 
El colegio en abstracto es ya un ensayo del mundo futuro pues allí como mandatarios figuran el rector y el vicerrector que pueden ser queridos u odiados, buenos y malos profesores, detestados prefectos de disciplina, autoridades que garantizan el orden o líderes que organizan huelgas o actividades culturales no muy bien vistas por quienes aman el engranaje sin resquebrajaduras, matices o delirios.
Y digo el colegio en abstracto porque los adolescentes de una ciudad crean vasos comunicantes entre todas las instituciones cuando se cruzan en el ágora de la fiesta, los conciertos, los espectáculos o las manifestaciones que convocan a una generación a interesarse por los problemas y los asuntos del país, colocándose en alguna esquina del espectro político como lo han hecho en otro tiempo progenitores, abuelos o ancestros de otras épocas y en todos los continentes.
Luego el destino dispersa a todos esos personajes conocidos en las aulas y con el tiempo llegan las noticias de sus vidas. Cuando se hace el balance, el poeta en ciernes seguirá siendo poeta, el dramaturgo deambulará por los escenarios, el abogado vivirá en los tribunales, el rico en los clubes y casinos, el militar en los campos de batalla y así suscesivamente se declinan los destinos en todos los tiempos verbales posibles.
Pienso todo esto ahora que desenvuelvo el rollo del tiempo con motivo de la partida reciente de Enrique Cardona Hernández, amigo de colegio con quien fundamos hace medio siglo un movimiento poético secreto que pretendía ser más revolucionario que los nadaístas y todas las vanguardias juntas. Ya a los 16 años él había leído a los vanguardistas del siglo XX y a los poetas malditos, por lo que rápido nos hicimos amigos y cómplices de la aventura literaria.
Tal y como hicieron los dadaístas en Zurich nos reunimos en un restaurante chino llamado Chop Suey, situado en la carrera central de la ciudad, y allí con los ojos cerrados exploramos entre las páginas de un diccionario al azar una palabra que definiera nuestro movimiento y encontramos el término fundar, de donde salió el Fundidismo, nombre que sugería no solo el hecho de fundar sino el de fundir los metales y las cosas. Subíamos a la azotea del Banco del Comercio situado entonces al lado de la Catedral y desde ahí lanzábamos nuestros textos despedazados. 
Ambos solíamos acaparar los principales premios de los concursos literarios colegiales o intercolegiales en cuento, poesía y ensayo. Alguna vez él ganó con un cuento titulado 9.000 pasos sobre el polvo y otras fue mi caso con La cuadra de la clepsida o La vigilia de los relojes. Esos textos fueron publicados por el nadaísta Mario Escobar Ortiz en el suplemento literario dominical que dirigía en La Patria y los conservo como si fueran papiros egipcios o palimpsestos hebreos.
A los 16 años ya habíamos aparecido en letras de molde y nos sentíamos impulsados por una fuerza poderosa tan enérgica como las turbinas del cohete Saturno V que había llevado hacía poco a los hombres a la Luna. El nadaísta había ilustrado mi cuento con el famoso cuadro de Munch El grito y el de Enrique a su vez mereció una imagen expresionista como el espíritu de ese precoz amigo. 
Luego pasamos a la experiencia del libro creando una pequeña editorial artesanal, las Ediciones Ecurilodaóricas, que confeccionábamos y encuadernábamos con nuestras propias manos y donde publicamos un solo libro dedicado a nuestros terribles poemas fundidistas, con respectivos prólogos explicativos, que guardo como un incunable de la arqueología personal. Fue un juego confidencial realizado entre dos adolescentes que representaban en la ciudad el arquetipo del personaje literario del Bildungsroman. Creamos un movimiento secreto con dos fundadores y dos seguidores, que éramos nosotros mismos, y luego la vida nos llevó por donde quiso llevarnos.
Enrique, amante del rock y moderno esencial, estudió después la carrera de medicina en la Universidad de Caldas y ejerció mucho tiempo como médico cirujano en Manzanares, en el oriente de Caldas, en los tiempos de otra ola de violencia, y operó y salvó cientos de vidas de heridos por arma blanca y bala que llegaban día a día a su hospital en medio de la guerra, según relató en nuestra última feliz charla en mayo de 2017. 
Durante su vida fue un médico humanista y generoso y se destacó como campeón de ajedrez y experto en los arcanos de la informática moderna, otra de sus pasiones. Nos reencontramos en la cantina El punto de Serpa con nuestro amigo Antonio Leyva, que lo dirigió en una obra de teatro donde él hizo de payaso, para brindar por la vida y el arte, no lejos del centro de ajedrez donde ejercía Enrique y del Hospital Universitario que tan bien conocía. Ahora que ha emprendido una nueva aventura en el país de nunca jamás, es hora de empezar a contar por fin la Increíble y breve historia del Fundidismo. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 7 de abril de 2019.

LAS AVENTURAS LITERARIAS DE AGUILERA GARRAMUÑO


Por Eduardo García Aguilar
La Universidad Veracruzana rinde homenaje al escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño (1949), quien cumple 40 años de actividad en esa prestigiosa institución situada en Xalapa, en el estado de Veracruz, donde ha sido profesor, editor y director de varias publicaciones. A lo largo de fructífera vida literaria ha publicado decenas de libros de narrativa y ensayo y ejercido la crítica literaria en revistas y diarios de México y el continente americano, donde se ha involucrado en diversas polémicas por su implacable criterio al analizar las obras de sus contemporáneos. 
Al llegar a la venerable edad de 70 años, Garramuño, como suele llamársele, sigue siendo el infatigable autor que no ceja en una tarea literaria iniciada de manera precoz con su primera novela Breve historia de todas las cosas, publicada por Ediciones de la Flor en 1975, y el año pasado logró el Premio nacional de Novela de México con su ultimo libro sobre la melancolía, Formas de luz, una vasta obra donde cuenta el hundimiento de un hombre en el infierno de la depresión, siguiendo los pasos del gran autor estadounidense William Styron, quien en lo máximo de su fama cayó de repente en el abismo personal tras recibir un premio literario en París.
Aguilera Garramuño estudió filosofía en la Universidad del Valle, donde en los tiempos de Estanislao Zuleta, Andrés Caicedo y Enrique Buenaventura, empezó a escribir su obra bajo la tutoría de Gustavo Alvarez Gardeazábal, que leyó el primer manuscrito de su novela más famosa. Desde entonces empezó a ganar todos los concursos de cuento y novela en que participaba, entre ellos el prestigioso galardón del Sesquicentenario de la Universidad del Cauca en 1978 con su cuento Próxima guerra en Alaska.
Como fui finalista de ese premio al lado de Sandro Romero Rey y Nayla Chehade, empecé a seguirlo desde entonces como autor, antes de encontrarlo en México en 1980 y compartir con él las páginas de varios suplementos y revistas mexicanos, como el conocido Sábado del diario Unomásuno, que abrió las puertas a varias generaciones de autores latinoamericanos y mexicanos de ese tiempo bajo la conducción de Huberto Batis. 
Garramuño dice de él mismo que es un megalómano, un egoísta, pero por el contrario es tal vez uno de los más generosos autores de su generación y uno de los pocos que lee a sus contemporáneos y los sigue con afecto y paciencia celebrando sus éxitos o criticando sus malos libros. El ejercicio crítico le ha granjeado no pocas molestias y le ha cerrado puertas a este autor que sin duda merece un sitio más prominente en la lista de los narradores más notables del post boom.
Dotado de una gran inteligencia, erudito en temas literarios y además atleta destacado en pruebas de natación desde su primera juventud, Garramuño es en cierta forma un inclasificable pues su trayectoria ha sido casi la de un apátrida a quien ningún país reivindica como suyo porque tiene varios. Nacido en Colombia, terminó el bachillerato en Costa Rica, donde se sitúa su primera novela, y después residió en Estados Unidos, donde realizó el posgrado de literatura en Kansas y más tarde en la ciudad de Monterrey, desde donde viajó para ser acogido por la prestigiosa Universidad Veracruzana, la misma que editó en los años sesenta por primera vez Los funerales de la mama grande de Gabriel García Márquez y Diario de Lecumberri de Alvaro Mutis.
De madre argentina y padre colombiano Garramuño dejó muy pronto su natal Colombia, a la que ha sido fiel a lo largo de estas décadas. Del lado argentino vienen tal vez sus tendencias megalómanas y su "déficit de atención", como dice su sabia hermana menor; y de Colombia el espíritu guerrero que lo ha llevado a tratar de derruir torres y molinos imaginarios y ganarse enemigos gratuitos. De Estados Unidos viene su pasión por la ciencia y el deporte competitivos, de México su rebeldía sacrificial y prehispánica y de Centroamérica la efervescencia de sus transiciones, inspiradas en el ímpetu del nicaragüense Rubén Darío y la productividad del guatemalteco Miguel Angel Asturias.
Esa diversidad de orígenes lo hace inclasificable, una especie rara que no ondea ninguna bandera ni aspira ser el emblema de algún país, grupo o región específica. En su torre de marfil de la ciudad de Xalapa, Aguilera Garramuno vive un exilio interior que le facilita ejercer su libertad literaria por caminos muy originales que lo hacen derivar al mismo tiempo por abismos y vertientes cruzadas, como el improbable amor loco entre un helicóptero y un rinoceronte.    
En México ha publicado casi todos sus libros, entre los que se destaca Cuentos para después de hacer el amor,  Mujeres amadas, Paraísos hostiles, Venturas y desventuras de un frenáptero, Los grandes y los pequeños amores y otros más que exploran las tribulaciones del deseo, las derivas del amor, los misterios de la mujer, los secretos de las lolitas de Nabokov, los disturbios mentales del creador, las ansias y las angustias de los declinantes hombres heterosexuales de la segunda mitad del siglo XX y los primeros lustros del siglo XXI.
Su obsesión por las mujeres y sus misterios surge tal vez de la búsqueda imposible de la bella madre perdida, que muy joven quedó viuda y a cargo de una amplia prole y cuyo destino explora en El amor y la muerte, novela que resultó finalista del premio Alfaguara. En tiempos de radical insurrección feminista, la obra de Aguilera Garramuño puede ser un material básico para entender la decadencia definitiva del hombre heterosexual en Occidente y el agotamiento del cruel patriarcado milenario.    
La prosa de Garramuño se destaca por la complejidad de un estilo que no da concesiones a la facilidad en boga y sus intrincadas tramas nos muestran la labor de un coloso literario que revisa con furia maniática cada una de sus oraciones, las retuerce, pule, energiza, golpea, rompe y teje como en su tiempo lo hizo Marcel Proust encerrado en su habitacion de asmático para escribir En busca del tiempo perdido. 
Tal vez por estas y otras razones Marco Tulio Aguilera Garramuño es uno de los autores latinoamericanos más notables de la actualidad y la Universidad Veracruzana acierta al homeneajearlo en el marco de la Feria Internacional del libro de Veracruz dedicada este año a Colombia. 
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de abril de 2019

samedi 22 septembre 2018

ACTUALIDAD DE BERNARDO ARIAS TRUJILLO

Por Eduardo García Aguilar


A ocho décadas de su muerte y 115 años de su nacimiento, Bernardo Arias Trujillo (1903-1938) sigue siendo actual porque hace parte de una generación moderna y malograda que irrigó la poderosa creación telúrica latinoamericana de su tiempo en todos los países, antes del estallido de la Segunda guerra mundial. No solo escribió  en su corta vida de 35 años la novela cinematográfica Risaralda, sino que fue poeta, traductor, panfletario, publicista y ensayista de talento.  

Hace unos años, cuando visité una noche de neblina con Harold Alvarado, Alvaro García y Marcela Cerón la vieja casa donde él murió, desfigurada por la institución instalada ahí, cuando debería ser un museo dedicado a su vida y obra, recordé con alegría y agradecimiento el hecho de que mi padre tuviera varios de sus libros en su biblioteca y por eso me conecté muy temprano con su traducción de La balada de la cárcel del Reading de Oscar Wilde, así como Diccionario de emociones y En carne viva.      

El poema homosexual Roby Nelson era ampliamente conocido entre los jóvenes poetas y amantes de la cultura de la ciudad, que éramos muchos, pues había además de la gran agitación política reinante de la época post-68, muchos centros culturales y un culto a la literatura que ya se practicaba por tradición desde hacía décadas, no sólo por el auge de los llamados greco-quimbayas, que eran políticos derechistas ilustrados, como Silvio Villegas, sino por la literatura popular y rebelde de Iván Cocherín y José Naranjo y la literatura maldita existencialista de José Vélez Sáenz

Conocí el poema a través de mi padre, un liberal que amaba la literatura y lo tenía en una antología de poesía colombiana al lado de los poemas de Julio Flórez, Guillermo Valencia, José Asunción Silva y Rafael Pombo. No asustaba para nada en Manizales ese canto a un efebo bonaerense de arrabal. Se le disfrutaba como un gran logro estético. Todos admirábamos a Rimbaud y Oscar Wilde.
En su biblioteca mi padre tenía toda su obra, salvo la que firmó con el seudónimo de Sir Edgar Dixon. Los escritores mayores, algunos de los cuales pudieron coincidir jóvenes con Arias Trujillo, conocían muy bien sus libros e incluso criticaban su exageración en el manejo de los adjetivos y el excesivo greco-quimbayismo de su prosa. 

Además de su famoso poema gay Roby Nelson, hay otro poema erótico de Arias Trujillo llamado Versos a una muchacha deportista, lo que nos indica que como Proust, tenía buen sentido de apreciación del cuerpo femenino, como lo demuestra en su descripción de las "belkis trigueñas" en su clásica novela.
Su leyenda ya estaba instalada poco después de su muerte. Manizales es una ciudad muy especial porque ya en los 30 existía allí un gran editorial privada, Arturo Zapata editores, que publicó a todos los clásicos del país en tiempos de entreguerras, como Fernando González, César Uribe Piedrahíta, León de Greiff y muchos otros. El director de esa editorial era un exquisito que dirigía además la revista literaria Cervantes.

Lo cuento más por curiosidad documental que otra cosa: acabo de dempolvar en unos papeles viejos que cargo en un maletín negro, el original de un ensayo que escribí sobre Arias Trujillo a los 17 años, y que ganó un premio de ensayo en La Patria con el que me gané 5000 pesos de ese entonces. « Bernardo Arias Trujillo : el artista y el mundo », por fortuna inédito, es un texto de 10 páginas con apartes que me sorprenden y otros que me sonrojan, donde paso revista de manera caótica a la vida y la obra del personaje con los elementos conocidos por un joven escritor adolescente manizaleño de la época, intoxicado de literatura y rebelión, lo que muestra con claridad documental que Arias Trujillo era un escritor asumido y oficial en Manizales.

Tratemos de situar a Arias Trujillo en el contexto histórico nacional. Es necesario acabar con las mitologías de opereta y de tango que la cultura colombiana oficial ha tejido en torno a los autores de la época de entreguerras, una de las más fascinantes del siglo XX, que está por cartografiar y estudiar ampliamente, como lo han hecho con ese lapso de la historia literaria de sus países argentinos, brasileños, peruanos y mexicanos. 
El país en esos años 20 y 30 era mucho más moderno de lo que creemos. Retornó el liberalismo al poder con Enrique Olaya Herrera, Eduardo Santos y Alfonso López Pumarejo. Se fundaron la Biblioteca Nacional y la Universidad Nacional de Colombia, se publicó la Biblioteca Samper Ortega y hubo un gran auge editorial y cultural. En esas dos décadas en Bogotá y en varias ciudades de provincia había revistas, editoriales y vida cultural. 

Manizales por esas fechas era una especie de Manaos cafetera de tierra fría con mucha presencia europea. Europeos y estadounidenses ya habían llegado antes en el siglo XIX a trabajar como ingenieros o capataces en las minas de la zona. O sea que no era un pueblo perdido o aislado en las montañas. Además la cultura era algo central y ya se había fundado el periódico La Patria, donde escribían los autores del greco-quimbayismo, entre ellos Silvio Villegas, su director, Aquilino Villegas y otros. 

Había varias tendencias políticas en el país: el liberalismo, laico y abierto en materia cultural, el conservatismo, admirador de Mussolini, la derecha maurrasiana francesa, la falange española y las ideas eugenistas del protonazismo. Y también había un gran auge de las ideas socialistas y comunistas con personalidades como María Cano, Ignacio Torres Giraldo, Luis Vidales y una gran actividad sindical y de los movimientos sociales. En medio de toda esa esfervescencia de escritores, caricaturistas, poetas, panfletarios, vivió el joven Arias Trujillo.  

Nació en Manzanares, vivió en Manizales, pero también estuvo a fondo en Bogotá, donde escribía folletines, y en Buenos Aires, donde fue diplomático con el "Leopardo" José Camacho Carreño. Era pues un joven cosmopolita de tendencia liberal, una versión liberal de los Leopardos. 

En su libro En carne viva se muestra su furia frente a los que él llama los "lanudos" de Bogotá y la oligarquía colombiana. Era un rebelde e inclusive un derechista como Silvio Villegas, el autor de No hay enemigos a la derecha, publicado por Arturo Zapata en 1937, admiraba a este joven contemporáneo y dice que su rebeldía lo llevó al fracaso: "Altivo y desdeñoso, desafió con indomable carácter las oligarquías económicas y políticas, cerrándose los caminos del éxito". Ahí todo está dicho.
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* Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de septiembre de 2018.